"Ese día la muerte me pasó por al lado"

Mauricio Polchi, uno de los manifestantes heridos el 20 de diciembre de 2001 en Buenos Aires, cuenta cómo vio la muerte de cerca y lo difícil de superar una situación represiva. Considera la calle como su lugar de militancia y reivindica la lucha de Darío Santillán y Maximiliano Kosteki.

Por Mauricio Polchi

“El 19 de diciembre vi por la tele todo lo que pasaba en las calles. Estaba en el barrio, en Isidro Casanova. El 20 a la mañana veo las imágenes de la policía pegándoles a las Madres, yo estudiaba en la Facultad de Madres de Plaza de Mayo, por eso me mandé para Capital. En el camino me encontré con un amigo de la escuela y nos vinimos juntos. En la zona de Congreso el escenario era de batalla campal pero yo no tomaba conciencia del peligro y seguí hasta la 9 de julio. Yo era pibe, estaba muy verde, mezcla de ingenuidad y rebeldía.

La calle se puso cada vez más complicada. La gente desaforada y la policía sacada, respondía con más violencia. Yo era estudiante de periodismo y estaba con mi grabador encima siempre. Estaba solo porque no tenía un grupo de militancia, y quede con unos pibes que no conocía. Ahí es cuando la policía nos encierra, quedamos rodeados y se nos vienen encima, y disparan contra nosotros con balas de goma. A mí me hacen una descarga de muy cerca y van todas a la cintura. Yo siento como un palazo y caigo al piso. Cuando caemos vienen a pegarnos patadas en el piso, y a mí me entra un borcegazo de la Federal con todo y me revienta la jeta, me baja los dientes. Y en ese momento me miro, me veo todo ensangrentado, y pienso: ‘yo me estoy muriendo’. Al segundo siguiente me doy cuenta de que no me estaba muriendo pero nos meten a un patrullero y nos llevan en cana. Seis horas en el calabozo me pasé. 

La policía nos encierra, quedamos rodeados y se nos vienen encima, y disparan contra nosotros con balas de goma.

En la comisaría me miraban como diciendo: ¡Mirá cómo lo dejaron a este pibe! Yo todo flaquito, chiquito. Pero la saqué barata. Ese día la muerte me pasó por al lado, me dio la mano y me dijo: ‘flaco, la próxima te vengo a buscar’. Yo lo sentí así. 

No la pasé bien después. En el barrio fue difícil y las curaciones no son fáciles tampoco. Iba todos los días a la salita de Casanova a que me cambiaran las vendas de la cintura. Después me costaba sacarme la remera, no quería mostrar la espalda. Me costó salir de todo eso. Tengo algunos balines adentro todavía. 

Las primeras semanas me sentía perseguido en la calle, me daba culpa haberme expuesto así. Volví a la calle en la marcha por Maxi y Darío a Plaza de Mayo. Me vi muy reflejado en ellos y tomé esa lucha como bandera. 
Hasta el nacimiento de mi hijo estuve atormentado y soñaba seguido con que se me caían los dientes. Fidel, mi nene, nació el 10 de abril de 2010 y nunca más sentí eso. Sanador el pibe. 

Pasé 15 años sin hablar mucho del tema. Nunca lo había hecho públicamente hasta que hablé en tele, largué todo y me hizo bien. En 15 minutos hablé de 15 años. Después de eso fue como que cicatricé las heridas y me hice un tatuaje en la cintura.

Cuando caemos vienen a pegarnos patadas en el piso, y a mí me entra un borcegazo de la Federal con todo y me revienta la jeta, me baja los dientes.

La zafé. Cada 20 diciembre siento que es mi fecha de renacimiento. Ese día sentí que me estaba muriendo y siento que ese día reviví para ver y sentir todo lo que me pasó después. Estas fotos mías en la calle cuentan un poco mi historia. Todos mis trabajos fueron en la calle: desde cadete hasta cronista. Y sigo ahí porque es en la calle donde hay que estar. 

Hoy soy un trabajador de prensa que trata de estar con los que luchan. Me siento un militante de la palabra, suena poético y medio hippie pero lo siento. En la calle es donde mejor me muevo, en la calle siempre”. 

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