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Un mercado, cien historias y mil pulgas

por Agustín Colombo
12 de septiembre de 2015

Personajes desopilantes y objetos únicos hacen al Mercado de las Pulgas mucho más que un lugar donde se encuentran muebles y otras yerbas.

Carlos Gardel escribió un tango en el Mercado de las Pulgas el 6 de noviembre de 2002. Bueno, en realidad no lo escribió él: lo llevó al papel Tony Valiente, a quien el Zorzal Criollo, según cuenta, se le metió en su cuerpo ese día. “Se me apareció en mi casa del bajo Flores a la madrugada y me dijo que a Tita Merello la esperaban en el cielo el 24 de diciembre, y que Cacho Castaña era el Santos Discépolo del siglo XXI“, cuenta, mientras el cronista disimula la risa con una mueca de incredulidad.

   

Tony es uno de los personajes que cualquiera puede encontrar todos los días en este edén de antigüedades, que empezó a funcionar como tal en 1988, cuando un grupo de hippies, bohemios y desocupados pusieron sus primeros puestos entre mugre, basura y ratas.

Ahora, en este Mercado de Pulgas nuevo, reinaugurado el sábado 11 de junio después de seis años, con tinglados sin agujeros y pasillos limpios, Tony rememora la historia que le cambió la vida. Fue el 6 de noviembre de 2002, cuando llegó a una feria muy distinta a la actual y se puso el más estridente de sus sombreros, lleno de prendedores, plaquetitas, recuerdos y demás.

 

“Cuando me puse este sombrero sentí un fuego interno. De repente no era más yo. Gardel se me había metido adentro de mi materia, de mi energía. Me llevó hasta la máquina de escribir y empecé a redactar una especie de tango que se titulaba “Buenos Aires, salud", explica Tony.

 

-Pero el que escribía era usted.

-No, no, era Gardel que estaba dentro de mí.

-¿Y qué escribió?

-Literatura.

 

Tony cuenta que Gardel se le apareció dos veces más. Y que en el segundo encuentro, también en el Mercado de las Pulgas, le encomendó que difundiera lo que él había escrito en su primer vínculo místico.  

 

-Por eso fui a un ciber y les dije a unos pibes que me pasaran el escrito a la computadora. Después lo guardé en un diskette y le hice miles de copias para que se conociera por todo el mundo.

-¿Todo el mundo?

-Sí, sí, a todos los lugares del mundo. Llegó a todos lados.

-Es decir que en Uganda, por ejemplo, puede hallarse ese escrito.

-¿En Holanda? ¡Por supuesto!

-No, no. En Uganda, en el centro de África.

-Mirá, gasté un fortunón en diskettes. Esa literatura llegó a todo el planeta, lo que pasa es que muchos no le dieron bola.

 

Un viaje al pasado

Entrar al Mercado de las Pulgas es viajar a otro tiempo. Cada puesto, según su especialidad, se convierte en una especie de escenografía antigua: lámparas y arañas que retratarían perfectamente un salón de fiestas suntuoso de principios de siglo XX; mimeógrafos, máquinas de escribir y telégrafos que conviven con los celulares de los clientes; una cocina con utensilios elaborados únicamente en cobre; y una juguetería con los juegos con los que se entretenían los niños alemanes y japoneses mientras sus países se desangraban en la Segunda Guerra Mundial son algunos de los ejemplos. Todo eso resiste bajo los tinglados de este galpón, en el difuso límite entre Chacarita y Colegiales.  

 

María Vázquez y Manuel García llegaron al mercado hace 15 años, cuando el trabajo empezaba a escasear en esa Argentina para pocos que se había diagramado en la década del noventa. Llegaron, se instalaron y crecieron en un local de 38 metros cuadrados que, ahora, después de la mudanza provisoria y la remodelación, se redujo a 25. Su objeto más preciado, según indican, sobrevuela sus cabezas todo el tiempo: es una araña de perlas y guirnaldas de bronce que tiene un valor aproximado de diez mil pesos. Estiman que es de la década de 1920. 

 

Ramón Barrientos, un carpintero sabio, difunde su teoría. “En realidad, la verdadera antigüedad es la pieza que tiene más de 100 años”, explica. A unos metros se la refutan: “China tiene 4.700 años de historia. En realidad, 100 años es un chiste”, responde un comerciante. Ramón tiene una especialidad infrecuente en estos tiempos donde casi todo es descartable: se dedica a tomar muebles destruidos para transformarlos en muebles casi nuevos, impecables. “Se le podría llamar arte”, indica Ramón, que puede jactarse de conocer en profundidad el recorrido anticuario de la ciudad: primero trabajó en la feria de San Fernando, “donde lo bueno es que la municipalidad no interviene”; después en la del Tren de la Costa, “donde el frío muchas veces no te deja mover”; más tarde en la de San Telmo, “donde todo es más caro”; hasta que finalmente cayó en las Pulgas: “Aquí estoy bien”, concluye.

 

El caso más paradigmático de la ascendencia social que existe en el Mercado de las Pulgas es Graciela Barceló. Ella empezó vendiendo una campana de luz y una decena de apliques hace 15 años; hoy ofrece un local que es una fiesta de colores y luces. Entre tanta luminosidad, Graciela guarda una reliquia que asombra a cualquiera: un teléfono Siemens de 1910. Al principio funcionaba con una manivela a magneto. Después, en 1940, por orden del gobierno nazi de Adolf Hitler se le colocó una pieza para su discado numérico. El que quiere llevárselo ahora tiene que pagar dos mil pesos.  

 

Este galpón también es un espacio para la construcción de mitos. La de Tony con Carlos Gardel resulta, sin dudas, la más asombrosa, aunque también existen otras. Hace cuatro años, por ejemplo, un estadounidense visitaba los puestos para comprar objetos antiguos en cantidades siderales y llevárselos a su país y a Francia. “Llegó a llevarse cinco containers por mes”, informa un feriante. Pero de repente, el yanqui no fue más. “Algunos dicen que no le convenía el cambio, o que en la aduana empezaron a aumentarle el impuesto. Yo creo que lo mataron o se suicidó porque dentro de las antigüedades contrabandeaba drogas o armas”, conjetura el mismo feriante. 

 

Son varios y varias las que hablan mal de las primeras personas que arribaron al Mercado de Pulgas, allá por la década del ?80. En ese tiempo, el galpón había sido destinado para que los discapacitados tuvieran un espacio de recreación y pudieran realizar algún tipo de actividad comercial. “Pero imagínese lo que era esto: un verdadero basural”, cuenta Mabel, mientras le da sorbos a un mate cocido que la ayuda a superar el gélido frío de julio. “Había una suciedad calamitosa. Yo fui uno de los que empezó a limpiar, a pintar paredes. Saqué más de 40 volquetes que nos había prestado Manliba”, recuerda Tony.

 

La analogía de basural resultaba real: allí, muchos años antes, había funcionado uno de los abastecimientos de frutas y verduras de la ciudad. Después, estuvo abandonado varios años. Fue por eso que en 1988 comenzaron a arrimarse algunos “buscavidas” para convertir ese depósito astroso en un gran comercio de baratijas donde convivían anticuarios, hippies, bohemios y artistas. El cártel que colocó por esos años Tony era una perfecta síntesis: Cambalache. Esa fue la primera señal de que Gardel sería uno de los ángeles del Mercado de las Pulgas.

 

Cuando ya había varios feriantes instalados, una ordenanza del entonces intendente de la Ciudad de Buenos Aires, Facundo Suárez Lastra, habilitó el lugar para su actual utilidad: ahí comenzó a erigirse uno de los reductos obligados para todos los porteños que andan en esa constante búsqueda de perlas del pasado. El barrio, por supuesto, no se parecía en nada a lo que es hoy: lo que comenzaba a unas cuadras de allí era Palermo Viejo, no Palermo Hollywood, y a nadie se le hubiese ocurrido que algunos iban a querer rebautizar a Chacarita como Palermo PèreLachaise, por el mítico cementerio parisino.

 

El fotógrafo de enfermedades 

El Mercado de Pulgas está conformado por un crisol de personas que consiguieron ahí una oportunidad laboral. Algunos son anticuarios, herreros, carpinteros o artistas de profesión; otros aprendieron esos oficios en tiempos de crisis como pudieron.

Juan Virasoro era uno de los pocos fotógrafos del país que se dedicaba al diagnóstico por imágenes. Trabajaba en el Hospital Francés y hacía el trabajo que hoy en día hacen las máquinas con tecnología de punta. “Fui el primero en realizarles una tomografía computada a momias egipcias en el Sanatorio Argentino de La Plata”, se enorgullece.

 

Pero todo se derrumbó. Como muchos de sus compañeros y colegas, Juan tiene un motivo suficiente para odiar -al menos un poquito- a las máquinas modernísimas: a él le quitaron el trabajo. “Siempre digo que a mí me arruinaron los japoneses”, explica. Cuando los hospitales empezaron a valerse de computadoras para efectuar las tomografías, a Juan lo forzaron a salir del circuito.

 

En 1993, cuando convirtió al Mercado en su empleo, Juan empezó a especializarse en juguetes viejos. Sus amigos, conocidos y familiares le traían objetos de sus infancias para que él pudiera venderlos. Pero antes de eso los investigaba: averiguaba dónde los habían fabricado, de qué estaban hechos y de qué año aproximado eran. “Por mi anterior trabajo, yo tenía la obligación de ser preciso”, cuenta. 

 

Juan tardó un mes y medio en concretar su primera venta. Fue módica, pero simbólicamente invalorable: una balanza a 12 pesos. “Para mí era una fortuna, saltaba en una pata”, se ríe hoy.

 

En uno de los escritorios de su puesto, Juan toma dos juguetes con el cuidado del que manipula una pintura de Picasso o Da Vinci. Los desenvuelve, los exhibe y comienza a explicar cada una de sus historias: tres rompecabezas alemanes de la época en que a ese país lo gobernaba Hitler, y un muñeco de hojalata japonés de los años inmediatamente posteriores a las bombas de Hiroshima y Nagasaki son algunos de los objetos más preciados de Juan. “Estar en contacto permanente con juguetes es distinto a vender muebles, espejos o luces ÓexplicaÓ. Los juguetes remiten indefectiblemente al momento más hermoso de la mayoría de las personas, que es la infancia”.

 

El futbolista

Héctor “Palito” Candeau brilló en la década del 70 con la camiseta de Atlanta. En Humboldt al 300, donde se ubica el estadio, todo el barrio le rendía tributo en cada fin de semana. En 1973 integró junto a Gómez Voglinoy Rubén Cano la delantera que posibilitó que su equipo llegara a las finales del Campeonato Nacional junto a River, San Lorenzo y Rosario Central.

 

En Villa Crespo, comarca del club bohemio, aún hoy lo recuerdan como el último wing de la historia de Atlanta. Como el mejor en su puesto. Pocos saben que el ídolo de otros tiempos se encuentra todos los días en el Mercado de las Pulgas, sobre la principal arteria del predio, en busca de compradores de antigüedades.

 

Palito vende muebles americanos y escandinavos. En rigor, no son reliquias: son de la década del 50 y del 60. “Cada uno trata de especializarse en un aspecto especifico”, cuenta, mientras se ríe cuando se le pregunta por sus tropelías sobre los costados de las canchas.

 

El dueño del circo

En esta comunidad rara y ecléctica que habita el Mercado de las Pulgas, Tony Valiente sobresale por su excentricidad. A diferencia de los demás feriantes, Tony casi no vende antigüedades: lo suyo es el arte. Según lo que afirma, sus obras, que constituyen una combinación extraña de baratijas, paisajes y personas, se diseminaron por todo el mundo. En el Hotel Faena hay cuatro cuadros y un sombrero de su autoría. En la Casa de Borbón, donde reside la Reina de España, Tony afirma que se expone “Igual los perdono”, una de sus mejores piezas artísticas. Lo mismo sucede en Paris, donde su arte está expuesto en varias de las galerías más importantes. 

 

-¿En qué galerías, Tony?

-No sé en cuáles. Pero son muy importantes.

-¿Y cómo lo sabe?

-La gente viene y me lo dice. Todas las obras tienen mi logo. Son inconfundibles.