Las dos caras de una misma moneda

por Diego Lanese
12 de marzo de 2018

En el hospital Posadas coexisten lo último de la medicina y un conflicto gremial que no se resuelve. En sus pasillos se cruzan pacientes en tratamiento con agentes de inteligencia. Una dualidad que atraviesa toda su historia.

¿A dónde va? ¿A Puerto Madero o Retiro?”. La broma suele repetirse entre trabajadores y trabajadoras del hospital Posadas, cuando algún visitante pregunta por una ubicación. Es que el gigante emplazado en el corazón del oeste del conurbano tiene dos grandes alas, dos caras de una misma moneda: una moderna y reluciente, que es parte de las mejoras inauguradas por Nación en 2015, y otra gris, detenida en el tiempo, desvencijada, de su pasado más reciente. Ambas son parte de una misma realidad, que hoy queda al descubierto en medio del conflicto por los despidos masivos, que hacen de este emblemático hospital nacional un botín en disputa.

La moneda es bastante grande: las dos grandes caras están emplazadas en un predio de unas 22 hectáreas, con dos grandes alas y un pasillo central, que le dan cierta forma de H. Además, hay nueve edificios anexos, que incluyen desde un jardín de infantes hasta una iglesia. Y lo que fue un centro de detención clandestino. Según la página web de la institución, en total hay 72 mil kilómetros cuadrados de edificaciones, para atender un área de influencia de alrededor de 6 millones de habitantes. Desde que la dirección –a cargo de un médico recomendado por Silvia Majdalani, número dos en la Agencia Federal de Inteligencia –decidió el despido de 122 trabajadores y profesionales, el Posadas amplió su extensión: ahora está en la calle, peleando por las reincorporaciones, que lesiona la normal atención de un centro de referencia sanitaria. Pese a todo, existen servicios de excelencia dentro del hospital, operaciones inéditas (como las que les devuelven la movilidad a pacientes con Parkinson) y más de 700 mil consultas anuales. Todo en medio de un clima de vigilancia, que removió lo peor de la historia del lugar.

Ese desprecio por los trabajadores y la organización popular nos obliga a seguir la lucha.

Volver al pasado

A los pocos días del golpe de 1976, la dictadura ocupó militarmente el Posadas. Desde la asunción de Héctor Cámpora, el lugar se había organizado bajo un régimen de asambleas, y era un ejemplo de democracia directa. La ferocidad de la represión encabezada por Reynaldo Benito Bignone –luego presidente de facto –incluyó la creación de un centro clandestino de detención en la casa destinada, en el predio, al director del lugar. Se lo apodó “el chalet”, y en los primeros meses fue el destino de centenar de trabajadores y trabajadoras. Además, los grupos de tareas circulaban por todo el pasillo (eran apodados como “SWAT”, por la popular serie televisiva norteamericana), que implementaron el terror. El centro permaneció activo hasta 1977, y hoy en el lugar, además de haber placas que recuerdan a las personas desaparecidas, funciona la escuela de enfermería de la UBA.

En estos días, luego de los despidos, el clima que se respira es opresivo. El 19 de enero la dirección difundió dos listas de personal. Quien no se encontraba en ellas, era considerado cesante. Sin mayores explicaciones. Las listas se pegaron en la puerta, custodiada por un impresionante número de gendarmes y policías. Algo similar sucedió el jueves 1º de marzo, cuando 30 trabajadores –la mayoría médicos –no pudieron entrar al hospital, porque sus huellas dactilares fueron borradas del sistema de control. Estaban despedidos. En ambos casos, la respuesta a las cesantías fueron asambleas masivas, rodeadas de policía. Desde que se desató el conflicto, el tercer piso se volvió una especie de bunker de las autoridades. Hasta allí es imposible llegar. “Son una banda fascista, que tomaron el hospital por asalto”, resumió Jorge Yabkowski, titular de la Federación Sindical de Profesionales de la Salud de la República Argentina, y le apuntó al Ministerio de Modernización, responsable de armar las listas de 152 despedidos. El dirigente alertó que las versiones circulantes son preocupantes: “Parece que esto no para”.

A muchos trabajadores le dicen que se desafilien porque los van a rajar.

Los despidos tuvieron, como en otras épocas, un claro sentido anti sindical. Entre los cesanteados hay 16 delegados de la Asociación de Profesionales, gremio de base de CICOP. Además, se despidieron integrantes de una lista opositora a la conducción de ATE Morón, aliada de la dirección. Guillermo Pacagnini, secretario general de CICOP, asegura que en los pasillos “se convive con las amenazas”. “A muchos le dicen que se desafilien porque los van a ‘rajar’, los llaman por teléfono”, dijo. En ese clima, el hospital intenta seguir funcionando.

Curar a pesar de todo

La mitad de los despidos del Posadas son  de personal de enfermería, la mayoría se opusieron a los cambios en el turno noche, que incluyeron la extensión del horario, vulnerando el estatuto profesional. Entre ellos está Cynthia Bernabitti, una licenciada en enfermería de 39 años, con 15 de experiencia en el hospital. Antes de ingresar, realizó una beca de perfeccionamiento en el área pediátrica y neonatal, que le llevó dos años. A partir de allí, trabajó en todas las salas de la terapia pediátrica (intensiva, intermedia y crónica). Ella fue una de las que se opuso a los cambios impulsados por la conducción del hospital. “En julio de 2017 el director, bajo lineamiento de políticas de flexibilización laboral, decide prolongar la ya extensa jornada de 10 a 12 horas nocturnas, quitando el franco mensual por un presentismo discriminativo, sin pagar los aumentos paritarios”, explicó Cynthia. Bernabitti junto a sus compañeros se presentaron ante la Justicia, y lograron que la jueza Martina de Forns diera lugar al recurso de amparo contra el decreto interno 333, que habilitó los cambios. La respuesta de la dirección fue feroz: le comenzó a descontar el 80 por ciento del salario. “Con el 20 por ciento de mi sueldo y gran apoyo de mí madre jubilada, continué manteniendo a mis tres hijos, cumpliendo con mi jornada laboral y con los cursos para seguir mejorando la atención y los cuidados que pueda brindar”, remarcó. A los pocos meses, ese compromiso con los pacientes y el hospital terminó incluyéndola en la lista de despidos.

Los que rechazamos sus ilegalidades y denunciamos falencias fuimos despedidos.

Como Bernabitti, muchos trabajadores y trabajadoras sufrieron amenazas en los meses previos a los despidos masivos. “El hospital necesita callar al personal. Los que rechazamos sus ilegalidades y denunciamos falencias fuimos despedidos. ¿Eso es para mejorar la salud? Claramente no”, remarcó Bernabitti, que sigue en las calles para  defender la salud pública, gratuita y de calidad, y además reclamar por el personal cesanteado. “Si queremos mejorar no es atacando a los trabajadores, a la salud y a la educación”,  destacó. El fin de semana pasado, un festival solidario mostró el compromiso de la comunidad y de trabajadores y trabajadoras con esta lucha.

La historia del Posadas está escribiendo otra página. Sus dos caras conviven en este nuevo episodio. Esa oscura, que volvió cuando al médico Luis Muiña lo beneficiaron con el 2x1, y la otra. La de lucha y resistencia, de defensa de la salud y compromiso con la comunidad.

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