"El porteñismo se entiende a partir del fileteado"

por Agustín Colombo
10 de noviembre de 2015

Martiniano Arce, el histórico fileteador de Buenos Aires, cuenta en esta entrevista su relación con la muerte, cómo aprendió un oficio que él define como "arte" y su amistad con Berni.

Ventilador de techo, teléfono, computadora, reloj de pared, guitarra y hasta el mate y el termo. En la casa de Martiniano Arce está todo fileteado. Pero entre su mundo de colores y objetos hay una obra que se destaca por sobre el resto: se trata del ataúd donde él yacerá cuando muera. El fileteador de Buenos Aires, como le gusta que le digan, quiere que su despedida de este mundo sea también una cuestión artística.

Al féretro lo fileteó, lo pintó, le puso fecha de nacimiento y de defunción (1939-2046), y hasta le escribió un epitafio en lunfardo –“Feliz descansaba el punto, estaba desabrigado, le pintaron la sonrisa en su jonca fileteado”–, como una muestra del vinculo entre el filete y el arrabal, el tango y la bohemia de la ciudad añorada.

La idea surgió en el museo Louvre, en Francia, mientras Arce observaba los ataúdes de los egipcios. Cuando volvió aquí fue hasta una casa de sepelios para preguntar el precio de un féretro. En voz baja –siempre se habla en voz baja en esos sitios, es una especie de pésame tácito–, el gordo que lo atendió le dijo que ellos hacían el servicio de manera completa.

–Le expliqué que era para pintarlo, que yo era un artista, pero me miró con una cara rara y me dijo que no. Que era imposible.

Al poco tiempo, en la casa de Martiniano tocó timbre un tal José Luis Arce, que conocía sus obras y venía a preguntarle si no existía algún parentesco entre ellos.

–El tipo era hincha de Chacarita y tenía una casa fúnebre. Éste me lo mando Dios, pensé. Y sí: fue él quien me regaló un ataúd –cuenta Arce.

Cuando llegó el flete con el cajón, los vecinos se acercaron, acongojados, para preguntarle qué había pasado, cómo no se habían enterado nada, de quién se trataba. “¡No murió nadie! ¡Es para pintarlo!”, los interrumpía Martiniano, que también tuvo que convencer a su esposa, la poeta Susana Lisotti, para que el ataúd tuviera un lugar en su casa.

–Pará, pará, que lo pinto y cambia –la persuadió Martiniano. Pero lo pinté de negro y quedó más tétrico. Después lo fui poniendo más lindo y hasta ella me pidió uno, que lo pinté de rosa.

–¿Por qué fileteó un ataúd?

–Porque a la gente no le gusta la muerte. No sé por qué. Existe y tenemos que aceptarla. Cuando uno pasa los setenta años, se da cuenta de que tiene que partir. Y está todo bien. Es una obra diferente porque el objetivo es que el hombre le pierda miedo a la muerte. Es un mensaje para no pasar en vano en esta vida. Yo creo que el objetivo de pintar es ése: dejar un testimonio y saber que todos podemos llegar lejos.

–Ya le puso fecha. ¿Sabe cuándo va a morir?

–En realidad, al principio le había puesto 2016, pero un amigo me dijo “¿tan poco vas a vivir vos?”. Tenés razón le dije: entonces le cambié el uno por el cuatro. Ahora me parece mucho: 107 años. Pero hasta acá venimos bien. Nunca estuve enfermo, no me operé de nada y nunca me psicoanalicé. 

El excelso fileteador

Arce ha expuesto sus filetes y sus obras artísticas en diferentes lugares del mundo. Es el máximo referente de una técnica que está indisolublemente vinculada al tango y a Buenos Aires, y que lo llevó a trabajar con grandes artistas de la historia argentino como Antonio Berni.  

–¿Cómo describe usted al filete?

–Es un arte. Como la naturaleza muerte, el paisajismo, el filete es parte de la pintura. Es la gracia, el movimiento. Es la ola del mar, el vuelo de la mariposa. Será por la simetría que nos agrada tanto, porque evidentemente es agradable a la vista.

–¿Puede entenderse el porteñismo a partir del fileteado?

–Sí, si tenemos en cuenta de que el filete y el tango están muy emparentados. Yo nací en el ‘39 escuchando tangos. Yo tengo música para cada género: cuando pinto naturaleza muerta trabajo con Beethoven, Bach o Wagner. Y toda la serie de fileteados las hice con el tango de la década del ‘40: “Quejas de bandoneón”, “Mala junta”, “Gallo ciego” son tangos inspiradores. Cuando pinto dragones, como son fuertes, utilizo la opera. Son estados de ánimo: si vos ponés a Puccini te da una ensoñación, un juego de pájaros, etéreo, cosas hermosas y espirituales.

Arce tuvo el privilegio de compartir tardes de pintura, chistes y charlas con el maestro Berni. Con él, en 1977, pintó dos cuadros de acrílico sobre tela de 2x2 metros en la galería Bonino de Nueva York, en Estados Unidos. A partir de allí, los unió una gran amistad.

–¿Qué aprendió de Berni?

–Era un hombre muy sabio. Es fácil ser bueno y es fácil ser malo, lo difícil es ser justo. Y Antonio era un hombre justo, correcto, amable, sencillo. Tenía todas esas cualidades. Él me decía “hay que pintar en grande, no se vende pero se ve”. Como yo era rápido para hacer las líneas, él me decía “vos no errás, casi no borrás”. Antonio sabía mucho. “Hay que saber ver”, me decía.

–¿Existía un vinculo entre las obras con contenido social de Berni y el filete?

–Nos poníamos de acuerdo en el cuadro. Yo soy apolítico: primero porque no sé, y después porque yo estoy dedicado a otras cosas. Nunca me metí en política. Para mí era un inconveniente votar, porque tenía que pintar un paisaje y tenía que trabajar allí, ir hasta el paisaje y pintarlo. Cada color, cada detalle es un trabajo complejo. No es posible  abarcar todo el saber, pero intento hacerlo lo mejor posible.

En aquel tiempo, Berni le preguntó a Arce si quería ayudarlo a pintar un mural para el hotel Panamericano. “Mirá que yo te voy a pagar, eh”, le adelantó Berni, al mismo tiempo en que anotaba en un papelito el monto de lo que podía ofrecerle.

–Yo ni me preocupaba por el dinero. Era el gusto de pintar, y sobre todo el gusto de pintar con él. Era una gracia –reconoce hoy Arce.

El mural lo pintaron en la casa que Arce tiene en San Telmo. Después de varios días de trabajo, cuando Berni vio por primera vez la obra finalizada, no dudó en abrazarlo.

–Su novia, por esos días, me dijo: está medio sordo y no le habla a nadie, pero a vos te habla. Yo, igualmente, no abusaba de esa amistad. Tengo esa costumbre de no abusar. La naturaleza no permite el despilfarro. Yo tengo un solo traje, ¿para qué quiero dos?  –cuenta el fileteador.

–¿Sufrió algún prejuicio o subestimación dentro del ambiente artístico por ser autodidacta?

–No existe nada. Yo hago lo mío. Y como dice José Hernández: “Con los duros yo soy duro y con los blandos yo soy blando”. Yo hago lo que debo, lo que siento, lo que me gusta. Yo quería ir a una escuela, pero en mi familia no teníamos los medios para ir. Entonces yo intentaba, error sobre error, y acierto sobre acierto, y fui logrando algunas cosas loables que, según me dijo el crítico de arte Rafael Squirru, pueden estar en cualquier museo del mundo. Yo creo que todos los seres humanos tenemos la misma capacidad cerebral. Sé que existen ciertas miradas prejuiciosas, pero no tenemos que darle importancia a eso. Berni, que tampoco estudió, cuando una vez le dije “lo que pasa es que yo no tengo escuela”, me contestó: “¿No tenés escuela? Mejor entonces, porque así no tenés influencia de nadie”.

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