Argentina sin Maradona

por Mariano Pagnucco
Fotos: Juan Pablo Barrientos
26 de noviembre de 2020

Crónica del día en que el pueblo amaneció huérfano de su ídolo popular, con miles de personas que, antes del desenlace represivo, se acercaron hasta la Plaza de Mayo para hacer un ritual colectivo de memoria y agradecimiento al Diez. Postales de una jornada maradoniana inolvidable.

De prepo, sin preaviso ni margen emocional para recibir el golpe. Así nos agarró la nueva normalidad.

En el año de la peste, de los encuentros suspendidos y los abrazos guardados. En el año de mirarnos para adentro y de cuidar a los seres queridos. En el año que empezaba a terminar, llegó la noticia inesperada: un día amanecimos sin Diego. La nueva normalidad de la Argentina sin Maradona.

Desde las seis de la mañana hay gente que ingresa a la Casa Rosada tras recorrer un laberinto de vallas que desemboca en un salón próximo al ingreso por Balcarce 50, donde el féretro envuelto con una bandera argentina está a la vista de las personas que caminan, miran sin querer mirar, dejan una palabra de agradecimiento y siguen

Camino a su trabajo en Avenida de Mayo, Tomás, 21 años, barbijo negro y pelo lookeado a la moda, se quita los auriculares donde suena “¿Quién es Dios?” de Las Pastillas del Abuelo. Se lamenta de estar tan cerca del velorio y no poder ir por compromisos laborales. Tiene puesta una campera deportiva con el escudo de River. Dice: “Es difícil explicar lo que genera Maradona, porque yo no lo vi jugar, pero sin dudas es el más grande. Ayer mi generación se dio cuenta de que nadie va a poder sentarse a su lado. Diego es Argentina, por eso todos estamos tristes”.

El desfile de personas es constante. Hay mucho colorido por las remeras de distintos equipos que acompañan la despedida. En este ritual colectivo que tiene bastante de espíritu futbolero, con humo de parrilla en el aire y cantitos que nacen de golpe, sucede algo que Maradona ha logrado en vida (y también ahora): unir más allá de los colores. “Hoy somos todos de Diego”, le grita uno con la camiseta de Argentinos Juniors a otro de Racing que camina por el carril central de vallas que se mete en la Plaza de Mayo.

Pamela (31) lleva en la mano una camiseta argentina con el número 7 en la espalda. Es la de su amiga Daiana Mangafas, jugadora de la Selección de futsal que vive en Italia. Pamela: “Estoy acá por todas las mujeres futbolistas que nos sentimos representadas por Diego. Todas quisimos ser él cuando empezamos a jugar al fútbol”.

 

El sol que va creciendo en intensidad rebota contra una visera de mil batallas que tiene puesta Pablo, 45 años, en situación de calle desde que se separó hace cinco años. Se dedica a la venta ambulante en Claypole, desde donde llegó temprano para rendir su homenaje. “Lamentablemente se nos fue Dieguito”, reflexiona con tono pausado. ¿Por qué estar hoy acá? “Fue el más grande de todos... todo el mundo está triste”. Sigue camino por la Avenida de Mayo rumbo a la 9 de Julio.

Alejandra (47) está rodeada de hijxs, nietxs y sobrina, representantes todxs de una generación que –a diferencia de la canción de la agradecida hinchada del Nápoli– no ha visto a Maradona jugador. Alejandra habla detrás de unos grandes lentes oscuros: “En el ’82 estuvimos muy tristes por lo que había pasado y él nos supo alegrar en el ‘86”. Vive en Monte Grande desde el comienzo de la pandemia, cuando abandonó junto a su familia Mar del Plata porque no tenía trabajo. 

Leandro, que vino de Caseros, tenía 6 años en el Mundial ’86. La pandemia también lo dejó sin trabajo, porque la fábrica pyme de herramientas de construcción donde trabajaba tuvo que cerrar. Con gorro piluso de Racing y brazos multitatuados, habla sobre los sentimientos de este día: “Esto traspasa las camisetas, tenés de River, Boca, Chacarita, Racing. Estamos todos impactados”. ¿Cómo se explica este amor popular, esta congregación de gente que peregrina rumbo al ídolo que descansa para siempre? “Diego trasciende el fútbol, es un sobreviviente de la vida. Jugó drogado… uno sabe lo que es –con gesto de compasión–. Pero ahora descansa en paz, está más tranquilo, fue a juntarse con Don Diego y Doña Tota, que los extrañaba”

 

En lo alto de una esquina enfrentada al Cabildo se despliega una pancarta que tiene la firma de La Poderosa: “Gracias, Diego. Sos la villa en carne viva”. Y otra: “No sabemos a qué planeta te fuiste. Pero nadie olvida de dónde saliste”. En este primer día de la nueva normalidad, hay escenas únicamente maradonianas: cuerpos fundidos en un abrazo donde se mezclan River con Boca, hinchas de Newell’s que consuelan a los de Rosario Central, gente de Racing que camina a la par de la de Independiente sin desconfianza. 

Y también están las camisetas de Chicago, Gimnasia de La Plata (la última casa futbolística de Diego DT), Nápoli, Laferrere, Barcelona, San Lorenzo, Huracán, Estudiantes de La Plata… en el corredor de vallas por donde circula la gente hay una liga multiclubes que comparte el mismo sentimiento colectivo.

El pueblo (futbolero y no) hoy pisó las calles nuevamente porque la noticia inesperada comienza a calar en las pieles de pelos erizados y en los corazones convulsionados por la pérdida. Si este pueblo (futbolero y no) tuvo en otro tiempo su dolor Gardel y su dolor Evita, hoy experimenta la extraña sensación de nacer al dolor Maradona.

Iliana, 5 años, que a upa de su papá Horacio sonríe dejando al descubierto los dientes que se le han caído, se entusiasma mostrando una pulserita de goma con los colores de Boca. Han venido desde Ramos Mejía con una misión: ofrendarle la pulserita al barrilete cósmico que ha remontado vuelo hacia otra galaxia.

Camisetas de Argentinos Juniors, el primer club del cebollita Diego, hay montones. Celeste (32) tiene puesta una, con un piercing en la nariz y un pañuelo canchero en modo vincha: “Me genera muchas contradicciones esto, porque este año estuve adentro de mi casa cuidándome”. Así justifica su pero: “Tenía que estar, es una obligación. Diego es pueblo. Viajé por distintos lugares y Maradona siempre fue un pasaporte”.

Vení vení / Cantá conmigo / Que un amigo / Vas a encontrar / Que de la mano / De Maradona / Todos la vuelta vamos a dar

El canto emerge en un rincón y se esparce por la larga fila de personas con remeras y banderas coloridas que dobla por Bernardo de Irigoyen (los carriles vehiculares de 9 de Julio funcionan normalmente) hacia el Sur. Es imposible adivinar hasta dónde llega la fila. Es imposible adivinar hasta dónde llega la devoción por el Diez. Tanto como pronosticar que esta fiesta popular puede transformarse horas después en una represión policial violenta.

Brasilero, brasilero / Qué amargado se te ve / Maradona es más grande / Es más grande que Pelé

Marcos Benicio confiesa lo inconfesable para un brasileño como él: que Brasil también ama a Diego, aunque lo haya sufrido en el arco propio en el Mundial de Italia ’90. Tenía 6 años, Marcos, pero todavía se acuerda del pase en profundidad a Caniggia que selló la suerte de ese partido. Marcos muestra, debajo de su camisa de oficinista, la remera que usó Brasil en aquel Mundial y dice: “Estoy acá porque Maradona trasciende el mundo del fútbol y en Brasil lo amamos y le tenemos mucho cariño”. 

 

Los y las hinchas de Diego que se acercan a Balcarce 50 lloran su bronca frente a los móviles de televisión que hacen guardia para mostrar el desfile de rostros y emociones. Una vez atravesada la reja que separa la explanada de la Casa de Gobierno de la Plaza de Mayo, los repetidos controles del personal de seguridad insisten en guardar los teléfonos celulares. 

Diego no se murió / Diego no se murió / Diego vive en el pueblo / La puta madre que lo parió

La fila avanza lenta. Los pasos son cuidadosos, como si en un penal se definiera una serie mundialista. 

¿En qué pensaba Diego cada vez que se enfrentaba a la pelota detenida a metros de un arquero desorientado? ¿Volvía con los recuerdos a la casa de Villa Fiorito donde Doña Tota inventaba dolores de panza para que la comida escasa no le faltara a sus hijxs? ¿Rescataba de la memoria los goles imposibles que hacía con los Cebollitas?

El silencio se profundiza al atravesar el arco de ingreso, donde una gran tela de luto acompaña a la escarapela argentina. Hay determinados instantes de los partidos, muy parecidos a este instante, en que hasta los estadios desbordados de espectadores parecen apagar las gargantas de golpe. Aquí y ahora, las gargantas y los estómagos se comprimen.

El vallado indica una curva hacia la derecha y en el salón aparece el eco de las palabras que brotan como pidiendo permiso: “Gracias, Diego”, “Sos un ídolo”, “Te quiero, Diego”. La marcha lenta continúa en el corredor central. Ahí, en un punto a mitad del recorrido, al otro lado de la valla derecha, está el féretro cubierto por una gran bandera argentina y algunas camisetas futboleras. Frente a los ojos incrédulos, la confirmación de que nuestro dios humano ha muerto. Y después seguir caminando rumbo a la salida.

 

Una chica de pelo lacio y canoso avanza unos metros y se frena. Algo de la experiencia reciente le resuena en el cuerpo. Se inclina hacia adelante. Rompe en llanto. Se cubre la cara con las manos.

Tal vez ha descubierto con amargura que hoy comenzó una nueva normalidad y una nueva era. El primer día del año uno después de Diego Armando Maradona.
 

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