Vivir en estado de emergencia

por Lautaro Romero
Fotos: Hernán Vitenberg
13 de septiembre de 2019

La media sanción que obtuvo el proyecto de ley de Emergencia Alimentaria alivia la tensión social, pero no le gana al desempleo y al hambre que se sufren en los barrios más pobres. Hablamos con las familias que resistieron 48 horas de acampe, en medio de la 9 de julio.

Con 222 votos a favor y una sola abstención, la Cámara de Diputados le dio, este jueves, la media sanción al proyecto de ley de Emergencia Alimentaria.

La ley, que establece un incremento de al menos un 50% en concepto de las partidas presupuestarias vigentes para políticas de nutrición y alimentación, ahora será evaluada en el Senado, tras recibir la aprobación de quienes gobiernan y toman decisiones por un país entero, por esa masa que se agolpó en las inmediaciones del Congreso a la espera de la noticia; y por el resto de las familias numerosísimas que emergen desde los barrios más empobrecidos de la provincia, y con frío, hambre y cansancio a cuestas llevan 48 horas de acampe sobre la 9 de julio.

Los hombres están a cargo de hacer guardia de noche, de mantener el fuego encendido, del cual ya solo quedan cenizas. Pero sobre todo, tienen el menester de abrir bien los ojos: no vaya a ser que la Policía de la Ciudad vuelva a reprimir, con palos, gases y agua, como lo hizo el miércoles, a piacere. 

Las fuerzas de seguridad no bajan la guardia e imponen su presencia, sus cascos y sus armas formando un cordón frente al Ministerio de Desarrollo Social.

Ante sus narices, el acampe permanece expectante a lo que ocurra en el Congreso. Hay banderas en alto del Polo Obrero, Barrios de Pie, el MTR Votamos Luchar. También exigen por la libertad de Daniel Ruiz. Envueltos en frazadas recuestan las angustias sobre el pavimento. Algunas lo hacen dentro de carpas en forma de iglú. Más de una una persona aprovecha el momento de calma y el sol que parece revivir esas cenizas ya consumidas, para recuperar algo de sueño.

Adrián luce abatido. Ahora descansa encogido en un cochecito de bebé. Cuenta que cuando ocurrió la salvaje represión (que dejó el saldo de un detenido y varios heridos), los policías les tuvieron misericordia, a sus hijos y a su mujer porque está embarazada. Piensa que si no hubiese sido otro el final: “Nos hubiesen golpeado”

Adrián tiene cinco hijos. Tres de ellos juegan, sonríen e invitan a jugar, mientras nos acercamos a la carpa donde ya no cabe nadie más, y hace de refugio ante semejante desigualdad: a nuestras espaldas hay edificios lujosos de incontable cantidad de pisos, que en pleno centro son símbolo del capitalismo en su máxima expresión.

“Ellos, los que nos miran desde arriba tienen la panza llena, no saben lo que es”, nos dice Soledad, esposa de Adrián. “La gente pasa y nos trata de ´negros´,  nos grita que ´vayamos a laburar´. Pero yo creo que somos todos iguales. No venimos a pedir planes, sino trabajo. No es fácil venir y cortar las calles porque queremos. Estamos reclamando algo digno, tenemos hambre”, denuncia.  “Antes hacías una changa y con 300, 400 pesos algo de comida te traías. Ahora, ¿cuánto tenés que gastar para comer? No alcanza. Y nos vemos obligados a salir a la calle para pedir. Está muy dura la mano”.

A la charla se acercan más integrantes del merendero Shalom, ubicado en Florencio Varela, donde a los pibes y pibas les ofrecen meriendas tres veces a la semana. “El reclamo que hacemos es para que a los chicos del barrio les llegue la comida. Para que podamos tener mercadería en los comedores. Tenemos más de cincuenta chicos y nos duele repartir lo poquito entre tantos. Tenemos que salir a hacer changas para comprar la leche y el azúcar. Y contamos con una panadería que nos ayuda con facturas y pan”, relata Adrián.

“La gente pasa y nos trata de ´negros´,  nos grita que ´vayamos a laburar´.  No venimos a pedir planes, sino trabajo. Estamos reclamando algo digno, tenemos hambre”.

Soledad confiesa que extraña salir de paseo con sus hijos, algo que ya no puede hacer por verse obligada a ocupar el tiempo que le queda libre cuando no está en el merendero, en salir en busca de comida. También está cansada de los abusos: “Nos humillan y nos basurean, haciéndonos trapear pisos por unos cuantos pesos”.

En el comedor Shalom necesitan alimentos, pero a la lista de compras se le suman mesas, sillas, vasos, jarras para servir la leche y el mate cocido a los más pequeñxs. Soledad cuenta que la mayoría de las personas que resisten en el acampe, participan de los merenderos donde abunda la solidaridad. “Somos todos compañeros, es muy importante que nos ayudemos entre nosotros. Acá nadie nos da un peso. Acá estamos a lo que nos den. Como un jubilado, que se acercó a ofrecernos pan y milanesas”.

 Es cuestión de escuchar cada uno de los relatos, para entender que las necesidades son las mismas, y que las historias, sombrías y tristes, se repiten una y otra vez.

La mayoría de las personas que resisten en el acampe, participan de merenderos donde abunda la solidaridad. 

En el comedor La Casita, en González Catán, hacen lo que pueden por brindarle un gesto de amor a más de ochenta chicos y chicas que asisten a diario en busca de un almuerzo y una merienda digna. “No llega carne, pollo ni verduras. Y lo que llega, no alcanza. Es mucha la necesidad. No alcanza la plata ni el alimento. Esto se tiene que resolver ya, sino vamos a morir de hambre”, suelta Marcela, quien tiene varias bocas que alimentar.

“Hay muchos desocupados. No sé qué pretende el presidente. Es feo ver a los chicos y decirles que no tenes leche para darles. Tenemos que luchar por nuestros hijos. No hay trabajo genuino. Vamos a aguantar acá, luchando a ver si logramos algo”, agrega María.

Quién sabe cuántas horas llevan sentadas sobre el cordón, esperando una respuesta.

Al transcurrir la tarde, en plena recorrido por el acampe, nos enteramos que el proyecto de ley de Emergencia Alimentaria recibió media sanción, y que podría aprobarse.

“No llega carne, pollo ni verduras. Y lo que llega, no alcanza. Es mucha la necesidad. No alcanza la plata ni el alimento. Esto se tiene que resolver ya, sino vamos a morir de hambre”.


Para Ricardo López, “jubilado independiente” de Lanús, el proyecto “es una mentira”. “Lo manejan cuatro, cinco personas. No se conoce cómo ni cuándo lo van a implementar.  La guita la van a recortar de los bonos que le dan las industrias a los obreros. Y muchas de las fábricas están cerrando. Este Gobierno es para ricos, no para pobres. Ahora se limitó un poco, pero este Gobierno ya perdió”, asegura. 

Sus 79 años no le impidieron poner el cuerpo ante la represión. “Había pibas, menores, criaturas, no podes empezar a los cañazos”, dice. Tampoco hoy le impiden sostener la pancarta para que los presentes sepamos de sus reclamos: Ricardo, como la gran mayoría, exige por el aumento en los salarios y en las asignaciones y el pago en término de los planes sociales.

Hace algunos años Tania terminó la carrera para maestra de grado. Para su infortunio, nunca pudo trabajar de lo que estudió. Le sobran motivos para desconfiar del Programa de Respaldo para Estudiantes de Argentina: el plan de becas Progresar.

Le sobran razones para estar aquí.

 “Dicen que es una ayuda y te ponen un montón de trabas. Si nos ayudaran, la gente no saldría a cortar la calle. Si no tenés para comer, no vas a pensar en estudiar. Duele porque es un país rico, pero con políticos empobrecidos de cabeza que no piensan en el otro, que nos dejan a la merced para que nos arreglemos como podamos”, reflexiona Tania, mientras alimenta a su bebé de ocho meses, y una sonrisa que da esperanza.

Para Karina y Marcela, de La Ferrere,  es la primera vez que acampan durante dos días. Ellas también desconfían de lo que pueda hacer el Gobierno de ahora en más. No creen que la tarjeta alimentaria, que según el oficialismo serviría para “amortiguar” los aumentos en los pecios de los alimentos después de la devaluación por los resultados de las elecciones, vaya a solucionar sus problemas.

"Si nos ayudaran, la gente no saldría a cortar la calle. Si no tenés para comer, no vas a pensar en estudiar”


Hace poco les donaron una cocina y una garrafa para el comedor del cual forman parte.

“Con dos mil pesos no le vamos a dar de comer a nuestros hijos.  La tarjeta no se la van a dar a todos porque siempre hay un curro de por medio. No es solamente el arroz, el fideo y la leche. Hay otras necesidades”, explica Karina. 

“Tratamos de hacer actividades, rifas o sacamos plata del pozo en común para lo que se necesite. Estar siempre presentes, ser cuidadosos. A veces Desarrollo no te manda nada. O es una miseria que no alcanza para cocinar todos los días. No estamos acá porque nosotros queremos, pero lo hacemos porque no nos dan respuestas. La gente cree que somos unos piqueteros de mierda, pero gracias a Dios tenemos lo que tenemos por luchar y salir a las calles”.

Es viernes por la mañana, es tiempo de volver a casa. Las más de 20 organizaciones sociales deciden levantar el acampe, con la promesa de una jornada de 72 horas, de la misma índole, para la semana próxima: “Si la ley no avanza, vamos a venir por más, hasta que salga. No somos gente quilombera, ni que roba. Todos somos pueblo”.

Un pueblo que vive en estado de emergencia.

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