Compartir

Las esenciales sin lo esencial

por Mariana Aquino
Fotos: Agustina Salinas
04 de mayo de 2021

Ellas están a cargo de comedores comunitarios del conurbano. Tras un año de pandemia cada vez son más las personas que comen sus comidas pero la mercadería escasea en los barrios donde el Covid es una más entre las pestes y la vacuna para las cocineras todavía no llega.

Un año de barbijos y distanciamiento social, el subsidio del Estado que ya quedó en el recuerdo y la vacuna que todavía no llega a las tareas más esenciales de toda esencialidad; así el consejo de quedarse en casa para cuidarse es solo un slogan en los barrios, donde para conseguir el mango y poner algo en la olla hay que salir, patear la calle y rebuscársela.    

Acá la pandemia se terminó. Todos los vecinos tienen que salir, tomar colectivos, exponerse. Acá cuidarse es un lujo. Igual te digo la verdad: ya la gente le tiene más miedo al hambre que al covid. Y es triste porque el virus también nos mata, pero qué vamos a hacer”, dice Sandra Orellana. Ella dirige Todo por los chicos, un comedor comunitario en Homero Manzi al 2900, en Villa Albertina (Lomas de Zamora). Lo hace desde 2017, cuando cerró el almacén que atendía con su pareja y empezó a mirar mejor a su alrededor, a los pibes y las pibas de su barrio que no tenían qué comer.

En marzo de este año los números del INDEC nos hicieron ruido en la panza: la pobreza aumentó en el segundo semestre de 2020 y alcanzó en todo el país el 42%, mientras que la indigencia llegó al 10,5%. La frialdad de estos números toman sentido y duelen más al escuchar a Patricia Iñiguez: “La estamos pasando mal todos, imaginate que nosotras tampoco podemos hacer mucho, vamos sobreviviendo. La gente está muy mal económicamente, estamos olvidados. Acá vienen cuando quieren el voto y después chau. Se inunda la calle, el olor a podrido es inmundo y le roban a la gente a la mañana cuando va a trabajar porque no hay luz en la calle. Todo eso te va desgastando. Trabajamos todos los días para ayudar y nadie nos ayuda a nosotras. Nos desalienta pero seguimos para adelante. No hay que bajar los brazos porque acá la gente es solidaria, nos ayudamos entre nosotros”. 

Patricia es la coordinadora de Los 10 Patitos, de Fiorito. El nombre del comedor comunitario es porque tenía diez nietes cuando abrieron, ahora ya son 12. Con sus compañeras arma los 60 tupper que entregan los lunes, miércoles y viernes por la tarde en la vereda de su casa, que funciona como comedor comunitario. “Con lo que hay, con lo que se puede”, como dice Patricia. 

“Acá la gente viene porque tiene hambre”, sentencia Sandra del comedor Todo por los chicos y le creemos. ¿Quién puede elegir comer de un tupper o recalentar la comida, si es que hay para el gas?  “A cada familia le gustaría tener comida para poder cocinarse, elegir qué cenar, hacerlo en casa, con una olla humeante en la cocina. A nadie le gusta ir a pedir a un comedor, ir con un tupper y comer lo que les dan. Pero no pueden, muchas familias viven en casitas precarias de chapa, salen a cartonear para ganarse un peso y esos pesos que traen no alcanzan para nada”. 

Los chicos de la vía, como bautizó a su comedor Marcela García, este año salieron del costado del zanjón y el camino del tren que une Haedo con Temperley. El barrio fue reubicado y zafaron de los peligros y las enfermedades a los que se exponían en ese asentamiento.  “Pero no zafaron de todas, no están mejor”, dice Marcela. El barrio crece y la demanda en el comedor también. Ya son dos manzanas las que dependen de los tupper de Marcela. Más de 80 pibes y pibas cenan cada noche con sus viandas. “Y la necesidad es muy grande. Todos vienen con su platito porque necesitan, mucha gente grande que no tiene qué comer, con enfermedades que le impiden salir a trabajar ya. Es duro porque yo tampoco tengo mucho pero lo poco que tengo lo pongo en el comedor”.

"Trabajamos todos los días para ayudar y nadie nos ayuda a nosotras. Pero hay que bajar los brazos porque acá la gente es solidaria"

Marcela está al frente del lugar desde hace un año y medio, cuando empezó a armarse el nuevo barrio: un conjunto de casitas de chapa y cartón, con luz precaria y sin ningún servicio, lejos de los ojos del Estado. Ahora el barrio se mudó a un espacio cedido por el municipio y el comedor se mudó también. “Tenemos chicos y gente grande, cartoneros del barrio que no tienen otra entrada, y capaz esta sea la única comida del día. Somos varias mujeres trabajando pero necesitamos ayuda".

La pregunta de tan básica me resultó necesaria: ¿Por qué un comedor comunitario con lo difícil que es sostenerlo? ¿Cómo dar de comer a tanto piberio empobrecido?: “Con mis 7 hijos la pasé duro yo. La comida no siempre alcanzaba y nos hemos ido más de una noche a dormir sin cenar. Eso no se lo deseo a nadie, no quiero eso para mi barrio, para los pibes de acá. Por eso trabajo duro, para que nadie se vaya con la panza vacía a dormir.  Aunque sea un guisito humilde, pero con algo caliente en la panza”, explica Patricia. 

A Marcela los pibes de la vía le tocaron el corazón. Cuando empezó el barrio veía cómo a los chicos y chicas del asentamiento les pasaba el mediodía por encima. Mientras sus mamás y papás improvisaban alguna pared de cartón con techo de nylon, elles no tenían qué comer. “Le dije a mi prima: ´Che, yo les voy a cocinar a estos pibitos´. Yo trabajaba en la cooperativa de cartoneros “Jóvenes en progreso” y ellos me ayudaron. La presidenta me dio una mano con el comedor y después puse de mi bolsillo y de donaciones que gestioné. Así empecé, con cinco familias que después fueron diez. Y acá estamos, en un camino que no tiene vuelta atrás. Mientras tenga fuerzas voy a cocinarles”. La idea de Marcela es terminar de construir el comedor y hacer una carpintería para que la gente del barrio trabaje allí.

VACUNAS ESENCIALES

Desde que las primeras vacunas llegaron al país, las organizaciones sociales vienen reclamando que se incluyan en los trabajos esenciales a las cocineras de comedores comunitarios; así pueden continuar sin mayores riesgos con su tarea, para mantener los espacios abiertos, que además de alimentar, contienen y educan. 

Esta semana, aseguraron desde el Gobierno Nacional que les trabajadores de comedores “serán vacunados cuando se empiecen a vacunar a los esenciales como a una cajera de un supermercado o un chofer de colectivo”. Las cocineras también tendrán que esperar su turno. "Lo que más queremos es vacunarnos. Acá ya tuvimos dos compañeras con Covid y yo soy de riesgo. Nosotras necesitamos trabajar sin miedo a morir, merecemos ser consideradas esenciales", dice Patricia. 

"A nadie le gusta ir a pedir a un comedor, ir con un tupper y comer lo que les dan" 


UNA ALIMENTACIÓN SANA: ¿PRIVILEGIO O DERECHO?

“Polenta, fideo, otra vez polenta y así. Ojalá pudiera hacerle más cosas ricas a los chicos, me encantaría cocinarles un buen pedazo de carne, unas verduritas… pero no tenemos siempre. Mucha harina, viste, como comemos los pobres. ¡Qué va a hacer! Sabés cómo duele cuando las compañeras me dicen: ´Che Pato, otra vez guiso le vamos a dar´”, cuenta Patricia. 

“A mí también me encantaría darles de comer más sano. Casi siempre puedo hacer guiso, fideos con tuco, a veces carne, casi nunca. Sería bueno que sea más variado el menú. Pocas veces pueden comer unas frutas mis chicos”, se lamenta Marcela, que cuando dice “mis chicos” se refiere a Los Chicos de la Vía.

Polenta, fideos y otra vez polenta. Un pedazo de carne cada tanto, y papa, cebolla y calabaza como únicas verduras. Esa es la base de la alimentación de la población que más padece la pandemia. La falta de políticas públicas, la inflación y el desconocimiento de la soberanía alimentaria como un derecho de todes (no un privilegio de quienes pueden pagarlo) hacen que esa sea la base de la alimentación de niñes y grandes en los comedores comunitarios. 

Hay que luchar contra los sectores especulativos, hay que romper el espinazo de los monopolios de alimentos, hay que pensar las políticas públicas para controlar el problema de la inflación. Por eso en crisis y emergencia pasan a primer plano las organizaciones sociales, la economía social, pasan al frente. Ellas son fundamentales para que el alimento llegue a la mesa de los sectores más vulnerables”, escribió Myriam Gorban en el prólogo del recetario que la Unión de Trabajadores de la Tierra presentó ni bien empezó la pandemia en abril de 2020, junto con la Red de Comedores por la Alimentación Soberana. 

"Sabés cómo duele cuando las compañeras me dicen: che Pato, ¿otra vez guiso le vamos a dar?”

Comer y comer sano, eso propone la UTT. Y el recetario llegó a las cocineras esenciales, a los tupper que más necesitan soberanía. “Qué bueno esto que leo, me da idea para arreglarme con poco y hacer algo nutritivo”, se alegra Marcela.  

Una salida colectiva, una noticia de las buenas, esas que a los medios de comunicación (con buenas intenciones)  nos cuesta encontrar por estos días de barbijos y distanciamiento social. Buenas noticias como Marcela, Sandra y Patricia: pequeñas victorias, grandes fueguitos que iluminan. 

A los comedores cada día se acercan más familias por un plato de comida caliente que de otra forma no tendrían, voluntaries que dan una mano y  algunas donaciones, pero el Estado todavía no llega por completo. ¿Hasta cuándo las esenciales serán invisibles a sus ojos?