Una cooperativa que genera trabajo y tomates sanos en San Juan

por Agustín Colombo
Fotos: Sebastián Lampasone
14 de septiembre de 2021

En Boca del Tigre, un pequeño pueblo rural sanjuanino, vecinas y vecinos se asociaron para producir y comercializar de manera agroecológica. La discusión inicial sobre por qué trabajar sin agroquímicos, el mito del rinde y una frase que sintetiza su elección: "Más que un sistema o modelo de producción, creemos que es un estilo de vida”.

A diferencia de lo que sucedió en otros ámbitos, organizaciones y empresas, la pandemia unió y terminó de pulir lo que durante años se establecía de manera informal en Boca del Tigre, un pequeño pueblo rural de San Juan que ahora también es el nombre de una cooperativa que surgió en tiempos de aislamiento para darle una solución a las pequeñas producciones de tomate de la región.

“La matrícula en el INAES (Instituto Nacional de la Economía Social) salió el 21 de mayo de 2020, en plena pandemia, en un momento en el que toda la sociedad se preguntaba sobre lo que comía y cómo lo hacía”, recuerda Lidia Furlani, una de las fundadoras.  

Ese cuándo y ese dónde plantearon algunos desafíos iniciales que continúan, con más fuerza, hasta hoy. En San Juan, como en casi todo el país, existe una discusión sobre los modelos de producción, en este caso de tomate: el dilema es megaemprendimientos con semillas transgénicas sintetizado en el programa “Tomate 2000” o la producción sin agroquímicos como el de la Cooperativa Boca del Tigre.  

Atravesadas por ese debate desde sus primeros días, alrededor de 15 personas empezaron a organizarse para pensar cómo producir un tomate criollo en esa región del departamento de San Martín. “Nuestra fundación no ha estado exenta de discusiones —recuerda Lidia—. Los varones, por ser obreros rurales acostumbrados a trabajar en producciones grandes donde se aplican agroquímicos, querían hacerlo de esa manera. Pero finalmente los compañeros cayeron en la cuenta: hoy es muy satisfactorio escucharlos hablar de bioinsumos". En ese proceso de deconstrucción, el acompañamiento del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) fue clave.

A esa discusión se le sumó el arduo trabajo de conseguir lo necesario para iniciar la rueda: desde la cinta para hacer el riego por goteo hasta la maquinaria pesada para el laboreo de las tierras. Todo en el peor de los contextos, cuando el #QuedateEnCasa paralizaba a todo el país. 

Un programa municipal llamado “San Martín Agroecológico” y un financiamiento para cooperativas que sacó el gobierno provincial dieron el empujón que faltaba para convertirse en una empresa autogestiva dedicada a la producción de tomates agroecológicos.

En Boca del Tigre, cada cooperativista trabaja su propia tierra en lo que se llama “siembra traspatio”. Detrás de sus casas tienen una, dos y hasta cinco hectáreas con plantaciones de tomates. Eso permite la cercanía entre el hogar y el trabajo. “Es la forma en la que queremos vivir”, aseguran.

Un estilo de vida más barato

César González derriba el mito de la baja productividad o rinde de la producción agroecológica: precisa que en la cooperativa cosechan un promedio de siete u ocho kilos por planta, contra los menos de diez que obtienen las de “Tomate 2000”. Hay alrededor de 6.000 plantas por hectárea. “Este sistema de producción es mucho más económico y saludable, no solo para nosotros que consumimos estos productos, sino para el ambiente. Te demuestra, además, que no hace falta tener grandes máquinas para producir. Con tierra y voluntad la naturaleza hace lo demás”, explica.

Este año, la cooperativa produjo sus propios plantines con semillas que habían guardado vecinos y vecinas de la zona, dado que el INTA no estaba entregando semillas. Y acaban de inaugurar una sala de elaboración de conservas en las que preparan tomates triturados y pickles de verduras. La idea, además, es diversificarse y producir tomate disecado, tomate en polvo y tomate en conserva de aceite de oliva.  

Podrían hacer dulces, pero decidieron evitarlo porque hay vecinas del pueblo que se dedican a eso. La cooperativa, lejos de competir, quiere incorporarlas como asociadas o, en su defecto, ayudarlas a comercializar sus productos. 

Pero van por más. La intención a mediano plazo es organizar una colonia agroecológica en una parte de las 67 hectáreas que la empresa Jugos y Vinos Andinos le donó a la municipalidad.

Mujeres sabias

Cuando se vuelve al dilema inicial sobre por qué producir sin venenos, se revela el rol clave de las mujeres de la cooperativa. Lo precisa Lidia: “Las mujeres estamos más acostumbradas a la producción traspatio. No tenemos acceso a agroquímicos, no lo tenemos incorporado. En cambio los compañeros, que son empleados como obreros rurales, sí tienen acceso y experiencia con esos insumos. Nosotras ponemos aromáticas, flores para repeler a ciertos bichos. Tenemos menos recursos económicos, pero somos más ágiles”. 

La pregunta de “¿Qué hacemos si no tenemos Round Up?” que sobrevolaba en los inicios fue respondida con una solución: los bioinsumos. En ese sentido, su integración a la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT), aseguran, les dio un respaldo y diversas capacitaciones. “Una cooperativa de corte agroecológico sola en San Juan desaparecería”, remarca Lidia. Y agrega: “Sin eso, el proceso hubiese sido mucho más lento. La UTT nos da más fuerza para avanzar, incorporar nuevos conocimientos, nos ayuda en los modos de organización”. “Estar vinculados a la UTT es importante porque sentimos que no estamos solos en este estilo de vida. Porque la agroecología, más que un sistema o modelo de producción, creo que es un estilo de vida”, completa César

Pero además de no estar rociados con agrotóxicos, los tomates de la cooperativa Boca del Tigre tienen algo que escasea en las grandes ciudades de Argentina: sabor. Por lo general, lo que llega a Buenos Aires, Rosario, Córdoba o Mendoza es un tomate de una semilla transgénica, producido en invernadero y que madura en cámaras de frío. Un proceso contranatura que tiene sus consecuencias al morder este fruto.

Lo otro es la época: el tomate es del verano. “No podemos esperar un tomate fresco en invierno. Para nosotros, en invierno se come tomate en conserva. Y en el verano, tomate fresco”, explican. Un aprendizaje que tiene que ver con el tiempo, y también con un estilo de vida.   

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