Un grito para frenar la mano dura

por Mariano Pagnucco
09 de julio de 2018

Gracias a la construcción de herramientas propias surgidas en el territorio, una generación de jóvenes de los barrios más postergados ensaya distintas maneras de ponerle un límite a la represión estatal. Un “Nunca Más” urgente que desnuda las deudas de la democracia y reaviva los fantasmas del pasado.

Hay fotos que condensan mensajes tan claros como para poder pintar una época. Ahí hay una. En la mañana fría de otoño, una mujer y tres pibes sonríen detrás de una pancarta. La mujer es Nora Cortiñas, Madre de la Plaza y de todos los Nadies que sufren injusticias a diario en la Argentina; los pibes son Iván, Ezequiel y Roque, tres vecinos de la Villa 21-24 de Barracas que se abrazan para la foto y para la lucha que se está dando allí, en su territorio.

En este otoño de 2018, los cuatro juntos representan dos generaciones lejanas en el tiempo pero cercanas en eso que la pancarta señala: “luchando”, se lee en el pedazo de tela que los cobija del frío. La frase completa dice “Las villas en guardapolvo luchando contra la impunidad / Control popular a las fuerzas de seguridad” y esa pancarta blanca, que lleva la firma de La Poderosa, sirve de marco a una numerosa caravana que inicia su marcha en el corazón de la villa, donde se juega la agenda de los derechos humanos de la Argentina actual.

Hoy como antes, el objetivo es decir “Nunca Más” a los abusos del Estado. Una lucha que sostienen desde hace cuatro décadas las Madres y que en estos días se ha trasladado a los barrios marginados, donde toda una generación de pibes y pibas que sufren cotidianamente la represión estatal se organiza para decir basta. Por eso la foto de Nora junto a Iván, Ezequiel y Roque es un mensaje de época para toda la sociedad.

La pena de muerte no existe en la Constitución pero sí existe en los barrios de la Argentina.

La inseguridad de los pobres

La iniciativa de “Control popular a las fuerzas de seguridad” empezó a sonar fuerte en los pasillos de las villas por impulso de La Poderosa a partir de un hecho concreto: el asesinato de Kevin Benega, de 9 años, en septiembre de 2013. Kevin murió después de un tiroteo frente a su casa, en un pasillo de la villa Zavaleta, y con la complicidad de Prefectura y Gendarmería. A pesar de las denuncias de los vecinos, las fuerzas encargadas de “cuidar” el barrio decidieron liberar la zona para que se enfrentaran dos bandos armados. El resultado fue trágico.

La larga lista de violaciones a los derechos humanos cometidas por los gobiernos democráticos después de la última dictadura (que organizaciones como CORREPI se han encargado de sistematizar con estadísticas precisas) está directamente ligada al rol de las fuerzas represivas. En las villas porteñas, concretamente, el antecedente inmediato al asesinato de Kevin fue el despliegue del Plan Unidad Cinturón Sur.

Según se lee en el boletín informativo publicado en agosto de 2011 por el Ministerio de Seguridad encabezado por Nilda Garré, el plan se puso en marcha “por instrucción de la presidenta de la Nación, Cristina Fernández de Kirchner” e incluía “el despliegue de 1250 efectivos de la Gendarmería Nacional y 1250 de la Prefectura Naval en jurisdicción de seis comisarías del sur porteño”. En otras palabras, dos fuerzas sin experiencia en seguridad urbana comenzaron a realizar “tareas policiales y patrullajes” en los barrios de La Boca, Barracas, Parque Patricios, Nueva Pompeya, Bajo Flores, Villa Soldati y Villa Lugano.

Bajo el pretexto del control del delito en las supuestas “zonas calientes” de la ciudad, lo que se logró fue un control territorial de los habitantes de los barrios históricamente más postergados. Como consecuencia, aumentó la inseguridad... para los pobres.

Antes tenían luz verde para hacer lo que quisieran, ahora directamente hay una bajada de línea.

Herramientas desde abajo

Con la llegada de Cambiemos al poder, la estrategia de control en los barrios populares no sólo se profundizó, sino que se vio reforzada desde el discurso oficial. El amplio abanico de funcionarios que va del presidente Mauricio Macri a la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, defiende públicamente la doctrina de mano dura. El debut de esa doctrina se hizo visible a poco de asumir el nuevo Gobierno: en enero de 2016, efectivos de Gendarmería tirotearon e hirieron a niños, adolescentes y adultos de una murga que ensayaba en la Villa 1-11-14 del Bajo Flores.

Nacho Levy, referente de La Poderosa, cuenta lo que se vive a diario en las zonas donde el Estado sólo está presente para reprimir: “La situación se ha ido agravando, porque si antes tenían luz verde para hacer lo que quisieran, ahora directamente hay una bajada de línea, un protocolo de la ilegalidad para ejercer en el territorio la mano dura y la pena de muerte que no pueden sacar en el Congreso. La pena de muerte no existe en la Constitución pero sí existe en los barrios de la Argentina”.

Entre los aprendizajes informales que recibieron los vecinos y las vecinas de las villas (a fuerza de palazos, balas de goma y municiones de plomo de las fuerzas de seguridad), está el valor de la organización popular. Por fuera de las instituciones gubernamentales y de los medios de comunicación amigos del poder, han logrado poner en práctica una teoría que no aparece en los libros de Derecho: para darle visibilidad a los abusos cometidos por el Estado hace falta juntarse y construir herramientas desde abajo.

Así nació La Garganta Poderosa, la revista de cultura villera que cuenta lo que pasa en esos barrios. Y así nació también una generación que no está dispuesta a vivir bajo la estigmatización y la persecución que ejercen las clases dominantes contra los de abajo.

No existe la ley para ellos cuando se trata de la villa.

El Estado en el banquillo

En mayo de este año, La Poderosa logró llevar su grito a los tribunales. Seis agentes de Prefectura (Leandro Antúnez, Orlando Benítez, Osvaldo Ertel, Eduardo Sandoval, Yamil Marsilli y Ramón Falcón) están acusados de haber detenido ilegalmente, insultado, golpeado, robado, torturado y sometido a simulacro de fusilamiento a Iván (18) y Ezequiel (15), en un episodio ocurrido el 24 de septiembre de 2016.

La organización popular logró que los seis acusados llegaran al juicio con prisión preventiva, a la espera de lo que puede ser un fallo histórico, no sólo por el peso de las condenas (hasta 25 años de cárcel), sino principalmente por el hecho simbólico de sentar al Estado represivo en el banquillo de los acusados en plena democracia.

En el territorio las cosas no cambiaron demasiado, porque durante las primeras semanas del juicio, Prefectura volvió a hacer de las suyas. En el mismo escenario, la Villa 21-24, los uniformados se desbordaron en su violencia, tirotearon la casa de Iván e ingresaron de prepo a la vivienda de Roque, de donde se lo llevaron junto a su hermana Jesica y su cuñado. Como no había pruebas en su contra, a las pocas horas fueron sobreseídos. “No existe la ley para ellos cuando se trata de la villa. Comenzamos a escuchar cómo pateaban el portón, cada vez más fuerte, hasta dejarlo como un papel rasgado. Entraron, sí, como si nada. Todos hombres, cinco, me agarraron de los pelos, me apretaron el cuello, me patearon las piernas y me dieron con sus palos, hasta que uno me puso contra la pared, manoseándome las tetas. Aterrada, grité: ‘¡Soltame, me estás tocando!‘. Y peor, me estrujó como una bestia”, relató Jesica sobre esa noche de terror que sirvió, después, para una puesta en escena de la ministra Patricia Bullrich (ver recuadro).

Por la memoria corta de lo que pasó con Iván, Ezequiel y Roque, tres militantes de La Poderosa, pero también por la memoria larga de lo que sucedió en la Argentina cuando el Estado aplicó el terrorismo como forma de disciplinamiento a los militantes, en la villa hubo una caravana numerosa con pancarta, agite y un cantito compartido: “No queremos policías / no queremos represión / queremos para los pibes / trabajo y educación”.

 Uno de ellos me puso contra la pared, manoseándome las tetas. Grité: '¡Soltame, me estás tocando!'. Y peor, me estrujó como una bestia.

En ese contexto ocurre una foto que pinta una época. Ella, la Madre de la Plaza, junto a ellos, los hijos olvidados de un país que duele.

Todos juntos. Dando pelea. Construyendo memoria. Click.

La Prefectura hace lo que quiere en el barrio

Por Iván Navarro*

Es siempre lo mismo: los prefectos agarran al que ellos quieren, lo ponen contra la pared, bife y chau. Eso, para nosotros, para todos los pibes del barrio, es normal... una requisa, un par de bifes y chau, siga. No tendría que ser así pero acá es normal. A cualquier pibe que te cruces y le preguntes te puede decir que sí, que lo revisaron, le pegaron y se lo llevaron. Mi expectativa con respecto al juicio es que salga todo bien, o sea, que los prefectos paguen por lo que hicieron. Y que después de esto siga todo tranquilo, porque el miedo mío, lo que yo estuve pensando más que nada es a futuro, después del juicio. Ellos queden o no queden presos, como están ahora, va a ser peor. Si terminan en cana y después a mí me paran y me piden documentos, cuando vean mi nombre, Iván Navarro, se pudre todo. Me gustaría que quede todo tranquilo, que quede todo bien, aunque no va a quedar todo bien. Tengo miedo, siento miedo de lo que pase después del juicio. Me acuerdo que después de lo que me había pasado a mí se acercaron dos chicos a contarme que a ellos les había pasado lo mismo: que los habían llevado, les habían pegado, pero no tienen una ayuda, nadie que los pueda escuchar o acompañar. Y también por el miedo, por el miedo nunca contaron nada. Ayuda mucho estar comunicados, organizados, a mí me ayudaron mucho los chicos de La Poderosa. Es importante estar organizados y acompañados. Yo creo que se puede revertir la situación de violencia en los barrios, pero es difícil. Eso es lo que buscamos todo el tiempo, calmar a las fuerzas de seguridad, que puedan darse cuenta que está mal lo que hacen y que se comporten como se tienen que comportar. Revertir esta situación se puede pero es complicado. Yo creo que en algún momento se van a calmar, pero va a llevar tiempo lograr que se calmen. Lamentablemente, los pibes toman como algo normal que los paren, les peguen y los suelten. Acá no cuenta eso porque es algo cotidiano, pasa siempre.

*Militante de La Poderosa torturado por agentes de Prefectuta en septiembre de 2016.

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