Sigma, la empresa que incendia y envenena todo un municipio

por Pablo Bruetman
Fotos: Vicky Cuomo
29 de noviembre de 2019

En las afueras de la localidad bonaerense de Mercedes posee una planta que formulaba, envasaba y distribuía glifosato y paraquat sin la habilitación pertinente. Hubo un muerto, piernas quemadas, operarios que perdieron ojos y el incendio más grande que se recuerde en la región. Pero lo peor está por venir: tierra, aire y agua repletas de veneno.

Una fábrica sin habilitación de Sigma Agro.
Una explosión de tanques con agroquímicos.
El incendio más grande del que se tenga recuerdo en la zona.
Bomberos que hacen un milagro.
Un muerto.
Agua contaminada.
Un bombero con una pierna quemada por los agrotóxicos.
Una empresa a la que le exigieron el cierre y sigue construyendo y comercializando.
Productos químicos vencidos que se comercializan y se expanden por aire,, tierra y agua.
Una escuela a 300 metros de la fábrica explosiva.
Bidones enteros de glifosato e imazetapir que se arrojan directo al agua 
Una planta de Sigma que gana 25 millones de pesos diarios en venta de paraquat y más de 12 millones de pesos en venta de glifosato: más de 1,1 billones de pesos mensuales. Y eso sin contar el resto de los productos que comercializa la firma.
Vecinos que no pueden permanecer más de 20 minutos fuera de sus casas porque el aire los enferma.
Explotación laboral.
Narices que sangran todos los días.
Albañiles durmiendo en containers.
El casero de la escuela internado por intoxicación.
Empleados de la fábrica internados por intoxicación.
Sueldos de 4 mil pesos por diez horas de trabajo semi esclavo
Empleados de Sigma quemados con agroquímicos por falta de condiciones de seguridad en la planta
Empleados de Sigma que perdieron sus ojos.
Ojos que no ven. 
Sigma, la empresa que produce el 40% del Paracuat en Argentina, Sigma una empresa que crece, una empresa que mata, aunque no esté en los medios de comunicación.

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Mercedes. Cuartel de bomberos voluntarios. Un hombre de aproximadamente 40 años pasea entre los autobombos.
-    ¡Buenas tardes! ¿Cómo está? Somos de Revista Cítrica, queríamos ver si podíamos conversar sobre el incendio de Sigma donde murió una persona.
-    Murió porque fue a buscar su máquina en el medio del incendio.
-    ¿Fue muy grande el incendio?
-    No, normal. Vi muchos más grandes.
-    ¿Y les dijeron por qué?
-    Todavía no se sabe. Cualquier cosa pudo haber pasado.
-    Los empleados dicen que había muy poca seguridad y que el alcohol estaba al lado de los agrotóxicos, que lo raro fue que no explotó antes.

Sigma, la empresa que produce el 40% del Paracuat en Argentina, Sigma una empresa que crece, una empresa que mata, aunque no esté en los medios de comunicación.


-    No son agrotóxicos, son químicos. Es lo que necesitamos para poder comer.
-    Queríamos hablar con quien estuvo a cargo del operativo ese día.
-    No estoy autorizado a pasarte el teléfono, pero pueden volver más tarde y lo encuentran acá, si es que él viene.
-    Bueno, después probamos. También estábamos buscando a los bomberos que quedaron heridos. ¿Son dos, no?
-    No. No hubo. Lo que pasa es que después del incendio hubo una persona que se fue a pescar a la laguna de Chascomús y se puso protector solar. Entonces, una lastimadura pequeña se complicó y se le quemó la pierna.
-    ¿O sea que no se quemó por los agroquímicos que estaban en la planta?
-    No, son químicos.

-    ¿Pero no dijiste que no eran agrotóxicos sino agroquímicos? ¿Si no son químicos qué son?
-    Sí, no. Bueno, todo tiene químicos, no son químicos que dañen.

-    El chico que se quemó la pierna, ¿Cómo se llama? ¿Podremos encontrarlo en algún lado?
-    Iván, te pasó el teléfono y hablas con él.
-    Dale.

Ojos que no ven                       

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Una nota publicada el 26 de septiembre en el portal agrolatam.com, un día antes de la explosión: “SIGMA, una empresa nacional con el foco puesto en ofrecer soluciones.

Sigma Agro es una empresa 100% nacional, destinada a la provisión de fitoterápicos para la protección de los cultivos, que permiten controlar las principales malezas, insectos y enfermedades que los afectan. Ofrece una de las paletas más completa del país.

La empresa cuenta con una planta ubicada sobre la Ruta 42 en el partido de Mercedes, Buenos Aires, con 9.000 m2 de superficie cubierta, donde apunta a formular este 2019 más de 12.000.000 lts, entre su producción propia y los servicios otorgados a otras empresas similares, convirtiéndose en una de las principales plantas formuladoras del país”
La planta se hizo fuego. ¿Por qué? No hay respuestas. Ni del municipio, ni de la OPDS (Organismo Provincial para el Desarrollo Sustentable), ni mucho menos de Sigma, la “empresa que ofrece soluciones”.

Ojos que ven lo que quieren.



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El bombero

“¿Quién te dijo eso? Mentira”, dice Iván. Mirá lo que es mi pierna. “¿Cómo van a decir que esto me pasó por protector solar? ¿Cómo te van a decir que fue un incendio común? Nunca habíamos visto algo así. Era una manzana entera prendida fuego. Vinieron de todos lados a ayudarnos porque era mucho fuego. El incendio arrancó a las 5 de la mañana, fue un incendio de una planta de una fábrica, cuando fuimos no teníamos muchos datos de lo que era. La fábrica estaba totalmente prendida fuego, tuvieron que llegaron bomberos de San Andrés de Giles, de Navarro, de Luján, de toda la zona y empezamos a sofocarlo. Recién a las 9 de la mañana nos dijeron que eran productos químicos peligrosos, así que tomamos prudencia pero igual siempre inhalás humo. Mi accidente fue así: me arrodillé para tirar con la manguera en un lugar donde el piso estaba liso. Tiraba el agua y volvía hacia mi lado. Estuve quince, veinte minutos hasta que me di cuenta de que el pantalón estaba lleno de barro, lo limpie y no le di importancia. Seguí trabajando. Tres horas después sentí ardor en las piernas pero pensé que era el roce con la bota. Me fui del incendio a las cuatro y media de la tarde. Cuando llego al cuartel, me saco el pantalón y tenía paspadas las piernas. Me dieron decradón y me pusieron oxígeno. Oxigeno nos pusieron a todos. Nos fuimos del cuartel a la una de la mañana.

Era una manzana entera prendida fuego. Vinieron de todos lados a ayudarnos porque era mucho fuego.

El día siguiente, el sábado, fui a trabajar, soy empleado en un comercio, y me sentía muy cansado, y muy descompuesto. Aguanté como pude. El domingo ya tenía las piernas muy inflamadas. El lunes temprano vinimos a la guardia en Buenos Aires, era una quemadura de segundo grado por el roce con químicos: glifosato y paraquat. Ahora voy todos los lunes a Buenos Aires, al Hospital del Quemado. Estuve muy complicado. Apenas podía caminar. Todavía me hago tres curaciones al día”.

“No teníamos ni la menor idea de qué había en esa fábrica. Yo me acuerdo que ahí había una fábrica de pastillas de cloro”, recuerda Iván, el bombero. “Fue todo muy raro. La empresa tenía un desagüe que largaba todos desechos químicos. El agua era de color verde y los vecinos no estaban ni enterados. Todo incendio es complicado pero imagínate uno con sustancias químicas. Hay que trabajar lo más alejado al fuego posible y que el humo te dé en la espalda. Eran los productos que tiran los aviones cuando fumigan pero en mucha más cantidad”.

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“Si perdiste un ojo fue culpa tuya, mogólico”, le dijo a Camilo uno de sus superiores en Sigma.

“Me dijeron que fuiste a buscar a tu hija al colegio. Si vas a buscar a tu hija es porque ya ves, tenés que volver a trabajar”, amenazó a Camilo el superior.

Camilo no trabaja más en Sigma. Lo despidieron y le dieron una indemnización mínima.

Camilo perdió un ojo cuando rebalsó un bidón de glifosato mal cerrado. Le tiraron agua. El superior lo llevó a una guardia. Le dejó mil pesos y lo dejó ahí tirado. Solo volvió a comunicarse con él para reclamarle que volviera a trabajar. Los mil pesos le alcanzaron solo para el primer remedio. 

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El che pibe

Enzo llegaba todas las noches a la casa con sangre en la nariz. "Enzo, no vayas más a trabajar ahí. No te cagues la vida por dos mangos", le repetía la madre todas las noches. 16 mil pesos por mes ganaba Enzo. Trabajaba desde las 5 de la mañana hasta las 7 de la tarde. Estaba contratado como operario. Le pagaban en negro. Sus funciones fijas eran embalar, producir, formular y envasar glifosato y paraquat. Aunque también lo mandaban a techar y a limpiar los containers.                                                                                          

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La escuela

¿Estaba habilitada Sigma para producir agrotóxicos? ¿Hubo un municipio y una provincia que habilitaron a una empresa productora de agrotóxicos a funcionar a 300 metros de una escuela?¿O hubo una empresa que engañó a una provincia y a un municipio?

Un millón de pesos a la basura. Un millón de pesos se gastaron en arreglar la escuela. La escuela no va a funcionar nunca. Una escuela no puede funcionar al lado de una fábrica de “fitosanitarios”. Se tiene que ir o la escuela o la fábrica. El municipio invirtió en la escuela un millón de pesos. Sigma invirtió millones de dólares en la planta. La que se va a ir es la escuela. Un millón de pesos del Estado a la basura.

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La teoría

Ni la empresa ni el Estado pueden identificar las causas del incendio. Solo trabajadores y pobladores de zonas cercanas arriesgan una teoría. No fue un cigarrillo mal apagado, no fue un error de un operario. A la hora de la explosión no había gente trabajando. En videos se ven tanques de mil litros de biodiesel chorreando por todos lados y cables al descubierto. Dicen quienes trabajaron ahí que cualquier chispita podía caer en los tanques. La única pregunta sin respuesta de esta teoría es por qué no pasó antes. La única respuesta posible es: un milagro. Un vecino lo ejemplifica con claridad: “Es como decir manejo borracho una vez no pasa nada, manejo borracho dos veces no pasa nada, pero la quinta vez que manejas borracho te la ponés”. Fin de los milagros.

Cuentan también que en los tambos hay un sistema que los inunda por completo para limpiarlos de la bosta y la leche. Ese mismo sistema se puede poner en los galpones y accionarse ante la detección de humo. En dos minutos se inunda el galpón. “¿Si lo tienen los tambos por qué Sigma no?”, se preguntan. Aunque saben la respuesta: “Les resulta más barato pagar sus cagadas que hacerlo bien”.


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El casero

“Fue tipo cuatro y media. Me avisó mi mujer, yo estaba trabajando, me vengo del trabajo y no me dejan pasar a la zona. Finalmente pude sacar de ahí a mí mujer y a mi hijo. Sino esta historia no la contaba”, señala la hora fatal del viernes 27 de septiembre Sebastián, el casero de la escuela. 

A esa misma hora Rubén Ponce tuvo un acto desesperado. Quiso salvar su máquina, su elemento de trabajo que estaba dentro de la fábrica. Una máquina que sale medio millón de dólares. Perderla, en este contexto económico, era la ruina. En las noticias salió que el 40% de su cuerpo se quemó. Estuvo internado una semana y murió. No podía sobrevivir con la exposición que sufrió a los químicos. Fue otra víctima fatal de los agrotóxicos.

“Nos fuimos 2 km más delante de la planta, como para poder respirar. Después hice limpieza y ventilé la casa. Como consecuencia quedé internado. Como siempre en el hospital no hay registro de que mi ingreso fue por los agrotóxicos”. Su ingreso es por gripe y alergia. Sus síntomas: fuerte dolor de cabeza, náuseas, vómitos, dolor en el pecho y en la espalda al respirar. La recomendación médica: realizarse un chequeo médico una vez al mes. ¿La realidad? Sebastián es otra víctima de los agrotóxicos. Sebastián no sabía que vivía al lado de una fábrica donde producían y envasaban glifosato y paraquat. 

“Me enteré por medio de un empleado que fue despedido lo que pasaba en la planta. Me pasó los videos donde se tiran los agroquímicos al suelo. Yo no sabía nada y eso que estoy a 300 metros. La empresa figuraba como que fabricaba cloro. Tengo entendido que nunca la habilitaron como agroquímica. La empresa creció mucho de 2018 a 2019, se veía que pasaban muchos camiones, era algo llamativo y por eso investigué, porque tengo un hijo chiquito y quiero que crezca bien”.

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Enzo le pasó los videos a Sebastián. Y a las organizaciones ambientales. Era el mismo Enzo a quien obligaban a tirar los químicos al suelo y a los ríos que llevan agua a la zona. Era también Enzo a quien obligaban a cambiar las fechas de vencimiento de los bidones para poder venderlos. 

¿Estaba habilitada Sigma para producir agrotóxicos? ¿El municipio y la provincia habilitaron a una empresa productora de agrotóxicos a funcionar a 300 metros de una escuela?

“Truchábamos la fecha de vencimiento de los bidones. Solo si estaban podridos los tirábamos. El sistema era pasarlos de un bidón a otro. Así me quemé yo la pierna también”, explica Enzo en el comedor de su casa y ofrece una Coca-Cola. “No se podía volver a incorporar al mercado el producto si no le cambiábamos la fecha. El día que me lastimé hicimos como 60 pallets todos vencidos. Supongamos que esta Coca venció, bueno pasémosla a otra envase, le tiramos un poquito de otro líquido para disimular y la devolvemos al mercado. Eso hacía Sigma”. La Coca-Cola queda cerrada. Sus componentes son un interrogante que lleva más de ciento veinticinco años. Su fecha de vencimiento puede ser verdadera o falsa. Preferimos un vaso de agua. El agua debe tener glifosato. Ya no tenemos cómo tomar una bebida sin veneno. Algo de Chernobyl acá hay.


                         

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 “Truchar la fecha de vencimiento era sola una de las cosas que pasaban en Sigma. Por ejemplo los desechos se tiraban todos afuera, de vez en cuando venía un container con bidones de 20 litros que no servían y te decían que los vayas a descartar al fondo y eso iba a través de un caño que iba a las canaletas, todos los tóxicos los tiraron al campo a pesar de que había gente viviendo cerca, no les interesa la gente. Menos los trabajadores. No había ninguna seguridad: las máscaras estaban siempre rotas, el matafuegos no era antiespumante, los anteojos que nos daban eran de plástico. No había control de disyuntores ni control de aparatos térmicos. No se controla el calor de los cables. Usaban químicos vencidos. A los albañiles paraguayos los hacían dormir en los containers muertos de frío. Y a nosotros nos hacían limpiar los containers a pesar de que no era nuestra función. Un chico, Lautaro Arrieta, se desmayó adentro de uno de los reactores, lo estaba limpiando con una hidro a pesar de que no era su función. Estuvo una semana vomitando después de estar en el reactor de glifosato y lo despidieron por faltar. Pero lo peor fue lo que le pasó a otro chico: abrió un bidón que estaba tan lleno de sobrepeso que se le volcó en toda la cara.”


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 “Yo no puedo darte plata para los remedios”, le dijo el superior a Camilo. Pero le ofreció adelantarle la semana: 4000 pesos. Eso ganaba Camilo por trabajar de lunes a viernes diez horas. Poco más de 16 mil pesos al mes. “Estábamos encerrados durante diez horas con un olor asqueroso, los encargados nos trataban mal, nos hablaban de mala manera, nos gritaban y en vez de llamarnos por nuestros nombres, nos chistaban y nos chiflaban”.

“¿Te cuento cómo fue lo del ojo? A un compañero de la línea de al lado se le caen las cosas, yo fui y lo ayudé y cuando me agaché se cayeron los anteojos. El bidón venía mal tapado y me dio en toda la cara. Los primeros días no veía de ningún ojo y usaba anteojos negros todo el día. No podía ni salir afuera porque el sol me mataba la vista. Y el encargado quería que volviera a laburar, el mismo que me dejó tirado en el hospital. Buscaba hacerme enojar: me decía que inventaba los certificados, que estaba arreglado con el oculista. Quería que fuese a un oculista amigo suyo. Una vuelta dice: ‘Vamos a ir al oftalmólogo’. Entonces le digo que me pase a buscar porque no veo bien y me contestó que no era remis, que vaya yo caminando y que me iba a esperar en la puerta del hospital. Nunca me mandaron mensaje preguntando si necesitaba algo, me pagaban como si fuese a trabajar pero yo tenía que vivir y pagar los medicamentos. Cuando fui a buscar a mi hijo a la escuela, me dijeron que estaba bien y tenía que volver a trabajar. No podía trabajar pero podía ver a mi hijo. Para ellos no, para ellos tenía que estar en mi casa. Sin salir. Como si estuviese preso. Eso querían los que me jodieron el ojo y no me daban obra social ni ART.

Cuarenta millones de pesos por día ganaba Sigma solo en Paraquat y glifosato. Sus empleados cobraban 800 pesos diarios por una jornada de diez horas

Sigma ofrece en el mercado 2 4 D 60, Atrazina glifosato, fomesafen, paraquat, imazetapir y Haloxifop entre otros herbicidas. Realiza el 40% de la producción de paraquat en la Argentina. El paraquat está prohibido en la Unión Europea debido a que datos epidemiológicos asociaron al químico con daños que derivarían en la enfermedad de Parkinson y una degeneración en el sistema nervioso. En Brasil también se había decidido prohibirlo pero tras el golpe a Dilma Rousseff se le otorgaron tres años más de gracia. En China tampoco se comercializa, en Estados Unidos sí es admitido.

Las mayores ganancias de Sigma provienen de justamente el Paraquat y en menor medida del glifosato. El glifosato ya sabemos que es veneno, ya sabemos que es cancerígeno y más temprano que tarde estará prohibido en todo el mundo. No nos detengamos en lo que ya sabemos. Vayamos a los números. 

Cada palet trae entre 48 y 50 bidones de 20 litros. Cada palet se vendía, cuando Enzo y Camilo trabajan en la planta a aproximadamente 500 mil pesos cada uno. Por día se vendían entre 25 y 30 palets de glifosato y 50 de paracuat: entre 37 y 40 millones pesos por día, sin incluir el resto de los productos.

Un dato que consiguió una vecina: en un mes de 2018 Sigma facturó 21 millones de dólares en la AFIP. Con la venta diaria Sigma podía pagar todos los sueldos de un mes y hasta duplicarlos.
               

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“El accidente era solo cuestión de tiempo. Se sabía que iba a pasar”, sentencia Enzo. No había que ser adivino tampoco: Camilo había perdido la visión de un ojo, Enzo se había quemado la pierna con ácido y Lautaro se desmayó en un reactor. “Los productos estaban muy concentrados, el ácido sulfúrico, el alcohol en gel, todo estaba tan cerca que si caía un líquido era evidente que iba a haber una explosión o iba a haber fuego. No había cartillas para saber cuál era cada producto, los tipos que se dedicaban a soldar no estaban preparados, la chispa caía abajo y abajo estaban los bidones: caía una chispa y se incendiaba todo”. Y la fábrica entonces se prendió fuego. ¿Y qué pasa ahora?

Ahora Sebastián no puede salir de su casa: “El aire es insoportable. Cuando llueve y después sale el sol se siente fuerte los químicos. Encima la empresa fue a medir el aire y dice que no hay nada. O no tienen idea o no tienen los aparatos correctos para medirlo. Soy casi un presidario. Estoy todo el día encerrado. Esto no es vida. Hay que aguantar, pero no me dan soluciones concretas”.

En este momento la planta de Sigma no funciona. Eso dice oficialmente la empresa que trasladó a la mayoría de sus empleados a otra planta en General Rodríguez, a unos cuantos kilómetros. Los operarios tienen que hacer el viaje todos los días pero no les pagan los viáticos. Les correspondería un plus por distancia que aún no reciben. 

Martín Barros y Jorge Pizurno se rotan. Un día va uno, un día va otro. Cuando hay algo raro, los dos. Antes de la visita a la planta Martín nos advierte: “Diez minutos, hay que hacer las fotos rápido. Más de eso no se puede estar. Al principio parece que no es nada pero si te quedas más quedas volteado. No es joda esto”.

El tour incluye a la escuela lista para ser reinaugurada, la parte trasera de la fábrica donde la empresa arrojaba los agrotóxicos con los pastizales quemados y el frente de la fábrica (o de sus restos). Y también una sorpresa: la reconstrucción de un techo. ¿Por qué están construyendo un techo? ¿La empresa piensa quedarse después del desastre que ocasionó? ¿Puede conseguir las habilitaciones pertinentes que nunca tuvo aún después de volar por los aires e incendiarse? ¿Qué harán el Municipio y la OPDS?

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¿Y AHORA?

“Lo que más queremos ahora es que limpien”, dice Juan Cruz Mendía, coordinador del Departamento de Ambiente de Mercedes. “Mi miedo es que eso escurra, mejor prevenir que remediar, por eso pedimos que se hagan los estudios y exigimos que la empresa se haga cargo de pagarlos porque son muy costosos”. 

Mendía estuvo satisfecho y tranquilo cuando los días posteriores a la explosión, la empresa trabajó con rapidez en la limpieza pero ahora nota que sacaron el pie del acelerador: “Los primeros seis días limpiaron mucho, usaron un contenedor grande que los chupó a los químicos, después largaron la urgencia. Está todo más o menos bien, falta la limpieza del freático que es hacia donde fueron el glifosato y el paraquat”.

Los estudios de agua realizados en la planta detectaron una presencia de 50 miligramos de glifosato por litro de agua y 146 de glufosinato. Paraquat no se detectó porque su molécula se adhiere al suelo y tarda en escurrir. Probablemente si el examen se repite dentro de uno o dos meses la cantidad de paraquat en el agua sea igual o mayor que la de los otros agroquímicos. “Tal vez no haya Paraquat por años en el agua. Porque se pega a la arcilla” dice Martín Barros. “Pero un día va a estar y va a estar todo junto y cuando la arcilla sature lo va a escupir, más allá de los problemas de fertilización al haber paraquat concentrado en la arcilla”.

¿Y ahora quién apagará el reactor? Eso es lo que les preocupa a los vecinos como Martín Barros, quien produce semillas agroecológicas en la zona y tiene noción de los problemas que la fábrica ha generado en la zona y aún no resuelve: “Un reactor químico es una unidad industrial en donde se hacen transformaciones de moléculas. Una vez que arrancó el reactor no es que tocás una tecla y lo apagas, tenés que entrar a introducir distintos químicos para que vayan apagándolo. Eso es muy complicado y hay muchos riesgos. Todo lo que se genera en el reactor hay que tratarlo cual Chernobyl. Eso lo tienen que estar desmantelando. Pero no sé si lo están haciendo. La segunda vez que vino la OPDS, vinieron dos mujeres. Me acerqué a una que era abogada y aseguraba que la empresa le había dicho que estaban apagando el reactor ‘¿Usted sabe cómo se apaga un reactor’, le pregunté. Porque verdaderamente yo sé cómo se apaga y se necesitan camiones y 20 ingenieros y defensa civil en la puerta. Es un riesgo terrible. Las personas que lo apagarían, si lo hiciesen bien harían primero una coraza de concreto, no es sencillo para nada. Las experiencias de apagar los reactores indica que la mitad sale bien y la mitad sale mal.

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HABILITACIONES Y CLAUSURAS

-¿Juan Cruz, puede reabrir la empresa después de generar una explosión, después de la muerte de Rubén Ponce, después de herir bomberos y trabajadores, de contaminar el medio ambiente, de haber producido agroquímicos sin habilitación a 300 metros de una escuela, en una zona rural y sin habilitación?

-Bueno, en primer lugar tenemos que tener en cuenta que lamentablemente el agroquímico es legal. Podemos discutir y pensar en otros modos de producción que inclusive fomentamos desde el municipio y es un debate que es necesario dar para generar un cambio. Ahora, la empresa está clausurada, tiene que hacer la remediación, tiene que hacer la inscripción nuevamente, y ahí se verá si la zonificación es correcta, eso lo da el Municipio. Lo que pasa es que la empresa estaba habilitada para producir pastillas de cloro. Eso está registrado: la OPDS le hizo una infracción en 2018 por funcionar para algo para lo que no estaba habilitada. Deberían haberla clausurado. La OPDS tiene sus tiempos. Nosotros la clausuramos al día siguiente del incendio. La OPDS recién el 11 de octubre. Seguramente a la empresa le interese quedarse porque deben sentirse cómodos ahí. Como municipio le hicimos una demanda a la empresa. 

Juan Cruz es funcionario. Martín Barros no. A veces (casi siempre) quienes no son funcionarios tienen la ventaja de no tener que medir sus palabras y lo pueden explicar con más claridad: “Vinieron al culo del mundo a esconderse. No se quieren ir. Es el lugar que necesitan. El costo de logística de meter los 12 camiones que pasaban por el camino por día es un montón de guita. Lo lógico era ir a un parque industrial Si pasaba esto en un parque industrial era un escándalo nacional, pero pasó en el medio del campo. Es un lugar estratégico, un lugar que es pleno campo a 90 kilómetros de Buenos Aires. Un lugar donde podían hacer lo que querían”.

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-¿Qué quieren?

Sebastián: Necesito una solución. No me dan nada concreto. Ahora entiendo que los dolores de panza y de cabeza pueden estar asociados con lo de la planta. La empresa no se acercó más que para brindar agua.

Enzo: A mi me despidieron con certificado médico. Es ilegal. Le estoy haciendo juicio a la empresa. Éramos 40 personas trabajando en negro y ellos ganaban fortunas.

Camilo: Recién cuando entró el sindicato nos subieron los sueldos a 16.000. Pero para ir al trabajo hay que pasar por una ruta muy deteriorada debido al constante paso de los camiones de la empresa y yo iba en mi auto, porque no había otra forma de acceder. No nos pagaban ni el viaje ni los viáticos. Tenía un gasto por semana de mil pesos en esos viajes, o sea que ganaba menos de 12 mil. Una vez como esa ruta está hecha pelota. Rompí el tren delantero y andá a reclamar que te lo pague. ¿Qué quiero?  Yo sería feliz con que cierren la fábrica, no me importa si no me pagan. Pero quiero que se vayan de acá los que se rieron de mí.

Iván: Quiero que Sigma se haga cargo. Me dio bronca que el dueño de la fábrica nunca me dijo nada. O al menos el dueño que dicen tener porque parece que los dueños son chinos. Todos gastos por mi atención los hace el cuartel. La peor parte es que estoy sin laburar hace más de un mes. Igual la sacamos barata, fue un incendio muy grande.

Ojos que ven.

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SIGMA 

Sigma no respondió las consultas de Cítrica. Prometieron comunicarse una y otra vez. Insistimos pero hasta el momento no tuvimos respuesta. La última información sobre Sigma es que recibió una infracción por parte de la OPDS el  martes 26 de noviembre por irregularidades en la disposición de materiales de residuos. Los pusieron en un lugar que no estaba habilitado para tirar esos residuos. Igual que hacían cuando tiraban el glifosato directo al agua y a los pastizales. Quisiéramos preguntarles por eso. Quisiéramos saber su plan de remediación, por qué contratan trabajadores en negro aún facturando más de 20 millones de dólares por mes, por qué utilizan como argumento para destrozar el medio ambiente y contaminar el agua que dan trabajo cuando apenas tienen 50 empleados y los vecinos que trabajan la agricultura en la zona son 150, por qué nunca advirtieron a los organismos de control el cambio de firma y que no producían más pastillas de cloro sino que componían químicos, por qué hacían tirar a los empleados los químicos directo al agua que se consume en la ciudad o qué consumen los animales en la zona rural de Mercedes, por qué no se hicieron cargo de los accidentes laborales de Enzo y de Camilo, si no sienten responsables de la muerte de Rubén Ponce, por qué fueron tan ingratos con Iván y con el cuartel de Bomberos que evitó una masacre aún peor, si piensan reabrir la planta a pesar de todo, si tienen aunque sea una sospecha de qué fue lo que pasó para que el biodiesel explotara y todos los tóxicos volaran por el aire, o cómo se les ocurrió instalar una formuladora de agrotóxicos, agroquímicos, fitoterápicos o como los quieran llamar a solo 300 metros de una escuela.

¿No quieren responder? ¿O son otros ojos que no ven? ¿Otros ojos que no ven que nos están (y se están) matando?

Aclaración: algunos de los nombres de esta nota no son verdaderos. Algunos de los entrevistados prefirieron hablar sin exponerse. Tienen miedo de perder sus trabajos actuales o de no ser contratados en el futuro.

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