Senegaleses de Once: "Solo queremos volver a trabajar"

por Mariana Rolleri
Fotos: Rodrigo Ruiz
23 de octubre de 2020

La pasaron mal durante la cuarentena y la resistieron con mucha solidaridad. La vuelta al trabajo es compleja: mucha persecución policial, robos de parte de la misma policía en sus viviendas y pocas ventas.

Durante seis meses tuvieron que quedarse en sus casas. O en los hoteles o las habitaciones compartidas por las que pagan un alquiler al valor de departamentos. Pagaron esos alquileres sin ingresos económicos y sin IFE; si resistieron fue por pura solidaridad. Una anécdota que así lo demuestra: en abril, cuando el aislamiento era total recorrimos las calles de Once y les preguntamos a personas en situación de calle cómo sobrevivían, cómo hacían para comer. "Los senegaleses hacen su carne, su comida típica en grandes ollas, las reparten entre ellos y hoy también nos trajeron".

También crearon la Tiendita Migrante, "Japoo Door Waar", que en su idioma de origen (wolof) quiere decir "agarrarse para trabajar". Pusieron a la venta kits de alcohol en gel, ruanas para apalear el frío y barbijos descartables, entre otras cosas y los repartieron en bicicleta.

Ahora les llegó el momento de volver a trabajar. De volver a vender en la calle, porque en estos meses no pudieron mandar nada de plata a sus familias en Senegal y ya no tienen para pagar sus alquileres. Pero se encontraron con el mismo problema de siempre: la Policía de la Ciudad que los persigue, no los deja trabajar, les fractura las piernas y los brazos con golpes, y les roba la mercadería. Y también el dinero de sus propias casas. Aquí la historia de cuatro senegaleses. Gora, Cheir, Fall y Galaye. Cuatro personas que solo quieren trabajar.   

GORA

Gora cambia el punto de encuentro porque ese miércoles no trabaja: está de duelo. Ayer se murió su papá en Senegal y se tomó el día para comunicarse con su familia - igual quiere hablar con nosotrxs-. Acá vive con un amigo. “Extraño...mucho”, dice mirando hacia adelante, aunque parece no estar viendo los locales de la vereda de enfrente de la avenida Jujuy. En un banco en La Plaza de Los Vecinos, habla con nosotrxs, nos presta atención y responde, sin soltar nunca su celular. 

A Gora, de 32 años, la Policía de la Ciudad lo detuvo el 15 de septiembre en Pueyrredón y Lavalle junto a cinco personas más que viven de la venta ambulante en el barrio de Once. Los oficiales pretendían secuestrarles su mercadería y fue lo que hicieron: robarles, a pesar de la buena predisposición de lxs vendedorxs a irse del lugar. En ese episodio, un compatriota suyo, Modou, se rompió la rodilla al caer al piso cuando la policía lo empujó. 

“Nos llevaron a cinco comisarías. Nos sacaron la foto. Modou sufría por su…. (señala la parte del cuerpo, ‘rodilla’, decimos). Le dolía mucho. Todo el día, todo el día”, relata en un español que por momentos me cuesta descifrar. “Los paisanos juntamos plata para la férula. Él no está trabajando porque siente mucho dolor, no camina bien”, cuenta. 

A mediados de octubre, Galaye, un referente de la comunidad, nos confirmó que Modou había sido operado y se encontraba en rehabilitación. La comunidad continuaba ayudando. La solidaridad entre los senegaleses es una filosofía de vida, de sobrevivencia. La pandemia lo dejó más al descubierto.

“La cuarentena fue muy difícil, muy complicado para mis paisanos. Nos ayudamos juntos. Si tenés 50 pesos, 100 pesos ponés para otro que no tiene. Complicado ¿eh?”, describe y enumera a su otra familia, la de sangre, que está en Senegal: mamá, hermana y hermano. “Todos los paisanos ayudamos a nuestras familias. Si no ¿para qué venir acá?”, se/nos pregunta. 

Argentina no es el primer lugar que Gora conoce tras irse de su tierra natal. “Fui primero a Brasil, estuve seis meses y vine para acá porque los paisanos me dijeron que acá era mejor. Estás tranquilo, no tenés problema, es mejor”, compara y reafirma el motivo de su viaje, como si fuera necesario aclararlo una vez más: “No vine acá para molestar a la gente, vine acá para ayudar a mi familia”.

Hacia el final de la entrevista, Gora saca el tema de su situación de papeles. Nombra a la Comisión Nacional para los Refugiados (Co.Na.Re) y nos muestra una foto en su celular en la que hay un e-mail. “Tengo que sacar la precaria. Tengo que sacar un turno”, cuenta y nos pide ayuda porque nunca envió un mail. No sabe escribir en español, más si el nombre de las letras. Después de un rato, entre dictados y deletreados, logramos que envié el mail para que comience a regularizar su situación en el país.

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CHEIR

Cheir es vendedor ambulante desde hace 8 años, cuando llegó a la Argentina. “Estamos acá laburando para vivir”, nos informa. Ahora es para vivir él, antes ayudaba a su familia que está en Senegal. “No alcanza porque la vida está muy cara, la comida subió, el alquiler subió, con la pandemia está difícil para laburar en la calle”, explica.

El Covid-19 clausuró a lxs ambulantxs, que volvieron incluso después de que muchos locales del mismo rubro tuvieran permiso para levantar sus persianas. La pandemia hizo el trabajo que el Gobierno porteño intenta constantemente, sacarles sus fuentes de trabajo a fuerza de labrarles contravenciones y represión. Durante seis meses no trabajaron.

“Respetamos a la policía porque nos cuida a todos. Nosotros también tenemos derechos acá. Si la policía nos dice ‘acá no se puede’, nos vamos a otro lado. A veces vienen a quitar la mercadería. No queremos molestar, no queremos la violencia. Sólo queremos trabajar y pagar los gastos”, argumenta Cheir sobre la necesidad de cualquier ser humano, que se agudiza cuando además sos migrante, joven y africano en un mundo globalizado y racista. “A veces alguno te insulta, a veces te tratan mal, no todos. Discriminación no hay acá nomás, hay en Francia, en España”, observa. 

Vive con un amigo en un departamento de dos ambientes en el barrio de Once. Pagan 15 mil pesos más gastos por mes. Acerca de cómo sobrellevó la cuarentena, manifiesta que “fue muy difícil sobrevivir sin trabajar” y que por eso ahora están en la calle. “Si no, nos vamos a morir a la casa”, resume en una frase simple la complejidad de la situación. 

“Con la lluvia, con el calor, con el frío no es fácil. Si estamos acá en la calle es que no tenemos otra manera”, explica Cheir. Él es informático y tiene residencia permanente desde hace cuatro años en el país. Ni siquiera con esas condiciones consiguió un trabajo registrado. “Busqué un trabajo. Como yo hay mucha gente que tiene su diploma, pero nadie nos llama para trabajar. Por eso estamos acá. No es que queremos ser manteros, si tuviéramos otra cosa nos iríamos a trabajar”, termina la frase y ríe. 

Mientras nos habla refilonea su puesto de ojotas crocs sobre la vereda de avenida Corrientes. Pasa una chica, le pregunta si tiene talle. Él extiende su brazo con un ejemplar en la mano. Ella lo agarra, lo mira, le sonríe al vendedor. “Paso otro día”, le dice con una sonrisa. Fin de la escena.

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FALL

Dice que se llama “negro soltero”. Le pido que deletreé su nombre para no escribirlo mal. Fall tiene 25 años y hace tres que llegó a la Argentina. La sonrisa amplia y su picarez se borran cuando habla sobre la situación que atraviesan acá y en su país de origen. La pandemia es mundial, sus consecuencias también.

“En la cuarentena la pasamos mal porque estuvimos seis meses sin trabajar. Hace casi un mes salí de vuelta a vender. Es muy complicado pagar el alquiler de la pieza de hotel porque no me alcanza para comer y para ayudar a mi familia en Senegal. Si no le envío a mi familia, ellos no pueden pagar luz, agua, gas, comida. Tengo a mis padre, mi madre y mis hermanos allá”.

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GALAYE

Galaye está en la esquina de Mitre y Paso. Cuando me presento me pide que me baje el barbijo para verme la cara completa, le digo que prefiero no hacerlo, pero ante la insistencia accedo un instante porque tuve Covid hace un mes y creo que es importante conocer la cara de alguien con el que vas a hablar. Él no lo lleva puesto. Está sentado en el cordón, de espaldas a su puesto. Son las 14, el sol primaveral produce entre la piel y el barbijo un microclima que se vuelve cada vez más denso. 

Los pantalones deportivos que vende están en una manta sobre la vereda. En esa media hora, se acerca sólo un potencial cliente, que lleva una bermuda igual a las que ofrece Galaye. Pregunta los precios con buena onda y sigue. Los policías pasan en patrulleros una y otra vez, por Paso, después por Mitre. Ambxs los vemos y mencionamos.

Se puede decir que Galaye es un referente de sus compañeros. No obstante, no accede a que lo retratemos en una foto, y se niega a pesar de nuestra insistencia. Por ese rol que cumple en el colectivo es que maneja detalles de otro hecho de avasallamiento policial, que tuvo lugar el 10 de septiembre pasado en una casa de la calle Junín, en el barrio de Once. 

“Muchos policías de civil entran a una casa en la que vive mucha gente a buscar un celular robado, pero los chicos no lo robaron. ¿Entendés? Entran y salen. Y después cuando entran los chicos, le habían robado 120 mil pesos a uno. ‘¡Devolver la plata!’, les gritaron y les dieron la bolsa. Pensaron que estaba toda. A los tres días, cuando la cuentan se dan cuenta que faltaban 20 mil pesos, que no los encontraron en la casa. Los policías también le robaron a una chica haitiana joyas”.

¿Qué hacen ante un caso así? ¿A dónde denuncian? 

Galaye: A veces sirve ir a la comisaría, pero los policías dicen que no les robaron. ¿Dónde los vas a denunciar? Siempre es así. Todos los policías están jugando con los chicos. (Galaye endurece su mirada). Dicen que queremos pelear. No. Queremos trabajar.

Uno de los argumentos que utilizan los oficiales para no dejarlos trabajar en paz es que violan la Ley de Marcas porque venden indumentaria réplica de empresas multinacionales. “En todos los locales y en todo el país se viola la Ley de Marcas. Son réplicas, pero nosotros compramos acá en los locales de Once, Flores y La Salada y las revendemos en la calle. No sabemos dónde la hacen”, afirma el vendedor.

Para Galaye los propietarios de locales le pagan a la Policía y por eso no los hostigan como a ellos. “No quieren que los chicos estén en la calle, dicen que les roban los clientes. Cada uno compra donde quiere. No hay competencia. La vida es muy difícil. La gente no tiene plata para comprar más caro, busca barato. En todo el mundo hay vendedores ambulantes”, describe lo que es una situación internacional, de la que saben porque, entre otros motivos, son protagonistas. 

Para él “hay una manera de hacer esto” y es muy simple. “Si la policía nos dice dónde armar no hay problema, armamos donde nos digan, pero no nos dicen nada”, lamenta. 

En este marco de desamparo general, hay organismos estatales y organizaciones sociales que acompañan a la comunidad senegalesa. Según cuenta el referente, La Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP), la Agencia de la ONU para refugiados (ACNUR). los abogados de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad, el ministerio de Derechos Humanos de Nación y la Cruz Roja fueron instituciones que los ayudaron a atravesar la cuarentena con bolsones de comida, por ejemplo.

Galaye tiene 33 años y hace cinco que llegó al país. Entre preguntas, chequea el celular. Se lo ve ocupado. “Vivía con mi papá acá y se fue a España y se murió ahí en mayo”, responde a la pregunta íntima sobre con quién vive. Es el único momento de la charla en que baja la mirada al asfalto. Después de un silencio, pregunto si quiere decir algo más. Y dice:  

“Lo más importante es que nosotros no hacer quilombo, no violar la ley, no molestar a nadie. Solamente queremos trabajar. No nos drogamos, no fumamos, no tomamos. No bailar boliche, no hacer nada. Todos los senegaleses tenemos el mismo corazón, la misma actitud. Sólo queremos trabajar a la mañana, terminar a la tarde, descansar a la noche”.
 

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