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Revuelta en Devoto: otra prueba de que el sistema no funciona

por Pablo Bruetman y Agustín Colombo
Fotos: Agencia Télam
25 de abril de 2020

Los internos subieron a los techos del penal para reclamar medidas frente al coronavirus. Sin embargo, detrás de esas escenas que son noticia se esconde un entramado de maltrato, hacinamiento y baja reinserción social. Ex internos describen qué implica estar preso en Argentina y especialistas tratan de aportar una solución a un problema que ningún Gobierno resolvió.

Primero, la noticia: varios centenares de presos del penal federal de Villa Devoto realizaron el viernes 24 una protesta para exigir medidas ante la pandemia de coronavirus. El reclamo comenzó cerca de las 8 de la mañana y se extendió hasta las 18, cuando se llegó a un principio de acuerdo para abrir una mesa de diálogo donde se analizará la posibilidad de agilizar las prisiones domiciliarias para presos que integren la población de riesgo y la conmutación de penas, entre otros planteos.

Tras la firma del acuerdo, los presos comenzaron a bajar de los techos del penal, donde desde la mañana mantenían colgadas varias banderas. Una acaso resumía el motivo de la revuelta: "Nos negamos a morir en la cárcel".

La protesta se inició con una quema de colchones y batucadas en el penal que depende del Servicio Penitenciario Federal y está ubicado en la calle Bermúdez al 2600, en la Ciudad de Buenos Aires. El reclamo estaba latente desde hacía varios días y se profundizó luego de que se confirmara que un agente penitenciario de ese penal dio positivo de Covid-19. Ahora, ese agente está internado en una clínica de Monte Grande. 


 

Detrás de la historia, un sistema

Una noche de televisión alcanza. “Entran por una puerta y salen por la otra”. “Que una persona que cometió un delito salga antes de cumplir su pena irrita a la sociedad”. “La gente reclama seguridad”. Así hablan políticos y periodistas. Pero los ex presos también hablan, aunque nadie los invite a despachos y estudios de TV. “Usan el fantasma del delito para llegar al poder y asustar a la gente más pobre”, asegura uno. “Si vos metés en un espacio de 20 metros cuadrados a cien tipos, cuando la capacidad es para 20 tipos, y le das comidas para 20, remedios para 20 y abrigo para 20, va a sobrevivir el más fuerte. O sea vos estás haciendo de un tipo, un animal”, remarca otro.

Según su definición en la Real Academia Española, la cárcel es un sitio destinado a la custodia y reclusión de los presos, que tiene como objetivo la reinserción en la sociedad de los detenidos. Para la RAE no hay que maltratarlos ni castigarlos. Simplemente tienen prohibido salir a la calle. 

A lo largo de este texto aparecerán más de diez definiciones de lo que es una cárcel en la realidad. Además se explicará la imposibilidad de reinsertarse en la sociedad al salir de prisión. Y por último se demostrará que aumentar las penas y construir más cárceles es completamente inútil.


Pobres adentro, narcos afuera
Para comprender por qué las cárceles no funcionan, el primer elemento a tener en cuenta es conocer la población que las compone. Eugenio Zaffaroni le comenta a Cítrica que no conoce en ninguna parte del mundo una cárcel llena de ricos y poderosos. “El poder punitivo siempre es selectivo y alcanza al socialmente más vulnerable”, explica.

“Te robaste ese celular, adentro. Te fumaste un porro, adentro. Y el narco está tirado en su mansión”, añade el ex preso Juan Carlos Fuque. Marcelo Vargas, otro ex interno, habla como si todavía estuviera adentro: “Venimos de familias que no tuvieron oportunidad. Cuando el viejo labura 12 horas, la vieja labura 12 horas y encima los explotan, los pibes se crían en la calle. Ante esa situación no se puede pretender que uno de esos pibes no se cruce en la esquina con otros fumando un porro. O que el día de mañana pida una moneda. O que se pudra de que le cierren la ventana, y empiece a chorear”.

La referente de la Red de Derechos Humanos de la Provincia de Corrientes, Hilda Presman, remarca que los presos por lo general no terminaron el colegio y que muchos de ellos ingresaron al sistema punitivo en edad escolar debido fundamentalmente a la “Ley Blumberg”, que bajó la edad promedio del privado de su libertad y aumentó el tiempo de las condenas: “A los chicos el sistema les otorgó centros de contención de menores, comisarías y ninguna alternativa verdaderamente resocializadora. Los prepararon para el tríptico encierro-delito-exclusión”.

“El poder punitivo siempre es selectivo y alcanza al socialmente más vulnerable”, explica Zaffaroni

Gastón Bosio, por su trabajo como abogado e impulsor del Sindicato Único de Trabajadores Privados de la Libertad en la Argentina (creado en la provincia de Río Negro), ha investigado la composición de las prisiones. “A la cárcel van los pobres más pobres de los sectores populares de cualquier país. El caso argentino no escapa a la dinámica. En Río Negro un altísimo porcentaje de las personas privadas de su libertad no tienen completa la escolaridad primaria. Son personas al margen de las políticas de atención social del Estado. Nos hemos encontrado que los familiares de los compañeros detenidos ignoran los recursos de asistencia social que dispone el Estado. Además, existe un preocupante aumento de encierro de personas que padecen una enfermedad mental”.


Cárcel es maltrato
Las personas que llegan a las cárceles suelen provenir de poblaciones vulnerables. Una vez que atraviesan el encierro, la justicia, las leyes, la política, los medios de comunicación y la sociedad, esa condición de vulnerables se agudiza. Como ejemplo basta que aún se permite a las empresas –y al mismísimo Estado– exigir un certificado de antecedentes penales a quien se postule para un trabajo. Es un mensaje desalentador: si estuviste en la cárcel, no podés conseguir un empleo digno. 

"El sistema no otorga ninguna alternativa verdaderamente resocializadora. A los presos los preparan para el tríptico encierro-delito-exclusión”, asegura Hilda Presman

Marcelo Vargas padeció el encierro y tiene la convicción de que la cárcel nunca reinserta a nadie en la sociedad. Para él, la cárcel forma animales: “Si vos metés en un espacio de 20 metros cuadrados a cien tipos, cuando la capacidad es para 20 tipos, y le das comidas para 20, remedios para 20 y abrigo para 20, va a sobrevivir el más fuerte. O sea vos estás haciendo de un tipo, un animal. Entonces no pretendas meterlo 20 años y que salga un tipo que salga a laburar o un intelectual. Va a salir un resentido, que se comió 20 años y al que la mayoría de la sociedad lo apunta con el dedo”. 

La correntina Presman también tiene la convicción de que la cárcel crea animales: “Lo de los fines resocializadores solo sirve para la fantasía. No se puede enseñar a volar a un pajarito dentro de una jaula”

"Si vos metés en un espacio de 20 metros cuadrados a cien tipos, va a sobrevivir el más fuerte. O sea vos estás haciendo de un tipo, un animal", asegura un ex preso

“En las cárceles no existen los derechos humanos”, afirma Gastón Bosio, quien conoce el sistema penitenciario de la provincia de Río Negro como la palma de su mano: “Es esclavista. El deterioro y la precariedad del sistema penitenciario es tan grande que actividades centrales como la cocina y la limpieza son tareas realizadas por los trabajadores privados de la libertad ambulatoria. Ni hablar del Servicio Penitenciario de la provincia de Mendoza, Córdoba o Buenos Aires. 

La función de las cárceles, según la definición de la RAE es custodiar a los detenidos. Sin embargo, las experiencias de Adrián Corvalán no se enmarcan dentro de esa premisa: “En los lugares donde he estado detenido no se cumple en absoluto la función encomendada, prácticamente son nulos los derechos que se respetan”.

“En las cárceles no existen los derechos humanos”, afirma Gastón Bosio

El colmo del preso es cuando hasta sus familiares pierden los derechos. Claudio Castaño descubrió por qué nadie lo visitaba recién cuando quedó en libertad: “Cuando viene la familia a visitarte, los basurean, les gritan, los tratan mal. ¿Qué te pasaría si en tus ojos te rompen lo que vos estuviste cocinando para tu hermano o para tu hijo? ¿Eso no es maltrato? Imagínate eso una vez e imagínatelo que se repite cada vez que vas a la cárcel a visitar a un familiar. Imagínatelo cuatro años. Y claro, la familia no te quiere decir lo que pasa, para no ponerte peor. Te dicen que están cansados, que se les complica venir.”


Presos por todo (o por nada)
Gastón Bosio milita por el abolicionismo penal (corriente que intenta proponer alternativas al sistema punitivo de encierro en cárceles) y explica lo simple que sería al menos reducir la población carcelaria en la Argentina: “De las 100 mil personas privadas de la libertad actualmente, casi 70 por ciento lo está por violación al derecho de propiedad y a la ley de estupefacientes. Los delitos contra la propiedad merecen pasar de una vez por todas a la órbita del derecho civil. El tratamiento del tráfico de drogas francamente, también, no resiste el menor análisis. Por suerte, a nivel internacional comienzan a escucharse a la academia, y luego de más de veinte años de fracasos de las políticas de criminalización del consumo y tráfico de drogas, se abre un espacio para otro tipo de enfoque en la materia, alejado al despilfarro de recursos del Estado, el baño de sangre inútil, el encierro de las personas más débiles de la cadena de comercialización y el deterioro de la salud de los consumidores. Si en Argentina atacáramos estas dos grandes esferas de problemas avanzaríamos en el despoblamiento casi total o crítico de la cárcel”.

Maximiliano Postay, militante del espacio abolicionista Locos, Tumberos y Faloperos, refuerza la idea de pasar los delitos contra la propiedad al derecho civil: “Son la gran mayoría dentro del sistema represivo y se pueden resolver a través de mediaciones comunitarias, a través de mecanismos de compensación, incluso se pueden resolver utilizando otra herramienta jurídica como el derecho civil. El derecho civil plantea que hay un daño y tiene que ser reparado. El derecho penal no. El derecho penal busca el castigo y la venganza. La victima no es parte del proceso. Ya hay instrumentos y herramientas funcionando como por ejemplo los Centros de Integración Comunitaria”.

“Eliminando certificado de antecedentes penales, descrimininalizando conductas, legalizando las drogas, resolviendo conflictos en comunidad a través de mediaciones”, agrega Maxi Postay acerca de cómo llevar a cabo el abolicionismo penal.

Muchos especialistas proponen reducir la población de las cárceles utilizando normas vigentes, a veces ignoradas por los jueces debido a la presión social y mediática, que limita un accionar acorde a las garantías constitucionales, como ejemplo, el arresto domiciliario en el caso de madres con hijos, enfermos, adultos mayores.

Por su parte, Claudio Castaño no propone que las puertas sean giratorias, pero que por lo menos quienes estén en condiciones de salir puedan hacerlo: “El Servicio avasalla todos los derechos y los jueces miran para otro lado. Te niegan la libertad por los informes del servicio, que son cortar y pegar. Y todos salen mal en los informes. Preguntale a cualquiera. Hay gente que es irreversible, que mata a cuatro personas, que viola a dos pibas. Pero la mayoría está por delitos menores”.

 

El día después y la utopía de un trabajo digno
Masacrado, golpeado, sin alternativas, marcado con una cruz para toda la sociedad. Así, con toda la bronca acumulada, o en palabras de Marcelo Vargas, transformado en un animal, al preso un día se le vence la condena. No se ha rehabilitado. Simplemente ha pasado la cantidad de tiempo que la Justicia determinó para castigarlo. Entonces, sin la suficiente educación, sin trabajo y sin las monedas o la tarjeta Sube para tomarse un colectivo, queda libre o algo así. “Cuando recuperás tu libertad, deambulás de un lado para el otro y no tenés oportunidades. Las empresas no te toman. No tenemos ni certificado de antecedentes de trabajo y con los certificados de antecedentes penales estamos hasta las manos”, explica Julio Cesar Fuque.

“Las altas tasas de reincidencia son una constante. La cárcel deteriora las vidas de las personas. Les enseña a no desplegar vínculos solidarios”.

“Cuando recuperas la libertad, te hacen firmar un papel y te mandan a tu casa directamente. No te preguntan si tenés trabajo, si tenés comida en tu heladera o si estás robando. Tienen una estructura gigante y fondos millonarios y no hacen nada. Yo les dije que quería trabajar y me dijeron que estaba loco”, recuerda Fuque.

A Adrián Corvalán le pasó lo mismo: “Nadie te da trabajo por tus antecedentes o por portación de cara. Además no se cumple la incorporación de los presos a trabajos estatales tal como la ley prevé”. 

Para Gastón Bosio el problema no es la falta de reinserción laboral de los ex presidiarios sino la cárcel misma: “Las altas tasas de reincidencia son una constante en todos los sistemas penitenciarios. La cárcel deteriora las vidas de las personas. Les enseña a no desplegar vínculos solidarios”.


Políticas para la gilada
En el imaginario social, atizado durante años por medios de comunicación y funcionarios de diferentes gobiernos, la criminalidad y la inseguridad aumentó sustancialmente en la Argentina. Nicolás Laino lucha contra molinos de viento para demostrar la falsedad de esa premisa. Si tuviera espacio en la televisión, a pesar de ser un especialista en la materia y haber trabajado como Secretario del Programa de DD.HH. de la Defensoría General de la Nación, sería tratado como un negador de la realidad: “Las cifras de supuestos aumentos en la criminalidad no están probadas empíricamente. El populismo punitivo habla de aumentos del delito, pero no lo prueba más que con dos o tres casos resonantes que eligen al azar y a los que dan suficiente cobertura mediática a fin de generar mayor temor en la sociedad, la que adopta una postura de parálisis frente al ‘flagelo de la delincuencia’ y, por tanto, promete votos a favor del político que más duro se muestre ante esa problemática”.

“Todos los recursos del Estado se invierten en represión, en fuerzas de seguridad, abogados. Y hay muy poca estrategia preventiva”.

Claudio Castaño estuvo preso en Devoto y recuerda que el mito de las puertas giratorias se lo escuchó por primera vez a Francisco De Narvaéz. “Partamos de que es un tipo neoliberal. Sabemos dónde se crió. Él no es como nosotros. Él no se crió en las clases bajas, con necesidades”.

Sin formación académica pero conocedor desde adentro del sistema carcelario, Castaño ve lo mismo que Laino: “Hay delitos, como siempre, como toda la vida. Toda la vida mataron, pero ahora están los medios de comunicación y cuando matan a un kiosquero, te lo repiten tantas veces, que parece que mataron a todos los kiosqueros”.

Juan Carlos Fuque, otro ex preso, propone una solución: “Nos damos cuenta que usan el fantasma del delito para llegar al poder y asustar a la gente más pobre. Si hay delincuentes por todos lados, poner más gendarmes y ametralladoras en las calles, no es el camino. El camino es dándoles herramientas a los pibes, empezar a tratarlos adentro”. Presman agrega: “Todos los recursos del Estado  se invierten en represión, en fuerzas de seguridad, todo tipo de operadores judiciales, funcionarios, abogados, criminólogos, psicólogos, trabajadores sociales. Y hay muy poca estrategia preventiva, de inclusión, para que no tengamos que llegar a estas situaciones”.

Campo de batalla: la comunicación
Gastón Bosio cita el libro La palabra de los muertos, de Eugenio Zaffaroni. “Allí leí que vivimos en una sociedad en la que existe una universidad, donde se tiene el saber de cómo curar una enfermedad, pero por otro lado están los medios de comunicación manejados por brujos que dicen que el remedio es otro distinto al que propone la universidad. Y por último están los políticos que escuchan los medios de comunicación e ignoran lo que dice la academia”, recuerda.

“La construcción de realidad se hace a través de los medios, sea de la inseguridad como de la seguridad"

Para completar el concepto, el autor de ese libro y exjuez de la Corte Suprema de la Nación, Zaffaroni, comenta: “La construcción de realidad se hace a través de los medios, sea de la inseguridad como de la seguridad: en la dictadura construía una sensación de seguridad, hoy construyen una de inseguridad. Es obvio que se trata de una manipulación política mundial, porque de lo contrario no se explica que se construya la misma realidad desde México (con 40.000 asesinados castrados y decapitados en cuatro años) hasta el cono sur, donde Chile, Uruguay y nosotros tenemos índices de homicidios dolosos inferiores a los de New York”.