“La violencia que vivimos se agrava por ser migrantes”

por Lorena Tapia Garzón, Mariana Aquino y Estefanía Santoro
Fotos: Victoria Cuomo
14 de octubre de 2019

Carla Barriga Montero nació en Bolivia hace 30 años, llegó a la Ciudad de Buenos Aires en 2001 y es integrante de Ni Una Migrante Menos, un colectivo que nació el 8 de marzo de 2017 para que su lucha también sea parte de la agenda del movimiento feminista.

Carla Barriga Montero nació en Sucre, Bolivia, y hasta los 10 años vivió en Yacuiba, una ciudad ubicada en el Departamento de Tarija, en la frontera con Argentina. Por eso conoce de cerca la discriminación que sufren muchxs bolivianxs en la zona fronteriza. Pero también hacia dentro de su país. En la Argentina, donde llegó cuando apenas tenía 11 años, esa discriminación creció por su condición de migrante y así lo sintió desde pequeña

Ahora que tiene 30 años y estudia periodismo en la Universidad de Avellaneda. Es militante en el Colectivo Ni Una Migrante Menos, que nació en 2017 con el objetivo de visibilizar la situación de violencia con la que conviven en su doble condición de mujeres y migrantes en la Argentina. Gracias a su lucha consiguieron que el gobierno permitiera el regreso de Vanessa Gómez Cueva, la migrante que en febrero de este año fue expulsada del país y separada de dos de sus hijos argentinos. “El caso de Vanessa es un logro contra la xenofobia, la derecha y el machismo”, dice. Este fin de semana viajará a La Plata, junto a 25 compañeras migrantes, para participar del 34° Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Travestis, Trans y No Binaries. Será su cuarto Encuentro.

"El caso de Vanessa es un logro contra la xenofobia, la derecha y el machismo”

La situación de discriminación que vivió siempre por su color de piel, su clase social y por vivir en la frontera con Argentina le hace recordar el maltrato sistemático que recibían, sobre todo, de personal de Gendarmería. “Cuando teníamos que ir a buscar encomiendas o visitar a un familiar que estaba del lado de Argentina, el trato de los gendarmes dependía de nuestro color de piel, de la apariencia o de la vestimenta. Lo noté desde muy chica. La misma discriminación sufríamos en Bolivia: el maltrato que padecíamos según la clase social a la que pertenecíamos o según nuestro color de piel. Cualquier persona un poquito más blanca o menos negra hace una diferencia a la hora del trato que recibe en cualquier espacio”.

A Buenos Aires llegó en 2001, junto a su mamá y sus dos hermanos para reencuentrarse con su padre a quien no veían desde hacía seis años. Carla no quería abandonar su país porque conocía el racismo que recibiría, al que se le sumaría la discriminación por su condición de migrante. Con el tiempo se fue adaptando: “Hice grupo de amigxs y también tuve un poco de suerte porque cuando entré al colegio, en séptimo grado, me tocaron docentes piolas que generaban una integración de alguien que llegaba de otro país. Y eso no era común, hay muchos docentes que cuando ven que están discriminando a un pibe por bolita, paraguayo o peruano, lo dejan pasar”.

Carla cuenta lo que significa ser migrante en Argentina: “Las migraciones de antes no eran solo del ámbito rural, sino también personas que no habían tenido acceso a derechos ni a la educación. Cuando tenés educación, tenés conciencia de ciertos derechos y la posibilidad de defenderte. Pero al no tener ni siquiera eso en su país de origen, cuando cruzás la frontera, los políticos, los gobiernos de turno, los medios de comunicación y la sociedad argentina te hacen sentir que vivís de prestado y que tenés que pagar un derecho de piso. A pesar de que trabajes más horas por menos sueldo, a pesar de que estés hacinada en un lugar, a los migrantes nos hacen sentir que estamos de prestado. Desde la colectiva boliviana hay mucha migración que ha transitado de esa manera y ha criado a sus hijos desde ese lugar, con un montón de ausencias no solo en la escuela, sino también en otras instituciones del Estado, como la Salud o la Justicia. A eso se le suma la cuestión racial que sucede acá, en Bolivia y en todas partes del mundo. No es lo mismo un migrante boliviano blanco o trigueño o menos oscuro que alguien que tiene rasgos claramente indígenas o que es morocho, aunque los dos incluso tengan formación académica. Porque también es eso, porque tener un título no siempre te habilita a tener más derechos en la sociedad”.

"A pesar de que trabajes más horas por menos sueldo, a pesar de que estés hacinada en un lugar, a los migrantes nos hacen sentir que estamos de prestado"

- ¿Las mujeres migrantes padecen más este tipo de situaciones?
- Sí, lo padecen más. Hay muchas mujeres que migran no solo por una cuestión económica sino también huyendo de la violencia intrafamiliar por parte de su pareja. Migran con sus hijos y se convierten en jefas de hogar, o a veces pasa que acá ya está la familia, pero por una situación de violencia sistemática la mujer termina siendo jefa de hogar porque el tipo la abandona, algo que sucede mucho en crisis económicas, las dejan en banda con los pibes. La violencia que vivimos todas las mujeres en todas partes del mundo se agrava por ser migrantes. No tener una red de contención, de familiares, vínculos sociales, en un país que no es el tuyo hace que muchas veces tengas que soportar la situación de violencia o que tengas que bancar todo sola si decidís separarte del violento. Es más difícil incluso el acceso a un laburo, que tengas que precarizarte muchísimo más porque tenés que alimentar a tus pibes, mantenerte vos y mantener un techo.

- ¿Sentís que el feminismo es un espacio de lucha que puede ayudar a las migrantes que quieren mejorar su situación?
- Sí, yo creo que sí. Hablo desde lo que más me atraviesa porque es lo que soy, boliviana. En Bolivia el machismo está muy naturalizado en muchas prácticas culturales y religiosas, lamentablemente. Aún hoy mi generación puede encontrarse con gente que te dice que tenés que pensar primero en la familia, aunque el tipo te esté violentando. Desde ese lugar me parece que el feminismo es fundamental para romper con esa cultura violenta que tiene que desamarse para construir otra cosa en pos de la igualdad. Ni una Migrante Menos se convirtió en una herramienta que genera una red, un espacio de contención y eso es muy zarpado porque muchas de las que migramos no tenemos una red ni de amigues, ni familiares directos. O lo que pasa también es que la propia familia te dice no te separes porque primero tenés que pensar en que tus hijos van a sufrir. La red de Ni una Migrante Menos ayuda a romper con el patriarcado y, además, es algo que nos conecta a todas las que no estamos en nuestros países de origen. Sabemos lo que es no tener redes, que se te vayan amigas que son como tus hermanas. Sea el país que sea, las mismas prácticas y lógicas machistas y patriarcales se replican en todos los territorios. Entre nosotras confluye una especie de formación y de militancia, el internacionalismo. Siendo migrantes en Argentina tenemos una ley con perspectiva de derechos humanos y en nuestros países de origen, por más gobierno progre que haya, eso todavía no es agenda. Si pregonamos la Patria Grande y la ciudadanía universal como lo hace Evo en Bolivia, deberíamos también pensar en que cualquier persona que ingresa al país tiene que tener el mismo derecho que cualquier ciudadano nativo, porque si no estamos generando distintas categorías de personas.

- ¿Cuándo empezaste a militar por tu identidad?
- Empecé con el caso de Franco Zárate, un pibe asesinado en el barrio de Mataderos en 2015. Pero el tema de la migración me viene haciendo ruido desde el caso de Marcelina, que mi madre militó desde el momento cero junto con otras compañeras. Marcelina era una mujer boliviana que la tiraron del tren llegando a Avellaneda en 2002 junto con su hijo. Ambos murieron, borraron las filmaciones de las cámaras y un montón de irregularidades más que hicieron que no haya ningún culpable. Y teniendo en cuenta que era un vagón de tren, solo una persona salió como testigo. En el 2016, la primera medida que tomó este gobierno, que ya veíamos que iba a retroceder en políticas migratorias, fue el intento de implementar la cárcel de migrantes en Pompeya. En 2017 se empezaron a armar asambleas en simultaneo a raíz del DNU (con el que el presidente Mauricio Macri endureció la política migratoria). Ahí surgen el bloque de trabajadores migrantes y el 8 de marzo de ese año nace Ni una Migrante Menos. Nacimos para denunciar ese decreto que se justificaba con que las cárceles están llenas de migrantes, criminalizándonos, lo cual es falso. El otro propósito de organizarnos fue que estos temas sean agenda en el movimiento feminista, porque la migrantada no forma parte de la agenda feminista y las discusiones a veces son hostiles. Faltan un montón de compas migrantes separadas de su familia, como le sucedió a Vanesa.

- ¿Tienen una estadística de cuántas son las que están separadas?
- Según el informe en Ginebra, que es donde firma Horacio García -director de la Dirección Nacional de Migraciones (DNM)- la resolución para que vuelva Vanessa, la ONU le recomienda al Estado que revise alrededor de 260 casos. Pero los expulsados, según un informe interno de Amnistía Internacional, son unos 6 mil. El caso de Vanessa es un logro contra la xenofobia, la derecha y el machismo. Pichetto decía “esta peruana que venía a destruir familias vendiéndole drogas a los hijos de los argentinos”. Él necesita pegarle a la migrantada. Es un tipo xenófobo y utiliza las consignas en nuestra contra porque nosotros decimos “basta de separar familias”. 

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