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La resistencia trans, sudaca y villera

por Miranda Carrete
Fotos: Juan Pablo Barrientos
30 de octubre de 2021

En la Villa 31, las identidades LGBNBTTI+ hacen crecer los espacios de organización para superar prejuicios y violencias. Un paseo por el territorio, entre glitter, plumas y sudor marica de primavera.

“Cupo Laboral Travesti Trans Efectivo y Popular, reparación ya”, indica un pasacalle entre dos postes de luz y cientos de cables, que ilustran una postal cotidiana cuando mirás hacia el cielo de la Villa 31.

-Desde la terminal de Retiro serán cinco cuadras, hasta que llegás al banco Santander, donde por la calle Perette se abre un boulevard, caminás dos cuadras largas, doblás a la izquierda, hacés una más, girás a la derecha y ahí vas a encontrar la casa.

Martina me había dado la explicación unos días antes de la tercera Marcha del Orgullo Trans Villero LGBNBTTI+ Plurinacional en el Barrio Carlos Mugica (Villa 31). La Casa de la Diversidad Trans Villera es un espacio autogestionado que acuerpa a muchas identidades que encontraron un espacio de contención, trabajo y escucha.

“Este lugar nos permite acompañarnos entre todas las travestis, trans, migrantes y poder luchar juntas por nuestros derechos -dice Martina Pelinco, una de las responsables de la casa e impulsora de la marcha que está por comenzar-. Luchamos para que todas podamos elegir, para que el pueblo villero pueda tener derechos. Es un reclamo a la sociedad y al Estado, cada año resistimos y buscamos darle otra cara a las violencias”.

Martina es peruana, llegó a la villa cuando tenía 30 años, luego de atravesar todo tipo de violencias. Hoy está radicada en el país, es una de las principales impulsoras de las actividades en la casa y su nombre resuena a cada rato: quieren sacarle una foto, hacerle una entrevista o preguntarle por cuestiones logísticas.

“Hoy estoy radicada en el país, con DNI de mujer, con mi nombre completo. Me siento tan contenida, fue un sueño para mí tener este derecho”. Cuenta que gracias al acompañamiento de todo el barrio, vecines, organizaciones sociales, políticas, institutos educativos y comedores, pudieron construir su propio espacio. Un lugar en el que realizan talleres de formación, ollas populares, donde reciben a personas que necesitan acompañamiento o asesoramiento y en el que buscan cumplir el deseo de tener un trabajo formal. Además, es un refugio al que se acercan muchas personas que son expulsadas por sus familias. 

“Luchar por los derechos como mujeres trans es muy difícil”, dice Martina, mientras el sol del mediodía y el maquillaje resaltan sus rasgos. Tiene una sonrisa de satisfacción cuando mira a su alrededor a todas sus compañeras montadas con plumas, brillos y colores, saliendo de la puerta contigua a la casa Trans.

Asegura que en toda Latinoamérica se necesita seguir luchando por el reconocimiento a las identidades travestis-trans y subraya la discriminación estructural que aún persiste en la sociedad que las margina y las empuja al desempleo, la marginalidad y a estar en la calle, situación que se agrava por ser migrante. “Durante el macrismo se volvió complicado, porque empezaron a reprimirnos, como me pasaba en Perú, después vino la pandemia y gracias al trabajo en comunidad pudimos salir adelante”, detalla. 

El vestido que luce Martina tiene en su pecho una wiphala y mucho glitter, es straples y termina en una cola arcoiíris que va arrastrando mientras camina: “Es una producción propia, nosotras tenemos dos máquinas de coser que trajo una compañera y armamos un taller en el que confeccionamos ropa para vender”. 

La casa trans en el barrio es un punto de encuentro que posibilitó, en el territorio, hacerse preguntas, generar comunidad y hacerse lugar como diversidad trans villera plurinacional. Hace 7 años que Martina comenzó a militar y organizarse con otras compañeras, de a poco fueron trabajando para desarmar el imaginario que existe sobre las personas travestis, trans, villeras, migrantes: “No somos solo mujeres para la prostitución, o raras, o enfermas. Somos seres humanos que buscamos oportunidades. Luchamos para poder elegir”. 

Sus reclamos por reparación histórica conviven con el orgullo y la fiesta de saberse en red. “Nuestra alegría es resistir, cada año estamos más fuertes, le damos otra cara a la violencia que la sociedad, la ausencia del Estado y la discriminación nos generan”, expresa. ¿Qué sentimientos aparecen en la previa a la marcha que hoy tiene agitado al barrio? “Me siento realizada, con mucha fuerza. Conquistamos no solo el derecho como travestis, sino como villeras, como indígenas, como mujeres”.

 

Las preguntas que liberan

Las protagonistas de la tarde comienzan a posar ante las cámaras de les fotógrafes. Un aire de revista y glamour colma el ambiente y resalta el brillo propio de cada compañera. Al costado de la multitud, arengando el agite, con un sombrero que lo cubre del sol y una bandera en los hombros que dice “Red de géneros y disidencias, Ciudad Oculta”, está Tuqui.
-Soy un chico no binarie, villero, activista y militante -se presenta tímidamente. 

Nos sentamos a la sombra, él toma un poco de coca cola y me dice que le da nervios hacer la entrevista, pero que me quiere contar, sabe que sus propias preguntas le pueden servir a otres: “Empecé a cuestionar mi identidad cuando ciertos conceptos no los entendía y no me gustaban, por ejemplo, la ropa que usaba. Mucho tiempo me vestí de una forma que no me representa, sentí que tenía que hacerlo para pertenecer”. 

Se crió en Ciudad Oculta. En su paso por distintos comedores y merenderos conoció a muchas personas que fueron compartiendo su crianza y entendió que no estaba solo: “Somos muches que luchamos por una vida digna”. Tuqui tiene una mirada que transmite sensibilidad e invita a la escucha, va soltando cada frase con paciencia y cuidado; el mismo cuidado que, asegura, necesitamos todas las personas para poder conocer cuáles son nuestros derechos y elegir. 

Además de activista, es promotor territorial en el barrio. En ese rol encontró un lugar para canalizar su bronca y su capacidad para rebelarse ante las injusticias y ayudar a otres. “Nosotros tenemos una realidad de violencia todos los días, somos disidencias villeras”, afirma. Durante la pandemia se acercó a un comedor popular: “No tenía para comer y enseguida me tendieron una mano y me contaron qué hacían. Ahí pude ver que la salida es colectiva”. 

La pregunta sobre su identidad llevaba años, sin embargo, pudo reconocerse y aceptarse en el intercambio con sus compañeres. Recuerda que siempre veía las marchas feministas desde el colectivo, cuando iba a trabajar, y en ese entonces se sentía abrumado con tanta información. Hasta que un día decidió bajarse del bondi. “Empecé a mirar, a grabar, a pensar y a entender mis incomodidades”. 

La música empieza a subir y nuestras voces se acoplan a ese colchón sonoro de reggaeton. La marcha casi empieza. Tuqui está muy emocionado por estar acompañado y reconoce con emoción: “Encontrarnos acá es reconocernos, es decir ‘Vamos a luchar lo que tengamos que luchar’. Estar hoy acá, es descansar de tanta violencia, de esta sociedad que no nos quiere”.

La marcha comienza cuando un grupo de siete compañeras, lideradas por Martina, se sube a un motocarro que da inicio a la caravana. El desfile de casi tres cuadras a pleno sol de un viernes de primavera recibe la mirada del barrio: vecines se asoman por los balcones y ventanas de las casas altas de dos, tres o cuatro pisos, las niñeces acompañan en toda su extensión, las miradas de sorpresa y admiración van marcando el compás. Un aire espeso, mezcla de sudor, calor y humo parrillero, forma un vaho blancuzco que cada tanto se tiñe de violeta y celeste, gracias a las bengalas.

-Vivir en el barrio no me resulta difícil, les vecinos asumieron que soy un varón trans, nunca me sentí discriminado. Las actitudes de odio se encuentran más afuera del barrio y, sobre todo, con las pibas trans. 

Cat tiene en los hombros a su hije y va de la mano con Idia, su compañera. La experiencia de Cat refleja el compañerismo y la solidaridad de les vecines de la 31. Estudió en un bachi del barrio y aunque todavía no terminó, cree que en algún momento lo hará. También reconoce que cuando era chico las personas travestis y trans no tenían tanto lugar y visibilidad: “Hoy me siento bien porque me doy cuenta que no soy el único, hacer una marcha acá también muestra que somos un montón, y que hay varios lugares para acercarte si necesitás contención”. 

-¿Hay cupo laboral trans en la entrega de casas de la nueva urbanización? ¿Y en las oficinas de Cambiemos? -se pregunta Alma Fernandez, militante travesti. También es fundadora de la casa Lohana y Diana que funciona en la Villa 31, un espacio que se creó durante la pandemia, cuando muchas travestis migraron al barrio buscando recursos para organizarse y poder sobrellevar la situación de hambre y desempleo.

“El barrio nos abraza, entiende a las diversidades y a las disidencias”, asegura Alma. En 2001, cuando llegó a la 31 con 13 años desde Tucumán, estuvo en situación de prostitución. Vivió en la calle, hasta que conoció a Lohana Berkins y Diana Sacayán, algo que cambió su vida. Hoy sueña con que todas sus compañeras y las niñeces trans puedan tener un proyecto de vida propio.

“Nosotras todavía no formamos parte de la agenda emocional del barrio, no somos incluidas en los accesos y eso es lo que necesitamos: salud, educación, trabajo, vivienda, derechos básicos que muchas deben postergar, no por elección sino por exclusión”, dice Alma.  

 

Maricas organizadas 

El perfume va variando en cada etapa del recorrido. Anticucho, tortilla y salchipapa son los platos más codiciados en la caminata y la birra una aliada para batallar los 30 grados. Todo el barrio está invitado a la fiesta, que recorre por más de dos horas la villa y visibiliza a la población LGBNBTTI+ que habita y milita en el territorrio. 

A pesar del repudio y los reclamos contra el Gobierno de la Ciudad que se repiten entre vevcines, los afiches de campaña de Vidal y Tetaz, con sus rostros blancos e inmaculados, se extienden en muchas paredes y esquinas del barrio. Parecen ilustrar una ironía más que una propuesta. 

-La principal problemática es la incidencia que tiene el Gobierno de Larreta. Desde la violencia, la represión, el ajuste. Hace muy poco desalojaron a mujeres víctimas de violencia de género con sus hijas.

Ramiro Pérez, marica de la Villa 31, lanza su bronca. Es integrante de “Las Norteñas”, una organización cultural fundada por maricas, lesbianas, travestis, trans racializadas, provincianas y migrantes.

Mientras salpica la cumbia y preparan el escenario para dar comienzo al festival de cierre, Ramiro baila con su compañero y flamea una bandera confeccionada en el taller de costura de la Casa de la Diversidad Trans. Es jujeño y hace seis años vive en la 31: “Nosotras como diversidades racializadas estamos expuestas a muchos niveles de violencia, no solo de vivienda o económica, sino la discriminación por ser marronas”, advierte. 

Se siente abrazada en la comunidad villera, donde se construyen todos los días redes necesarias para hacerles frente a las difucultades. “Hace tres años, cuando supe que iba a haber una marcha del orgullo en la 31, quise participar de la organización -dice Ramiro- y poco a poco nació Las Norteñas, un grupo compuesto por jujeñas, salteñas, bolivianos, peruanas, que queremos recuperar nuestra cultura”. 

Esa agrupación fue una respuesta a la necesidad de recuperar las raíces. Ramiro señala que Argentina tiene una educación hegemónica y eurocéntrica (“se nos olvida como pueblo originario, se nos maltrata, invisibiliza”). Su deseo: “Yo quiero recuperar todo eso, nuestras costumbres, idiomas y ancestros”. El próximo paso es construir una Casa de la Cultura para poder llevar adelante todos esos proyectos. 

Visibilidad, trabajo, salud, educación, reconocimiento y reparación, son las demandas que el Estado, a todos los niveles, todavía no escuchó. En la Villa 31, las luchas colectivas buscan reparar y ocupar esos vacíos, mientras la discriminación y la exclusión son moneda corriete para miles de vecines. 

Son lazos que se traccionan y expanden en la superfiie y en los subsuelos de las casas, las canchas, las veredas y pasillos. Desde una presunta marginalidad, construyen la identidad villera que atraviesa todos los relatos, la identidad travesti, trans, marica, sudaca, de lesbianas y no binaries que buscan romper con los prejuicios del afuera y el adentro.

En el corazón de la villa, mientras cae la tarde, el carnaval de primavera explota en las pieles y los rostros con toda la diversidad de sus colores.