“En Argentina vivo el racismo cotidianamente”

por Estefanía Santoro
Fotos: Agustina Salinas
13 de agosto de 2022

Esta es la historia de Annavialice Merline Casimir, referente de la comunidad haitiana en Argentina y fundadora de Marabou Kreol, la primera organización de mujeres haitianas en el país que se propone enfrentar el racismo y defender los derechos de las migrantes afrodescendientes.

El mediodía del 12 de enero de 2010 Anna estaba en la cocina de su casa a punto de calentar una sartén con aceite para hacer un fritay (comida típica haitiana), de repente escuchó un zumbido, salió al jardín y sintió que el suelo se movía. "No podía entender nada, todo el mundo gritaba ‘Jesús’, mientras en mi cabeza pensaba que era el fin del mundo. Cuando entré a mi casa, todas las cosas estaban en el piso, de milagro no explotó el gas. Mis mascotas estaban debajo de la cama, muy asustadas. Llamé a mi madre y a mi hermana pero no me respondieron y pensé: ‘Quedé huérfana’. Después me dí cuenta de que los teléfonos no funcionaban, estaba cortada la comunicación. Había edificios enteros hechos escombros. Unas horas después llegó mi hermana, ella estaba bien, pero su auto tenía el capot hundido. Durante toda la noche escuché ruidos, gritos y llantos. Nadie sabía qué había pasado con sus familias”. 

La catástrofe que le cambió la vida a Anna y a todo Haití fue un terremoto de 7 grados en la escala de Richter que dejó la ciudad capital bajo los escombros, con un saldo de más de 200 mil muertos. Anna conoció la magnitud del desastre que ocasionó el terremoto cuando salió a buscar a su mamá a pie. Caminó durante más de cinco horas. “Vi tantos cadáveres que eran incontables y empecé a llorar. Por suerte mi madre y mi hermana de siete años estaban a salvo y las llevé a mi casa. A la pequeña le  tuvimos que vendar los ojos para que no viera los muertos” 

Antes de terminar la educación secundaria, Anna dio sus primeros pasos como voluntaria. Junto a sus compañeres de colegio organizó una escuela-comedor para los chicos que necesitaban contención después de la catástrofe. “El país estaba en una situación de vulnerabilidad total, llegó un momento en el que ni siquiera teníamos agua potable. Si no fuese por la ayuda exterior, el desastre hubiera sido mayor. Los primeros países que llegaron fueron Cuba y Venezuela, vinieron con médicos; en cambio, Estados Unidos vino con soldados y armas e impidió el ingreso de Francia para limitar la influencia europea, pero en ese momento necesitábamos esa ayuda también”.

Los primeros países que llegaron para ayudar a Haití fueron Cuba y Venezuela, vinieron con médicos; en cambio, Estados Unidos vino con soldados y armas.

Su padre -artista y militante- le contagió el amor por la defensa de los derechos humanos y el empoderamiento, ella es la quinta de cinco hermanes. De chica Anna quería desplegar sus alas, algo tan básico como ser libre, pero ese era un deseo difícil de llevar a cabo en un país tan conservador como Haití donde el rol asignado a la mujer sigue relegado a los espacios domésticos. 

Los años posteriores al terremoto fueron caóticos para Anna, quería estudiar pero era muy difícil entrar a la universidad en un país que se estaba reconstruyendo de las ruinas. En medio del temor ante las réplicas que continuaban, abandonó su Haití natal y  llegó a Argentina en febrero de 2012, apenas terminó la escuela secundaria. No podía ni quería seguir viviendo en un país que sufría los efectos devastadores de un terremoto.“Siempre quise viajar, irme a otro país porque no es fácil ser mujer en Haití, el patriarcado se ha metido mucho. Siendo mujer, si buscas un empoderamiento, no la vas a poder tener en Haití porque hay muy poca representación femenina en la esfera política, es como algo tabú todavía. Siempre le decía a mi madre que me iba a estudiar leyes para tener derechos y juzgar a quienes me hagan la vida difícil.”

Ya en Buenos Aires inició sus estudios en Relaciones Internacionales y se interesó por la militancia política en defensa de los derechos humanos con perspectiva de género. Poco tiempo después se comenzó a participar de diversos eventos de afrodescendientes que se celebran en la Ciudad de Buenos Aires. En 2017 dio su primera charla sobre religión vudú y comenzó a planear junto a otras migrantes haitianas la construcción de una organización como espacio de unión y de defensa de sus derechos. Es así como en 2019 nació Marabou Kreol, una organización que vincula y desarrolla acciones para visibilizar la historia, la cultura, la religión y la literatura del mundo negro con el fin de erradicar el silenciamiento académico, la invisibilización de la lucha negras, la exclusión social y el racismo en todas sus variables.

–¿Qué se proponen desde Marabú Kreol?

–La finalidad de Marabú es poder vivir en un ámbito donde se destaquen las culturas, ver que no hay diferencias entre las personas, sino cada uno viene de una cultura diferente. Poder convivir, coexistir haciendo hincapié en algunos artículos de la Constitución que hablan de la migración como país que acoge a los migrantes para combatir el racismo. Si la Constitución establece que este país está abierto a la migración hay que combatir el racismo. Somos un grupo de mujeres que alzamos la voz en contra de las injusticias, luchamos por el empoderamiento de la mujer afro y la mujer negra migrante desde una perspectiva de igualdad, equidad y sobre todo libertad, queremos sacarnos el paternalismo que nos dice cómo tenemos que ser. Para nosotros ser libres significa poder decidir y hablar libremente. En Marabú recibimos muchas denuncias de racismo, las personas tienen miedo de hablar porque creen que si hablan siendo afro y migrante no van a poder obtener su documento. Acá siempre nos dicen ‘tu país es peor entonces pase lo que pasa acá tenés que agachar la cabeza’, es una violencia sin fin porque al tener miedo no denuncian y la violencia continúa. Muchos migrantes no conocen sus derechos, piensan que por ser migrantes no tienen derechos. Eso es una mentira porque migrar es un derecho y en este país hay una ley que lo avala.

– ¿Qué situaciones de racismo padeciste en Argentina?

–El racismo lo vivo de forma cotidiana, en la calle y hasta en entrevistas laborales, donde me han llegado a decir que no empleaban a ‘personas como yo’ o me han preguntado por mi sexualidad.  A los siete meses de vivir en Argentina, una señora me dijo en el colectivo: ‘Vos sos una negra importada que viene a vivir de los argentinos. Dame el asiento, no te corresponde a vos estar sentada’. Recuerdo que todas las personas que estaban ahí se reían, mientras esta mujer no paraba de insultarme. En 2019, subí al subte C para ir a la facultad, completamente repleto estaba el vagón y apenas logré entrar cuando una señora me acusó de haberla empujado y de tocarle la cartera. Estuvo más de 10 minutos diciéndome ‘negra de mierda, andate a tu país. Tendría que haberte empujado afuera del tren cuando subías’. Fue tan horrible, hasta me escupió el pantalón. El resto de pasajeros se reía burlonamente hasta que reaccioné y le hablé fuerte. Fue tan horrible que cuando llegué a la facultad me largué a llorar. 

– ¿Qué situaciones de machismo viviste en Argentina?

–Vivo muchas veces el mansplaining en el ambiente laboral, la hipersexualización de la mujer negra. Muchas personas hacen comentarios sobre mi estatura, algunas personas cuando me ven cara a cara me dicen que por mis palabras pensaban que era más alta y para mí eso es un insulto porque el físico no tiene nada que ver en la capacidad intelectual de una persona. Otros veces sueltan frases como ‘compórtate como mujer’ o me dicen que debo sonreír más. Y creo que todo eso es parte de una construcción social en la cual vivimos y no sólo nos impide ser libres sino también condiciona nuestra vida con falsos criterios, que a veces vienen disfrazados bajo una tradición cultural.

– ¿Después del terremoto y todo lo que viviste, regresaste a tu país?

–No. Las dos veces que quise ir no pude. La primera vez que planifique volver hubo una protesta y los manifestantes abrieron fuego sobre las personas en la calle. A mi hermano mayor lo hirieron cuando salía de la universidad, casi pierde la vida. Estuvo más de dos meses internado y un año en terapia. A mi hermana que es médica le incendiaron el consultorio. En Haití, la violencia es muy fuerte.

– ¿Cuáles son los principales problemas que tiene Haití hoy?

–En las últimas dos décadas, la situación de Haití se volvió más complicada en todos los ámbitos. Es un país hermoso y cálido, pero por culpa de los políticos la juventud emigra en masa a otros destinos. Hoy es república de nadie, se nota el vacío de poder y la desaparición de las instituciones. Mientras, crece una élite terrorista con armas y tecnología de avanzada, a tal punto que en junio entraron al Palacio de Justicia y hoy continúan en el poder. Hay muchos grupos terroristas que luchan entre ellos por territorios, mientras lastiman al pueblo; el secuestro se ha vuelto legal, todos los días más de 20 personas son secuestradas, y la única forma de tener su libertad es pagando una suma que a veces supera los 500 mil dólares. Antes del asesinato del presidente Jovenel Moise ciertos actores políticos decían que sí él renunciaba, el país tendría paz, pero lo que hemos visto es que después del magnicidio los grupos terroristas tienen más poder y no hay ningún actor político que convoque al pueblo a protestar en contra de las injusticias. Lo que podemos constatar es que les importa más el poder que salvaguardar la soberanía del país.

En Haití hay mucha corrupción y a los políticos solo les interesa ver cómo despilfarrar el dinero del Estado. Los principales problemas son: vacío de poder, inestabilidad política y social, inseguridad, un sistema de salud limitado e inoperante y falta de educación. Desde 2019 cerraron 1700 escuelas y algunas universidades también. Cada día la supervivencia se vuelve más dramática, por ejemplo el colegio San Luis Gonzague alberga familias que huyen de los conflictos armados entre los grupos terroristas.


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