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Desalojo en Kimberly Clark: relato de un thriller dramático

por Saverio Lanza
Fotos: Juan Pablo Barrientos
13 de diciembre de 2019

"Era una película, no lo podíamos creer". "No parecían policías, si no ninjas". El relato del asalto comando de un grupo especial de la Policía bonaerense durante la madrugada del 4 de diciembre, en boca de uno de los trabajadores de la fábrica pacíficamente tomada. Escalofriante represión y violencia estatal en el epílogo macrista.


"Te pido mil disculpas. Estuve por todos lados, y recién vengo otra vez de Capital, y a las 18 tengo que ir al colegio de mi hijo".

Parece el relato de una persona que lleva una vida medianamente normal, ordinaria, en una ciudad, un país, con políticos e instituciones medianamente normales. Sin embargo, no es así.

En un principio, fue una entrevista. Con el pasar de los minutos se convirtió en un relato tenebroso. Al final, en el guión de un thriller, con suspenso inquietante -al menos-. El desalojo de la fábrica Kimberly Clark no terminó en tragedia de milagro. 

El desmedido e innecesario "procedimiento" del grupo de asalto que ingresó al predio fue digno de un festival de la exageración. Rotura de todo lo que encontraron, golpes, insultos, violencia, verdugueo, estigmatizaciones varias, traslado a la comisaría, la liberación, y el abrazo con cientos de compañeros y compañeras. ¿Fue en la dictadura? No, en el epílogo de la "democracia" de Macri y Vidal.

No importa exponer su nombre. Lo cuidamos. Importa la historia. El relato vivencial. El registro de época. El signo de los tiempos. No fue un hecho aislado. Fue la consumación de un sistema y el envío claro de un mensaje: "Si defendés tu trabajo hasta las últimas consecuencias, te puede pasar esto". Salvaje. Atroz. Ridículo. Los calificativos sobran y se superponen absurdamente.

Porque 'Maxi', -digamos que se llama Maxi -resulta preciso proteger a quienes han sufrido violencia estatal- es sólo un trabajador más. ¿Cuándo fue que las sociedades ‘civilizadas’ aceptaron a la represión policial como ‘cáliz ordenador’ de las cosas? 

Kimberly Clark es una empresa estadounidense dedicada a la papelería. Cerró. Estaba en Quilmes, más precisamente en Bernal. Dejó a más de 200 trabajadorxs en la calle. La compañía les anunció a sus empleadxs que bajaría las persianas por un ‘programa de reestructuración global’. Claro está que con las doscientas familias en la calle. 

¿Cuándo fue que las sociedades ‘civilizadas’ aceptaron a la represión policial como ‘cáliz ordenador’ de las cosas? 

Al enterarse de la noticia, lxs trabajadorxs llevaron a cabo una asamblea. Decidieron tomar la fábrica en forma pacífica, para defender los puestos de trabajo, las fuentes de subsistencia. Kimberly Clark, entre las marcas que comercializaba, estaban los pañales Huggies, toallas femeninas y tampones Kotex, el papel higiénico Scott, los pañuelitos descartables Kleenex, y los pañales Plenitud. 

La de Argentina era la casa matriz para el Cono Sur, con más de 1000 empleados, exportando a 4 países de la región. La inmensa sede de Bernal había cerrado el 27 de septiembre. Decidieron permanecer en la fábrica. ¿Qué más les quedaba por hacer? Sin embargo, en un operativo ilegal y violento realizado en la madrugada del 4 de diciembre, tuvo lugar un brutal desalojo por parte de la policía bonaerense, conducida por María Eugenia Vidal, bajo las órdenes del Juez de Garantías de Quilmes Martín Nolfi, que dejó 19 trabajadores detenidos, quienes recuperaron la libertad varias horas después. Pero nada es gratis. 

Esa noche, Maxi estuvo dentro de la fábrica. Había escuchado el rumor -por parte de amigos en común que trabajaban en la policía- que había mucho movimiento de móviles en zonas aledañas a Quilmes, "que todos se iban a concentrar en esa localidad". No sabían para qué, pero había ruido a razzia.

Kimberly Clark es una empresa estadounidense dedicada a la papelería. Cerró. Estaba en Quilmes, más precisamente en Bernal. Dejó a más de 200 trabajadorxs en la calle.

"Nos empezó a llamar la atención. A alertar que algo nos podía pasar. Esto fue cerca de las 22. Decidimos ir a caminar un poco en el perímetro de la fábrica. Vimos que no pasaba nada. Pero cerca de un restaurante muy grande y conocido que hay en la zona de Quilmes, vieron patrulleros y camionetas con muchísima gente apostada. Nos faltaba corroborar hacia dónde se dirigían".

El predio de la fábrica es enorme. Toma parte de la zona trasera de la Universidad de Quilmes. Al lado hay un colegio técnico. Después un jardín de infantes, una biblioteca. De una zona de complejos industriales, KC abarca aproximadamente la mitad. La otra parte es de la fábrica Smurfit Kappa, dedicada al cartón corrugado, una de las más importantes del mundo en ese sentido. Una multinacional gigantesca. Ese inmenso predio fue ocupado por la antigua fábrica Celulosa Argentina, que llegaba inclusive a ser más grande de lo que es el espacio industrial actual.  

"Ocupa aproximadamente de 2 o 3 cuadras de ancho por unas 6 cuadras de largo. Esa noche, dentro de la fábrica, había entre 12 y 14 compañeros, y unos 10 compañeros afuera del parque, que nos apoyaban, en una carpa del Polo Obrero. Queríamos saber por qué la policía estaba por la zona. Si eso era un rumor o era real. Temíamos que estuvieran parapetados en la zona del puente 14 de agosto".

Maxi afirma que estaban preocupados. Eran cerca de las 23. No salieron a hacer los rondines que acostumbraban -cada una o dos horas- en el perímetro, dentro de la fábrica.

"Como no teníamos nada firme ni ninguna información certera, tampoco queríamos alertar a nadie por una falsa alarma. Cuando corroboramos, decidimos convocar a los compañeros que pudieran venir. Empezamos a agarrar las cosas que teníamos en el almacén (arroz, fideos, yerba, azúcar, carne) porque si la policía venía, cerraban la fábrica y perdíamos todo. Llevamos todo a las carpas de afuera. Ahí empezamos a escuchar que -sobre la calle Caseros, del lado de la autopista- sonaban las sirenas de la policía. Parecía como una película".

"No imaginábamos que iba a haber semejante despliegue por nosotros. Pensamos que sería una cosa a menor, y fue muchísimo peor, más grande de lo que podíamos imaginar". 

"Ahí empezamos a escuchar que -sobre la calle Caseros, del lado de la autopista- sonaban las sirenas de la policía. Parecía como una película".

El relato se ensombrece. "Cuando ya se van acercando, quienes estábamos afuera decidimos entrar por el miedo que nos dio. Algunos se quedaron afuera. Estacionaron unas cinco o seis camionetas a media cuadra de la fábrica. Empezaron a bajar rápidamente. Ahí vimos que no eran policías comunes, estaban vestidos de negro, protegidos como si tuvieran una armadura, y en la cabeza no tenían casco, sino un pasamontañas. Solamente se le veían los ojos. Parecían ninjas. Nos preguntábamos "¡quiénes son estos tipos, que no son policías comunes! Y no venían con intención de presentar una orden de desalojo o algún papel".

Cabe refrescar, a esta altura del relato, que Maxi, como sus compañeros, son apenas trabajadores de una fábrica. Sólo eso. Ni más ni menos ¿En qué momento las sociedades naturalizaron que ‘es normal’ lo que Maxi está a punto de relatar, y que poca gente se conmueva al respecto?

"Cuando los vimos venir, y nos metíamos en la fábrica, ellos subieron la escalera de la puerta principal. Eran muchos. Algunos de mis compañeros los filmaban. Les preguntaban si tenían alguna orden de desalojo. No nos daban bola. Nos insultaban. Se nos vinieron encima. Con alicates cortaron cadenas. Armas en mano se nos abalanzaron. Mi intención era filmarlos, pero se sumaban cada vez más. Eran muchísimos. Cada vez que los muchachos les preguntaban algo, no respondían nunca, y seguían yendo para adelante. Cuando yo retrocedo, voy con un grupo de muchachos que nos dicen que nos agrupemos. Ahí vimos la violencia con la que entraron. No lo podíamos creer, porque una cosa es verlo en el video, ese que trascendió. Y otra cosa es vivirlo en carne propia. Totalmente diferente. Parecía una película. Era terrible. Fue un momento muy feo". 

¿En qué momento las sociedades naturalizaron que ‘es normal’ lo que Maxi está a punto de relatar, y que poca gente se conmueva al respecto?

La idea de los trabajadores era otra. "Pensamos que iba a haber un espacio para poder conversar. Si ellos querían que desalojemos, lo íbamos a conversar. Todo pacíficamente. Pero no nos dieron tiempo a nada. Se metieron apuntándonos con armas en mano, llevando una violencia tremenda. Levantábamos la cabeza y veíamos pistolas y escopetas. Nos apuntaban como si nosotros fuéramos una banda de narcotraficantes. ¡La verdad es que no lo podíamos creer!". 

Era sólo el comienzo. "Nos faltó agarrarnos de la mano. Decíamos 'hasta acá llegamos. Nos van a matar'. Pensábamos que se había terminado todo. Que nos iban a reventar. No había manera de que no nos molieran a golpes. Armas en mano nos gritaron que nos teníamos que poner de boca contra el piso. Que nadie levantara la cabeza. Que tiremos los celulares. Las manos contra la nuca. Que nadie mirara para ningún lado. A algunos compañeros les patearon los celulares. Ellos estaban con sus rodillas puestas sobre nuestra espalda. Nos presionaban contra el piso. Yo me puse a pensar y me dije: 'Loco, mirá si a estos tipos -con la tensión terrible que había en ese momento- se le escapa un tiro y mata a alguno. No seríamos ni los primeros ni los últimos, desgraciadamente. Me ponía a pensar que, si había algún mal movimiento, o algo que no se entendiera, podía haber alguien que se le escapase un escopetazo, y todo terminaba en un baño de sangre. Fuimos muy mal tratados".

"Nos faltó agarrarnos de la mano. Decíamos 'hasta acá llegamos. Nos van a matar'. Pensábamos que se había terminado todo. Que nos iban a reventar. No había manera de que no nos molieran a golpes".

En ese nivel de violencia y agresividad, sacados de furia, enceguecidos, los policías estaban listos para la masacre. "Ellos podían haber llegado a darnos un tiro en alguna pierna o en un brazo. ¿Cómo explicás después que el policía que te dio un balazo no lo hizo en una inventada legítima defensa? ¿Quién te sale de testigo? Imaginate que era un momento de mucha violencia, prepotencia y soberbia de parte de ellos. Nosotros somos tipos comunes, normales. Obreros defendiendo nuestros puestos de trabajo por la subsistencia de nuestras familias. Tomamos la fábrica pacíficamente. Nunca nos resistimos a la autoridad. No generamos violencia. Queremos la reapertura de la fábrica nada más".

Pero la violencia institucional pareciera no estar capacitada para razonar nada, en ningún ámbito, y bajo ninguna circunstancia. "Estando boca abajo, con la pera contra el piso, las manos atrás, en la cintura, trabados contra el suelo, con las rodillas en el medio de nuestras espaldas, nos empezaron a precintar. A algunos los apretaron tanto que los lastimaron en la muñeca, como si estuvieran quemados, en carne viva les quedó. Nosotros les preguntábamos por qué tanta violencia, y ellos siempre respondían de mala manera".

Maxi señala que estuvieron torturados contra el suelo, "en una situación en la que cada segundo dura una eternidad. Calculo que estuvimos aproximadamente una media hora con la pera contra el piso, pero es muy difícil calcular. El tiempo se hacía eterno. Ellos estaban más nerviosos que nosotros. Era una situación salvaje". Después de un rato largo comenzaron a razonar y -medianamente- civilizarse. "Se tranquilizaron un poco. Accedieron a que estemos parados. Nos secuestraron los celulares. Nadie podía avisar a las familias. Nos iban llamando, para que les demos nuestros datos personales. Les pedimos si nos podían sacar los precintos. Ya estábamos hablando con policías comunes, no con los que parecían ninjas. Pero nos denegaron esa petición". 

"Estando boca abajo, con la pera contra el piso, las manos atrás, en la cintura, trabados contra el suelo, con las rodillas en el medio de nuestras espaldas, nos empezaron a precintar. A algunos los apretaron tanto que los lastimaron en la muñeca, como si estuvieran quemados, en carne viva les quedó".

Maxi continúa su relato. "Nos labraron un acta, nos empezaron a tomar los datos, y después de un tiempo prolongado accedieron a empezar a cortarnos los precintos".

"Una de las cosas que recuerdo y que me llamó la atención es que entre los 'ninjas' había una mujer. No puedo decirte que 'la vi', porque era imposible, pero escuchaba su voz, y era bastante soberbia. Fue una de las que más nos verdugueó, y no paraba de apuntarnos con la escopeta", recuerda.  

Por otra parte, "de los compañeros que estuvieron afuera, junto con quienes nos venían a prestar su apoyo, había tres chicas. Uno de los policías fue muy despectivo, soberbio y violento con ellas. Casi que las insultaba. Les hablaba muy mal, sobre todo de la ideología del frente de izquierda a la que pertenecían. Me pareció muy bajo y pedante de su parte. Después lo tuvimos que soportar en la comisaría". 

Lo que pasó en Kimberly-Clark ¿fue una casualidad? ¿Una circunstancia, o un sistema? ¿Estaba todo planificado? ¿Fue una forma de aleccionamiento?

Cuando los ánimos comenzaron a querer enfriarse, llegó el verdugueo. "Después de que nos pusieron de pie, nos tomaron los datos, nos sacaron los precintos, y nos labraron un acta a cada uno, ahí recién -cuando estábamos todos de pie y formados- nos leen la 'orden de desalojo'. Fue increíblemente absurdo. Llamaron a dos testigos para hacer una recorrida por dentro de la fábrica, con nuestro delegado, para que vean que las instalaciones estaban bien, que no había nada roto. En ese momento empezamos a escuchar ruidos y quilombos por todos lados. ¡Estaban rompiendo todo! Nosotros les aclaramos que teníamos todo encadenado a propósito para que nadie entrase de afuera a robar o a romper algo. La fábrica es enorme. Imaginate que nosotros no podíamos cuidar todo, todo el tiempo. Nosotros queríamos que eso quedase bien aclarado. Nos contestaron que eso que estaban haciendo 'lo tenían que hacer' y que 'cada puerta que rompían y que sacaban la cadena o rompían la cerradura, labraban un acta' en ese sentido, y que 'lo tenían que hacer por seguridad'. En definitiva rompieron todo, entraron a todos lados. Y al rato nos dijeron una cosa que ahora me causa gracia: nos dijeron que 'dentro de todo' los del grupo especial 'nos habían tratado bastante bien'. Era como que encima les teníamos que agradecer que no nos hayan matado o algo por el estilo".

Lo que pasó en Kimberly-Clark ¿fue una casualidad? ¿Una circunstancia, o un sistema? ¿Estaba todo planificado? ¿Fue una forma de aleccionamiento? ¿Se trató de un mensaje masivo para quienes pretendan luchar por sus puestos de trabajo ante el desfalco de las patronales? 

"Todo se hacía largo. Como a las 5 am nos llevaron a la comisaría de Bernal. Fuimos en una combi. Nos impresionaba ver la cantidad de patrulleros y móviles que había en la periferia de la fábrica. Debo haber contado unos 40 ó 50 vehículos. ¡Era una cosa de locos! Toda la zona tomada por la policía. En la comisaría nos pidieron los documentos de nuevo, para 'constatar' la identidad. Nos comunican que estábamos en calidad de 'demorados' y no de detenidos. ¡Después de todo lo que habíamos pasado estábamos solamente 'demorados', y que ellos 'lamentablemente, sólo recibían órdenes', que 'las tenían que cumplir', y que 'lamentablemente tuvimos que actuar así con ustedes'. Para mí, claramente no fue hecho de la nada, de un momento a otro, sino que estuvo bien diagramado, estudiado, planificado, por las autoridades máximas provinciales, tanto de Seguridad como políticas, y tanto del gobierno saliente como también creo que del gobierno entrante. Y digo esto porque nadie se pronunció. Nosotros fuimos a ver a la futura intendenta, también a gente cercana a Kiciloff, y nadie nos dio bola".

"¡Después de todo lo que habíamos pasado estábamos solamente 'demorados', y que ellos 'lamentablemente, sólo recibían órdenes', que 'las tenían que cumplir', y que 'lamentablemente tuvimos que actuar así con ustedes'".

"A la comisaría llegamos cerca de las 6, y a eso de las 8 u 8:30 nos dejaron prender los celulares. Nos encontramos con los otros compañeros y compañeras. Ese momento fue gratificante y emocionante. Ya pudiendo usar los teléfonos, y queriendo hablar con nuestras familias, dijimos de sacarnos fotos para mostrar que estábamos todos bien. Ahí una mujer policía se puso furiosa. Nos dijo que estaba 'terminantemente prohibido sacar fotografías', y agregó que 'aquel que saque una foto, ellos iban a saber de qué celular había salido, a quién se la habían enviado, y quiénes habían sido los responsables del envío'. Estamos completamente rastreados, por todas partes. Nos lo dijeron en la cara”.

Epílogo. "Cuando salimos de la comisaría, nunca pensé que afuera iba a haber cientos de personas esperándonos para apoyarnos. Fue impresionante. Muy gratificante”. Cabe recordar, en el final del relato, que Maxi, como sus compañeros, son apenas trabajadores de una fábrica. Sólo eso. Ni más ni menos ¿En qué momento las sociedades naturalizaron esto? ¿Cuándo aceptaron a la represión policial como 'cáliz ordenador' de las cosas? Preguntas que estos regímenes de neodemocraduras no consiguen responder.