Cuando quedarse en casa es quedarse en la calle

por Pablo Bruetman
Fotos: Vicky Cuomo
09 de mayo de 2020

La historia de Hilario, sentado en su silla, bajo el techo de la parada de colectivos de Once. Ahí pasa las noches. Ahí vive. Ahí lo encontramos, leyendo.

“Existen muchos tipos de sonrisas. Pero hay una que es la cima de las expresiones humanas: es la sonrisa que viene de un alma limpia”, algo así escribió el sacerdote, periodista y escritor español José Luis Martín Descalzo en su libro Razones para la alegría. Así nos lo cuenta Hilario sentado en su silla bajo el techo de la parada de colectivos de Once. Ahí pasa las noches. Ahí vive. Ahí lo encontramos, leyendo.

Por más decreto de aislamiento y más recomendaciones de #QuedateEnCasa, Hilario está en la calle. La calle es su casa: “A veces por las noches vienen a correrme y me tengo que ir para otro lugar, dicen que si no tengo adonde ir vaya a un parador, pero los paradores son muy peligrosos: hay muchos borrachos y violentos. Y te roban las cosas, no quiero que me roben mi taza o mi almohada”.

Hilario tiene 25 años y vive en la calle desde los 14.Es vendedor ambulante. Antes de la pandemia solía recorrer los subtes y los trenes vendiendo las chipas que cocinaba un señor en Once. Y unos días antes del aislamiento había conseguido un trabajo como asistente de albañil en una obra. Le pagaban mil pesos por día. Estaba contento de que por fin tenía trabajo. “Eso es lo que quiero: trabajar”, contesta cuando le preguntan qué necesita. En la obra le quedaron debiendo una jornada y media; ya sabe que nunca la va a cobrar.

Las calles en Once no están vacías. Colectivos, kioskos, agentes de espacio público, policías, repartidores de Rappi, Glovo y Pedidos Ya, autos, bicicletas, camionetas del Gobierno de la Ciudad, peatones que salen a hacer comprar y muchos/as que deben movilizarse en el transporte público y confluyen en Once. Lo que no hay son vendedores. Ni en los negocios, ni en los puestos de los predios del Gobierno de la Ciudad, ni en la calle. Dicen que el sábado un vendedor desesperado se acercó a la estación de tren a vender barbijos. Y se lo llevaron: a la comisaría. Y le incautaron los barbijos. Nada muy distinto a cuando no había coronavirus. Hoy, que es miércoles, a los costados de la estación, un poco ocultos, pero no tanto porque necesitan que los vean, hay un par de vendedores de barbijos. Y la gente que los ve, les compra. No está tan mal: la venta de barbijos se ha convertido en una actividad esencial.

A las once de la noche sube al techo de Cromañón donde hay una canilla que larga agua fría. Ahí se baña.

“Bañarse también es una actividad esencial”. Algo así le dijo Hilario a los policías que lo vieron circular cuando buscaba un lugar donde “bañarse, cambiarse y volver a salir”. Hilario cuenta que cuando la policía lo detiene o lo corre de algún lugar, lo acusa de estar “bien vestido y limpio para estar en la calle”. “Jefe, no tengo adonde ir. Necesito trabajar para poder alquilar un lugar. Me encantaría tener un trabajo pero es muy difícil, estás en la calle, no tenés ropa, es muy difícil que me tomen”, les explica. 
Hilario asiste a los comedores de organizaciones populares para alimentarse en tiempos donde no puede juntar un peso. Pero hoy no hizo falta: por la mañana los compañeros senegaleses, que también son vendedores ambulantes y tampoco pueden trabajar, se acercaron y le llevaron su típico arroz picante. “Son solidarios, son compañeros, no tienen nada pero no se olvidan de nosotros”.

“Almas limpias”, dice Hilario, que pasa el tiempo leyendo o conversando con el Uru.

El Uru, claro, es uruguayo. Del otro lado del charco trabajó en chacras. Cortaba el pasto, hacía diferentes tareas. “Si el presidente, o quien sea, me escucha, yo estoy dispuesto a irme a una escuela rural en el medio de la nada, aunque sea cagado frío si me dan trabajo”. El Uru trabajó en negro en uno de los kioskos de Plaza Miserere. Después salió a vender golosinas por la calle. No consigue trabajo. Tiene la ilusión de cuando el aislamiento termine poder sacar la ciudadanía y tener suerte en la búsqueda. Sino, dice, habrá que pegar la vuelta. Mientras tanto duerme en la calle. Y a las once de la noche sube al techo de Cromañón donde hay una canilla que larga agua fría. Ahí se baña.

“La gente se cree que estamos en la calle porque queremos. Y no es así, no tienen idea. Nosotros quisiéramos trabajar y tener un lugar propio donde dormir”, dice alguno de los dos. O los dos. O lo dijo alguien antes que no dijo más que eso y no lo incluimos en la crónica. O alguien de quien no recordamos el nombre. Lo que sabemos es que lo dice un vendedor, un vendedor que necesita de la calle para vender, para comer, para sobrevivir.

Algún vendedor que no puede trabajar por el aislamiento. “Yo entiendo todo -dice el Uru- pero cómo hacés vos para explicarle a un hijo que no se puede salir a la calle a trabajar porque hay un virus que puede matar a tu papito y también te puede contagiar a vos… el nene te dice ‘papá tengo hambre’, y no hay explicación que valga. ¿De qué me sirve no contagiarme si no tengo cómo comer?”
 

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