Crónica de una muerte evitable

por Mariano Pagnucco
07 de septiembre de 2018

En el día del fallecimiento de Fabián Tomasi, un caso emblemático del daño que producen los agrotóxicos, se realizó en el Hospital Garrahan una charla con especialistas que vienen trabajando el tema. Datos para pensar el presente de la Argentina, entre el dolor por la pérdida y la esperanza en revertir el futuro.

¿Cuánto vale una vida? ¿Y cuánto cotiza una muerte en el mercado noticioso? Los manuales de periodismo dicen que para que un hecho se convierta en noticia, debe tener relevancia social. En este lugar y en este contexto, la muerte de Fabián Tomasi tiene tanta relevancia que atraganta las palabras y humedece los ojos. El lugar es el Hospital de Pediatría Garrahan y el contexto, una charla de profesionales que estudian los efectos de los agrotóxicos en la salud de la población y el ambiente.

La muerte es el último eslabón de la cadena de destrucción que representa el modelo agroindustrial apoyado en el uso intensivo de venenos y otros tóxicos para la producción, con la soja como gran protagonista. Fabián murió esta mañana en Basavilbaso, su ciudad natal de Entre Ríos, donde empezó su calvario trabajando como fumigador en contacto con los agrotóxicos: eso le provocó una polineuropatía tóxica severa, con todo su sistema nervioso afectado.

En una carta publicada por La Garganta Poderosa en marzo, Fabián decía: "Hoy sólo puedo ver la cara de Antonella González, una nena que murió de leucemia en el Hospital Garrahan, hace apenas 4 meses. Había nacido en Gualeguaychú, hace apenas 9 años. Y falleció, víctima de los agroquímicos. Los médicos lo sabían, todos lo sabíamos. Como también sabemos que un 55% de los internados en el Garrahan por cáncer, provienen de nuestra provincia… La más fumigada del país, una de las más envenenadas del mundo". Hoy, en el episodio final de su lucha, la historia vuelve al Garrahan.

Fabián era el emblema del daño que este sistema les produce a las personas. Era trabajador rural, así que es fácil deducir el daño que produce, sobre todo en la gente pobre.

Quien hace pública la noticia, en medio de las exposiciones de los profesionales, es Mercedes Meche Méndez, una enfermera del Garrahan que hace años ha entendido que el sistema público de salud tiene un compromiso directo con la sociedad. De hecho, ella es una de las responsables (con el impulso de la Junta Interna de ATE y sin apoyo de las autoridades sanitarias) de esta charla convocada un viernes a la mañana en una de las aulas del segundo piso donde quedan unos pocos asientos vacíos.

Meche dirá después a Cítrica: "Fabián era el emblema del daño que este sistema les puede producir a las personas, sumado a que era trabajador rural, así que es fácil deducir el daño que produce, sobre todo en la gente pobre. Hoy es un día muy triste, por eso esta actividad está dedicada a él". Conmovida al recordar la entereza de Fabián para denunciar los efectos de los agrotóxicos ante los micrófonos de todo el mundo a pesar de su precaria condición de salud, Meche ofrece una hoja de ruta para el futuro: "No hay mejor homenaje que le podamos hacer que denunciando y militando para que este modelo de envenenamiento lo cambiemos".

Una herencia tóxica

La encargada de inaugurar la charla fue la Doctora en Ciencias Biológicas María Fernanda Simoniello, Profesora Adjunta de Ecotoxicología en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad Nacional del Litoral. En su exposición "Plaguicidas: Efectos genotóxicos en poblaciones expuestas y probables consecuencias en la salud infantil", la especialista contó el trabajo académico y de investigación que viene llevando adelante junto a distintos equipos desde 2001, cuando el modelo sojero recién daba sus primeros pasos en el país.

A lo largo de los años pudo comprobar, con trabajo de campo en la provincia de Santa Fe, algunas de las consecuencias de los agrotóxicos que en la charla explicó mostrando gráficos, fotos y estadísticas: mutación genética en los fumigadores y sus familias (habló de "daño genotóxico" que iguala a los jóvenes con personas ancianas en cuanto a envejecimiento celular), afectación de las especies animales nativas (desde peces hasta yacarés, que han visto reducido su hábitat por la expansión del monocultivo), lluvia ácida en las poblaciones rurales y hasta transmisión generacional de madres a hijos de los componentes tóxicos que se acumulan en las células.

Somos el país con mayor uso de plaguicidas por persona: ocho litros por año por habitante. Se aplican por año alrededor de 400 millones de litros de venenos varios.

También habló de la falta de voluntad política para atacar el problema de raíz, porque poner sobre la mesa el tema implica enfrentar a los productores con el resto de la población, y subrayó la falta de conocimiento de los aplicadores de venenos sobre su toxicidad y peligrosidad... cientos de Fabianes desperdigados por el campo en la Argentina que cargan en su cuerpo con el peso de un modelo que beneficia a unos pocos y enferma a miles.

Costos económicos y humanos

La segunda exposición estuvo a cargo del Dr en Ciencias Exactas e investigador del Conicet Damián Marino, quien está a la cabeza de un grupo de trabajo de la Universidad Nacional de La Plata, encargado de estudiar los efectos de los agrotóxicos en el ambiente. Al inicio de su charla, titulada "El futuro hipotecado: Conviviendo con los agrotóxicos", Marino habló de la importancia de que los profesionales de salud "no pierdan la rebeldía" para poner en agenda aquellos temas que las autoridades ignoran u omiten maliciosamente.

El costo de analizar la presencia de plaguicidas en sangre es de 200 pesos. Pero no hay voluntad política

"Argentina es récord mundial", dijo en un tramo y luego explicó el triste mérito que tiene el país: "Somos el país con mayor uso de plaguicidas por persona... ocho litros por año por habitante". Esto significa que se aplican por año alrededor de 400 millones de litros de venenos varios, como el tristemente célebre glifosato. Marino desestimó la versión compartida por gobiernos y empresas de que el problema se soluciona con la buena aplicación de los productos e imponiendo límites de distancia: "La dinámica ambiental de las sustancias químicas es incontrolable. En la Antártida se encontraron restos de venenos, y ahí no se planta soja".

Marino también mencionó el caso de San Salvador, localidad entrerriana de donde proviene la mayor parte del arroz que se consume en el país. En la época más fuerte de producción, contó, el aire del lugar es irrespirable por el polvo que vuela. ¿Qué encontraron trabajando allí? Que las plazas, las calles y hasta la canchita de fútbol local tenían presencia de plaguicidas. No sólo eso: en San Salvador el asma es la segunda afección de salud. ¿Casualidad? "Eso es la Ecoepidemiología, cruzar la información de las condiciones ambientales de un lugar con los datos de las problemáticas de salud de la población, y a partir de eso implementar políticas", sostuvo.

En una de las últimas diapositivas que proyectó, Marino señaló una imagen de Fabián Tomasi que estaba mezclada con las de otras víctimas del modelo agrotóxico. Para entender la magnitud del drama, contó un caso concreto de su laboratorio: "El costo de analizar la presencia de plaguicidas en sangre es de 200 pesos. Acá el problema no es de dinero, sino de falta de voluntad política".

Marino conoció a Fabián, escuchó de su boca palabras de aliento para seguir la lucha y también palabras venenosas en contra del enemigo principal. En este día doloroso en que un hospital público abrió sus puertas para alertar sobre un problema grave que se sigue cobrando vidas a diario, el investigador eligió una frase del libertador Simón Bolívar que leyó de su puño y letra en una carta que se conserva en un archivo histórico de Colombia.

Bolívar decía y sigue diciendo: "Ya es tiempo de obrar porque no hay más esperanzas".

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