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La cuarentena en una villa

por Nelson Santacruz (La Garganta Poderosa)
19 de abril de 2020

Un vecino de la Villa 21-24 cuenta en primera persona lo que significa el aislamiento social en su barrio, las estrategias comunitarias para paliar el hambre y el combate contra la epidemia del dengue, que le quita protagonismo a la pandemia.

Escribo esto exactamente un mes después de que empezó el aislamiento social preventivo y obligatorio. Estoy en el techo de mi casa, desde donde puedo ver un pedazo enorme de la Villa 21-24 donde crecí. Nunca sentí tanto silencio y tanto vacío por los pasillos, como tampoco me imaginé la manera en que nos íbamos a bancar una pandemia como la que estamos atravesando. 

Hace poco llegué de Salta, donde hicimos varias notas para La Garganta Poderosa, y por eso también pienso en las comunidades wichís que toman agua en bidones que dicen Monsanto, que los acarrean de pozos artificiales hechos por ellos y ellas mismas, que viven de la venta de artesanías, carbón y leña o de changas. "¿Cómo estarán soportando?", me pregunto. Son incógnitas que vienen de noche, porque de día hay una realidad que hay que enfrentar; como sea. 

Ya hay casos confirmados en la Villa 31. La primera vivía en un cuarto de 3x3 con sus padres de 84 y 85 años, pero además compartía un baño con otras 12 personas. Hasta este momento no hicieron testeos ni aislaron a nadie; me entero de ello mientras redacto estas líneas y me genera cierta impotencia, pero después recuerdo que así es cotidianamente el abandono y la indiferencia a la que estamos recluidos.  

La primera contagiada de coronavirus vivía en un cuarto de 3x3 con sus padres de 84 y 85 años, y compartía un baño con otras 12 personas

En el Pasaje La Amistad, del sector San Blas donde vivo, a cuatro casas de la mía hay un rinconcito que se llama Tacitas Poderosas. Ahí la Oti, mi mamá, sirve desde el año pasado lo que haya para el piberío del barrio. Antes de la pandemia eran máximo 30 niños y niñas de lunes a sábados. Hoy, una hora antes de cada tarde, ya hay una fila que nace para retirar las 120 raciones de merienda que toca garantizar. 

La otra vez Melani, que vive en el mismo pasaje que el mío, me pidió una taza de leche y cuando le iba a servir, me dijo: "No profe, leche en polvo, así la llevo a mi casa porque hace tres días que tomo azúcar quemado con agua caliente". Como organización, además, duplicamos las ollas populares. Sobre la Avenida Iriarte, decenas de raciones los viernes, sábados y domingos y acá al fondo, también en este merendero, los sábados y domingos. Está jodido. 

Otro detalle jodido es el gas, porque la garrafa sale entre $450 y $500 que se pagan desde la autogestión, así como los alimentos frescos, para llenar los platos; no hay un plan nacional de garrafas para compensar ese gasto. Además, las carnicerías y verdulerías barriales no donan tanto como antes para llenar la olla. Cuesta, pero nuestro principal abastecimiento está en el corazón, en la solidaridad de la gente.

Extraño compartir un mate. Esta pausa insoportable nos desequilibró a quienes vivimos en manadas, en colectivos, en asambleas y nos aisló, aunque no logró separarnos del todo. Pudimos conseguir asistencia psicológica, hay vecinas llamando a otras que sufren violencia de género, y aunque los cupos en los comedores se estiran como chicle, el barrio está unido apagando los incendios de los problemas estructurales intensificados en este contexto. 

Una vecina me pidió una taza de leche y cuando le iba a servir, me dijo: "No profe, leche en polvo, así la llevo a mi casa porque hace tres días que tomo azúcar quemado con agua caliente"

Ayer, por ejemplo, un grupo de jóvenes recorrieron casa por casa para darles medicamentos y alimentos a nuestras abuelas y abuelos. Y las postas de salud que tenemos hacen malabares para informar y alcanzar aunque sea un repelente a las familias. Es que de los más de 4.000 casos de dengue en Capital Federal, sólo la Villa 21-24 y Zavaleta (que están pegados) presentan 450 personas con el virus. Sí, en mi barrio combatimos una pandemia y una epidemia al mismo tiempo.

Se me viene a la mente las recomendaciones del #QuedateEnCasa y me genera cierta contradicción. El 90% de nuestras cooperativas están paradas y la gente tiene que salir de sus casas para buscar comida; además, el 70% de mi barriada no tiene agua potable. Sino visiten la Manzana 2, donde la presión es escasa o cuando hay agua, sale marrón. Ahí vive Santos, de 59 años, hipertenso, con problemas cardíacos. ¿Cómo hacés si no tenés agua o si la presión es escasa o si no sabés si es potable? ¿Cómo te lavás las manos? A veces flasheo filosofía pero esto es empírico, está sucediendo. 

Nos ayudamos, nos escuchamos y seguimos porque no podemos darnos permiso de parar. El Instituto de Vivienda de la Ciudad (IVC) estimó el año pasado que hay en la Ciudad de Buenos Aires 138 mil viviendas ociosas: vacías. Y Melani, que toma azúcar quemado con agua caliente, imaginándose que es mate cocido, vive en un cuarto de 3x3 con su mamá, su hermanita y su papá. Un relevamiento que hicimos también demostró el nivel de hacinamiento que nos toca pasar, porque en promedio hay entre 4 y 10 vecinos que duermen, incluso mayores de 65 años, en cuartos de ese tamaño.

Escribo esto desde el techo, con los datos del celular con los que mi hermano y yo estudiamos como podemos, sin wifi ni computadoras. Acá, desde un rinconcito de la Villa 21-24, puedo ver un pedazo del barrio nunca antes tan vacío. Capaz pronto podamos tomarnos un mate o un tereré en una asamblea. 

Escribo el barrio porque no lo puedo caminar. Mientras tanto, resistencia popular.