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Comunidades porteñas: los senegaleses en Argentina

por Revista Cítrica
21 de julio de 2022

Historias de dramas y pequeñas alegrías de los migrantes senegaleses en el país, con un fuerte enclave en la Ciudad de Buenos Aires. El racismo, la persecución, la venta ambulante, el hostigamiento policial, los ataques del gobierno porteño y un manual para sobrevivir que se escribe a diario.

En el país hay 150 mil afrodescendientes, y de los más de diez mil africanos que viven en Argentina, cerca de cinco mil llegaron desde Senegal. Historia, actualidad y futuro de una minoría negada, de carácter afable y humilde, que es perseguida, violentada y estigmatizada por las fuerzas represivas de los Estados.

La sangría comenzó temprano. Sesenta millones de africanos fueron esclavizados, y enviados en barcos a América. La mayoría murió en el trayecto. Llegaron con vida unos doce millones, a Río de Janeiro, Buenos Aires, Valparaíso y Montevideo. El ingreso de esclavos comenzó en 1588. Se estima que hasta 1730, habían llegado casi 18 mil africanos. El primer censo nacional de 1778, arrojó que había ciudades que tenían entre un 40 y 50 por ciento de negros. En 1810, al menos un tercio de los habitantes de Buenos Aires eran africanos o afrodescendientes. En 1816, 400 mil esclavos varones estuvieron a disposición de los ejércitos libertadores del general José de San Martín. Además, miles de mujeres, niños y ancianos formaban parte de otro ejército: los siervos explotados por el Partido Esclavista, muy poderoso entre los comerciantes, burgueses y clérigos.

Senegal se independizó en junio de 1960. La superficie del país es apenas inferior a la provincia argentina de Río Negro. Ala hace 7 años que vive en Argentina. En Burzaco. Alioune Ndiaye nació en 1987. Estudió en Senegal, en la facultad de Geografía. Llegó a Argentina en 2008. Empezó a estudiar en el Instituto Argentino de Computación. Y egresó como Experto en sistemas de Gestión Administrativa en PyMEs. Ayuda en la administración de la Federación de Senegaleses en Argentina. "Pertenecemos a una asociación religiosa musulmana de Senegal. En la Asociación de Residentes Senegaleses en Argentina me ocupo del costado social, para ayudar a la gente, y lo hago con mucho gusto", cuenta Abdul Rahman.

La cultura senegalesa empezó su arribo contemporáneo a la Argentina en 1999. Sin embargo, el grueso llegó en 2010. Se estima que unos cuatro o cinco mil viven en Argentina. La mayoría en Capital Federal y Gran Buenos Aires. Alioune intuye que los senegaleses que llegaron a fines de los 90 "no sabían qué era Argentina, de qué iban a trabajar, y a sus amigos y parientes en Senegal no le llegaba ninguna noticia sobre sus familiares aquí". Senegal es un país de cultura emigrante desde hace varios siglos. Abandonaban su terruño por un tiempo, para viajar al continente europeo, la zona central de África, el sur de Arabia, y el oeste del continente negro. "Después empezaron a cambiar de rumbo, porque en Europa comenzaron a tener dificultades, sobretodo en Francia, con el renacimiento de los nacionalismos". "Cuando yo salí de Senegal, la primera idea que tenía era la de viajar a un país en el que pudiera seguir estudiando. Elegí Argentina por el idioma. En Senegal hablaba un poco de castellano, y cuando llegué me puse a estudiar varios cursos". Abdul remarca que la comunidad senegalesa de la que participa en Argentina es musulmana. En Senegal, más del 95% de los habitantes son musulmanes. El resto son cristianos, católicos, testigos de Jehová, "pero no hay ateos", asegura. El saludo entre musulmanes implica una entrega y recibimiento de paz y felicidad. "Es la forma en que los musulmanes nos deseamos cosas buenas, y de qué manera querernos".

A comienzos del siglo XX llegaron unos 15 mil inmigrantes africanos provenientes de Cabo Verde. Un siglo después, el último censo nacional de 2010, arrojó que la población afrodescendiente era de unos 150 mil, lo que significa un 0,4% del total. Desde comienzos del siglo XXI, la nueva inmigración africana llegó proveniente -principalmente- desde Senegal y Nigeria. El censo de 2010 registró 2.738 personas nacidas en África. Siete años después, ese número ya llega a 10 mil.

Abdul decidió viajar hacia Argentina porque recibió noticias sobre que "los senegaleses estaban bien aquí". Alioune dice: "En África, las cuestiones económicas no están del todo bien. Senegal no es un país desarrollado, pero se puede vivir bien. Sin embargo, para mejorar las condiciones de vida, algunos decidimos salir con el objetivo de ganar algo de dinero y educarnos, volver e invertirlo, para mejorar las condiciones de nuestras familias y otros habitantes".

Este es el espíritu de muchos. Altruismo para con sus seres queridos y su tierra: abandonar su espacio natural para buscar lo que allí no se les facilita conseguir, con el objetivo de formarse, mejorar sus realidades económicas, estudiar, evolucionar, y regresar para mejorar las condiciones de su propia vida y de su entorno. "En Senegal tenemos una cultura mucho más cercana a lo que sería el socialismo. Aquí hay una cultura del capitalismo y del individualismo. Nuestra cultura es la de ayudarnos mutuamente y mejorarnos".

Sin embargo, paradójicamente, este es el motivo principal de la pobreza generalizada. ¿Cómo se explica? "Lo que tiene cada uno, lo reparte. Uno no se hace cargo por su propia cuenta, necesitamos de los otros. Tenemos la cultura de juntarnos, para poner lo que tenemos, y compartirlo".

Ala cuenta su historia. En Senegal practicaba taekwondo. Viajó a Brasil para un campeonato en 2009. Tenía un amigo de la infancia que vivía en Argentina desde 2005. Hizo contacto con él, y lo tentó. "La verdad es que soy muy curioso, me dijeron de venir, y vine. Y me gustó, en parte para aprender el idioma, para poder ganar un poco más de dinero, y ayudar económicamente a mi familia en Senegal".

Disfruta de Argentina porque "no es difícil estar, es un país muy abierto, cualquier persona puede vivir y trabajar". Sin embargo se encarga de aclarar que "ahora está un poco difícil". "Queremos trabajar en forma ambulante sin que nos persigan, y lo estamos debatiendo entre nosotros. Lo que más cambió es cómo te trata la policía en la calle".

Alioune ama a Maradona, admira la arquitectura porteña y la educación pública. "Es el único país del mundo en el que a nivel universitario es así, y eso es algo muy especial". Los tres acuerdan en que a veces se sienten estigmatizados. Alioune aclara que "a veces nos piden marihuana, pero por ignorancia. No es que nos discriminan, es que no saben. El verdadero racista ni siquiera te habla, o te insulta y te dice que te vayas".

 

LA ÉPOCA DE LA PANDEMIA

Durante seis meses tuvieron que quedarse en sus casas. O en los hoteles o las habitaciones compartidas por las que pagan un alquiler al valor de departamentos. Pagaron esos alquileres sin ingresos económicos y sin IFE; si resistieron fue por pura solidaridad. En abril, cuando el aislamiento era total, personas en situación de calle de Once contaron cómo sobrevivían: "Los senegaleses hacen su carne, su comida típica en grandes ollas, las reparten entre ellos y hoy también nos trajeron". Solidaridad ante todo.

También crearon la Tiendita Migrante, "Japoo Door Waar", que en su idioma de origen (wolof) quiere decir "agarrarse para trabajar". Pusieron a la venta kits de alcohol en gel, ruanas para apalear el frío y barbijos descartables, entre otras cosas y los repartieron en bicicleta.

Ahora les llegó el momento de volver a trabajar. De volver a vender en la calle, porque en estos meses no pudieron mandar nada de plata a sus familias en Senegal y ya no tienen para pagar sus alquileres. Pero se encontraron con el mismo problema de siempre: la Policía de la Ciudad que los persigue, no los deja trabajar, les fractura las piernas y los brazos con golpes, y les roba la mercadería. Y también el dinero de sus propias casas.

A Gora, de 32 años, la Policía de la Ciudad lo detuvo en Pueyrredón y Lavalle junto a cinco personas más que viven de la venta ambulante en el barrio de Once. Los oficiales pretendían secuestrarles su mercadería y fue lo que hicieron: robarles, a pesar de la buena predisposición de lxs vendedorxs a irse del lugar. En ese episodio, un compatriota suyo, Modou, se rompió la rodilla al caer al piso cuando la policía lo empujó. 

“Nos llevaron a cinco comisarías. Nos sacaron la foto. Modou sufría por su…. (señala la parte del cuerpo, ‘rodilla’, decimos). Le dolía mucho. Todo el día, todo el día”, relata en un español que por momentos me cuesta descifrar. “Los paisanos juntamos plata para la férula. Él no está trabajando porque siente mucho dolor, no camina bien”, cuenta. 

A mediados de octubre, Galaye, un referente de la comunidad, nos confirmó que Modou había sido operado y se encontraba en rehabilitación. La comunidad continuaba ayudando. La solidaridad entre los senegaleses es una filosofía de vida, de sobrevivencia. La pandemia lo dejó más al descubierto.

“La cuarentena fue muy difícil, muy complicado para mis paisanos. Nos ayudamos juntos. Si tenés 50 pesos, 100 pesos ponés para otro que no tiene. Complicado ¿eh?”, describe y enumera a su otra familia, la de sangre, que está en Senegal: mamá, hermana y hermano. “Todos los paisanos ayudamos a nuestras familias. Si no ¿para qué venir acá?”, pregunta. 

Argentina no es el primer lugar que Gora conoce tras irse de su tierra natal. “Fui primero a Brasil, estuve seis meses y vine para acá porque los paisanos me dijeron que acá era mejor. Estás tranquilo, no tenés problema, es mejor”, compara y reafirma el motivo de su viaje, como si fuera necesario aclararlo una vez más: “No vine acá para molestar a la gente, vine acá para ayudar a mi familia”.

Hacia el final de la entrevista, Gora saca el tema de su situación de papeles. Nombra a la Comisión Nacional para los Refugiados (Co.Na.Re) y nos muestra una foto en su celular en la que hay un e-mail. “Tengo que sacar la precaria. Tengo que sacar un turno”, cuenta y nos pide ayuda porque nunca envió un mail. No sabe escribir en español, más si el nombre de las letras. Después de un rato, entre dictados y deletreados, logramos que envié el mail para que comience a regularizar su situación en el país.

Cheir es vendedor ambulante desde hace 8 años, cuando llegó a la Argentina. “Estamos acá laburando para vivir”, nos informa. Ahora es para vivir él, antes ayudaba a su familia que está en Senegal. “No alcanza porque la vida está muy cara, la comida subió, el alquiler subió, con la pandemia está difícil para laburar en la calle”, explica.

El Covid-19 clausuró a lxs ambulantxs, que volvieron incluso después de que muchos locales del mismo rubro tuvieran permiso para levantar sus persianas. La pandemia hizo el trabajo que el Gobierno porteño intenta constantemente, sacarles sus fuentes de trabajo a fuerza de labrarles contravenciones y represión. Durante seis meses no trabajaron.

Respetamos a la policía porque nos cuida a todos. Nosotros también tenemos derechos acá. Si la policía nos dice ‘acá no se puede’, nos vamos a otro lado. A veces vienen a quitar la mercadería. No queremos molestar, no queremos la violencia. Sólo queremos trabajar y pagar los gastos”, argumenta Cheir sobre la necesidad de cualquier ser humano, que se agudiza cuando además sos migrante, joven y africano en un mundo globalizado y racista. “A veces alguno te insulta, a veces te tratan mal, no todos. Discriminación no hay acá nomás, hay en Francia, en España”, observa. 

Vive con un amigo en un departamento de dos ambientes en el barrio de Once. Pagan 15 mil pesos más gastos por mes. Acerca de cómo sobrellevó la cuarentena, manifiesta que “fue muy difícil sobrevivir sin trabajar” y que por eso ahora están en la calle. “Si no, nos vamos a morir a la casa”, resume en una frase simple la complejidad de la situación. 

“Con la lluvia, con el calor, con el frío no es fácil. Si estamos acá en la calle es que no tenemos otra manera”, explica Cheir. Él es informático y tiene residencia permanente desde hace cuatro años en el país. Ni siquiera con esas condiciones consiguió un trabajo registrado. “Busqué un trabajo. Como yo hay mucha gente que tiene su diploma, pero nadie nos llama para trabajar. Por eso estamos acá. No es que queremos ser manteros, si tuviéramos otra cosa nos iríamos a trabajar”, termina la frase y ríe. 

Mientras nos habla refilonea su puesto de ojotas crocs sobre la vereda de avenida Corrientes. Pasa una chica, le pregunta si tiene talle. Él extiende su brazo con un ejemplar en la mano. Ella lo agarra, lo mira, le sonríe al vendedor. “Paso otro día”, le dice con una sonrisa. Fin de la escena. Fall tiene 25 años y hace tres que llegó a la Argentina. La sonrisa amplia se borra cuando habla sobre la situación que atraviesan acá y en su país de origen. La pandemia es mundial, sus consecuencias también.

“En la cuarentena la pasamos mal porque estuvimos seis meses sin trabajar. Hace casi un mes salí de vuelta a vender. Es muy complicado pagar el alquiler de la pieza de hotel porque no me alcanza para comer y para ayudar a mi familia en Senegal. Si no le envío a mi familia, ellos no pueden pagar luz, agua, gas, comida. Tengo a mis padre, mi madre y mis hermanos allá”.

Galaye está en la esquina de Mitre y Paso. Está sentado en el cordón, de espaldas a su puesto. Son las 14, el sol primaveral produce entre la piel y el barbijo un microclima que se vuelve cada vez más denso. Los pantalones deportivos que vende están en una manta sobre la vereda. En esa media hora, se acerca sólo un potencial cliente, que lleva una bermuda igual a las que ofrece Galaye. Pregunta los precios con buena onda y sigue. Los policías pasan en patrulleros una y otra vez, por Paso, después por Mitre. Ambxs los vemos y mencionamos.

Se puede decir que Galaye es un referente de sus compañeros. No obstante, no accede a que lo retratemos en una foto, y se niega a pesar de nuestra insistencia. Por ese rol que cumple en el colectivo es que maneja detalles de otro hecho de avasallamiento policial, que tuvo lugar el 10 de septiembre pasado en una casa de la calle Junín, en el barrio de Once. 

“Muchos policías de civil entran a una casa en la que vive mucha gente a buscar un celular robado, pero los chicos no lo robaron. ¿Entendés? Entran y salen. Y después cuando entran los chicos, le habían robado 120 mil pesos a uno. ‘¡Devolver la plata!’, les gritaron y les dieron la bolsa. Pensaron que estaba toda. A los tres días, cuando la cuentan se dan cuenta que faltaban 20 mil pesos, que no los encontraron en la casa. Los policías también le robaron a una chica haitiana joyas”.

 

¿Qué hacen ante un caso así? ¿A dónde denuncian? 

Galaye dice: "A veces sirve ir a la comisaría, pero los policías dicen que no les robaron. ¿Dónde los vas a denunciar? Siempre es así. Todos los policías están jugando con los chicos. (Galaye endurece su mirada). Dicen que queremos pelear. No. Queremos trabajar".

Uno de los argumentos que utilizan los oficiales para no dejarlos trabajar en paz es que violan la Ley de Marcas porque venden indumentaria réplica de empresas multinacionales. “En todos los locales y en todo el país se viola la Ley de Marcas. Son réplicas, pero nosotros compramos acá en los locales de Once, Flores y La Salada y las revendemos en la calle. No sabemos dónde la hacen”, afirma el vendedor.

Para Galaye los propietarios de locales le pagan a la Policía y por eso no los hostigan como a ellos. “No quieren que los chicos estén en la calle, dicen que les roban los clientes. Cada uno compra donde quiere. No hay competencia. La vida es muy difícil. La gente no tiene plata para comprar más caro, busca barato. En todo el mundo hay vendedores ambulantes”, describe lo que es una situación internacional, de la que saben porque, entre otros motivos, son protagonistas. 

Para él “hay una manera de hacer esto” y es muy simple. “Si la policía nos dice dónde armar no hay problema, armamos donde nos digan, pero no nos dicen nada”, lamenta. 

En este marco de desamparo general, hay organismos estatales y organizaciones sociales que acompañan a la comunidad senegalesa. Según cuenta el referente, La Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP), la Agencia de la ONU para refugiados (ACNUR). los abogados de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad, el ministerio de Derechos Humanos de Nación y la Cruz Roja fueron instituciones que los ayudaron a atravesar la cuarentena con bolsones de comida, por ejemplo.

Galaye tiene 33 años y hace cinco que llegó al país. Entre preguntas, chequea el celular. Se lo ve ocupado. “Vivía con mi papá acá y se fue a España y se murió ahí en mayo”, responde a la pregunta íntima sobre con quién vive. Es el único momento de la charla en que baja la mirada al asfalto. Después de un silencio, pregunto si quiere decir algo más. Y dice:  

“Lo más importante es que nosotros no hacer quilombo, no violar la ley, no molestar a nadie. Solamente queremos trabajar. No nos drogamos, no fumamos, no tomamos. No bailar boliche, no hacer nada. Todos los senegaleses tenemos el mismo corazón, la misma actitud. Sólo queremos trabajar a la mañana, terminar a la tarde, descansar a la noche”.

Al desatarse la pandemia más de la mitad de lxs migrantes que viven en Argentina dejó de percibir ingresos. Casi el 60 por ciento, según un estudio de la Agenda Migrante 2020. Además, gran parte no pudo postularse al IFE por no tener documentos o por no acumular dos años de residencia como mínimo exigible en el país.

Ahora bien, si lxs migrantes no pueden trabajar y vender en la calle y en consecuencia dejan de tener dinero en sus bolsillos, ¿cómo hacen para alimentarse, para tener salud, para pagar los alquileres? ¿Cómo hacen para sobrevivir?

Frente al abandono, a los estigmas y al racismo, con trabajo organizado: un grupo de senegaleses y senegalesas deposita sus esperanzas en el proyecto de la Tiendita Migrante, "Japoo Door Waar", que en su idioma de origen (wolof) quiere decir "agarrarse para trabajar". ¿Qué venden en la tiendita? Alcohol en gel, ruanas para apalear el frío y barbijos descartables.

Lxs senegaleses compran la mercadería, salvo los barbijos: recibieron una donación de 1500 unidades por parte de la cooperativa textil "Juana Vilca". Arman los kits y venden por internet. Después planean las rutas y hacen el reparto en bicicleta, a domicilio.

“Les migrantes no tenemos un conocimiento de los barrios, de la Ciudad. Es todo un desafío. Como también lo es enseñarles a usar Instagram y Facebook para tomar los pedidos en una lengua extranjera. Son ellxs quienes responden los mensajes, nosotros ayudamos desde lo comunicacional y les sacamos los permisos para que puedan circular", dice Mariana Brito Olvera, mexicana, integrante del Bloque de Trabajadorxs Migrantes (BTM)

"Nosotros somos una familia, venimos de la misma madre, del mismo padre, que es la migración. Nosotros vinimos con proyectos, para poder avanzar, por eso nos damos la mano. Trabajar juntos es mejor porque la unión hace la fuerza", sostiene Penda, senegalesa.

Mariana siente que la tiendita es un nuevo proceso de "educación popular y organizativa". Mariana viene tejiendo lazos con la comunidad senegalesa desde el 2018, por medio de los cursos de español que ofrece el Bloque de Migrantes. Por la pandemia, los cursos debieron adaptarse a modalidad virtual. "El idioma es muy importante para articularnos y organizarnos. Es una herramienta de lucha y resistencia. Lxs senegaleses sufrieron represiones muy graves. Exigimos una cuarentena con derechos y regulación ya".

 

LA PERSECUCIÓN INTERMINABLE

Cruce de Mitre y avenida Pueyrredón, pleno barrio de Once. Alba ríe. Él, además de vender café y sándwich, se mueve como el dueño de la esquina. Saluda a la empleada de un local, cruza la calle y ya lo espera el vendedor de garrapiñadas para reclamarle que no pasó temprano con su café, ‘choca los cinco’ con otros senegaleses y -en un francés que nos deja afuera- charlan de quién sabe qué. 

Alba es un líder indiscutido. Su perfecto castellano lo conecta y su capacidad de oratoria ganó el respeto de sus compatriotas. Aunque a veces les cuesta convencer: “Los chicos no creen. Piensan que todo va a seguir igual y no es así. Ahora van a venir con más violencia, hay que prepararse, hablar. Hacer algo para evitarlo”.  

"Ahora" es cuando la modificación al Código Contravencional ya está en vigencia. "Ahora" es cuando la Policía de la Ciudad, entre otras cosas, podrá llevar adelante detenciones preventivas por 48 horas, su versión de los hechos será "prueba suficiente" para efectuar detenciones y no será obligatoria una revisación médica para detectar apremios ilegales. Ahora se permitirá tratar como delitos penales simples contravenciones; y vulnerar aún más el derecho a la defensa. En pocas palabras: estas son las leyes que necesita la Policía de la Ciudad para legalizar las prácticas cotidianas. 

La calle Mitre desborda de vendedores senegaleses con diferentes opciones: mochilas, cross, jeans, calzas, shorts y jogging. Los vendedores senegaleses están en todo. Aprovechan porque en un rato la esquina Mitre y Pueyrredón dejará de ser un caos de ofertas y gente caminando alocadamente para convertirse en una cacería. “Ahí están, ¿los ves?”, dice Galaye indignado.

Es temprano, no vendió casi nada y tendrá que levantar sus cosas en un rato. Llegó la camioneta del Ministerio de Ambiente y Espacio Público con un ejército de inspectores de delicadas remeras blancas y celestes. Pasa un policía en bicicleta tocando el silbato y señalándolos. A ellos, a los senegaleses. Es un martes de marzo, son las 14, pero podría ser cualquier día de la semana, en cualquier horario de la tarde, cualquier mes del año. Pasa todos los días, a toda hora. La persecución, con olor a racismo explícito, es sistemática. 

¿Por qué a ustedes? “Y porque si sos senegalés, sabés… salís a la calle y la Policía de la Ciudad puede golpearte, detenerte, torturarte y armarte alguna causa. Muy difícil así. Te tratan muy mal, la Policía es muy mala con nosotros. Te sacan la mercadería, se la llevan, nunca más vemos la mercadería. A muchos hermanos les pegaron y se los llevaron. No sé porqué lo hacen, será por racismo pero somos seres humanos como todos. Y algunas personas también nos dicen cosas feas en la calle. No todas pero te dicen. Es duro porque yo quiero seguir acá, tengo todo acá”. Faye vive en Argentina hace más de 10 años. A los 18 salió de Senegal. Se recorrió más de 15 países antes de llegar a Argentina. “¡Será el destino!”, dice.  

"Si sos senegalés, sabés… salís a la calle y la Policía puede golpearte, detenerte, torturarte y armarte alguna causa."

Con Galaye charlar es más difícil. No se detiene nunca. Mientras intento preguntarle sobre su país, su historia y cómo terminó en la Argentina, me sorprende: “Con ese celular roto, tú no puedes entrevistar. Tienes que dar una buena impresión. Ven, vamos a cambiarte ese protector”. Lo sigo entre la gente, llegamos a un vendedor de celulares que ya lo conoce, se adueña de mi teléfono y consigue un ofertón: por solo 50 pesos mi celular queda como nuevo. Y su sonrisa pícara nos divierte.

“Ahora sí”. Es él quien se prepara ahora. En un rato todo volverá a empezar. Los agentes de Espacio Pública bajarán de la camioneta del Gobierno de la Ciudad, los patrulleros y las motos aparecerán y el operativo dará comienzo. Vendedoras y vendedores ya saben qué hacer: juntar sus mercaderías e irse. Pero para los senegaleses no termina ahí. Son perseguidos y hostigados cuando caminan con las bolsas, quizás les saquen ilegalmente sus pertenencias y los golpeen y detengan. 

Galaye se prepara para defender con la palabra a algún compatriota desprevenido. “A la Policía yo le hablo de igual a igual. Y se sorprenden. Les digo que no tienen derecho a hacernos lo que nos hacen. Que si cometemos alguna infracción, que lo digan pero que no nos roben y golpeen. Que no nos traten inhumanamente. El otro día un policía me dijo ‘maleducado’ y me re enojé. Yo me he educado en Senegal, he estudiado Derecho en la Universidad, mi madre me ha educado muy bien. ‘Tú eres mal educado’, le dije yo. ‘Tú solo tienes que estudiar 6 meses para venir acá a pegarnos. Entonces, ¿quién de los dos ha sido peor educado?’. No supo qué contestarme y se fue”.

 

"AHORA TODO ES MÁS DIFÍCIL"

Papa vive en Buenos Aires desde hace 5 años, después de pasarse una temporada en Brasil. Siempre en Once, dice. “Ahora es todo más difícil. Ahora mandar plata a la familia es muy difícil con el aumento del dólar. Tengo que ayudar a mi madre y hermanos pero cuesta mucho”. Mientras hablamos, Papa mira de reojo la esquina de la estación del tren Sarmiento, donde está la camioneta de Espacio Público. 

En Argentina, los discursos desde el poder político, la Justicia y las empresas periodísticas alientan las actitudes xenófobas en el seno de la sociedad, y les migrantes padecen a diario en las calles, los hospitales y las escuelas la discriminación y el racismo. 

Ya lo saben los 28 senegaleses de la casona de Alsina  2672, barrio de Once, donde el 17 de septiembre de 2019, la Policía ingresó por la fuerza, golpeó a por menos cuatro de ellos y les secuestró de forma ilegal mercadería y 150 mil pesos; también lo sabe Kane Serigne Dame, un joven senegalés que no habla castellano, que en junio de 2018 sufrió en carne propia la represión: después de golpearlo ferozmente, se lo llevaron detenido y pasó la noche en la comisaría con el brazo quebrado. Lo saben de sobra los senegaleses que caminan las calles de Buenos Aires tratando de ganarse la vida. 

La organización Vendedores Libres estima en 6 mil les trabajadores detenides en los últimos cuatro años; 1200 de ellxs son senegaleses.

 

CÓDIGO CONTRAVENCIONAL

Es jueves. Otra vez en Mitre y Pueyrredón y el nuevo Código Contravencional, que endurece el trato con les vendedores ambulantes, ya está en vigencia. La impunidad con que se maneja la Policía en las calles de Once ahora está legitimada por la ley y Alasane Sene es el primer detenido de esta nueva etapa persecutoria del gobierno de Horacio Rodríguez Larreta.

“Me golpearon, me llevaron detenido y después me acusaron a mí de golpear a un policía. Cuando llegué a la comisaría decían que yo le pegué a él. Eso no es verdad. Me insultó, me pegó y me enojé, pero no le pegué a nadie yo. Son siempre los mismos policías los que hacen esto”, nos cuenta en francés dos días después de la golpiza, mientras otro compañero que maneja el castellano traduce.

Ahora en la intersección de Pueyrredón y Valentín Gómez. El relato de Alasane es interrumpido por otro vendedor, migrante también, pero de Perú, que quiere sumar su voz. “Esto pasa todo el tiempo, nos sacan todo. Yo vendo agua fresca y me la roban: te rodean los de Espacio Público, la policía los cubre, y te sacan todo. Con ellos, los negritos, son más duros todavía. Pero todos estamos sufriendo acá”. 

Así como llegó, el vendedor de agua y gaseosas se fue, y nos quedamos con Alasane, quien nos asegura que a la Policía él no le tiene miedo. Dice que no le tiene miedo a nada, que solo quiere trabajar y vivir dignamente. El martes por la tarde fue golpeado y detenido por la Policía de la Ciudad en la esquina de Mitre y Pueyrredón. No estaba trabajando ni tenía mercaderías encima, iba camino a la peluquería cuando vio cómo insultaban a unos compañeros en esa esquina, solo quiso saber qué sucedía y se pasó 20 horas detenido en la alcaidía 13 de Once. “Miedo no tengo, estoy acostumbrado ya. Pero sí estamos muy enojados por lo que nos hacen”.

No estamos ahí de casualidad. Este jueves llegamos a Once después de un llamado de Galaye, aquel joven senegalés que una semana atrás me obligó a mejorar la apariencia de mi celular: “Mariana, pueden venir ya mismo por favor. Esto es un lío, vengan con la cámara, vamos a cortar la calle porque no damos más. Nos pegaron y tiraron gas pimienta”.

En la Plaza Miserere, un grupo de senegaleses dialoga con el comisario Aldo Minola y el inspector general de la Policía de la Ciudad, Carlos Agüero. “Dos de sus efectivos quieren armar lío. Ellos vienen y nos tratan mal, nos golpean. No se puede más así. Si nos hablan con respeto, nosotros respetamos… pero ellos no respetan”, dice Galaye, como portavoz del grupo, mientras intenta mostrarle al comisario las fotos de los dos policías que actúan violentamente en cada operativo. Minola se niega a ver las imágenes. 

También se niega a charlar con Revista Cítrica sobre el conflicto con dos de sus efectivos y sobre los operativos donde se prioriza el secuestro de la mercadería.

 

DESPROTEGIDOS

Si bien, según el artículo 88 del Código Contravencional, “no constituye contravención la venta ambulatoria en vía pública o en transportes públicos de baratijas o artículos similares, artesanías o la venta que no implique competencia desleal efectiva para el comercio establecido”, la realidad es que les vendedores ambulantes permanentemente sufren situaciones de represión y hostigamiento.

Es necesario brindarles contención, ya que en una situación de crisis económica como la actual, es imprescindible entender a la economía popular como una forma legítima de trabajo digno.Las personas que se dedican a la venta ambulante lo hacen en su mayoría por necesidad y, por tal motivo, no pueden abandonarla mientras no accedan a una alternativa mejor. Entendemos que Ciudad tiene que ordenar el espacio público, la prohibición actúa como un agravante de la situación existente”, sostiene Bárbara Rossen, a cargo de la Conducción Ejecutiva del área de Derechos Urbanos, Espacio Público y Medio Ambiente de la Defensoría del Pueblo de la CABA.

La Defensoría del Pueblo porteña propone la sanción de un régimen de regulación y autorización para las actividades de venta en vía publica y la constitución de una Mesa de trabajo interinstitucional, integrada por especialistas, entidades no gubernamentales y comerciantes en vía pública. "Me golpearon, me llevaron detenido y después me acusaron a mí de golpear a un policía. Cuando llegué a la comisaría decían que yo le pegué a él."

¿De qué se trata la modificación al Código Contravencional, que si bien afecta a todes les vendedores ambulantes se ensaña particularmente con les migrantes? De ahora en adelante, un persona detenida por contravención puede permanecer hasta 48 horas detenida y no podrá ser liberada por el juez sin tener una sentencia en su contra. Esa modificación va a contramano de la Constitución, que prevé detenciones solo para quien comete un delito.

También se aplica para las contravenciones el régimen de suspensión del proceso a prueba o juicio abreviado, y brinda mayor libertad de acción a la Policía de la Ciudad. Además, en varios artículos de la norma se propone que el acta policial será "prueba suficiente" para una sentencia, al igual que fotos y videos presentados por la Policía, lo que dará fuerza de verdad a su versión. Y ya no será obligatorio para las fiscalías solicitar la revisación médica sobre les detenides, en un contexto de detenciones violentas por parte de la fuerza porteña.

Si bien la política de seguridad del gobierno de Larreta tiene a los vendedores ambulantes como objetivo, el impacto no será solo sobre vendedores ambulantes. La modificación de uno de los artículos también habilita a les agentes de tránsito a perseguir a "cuidacoches" y limpiavidrios.

Todo el proceso se transforma en un círculo vicioso del que los senegaleses no pueden salir; la criminalización es el resultado: “El ejercicio de la economía popular es reprimida en la calle y los criminaliza de una forma que le impide después resolver sus problemas de documentación para regularizar su situación en el país”, advierte Diego Morales, del Centro de Estudios Legales y Sociales (Cels). El organismo -aseguran- está trabajando en la Agenda Migrantes 2020.

 

EL ODIO EJECUTIVO

En el plano nacional, la modificación de la Ley de Migraciones (25.871) en 2017, que permite la expulsión de personas migrantes del país, generó situaciones de vulneración de derechos y de racismo nunca antes vistas en la Argentina.

“Vamos a luchar contra la discriminación contra las personas migrantes”, dijo el presidente Alberto Fernández en el discurso de apertura de sesiones en el Congreso, pero aún no se concretó la derogación del decreto 70/2017 de Macri que afecta a tantas familias migrantes en el país desde hace tres años.

El logro de que la discriminación hacia las comunidades de migrantes haya sido mencionado en un discursos presidencial se opaca cada mañana cuando vendedores y vendedoras (de Senegal, Perú, Paraguay o donde sea) tienen que lidiar con Espacio Público y la Policía de la Ciudad. El mensaje de Larreta es claro: en el Presupuesto 2020, la Policía recibió el mayor incremento: 75.820 millones de pesos.

El jueves 5, mientras la Policía de la Ciudad hacía abuso del poder que le concede Rodriguez Larreta en las calles de Once; a pocas cuadras, el jefe de Gobierno encaraba un nuevo capítulo de Comisarías Cercanas, el ciclo mensual donde les vecines disertan ante autoridades policiales y funcionarios porteños sobre sus inquietudes con respecto a la inseguridad.

"Te rodean los de Espacio Público, la Policía los cubre, y te sacan todo. Con ellos, los negritos, son más duros todavía. Pero todos estamos sufriendo acá." En la Comisaría Vecinal 3 A, ubicada en Lavalle 2625, casi esquina Pueyrredón, en la zona comercial de Once, Larreta dijo: “Estamos trabajando para recuperar la confianza de los vecinos con la Policía, que se perdió durante décadas”.

¿El Gobierno porteño ataca a las mafias de la Ciudad o a migrantes vulneradxs que buscan llenar la olla en casa con la venta en las calles?
                                                                                  
La tarde cae y la camioneta de Espacio Público se fue (cargada de la mercadería secuestrada). Nada garantiza que el día haya terminado, pero los vendedores senegaleses no se rinden nunca: desarman sus mantas cada vez que pasa un grupo de policías, con caras desafiantes y sonrisas socarronas; y vuelven a armar ni bien doblan la primera esquina.

En Buenos Aires, como lo hacen en cada ciudad del mundo por la que pasan, necesitan vender, comer, vivir en paz. Libres de racismo y persecución.

 

RAZZIAS Y MÁS RAZZIAS

Como una de innumerables veces, el barrio de Once amanece militarizado. Un colectivo, cinco camionetas, más de 100 efectivos policiales y otros tantos inspectores del Ministerio de Ambiente y "Espacio Público" de la Ciudad. Casi nadie puede vender. Muchos y muchas deciden irse.

Ibra, un muchacho senegalés que hace poco llegó a la Argentina, se queda. Junto a sus compañeros, se va moviendo a medida que policías e inspectores los corren para robarles la mercadería. Cuando parece que todo está en calma... comienza la razzia.

Entre motos, golpes y encerronas, agarran a Ibra y hacen que se golpee contra un poste de luz. El impacto se escucha, se siente doloroso. El joven, alto y fuerte, cae como una pluma y se desploma. No puede levantarse. Se marea. Se le doblan las piernas.

Un grupo de amigos llega a socorrerlo. Que se calme, que se siente, le dicen para calmarlo. Piden agua para mojarle la cabeza y bajarle la inflamación. En su cabeza, el chichón avanza y crece en tamaño.

Mientras esperan la llegada del SAME, los policías arman un cordón. No quieren que nadie vea mucho. "¡Es solo gente que está laburando!", grita un vecino que pasea a su perro. La ambulancia llega sospechosamente rápido.

El personal médico baja y habla primero con la Policía. "Se golpeó con el poste cuando intentaba llevarse la mercadería", le dice uno de los policías a una chica del SAME. Sin siquiera intentar tocar a Ibra, a sus compañeros les indican que lo paren, que lo lleven a la ambulancia. No le colocan un cuello ortopédico ni tampoco usan la camilla. Quizás el SAME olvidó primeros auxilios básicos. O quizás trabaja con la Policía.

Ibra logra subirse a la ambulancia con ayuda de sus compañeros. Un civil que parece policía (y lo es) intenta hablar con el médico. Insiste con su versión: que Ibra "se lastimó solo". Los chicos le dicen que no habla con la verdad, que se lastimó porque él lo perseguía y lo agarró. ¿Acaso a alguien le importa? La Policía y los inspectores ya consiguieron lo que querían: que la mercadería quede bajo llave en la camioneta.

 

LOS CASOS DE ABUSO POLICIAL

Así se suceden los días para los migrantes senegaleses en Argentina, y sobre todo en Buenos Aires. Los casos de abusos policiales se multiplican. Paco es senegalés y también vende ropa en Once. A Paco todavía le duele su rodilla, a causa de los palos y los golpes que le propinó esta semana la Policía. Para colmo, en la Legislatura el oficialismo también aprobó el fin de la obligatoriedad de las revisaciones médicas a lxs detenidxs para probar apremios ilegales de las fuerzas de seguridad. "Te discriminan. Es muy triste vivir así porque nosotros atendemos nuestros asuntos personales, nos tratan como delincuentes y somos personas que no le hacemos mal a nadie", se lamenta Paco. 

En un perfecto castellano -lleva nueve años en la Argentina-, Paco agradece que nos hayamos acercado a charlar con él y visibilizar su triste realidad. Los senegaleses son presa fácil ante la voracidad de la Policía y la pesadilla de los empleados de Espacio Público que secuestran mercadería. Según el último informe de la Defensoría General de la Ciudad, en el 2018 hubo 622 víctimas de la violencia institucional que impone la Policía. 527 fueron detenidas e imputadas por delitos, 95 por contravenciones.

"Basta de maltrato. No es delito ganarse el pan de cada día. Nuestros hijos tienen hambre", agrega Soledad. Hasta hace poco trabajaba como administrativa, pero la echaron por reducción de personal. Hoy le toca rebuscársela como vendedora ambulante, y en un futuro espera que sus hijos sean profesionales, estudien y sigan una carrera, "para que la Policía no los trate como a nosotros".

“Fuerza morenitos”, alienta una vendedora en la esquina de Pueyrredón y Mitre. Ellos marchan, son más de 40 vendedores senegaleses que van desde Plaza Miserere a la Comisaría Séptima de Lavalle al 2600. Los senegaleses reciben el apoyo de sus colegas. Pero también muchas miradas de indiferencia y comentarios xonófobos: “Todo África en el Once”, dice un transeúnte.

Ya no hay marcha atrás. Los vendedores senegaleses se organizan para terminar con la persecución a la que son sometidos diariamente en las calles de Once, Constitución y Flores. Ya realizaron asambleas en Plaza Miserere y marcharon a la comisaría Séptima de la Policía de la Ciudad. La idea era hablar con el comisario y lo consiguieron: “Es un paso importante el que dimos. Lo que pasó hoy fue bueno. Conseguimos que el comisario nos escuche y pudimos identificar a las tres personas malas, que abusan, pegan y lastiman. A las tres personas que cada vez que vienen a la calle hay violencia", cuenta Alba.

Al comisario de la Séptima le contaron todo lo que padecen en las calles, pero no lograron mostrarle los videos donde se percibe a tres efectivos de esa comisaria golpeando salvajemente a vendedores senegaleses.

“A mí no me pegaron, a él no le pegaron, pero a mucho de nuestros paisanos sí les pegan. Y si tocan a un paisano, nos tocan a todos nosotros. Nosotros somos así, nos cuidamos. Por eso vinimos acá hoy, para pedir por nuestros paisanos”, dice Galay en las puertas de la Comisaria. Fue él, junto a Alba, el encargado de darle voz a la comunidad senegalesa.

 

MÁS TESTIMONIOS

La policía estaba maltratando a un vendedor senegalés. Modou Thioub no soportó tanta injusticia y se metió para saber qué pasaba. Mor Talla Sarr también se involucró. Entonces los persiguieron a los dos; cuando los alcanzaron, los golpearon y se los llevaron detenidos. A Mor Talla Sarr ayer le rompieron la cara y después le tiraron gas pimienta. Estaba herido y sin ver. Ensangrentado, en el piso. Se lo llevaron detenido y no fue el único.También a Seringe Abdou Niang y Addou Ndiaye. Los cuatro se pasaron más de 20 horas en diferentes comisarías de la Ciudad de Buenos Aires.

“Recién hoy me liberaron. Me quede con una causa. Cuando me estaban liberando, yo les pregunté: ¿Cuál es mi delito? Y me dijeron: ‘Tu delito es vender ropa de la marca Nike¨. Yo les dije que no estaba vendiendo, pero igual tengo esa causa. Yo filmé todo lo que pasó pero llevaron mi celular.

Además tenía 1700 pesos en mi billetera, pero cuando salí de la Comisaria 50 no me dieron mi plata. Lo reclamé y el policía me decía: ‘No te saqué tu plata, yo no te robé’. Pero sí, me sacaron la plata. De tanto reclamar me la devolvieron. La recuperé por suerte.

Un compañero estaba con mercadería que compró para llevarse a Salta. Él no vende acá, vende en Salta. Solo compraba para llevar, y se la secuestraron. Perdió toda su mercadería. Él también estaba mirando qué pasaba, no estaba vendiendo ni siquiera. Otro compañero de Rosario fue detenido también. Solo transitaba, no estaba haciendo nada. Él no quiere hablar porque tiene miedo, le pegaron mucho. Tiene miedo”.

Algunos tienen miedo de hablar. Modou Thioub ya no. Modou denuncia desde el hartazgo, porque quiere terminar con tanta persecución, hostigamiento y discriminación en las calles. No es el único. Por eso se juntaron en asamblea esta tarde en Plaza Miserere. Se organizan para cambiar las cosas, para dejar de sufrir la represión de la policía de Horacio Rodríguez Larreta.

 

ALLANAMIENTOS

"A un chico le dijeron que salga de su pieza, lo hicieron salir a la fuerza. Lo golpearon, lo tiraron y lo esposaron. En su billetera tenía cinco mil pesos. Cuando volvió a entrar a la habitación, la billetera estaba debajo de la cama, sin los cinco mil pesos. Es plata que usamos para ayudar a nuestros familiares en Senegal. ¿Hasta cuándo nos van a seguir robando y persiguiendo? La gente habla y no sabe", denuncia Alba en las puertas de la pensión de Alsina al 2672.

La calle Alsina es un caos. Son muchos, hablan todos a la vez. Están asustados y tristes. Los vendedores senegaleses otra vez fueron el centro de la persecución de la policía de Horacio Rodríguez Larreta. Con una orden de la fiscal Celsa Ramírez, a las 7 de la mañana llegó el operativo de la Policía de la Ciudad a la casa en la que viven al menos 28 de ellos. ¿Qué buscaba la policía? Secuestrar la mercadería que venden habitualmente por las calles de Once. Eran más de 20 policías armados frente a un grupo de senegaleses indefensos. Entraron por la fuerza y de forma violenta a cada una de las habitaciones, rompieron vidrios, cerraduras, puertas y ventanas. Golpearon a varios y se llevaron pertenencias personales, teléfonos celulares, mercadería y plata: al menos 150 mil pesos. En ningún documento quedó asentada la cantidad y procedencia de la mercadería secuestrada. 

Se llevaron las cosas de nuestros amigos, de nuestros compañeros. Les hicieron mucho mal, los lastimaron. Le sacaron la plata y los celulares. Alba, en un perfecto castellano, denuncia: "Si vienen a nuestras casas van a encontrar plata porque nosotros laburamos de lunes a lunes. De enero a diciembre. No descansamos ni un día. La plata la tenemos nosotros, y la Policía lo sabe. Por eso entraron y lo sacaron de la habitación: para llevarse la plata”. Alba aprovecha el micrófono para contar todo lo que pasó esta mañana, que es una muestra de lo que padecen a diario: “A él le llevaron 9.500 pesos, a él 40 mil pesos. Sólo queremos trabajar. ¿Sabés todo el sacrificio que tenemos que hacer para guardar 40 mil pesos? Tenemos que pagar el alquiler, la mercadería. Y vienen y nos sacan. Siempre es lo mismo". 

Baye nos invita a subir a la casa que horas antes fue reventada por la policía de Larreta. Él lleva dos años en Argentina y se siente harto de tanta discriminación, xenofobia y represión hacia sus compañeros senegaleses. “Se llevaron las cosas de nuestros amigos, de nuestros compañeros. Les hicieron mucho mal, los lastimaron. Le sacaron la plata y los celulares. Ellos no están para trabajar, sino para robarnos y mostrarnos que nosotros no somos argentinos: somos africanos. Estamos tristes, estamos hartos. Por dios, no aguantamos más acá”. 

Maxi Ndiye está de paso por la casa. El viene a Buenos Aires a comprar mercadería y viaja por las provincias para venderla. Ayer hizo una compra de 70 mil pesos y hoy la perdió. La policía se llevó toda su mercadería y los 4 mil pesos que tenía en su billetera. No somos animales, somos seres humanos. Empiezo a pensar que lo hacen porque le molesta nuestro color, porque somos negros.

Otro vendedor senegalés también lo perdió todo. Prefiere no dar su nombre ni salir en las fotos. “No quiero más problemas”, dice. Pero sí que se conozca su caso, tal vez se lo puede ayudar. Tiene que viajar pasado mañana a Senegal, le llevaron la plata, los regalos que le compró a su familia, todo. Sus compañeros están juntando plata para reponer lo perdido. Para que pueda viajar y ver a su familia. 

La indignación es muy grande: "No somos animales, somos seres humanos. Empiezo a pensar que lo hacen porque le molesta nuestro color, porque somos negros, estamos muy cansados de que nos discriminen y nos saquen las cosas", sentencia Baye. En la casa de Alsina 2672 todos charlan en ronda, cabizbajos y con los ojos vidriosos.  Tienen bronca e impotencia, están hartos de la xenofobia en las calles porteñas. 

 

VENDER PARA VIVIR

Ousmane Siége es senegalés. Vive en Buenos Aires. Es vendedor ambulante. Camina y camina. A veces vende. Vende para vivir, o para sobrevivir. Como millones lo hacen actualmente alrededor del mundo; y como lo vienen haciendo otros tantos miles de millones, desde hace milenios. Esta venta nómada, errante, transhumante, en la Ciudad de Buenos Aires, bajo el régimen represivo de Larreta, no tiene espacio. Este milenario arte de comerciar, es delito. Los persiguen, los amedrentan, los reprimen, los insultan, los golpean, los hospitalizan, los encarcelan.

Ousmane no es un caso aislado. Es el nombre que personaliza coyunturalmente un hecho que se repite diario. Ousmane pasó buena parte del martes vendiendo poco y nada, otra buena parte golpeado y fracturado, en el piso, sin atención médica; y una tercera buena parte de la jornada en el Hospital Álvarez. Cada uno de los días que pasan tenemos que lamentar que lastimen a un compañero nuestro

Ese martes por la mañana, Ousmane se levantó entero, y sin embargo, se fue a dormir partido. Tuvo una fractura expuesta tras una razzia policial. Lo corrieron y lo agarraron; lo golpearon, lo tiraron al piso, le partieron un brazo. Esta misma secuencia se repitió durante la jornada del lunes, y la padecieron otros dos vendedores ambulantes -Thapa Beye y Assane Dioop-, otros dos migrantes senegaleses. El caso de Ousmane ocurrió a las 11:20. Estuvo prácticamente dos horas tirado en el suelo. La policía le negaba el derecho a ser atendido, según fue corroborado por el testimonio de todos los vendedores y vendedoras presentes.

Más senegaleses, y el resto de los vendedores que estaban en la zona, intentaban traspasar el muro policiaco para ayudar a su compañero herido, y sin embargo, no podían. La policía se los impedía. Y no se trata de un caso aislado, de un error, de un aprendizaje sobre la marcha. Es un procedimiento de manual. Repetido hasta el hastío.

Apenas pudieron sortear el cerco policial, otros compañeros senegaleses, desesperados por ayudar a Ousmane, lo cargaron en sus propios brazos y lo llevaron hasta el Hospital Álvarez. No está de más remarcarlo: Ousmane estuvo tirado en el piso durante dos horas, rodeado de uniformados, ante la mirada inhumana de docenas de policías.

Los "operativos" continuaron durante toda la tarde del martes. En verdad son razzias, cacerías. El barrio de Flores está literalmente militarizado. Si bien los miembros de Espacio Público se manejan junto con la policía, la parte operativa es directamente manejada por la misma fuerza. Salen a vender a la calle para poder llevar un plato de comida a sus hogares y encuentran la violencia del Estado 

Ejercen su amedrentamiento merodeando en patrulleros y camionetas. Van dando vueltas por todo Flores, y apenas observan un vendedor y particularmente cuando ven a un senegalés- literalmente se les lanzan encima. Y como la mayoría de los senegaleses venden réplicas, ya no importa si están vendiendo o no. Basta con que sea senegalés, basta con que lleve una bolsa o una mochila.

Entonces bajan de la camioneta o del patrullero, desaforados, a la carrera, como cazando. Lo corren, lo cansan, lo rodean, lo tiran al piso, lo esposan y lo detienen, para luego montar esas "puestas en escena repetidas", donde militarizan la zona, donde cercan todo el sector, donde no permiten filmar lo que está sucediendo; donde la policía empieza a pedir documentos -a diestra y siniestra- a la gente, a los transeúntes, a los que filman y sacan fotos, y también a los que solamente miran.

¿Por qué? Amedrentamiento. Inyectan el más peligroso de los venenos: el miedo. Utilizan estas acciones para llevar a cabo un método de disciplinamiento social, no sólo a los vendedores, sino a la ciudadanía en general. "Los policías lo persiguieron, y lo lastimaron. Era una persona tirada en el piso, y lastimada", cuenta un senegalés a Revista Cítrica, de quien preservamos su identidad por obvias razones de protección.

En este caso, una persona fracturada pareciera no tener derechos en la Ciudad de Buenos Aires. Una persona tirada en el piso, llorando y pasándola mal, golpeado por la policía, pareciera no tener derechos en la Ciudad de Buenos Aires. Repetimos. Porque repiten. "Lo que están haciendo los policías todos los días no es correcto. Cada uno de los días que pasan tenemos que lamentar que lastimen a un compañero nuestro. Nos están persiguiendo. Nos están lastimando. Nos golpean. Lo que está pasando en el barrio de Flores es cualquier cosa", detalla.

La violenta crónica diaria en el barrio de Flores, y una imagen repetida: policías cazando vendedores ambulantes.

Signo de los tiempos.

Un día más, sin noticias de dónde está la humanidad.