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La salud a la intemperie

por Mariano Pagnucco
Fotos: Federico Imas
19 de marzo de 2021

El acampe de esenciales autoconvocadxs cumple dos meses en la 9 de Julio. Allí confluyen historias de precarización laboral, muertes olvidadas y violencia machista. Pero también hay convicciones sobre el lugar a ocupar cuando la sociedad lo necesita.

Estamos en una plazoleta lateral de la avenida 9 de Julio. Frente al Ministerio de Salud de la Nación, la mole de cemento donde Evita mira desde lo alto. Un mediodía de sol picante.

Estamos junto a varias carpas instaladas entre pancartas y una pizarra donde cada día se actualiza con letras coloridas el conteo que comenzó el 27 de enero: “Acampe Esenciales Autoconvocadxs Día 30”.

Lucía Barrionuevo, 33 años, ojos vivaces entre el barbijo y su cabellera rosa furioso, dice: “Esto es la malvinización de Enfermería. Así como en la guerra mandaron a los pibes a pelear, acá nos mandaron a los jóvenes a enfrentar la pandemia”.

A poco de cumplirse un año del comienzo del Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO) que alteró la rutina argentina y trajo aplausos para el personal de la primera línea de atención, el acampe en el corazón porteño nos habla de la salud del país. Y la receta se construye colectivamente en asambleas, charlas y volanteadas que no forman parte de la discusión pública.

Mientras tanto la pandemia, como el acampe, sigue adelante.

 

Sobrevivir para contarlo

Distintas voces que habitan el acampe coinciden en un posible origen de los reclamos del sector: la lucha de Enfermería en la Ciudad de Buenos Aires, que tuvo su punto más álgido en 2018, cuando el larretismo y los bloques aliados de la Legislatura votaron una ley que deja fuera de la carrera profesional a lxs enfermerxs y lxs considera, en cambio, personal administrativo.

Las movilizaciones en CABA, los diálogos de pasillo en los hospitales y la propia realidad de los bolsillos sentaron las bases de la protesta. Después llegó el Covid-19. “Estamos con un sistema de salud deplorable desde hace años y con la pandemia se profundizó muchísimo. Muchos entramos en colapso nervioso en marzo nomás, yo tuve ataques de pánico. Sabemos a lo que nos venimos enfrentando y sabíamos lo que iba a venir. ¿Cómo vamos a estar preparados para la pandemia cuando ya nos enfermamos, ya tenemos un trabajo deplorable y pluriempleo yendo de un lugar a otro? ¿Cómo vamos a hacer para no enfermarnos y para cuidar a otro?”. 

"Nos convocan y nos mandan directamente a terapia intensiva, que para Enfemería es un área recontra compleja y en la que los compañeros se capacitan durante años. Nos mandaron ahí como carne de cañón."

Vanesa C., 44 años, es técnica en Hemoterapia y trabaja en el Hospital Evita de Lanús. Relata las sucesivas luchas que afrontaron con la pandemia, como la falta de elementos de seguridad (al principio solo había barbijos para “la hegemonía de salud, que son los médicos”) y la carga laboral excesiva, ya que la mayoría concurre a más de un lugar para tener ingresos dignos. Dice: “Tenías que ir a un laburo que no sabías si volvías enfermo, no enfermo o si te tocaba a vos. Muchos de nuestros compañeros que fallecieron eran gente saludable. No se sabe qué es esto, no estamos enterados de lo que realmente es ni a lo que nos enfrentamos. Es una ruleta rusa”.

Como a otrxs esenciales, a Vanesa le tocó asistir a un compañero en sus horas finales. Sergio Rey era jefe de Enfermería del Evita. “Yo lo trasfundí con plasma de convaleciente mientras estaba en coma inducido, con respiración asistida, en terapia intensiva. Cayó en cinco días”. Vanesa denuncia: “Son asesinatos laborales, no son héroes ni heroínas. No nos dieron siquiera a elegir si queremos ser héroes o heroínas. A nosotros nos obligaron a ir a un trabajo y ser aplaudidos a las nueve de la noche. La gente no está informada siquiera que…”

La voz se le estrangula y llora. Delante de Vanesa está la foto de Sergio, que integra una galería de esenciales muertxs. Esas caras con esos nombres están exhibidos en el acampe. Más de 350 profesionales de la salud perdieron la vida en (y por) la pandemia. Lucía, cabellera rosa furioso, conocida en el acampe como “Cuca”, dirá sobre este asunto: “Cuando murió el Diego, el Estado hizo de todo; murió Menem y se visibilizó por todos lados; y murieron 350 compañeros que tenían familia y… nada, no pasó nada. Eso me entristece mucho”.

 

Monotributo, machismo y otras pestes

Las reivindicaciones de lxs esenciales se resumen en cinco puntos:

*Aumento salarial de urgencia

*Pase a planta permanente

*Régimen de insalubridad

*Pensión del 100% para familiares de fallecidxs por Covid

*Implementación de la Ley Micaela

El tema salarial está siempre presente en la charla. María Laura Cuiña, 37 años, enfermera en el Hospital Dr Arturo Oñativia de Rafael Calzada, muestra un recibo de sueldo: el básico apenas supera los 12.000 pesos y una larga lista de ítems (con siglas y abreviaturas solo aptas para la burocracia estatal) hace trepar el salario de bolsillo a unos 50.000 pesos. “El día de mañana me voy a jubilar con la mínima”, proyecta María Laura a propósito del básico enflaquecido.

“Cuca” cabello rosa furioso habla de la otra peste sanitaria: “El monotributo es peor que el Covid: está por todos lados. Es lo peor de la precarización laboral. Fomentan eso porque dicen que es la forma de acceder al sistema de salud público”. Recibida de la Universidad Nacional Arturo Jauretche de Florencio Varela como licenciada en Enfermería, tuvo que atravesar los duros años macristas sin trabajo, hasta que apareció una oportunidad en julio de 2020… como monotributista, en uno de los Hospitales Modulares de Emergencia que se montaron para atender el Covid-19. 

Relata “Cuca”: “Nos convocan y nos mandan directamente a terapia intensiva, que para Enfemería es un área recontra compleja y en la que los compañeros se capacitan durante años. Nos mandaron ahí como carne de cañón. Nos encontramos con intubación o sacando gases arteriales, competencias que son médicas y que hacíamos nosotros. Eran guardias que tomábamos, sedábamos a los pacientes, los atendíamos y agarrábamos los libros y nos poníamos entre todos los compañeros a leer, a preguntar al que más sabe, a quienes trabajaban en otras terapias”

"¿Cómo vamos a estar preparados para la pandemia cuando ya nos enfermamos, ya tenemos un trabajo deplorable y pluriempleo yendo de un lugar a otro? ¿Cómo vamos a hacer para no enfermarnos y para cuidar a otro?"

La promesa inicial era un contrato por tres meses y la garantía de incorporarse luego a alguno de los hospitales bonaerenses. Debían facturar 165.000 por trimestre, a razón de 55.000 por mes (que con los descuentos del monotributo equivalía a unos 50.000 de bolsillo). El contrato se prolongó hasta diciembre en las mismas condiciones. En el Modular N° 11 de Varela atendieron a 600 personas, de las cuales 150 murieron (“fue uno de los más exitosos”, dice).

El 30 de noviembre, “Cuca” recibió el regalo de cumpleaños menos soñado: “Vinieron del Hospital El Cruce, quienes nos contrataban a través de Nación, y nos dijeron que el Modular iba a cerrar porque había bajo el número de casos positivos, que iban a ver qué hacían con nosotros, que nos podían conseguir laburo en otros lugares, sabiendo que muchos compañeros era el único ingreso que tenían… y nos quedamos más de 300 trabajadores en la calle”. Habían ingresado 500 para los Modulares y más de la mitad ya no eran esenciales a esa altura de la pandemia.

“Hay compañeros que renunciaron a sus trabajos en el sector privado y apostaron a la salud pública”, enfatiza “Cuca”. Ella, como “compañera peronista”, explica: “Da bronca y duele, porque uno apostó a la salud pública, exponerse, la Patria… al menos hablo de mí, yo dije ‘tengo que estar ahí’. Yo soy diabética hace 22 años, soy una persona de riesgo, no debería estar ahí, pero al no tener una estabilidad laboral yo tengo que salir a laburar, porque tengo una hija, pago un alquiler”.

La feminización del sector de salud (especialmente en Enfermería y las áreas técnicas) es una realidad: a la opresión laboral se suman otras opresiones que cargan ellas. Cuando Vanesa entró en colapso nervioso por la “carga pandémica” de sus dos trabajos (en el Evita y en un privado de CABA), hacía poco se había reincorporado a la sanidad pública después de una licencia de nueve meses: “Soy sobreviviente de violencia de género e institucional. Estoy peleando para que me paguen los meses que estuve de licencia y algunos meses trabajados, mientras al agresor lo jubilaron con honores”. 

El Dr Carlos Bernao, su agresor, era jefe del servicio de Hemoterapia en el Evita y “tenía múltiples denuncias judiciales anteriores”. Ahora ocupa un cargo similar en el Hospital Cuenca Alta Néstor Kirchner de Cañuelas. 

Vanesa todavía reclama por sus haberes, de la mano de la Campaña Nacional Contra las Violencias hacia las Mujeres. Le deben los meses de licencia (de agosto 2019 a junio 2020) y también seis meses trabajados desde su reincorporación (de junio a noviembre).

"Cuando murió el Diego, el Estado hizo de todo; murió Menem y se visibilizó por todos lados; y murieron 350 compañeros que tenían familia y… nada, no pasó nada."

 

Lealtad vocacional

Desde Ginés González García para abajo, intentaron una y otra vez tener reuniones con funcionarios de peso en Salud. Sólo recibieron falsas promesas y dilaciones. “Cuca”: “Llegamos a pensar que eso (por el Ministerio) es una cáscara de huevo, porque no había movimiento. Y resulta que en paralelo a nuestro acampe se están viniendo a vacunar políticos, periodistas de la élite. Esas cosas te duelen… ¿No nos pueden dar una reunión? ¿Nos mandan a reprimir por la Policía?”.

Uno de los momentos más duros del acampe fue la cacería que desató la Policía de la Ciudad contra algunxs de lxs esenciales, que terminó con personas heridas y detenidas arbitrariamente. En el medio, además, Ginés debió renunciar por el escándalo del Vacunatorio VIP.

“El día de mañana me voy a jubilar con la mínima”, proyecta María Laura a propósito del básico que ronda los 12.000 pesos.

¿Qué pasa con los sindicatos? Para “Cuca”, en pandemia “se notó mucho la ausencia sindical”. Habla de los sindicatos con más presencia en la Ciudad: “Son terribles, principalmente Sutecba y UPCN. Reprimen a los compañeros, no te dejan volantear, te cambian de servicio, se manejan con los jefes y las autoridades”. 

–Si estuvieran luchando, nosotros no estaríamos acá. 

Interviene una integrante del acampe que escucha a “Cuca”, quien aclara: “No somos anti-sindicatos, somos anti-burocracia. Salimos a luchar porque no nos están representando. Como trabajadores tenemos derecho a tener un sindicato que nos represente, y no lo tenemos. En los Modulares, como eran nuevos, no había sindicato”. 

–El personal de salud no está vacunado pero saltó que Genta y su hijo se vacunaron.

Otro aporte de la compañera que escucha. Amadeo Genta, uno de los líderes sindicales vitalicios que hay en el país (tiene casi 40 años en funciones), es el titular del Sutecba, el gremio de estatales porteñxs que ostenta un largo historial de persecución y aprietes a laburantes.

Un rumor repetido es que la ley porteña que perjudicó a Enfermería fue avalada por el Sutecba, ya que la profesionalización del rubro habría afectado al sindicato en la disminución de afiliadxs. La novedad es que el máximo representante gremial de ese espacio y su hijo Emiliano aparecieron en la lista de privilegiadxs para recibir la tan esperada vacuna.

Más allá de los matices, en los relatos aparece una y otra vez la vocación, como expresa María Laura: “Elegí ser enfermera porque me gusta estar en contacto con la gente. Es muy triste ver cómo el sistema de salud público se va desgastando con los años y esto no es solamente responsabilidad de un Gobierno”.

¿Y ahora que el Ministerio lo maneja Carla Vizzotti? “Cuca”, sin perder la sonrisa: “Yo soy siempre positiva. Se volverá a empezar de cero, como en el día cero de acampe, se volverá a pedir una reunión a la nueva ministra, le contaremos la situación del personal de salud y esperaremos a ver cómo responde. El ministro anterior, totalmente ausente, y te lo está diciendo una compañera que es peronista, que militó en el Ministerio de Salud, que conoce a la gente sentada ahí adentro. O sea, mi traición es doble. Pero yo defiendo mi profesión, primero, y la lucha de mis compañeros”.

El acampe, como la pandemia, sigue adelante.