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Más agroecología, menos pueblos fumigados

por Lautaro Romero
Fotos: Rodrigo Ruiz
10 de junio de 2022

En La Matanza, vecinos y vecinas dan pelea a las enfermedades que generan las fumigaciones en los campos de la zona. Mientras, a pocos kilómetros de allí, una experiencia autogestiva demuestra que es posible producir alimentos de calidad y sin agroquímicos.

Hace algunos años, Erika Gebel y su familia decidieron mudarse a una zona rural, abierta, lejos pero a la vez cerca de la gran metrópolis, en busca de aire y una mejor calidad de vida. 

En Virrey del Pino -en los márgenes de La Matanza, uno de los municipios más poblados del país-, depositaron su futuro. Creyeron que allí encontrarían tranquilidad y bienestar, que además recuperarían el contacto con la tierra y la naturaleza, y también tendrían el espacio suficiente para hacer una huerta y producir su propio alimento, sano y seguro

La experiencia no fue la que esperaban, aunque no lo notaron desde un principio. “Yo tenía una huerta y pensaba que comía sano, ahora me doy cuenta de que estaba fumigada. Además, se me hizo costumbre ver cómo, a metros de casa, un hombre subido a un tractor trabajaba en un campo, sin máscara de protección. Pensamos que ese hombre regaba las plantas, nos dijeron que era fertilizante. Hasta naturalizamos el olor, los dolores de cabeza, el ardor en la garganta y la picazón en los ojos. Las alergias, las visitas al hospital, la diarrea, los vómitos y los problemas respiratorios”, comenta Erika, quien todavía recuerda con tristeza cuando estuvo cuatro meses sin caminar por unos dolores de espalda insoportables que la dejaron en cama y sin fuerzas. 

Jamás imaginaron que la causa de semejante padecimiento en el barrio Nicole estaba relacionado con los pesticidas -glifosato, entre otros- que arrojaban en ese campo de soja transgénico, de unas 300 hectáreas. 

Cuando Erika y su familia recurrieron a la medicina y vieron los resultados de los primeros análisis en busca de agrotóxicos, entendieron de qué se trataba: glifosato en sangre. Sus vidas se derrumbaron. Y con el correr del tiempo descubrieron que no habían sido los únicos, sino que ahora había cientos de infectados en el barrio. El envenenamiento se expandió rápidamente. Los mismos síntomas. Las mismas dolencias. 

“La gente piensa que el único modelo posible es este. Acá hay que cambiar el modelo y apostar a la agroecología”, sostiene Erika, quien es panadera y da clases de yoga. “En los barrios comprar comida es un problema, los alimentos son de mala calidad y acceder a la comida agroecológica no es fácil. Es difícil sostener una alimentación saludable porque no contas con el dinero”.

Un lugar olvidado

Apenas supo que su marido, uno de sus hijos y posiblemente ella tenían glifosato en sangre, Erika salió a anunciar al barrio que todos estaban en riesgo. En octubre de 2021, entre los vecinos y vecinas conformaron la Asamblea de Vecinos Envenenados por Glifosato La Matanza, para hacerle frente al olvido y la falta de respuestas del municipio que gobierna Fernando Espinoza.

A fines del año pasado hicieron una denuncia en la municipalidad de La Matanza, donde además contaminan las tierras y el aire empresas como Klaukol y el CEAMSE, y desde hace mucho tiempo hay muertes silenciosas. Dentro de tanto desconcierto, consiguieron una ordenanza municipal para que regulen las fumigaciones de agrotóxicos en toda La Matanza. Erika llegó a gastar hasta 10 mil pesos por mes en la compra de agua mineral.

“También nos encargamos de hacer los relevamientos de salud, les preguntamos a los vecinos cuáles son sus nombres, dónde viven, qué síntomas tienen, cuántos viven en cada casa, si tienen enfermedades anteriores, cuánto hace que viven allí”, cuenta Erika, mientras genera conciencia desde el territorio.

Es la ausencia del Estado en su máxima expresión.

“Le exigimos a la Secretaría de Salud que nos envíen los testeos”, dice Gebel. “Ellos piden evidencia que no te dan, no mandan gente para que hagan los testeos, no vienen a testear el agua de mi casa y la tierra. Yo no sé si mi hijo puede jugar en el patio. El gobierno tiene una campaña de desinformación. En el barrio puede haber cientos de afectados, muchos tienen miedo. El barrio no se va a ir y el campo de soja no puede estar ahí“.

Desde noviembre pasado que no fumigan en el campo sojero. A Erika y su familia ya no les duele la cabeza todos los días, como antes. En mayo pasado levantaron la cosecha, mientras los resultados de los relevamientos de salud que impulsó la misma organización de los vecinos y vecinas, preocupan y por sobre todo indignan: ya hay casos de cáncer en aquellas personas que llevan más de cinco años viviendo ahí.

“El veneno entra en la planta, llega a la raíz y la mata. En el ser humano hace algo muy similar, entra a tu cuerpo y se mete en la médula, en el cerebro y en las células. Se adhiere a las proteínas. Produce una alteración genética, por eso trae como consecuencias mal formaciones, abortos espontáneos, cáncer, diabetes, hipertensión, hipertiroidismo”, agrega Erika.

A 700 metros del campo fumigado, funcionan tres escuelas: la Técnica 13 (secundaria), la 210 (primaria) y un jardín de infantes reúnen unos 3.400 alumnos cada día en Nicole. Un lugar olvidado en donde quedan al desnudo las consecuencias de este modelo voraz y de aquello que los seres humanos llamamos progreso: enfermedades, desigualdad, pasivos ambientales, contaminación y muertes de las que nadie se hace cargo.

“Debemos reparar la tierra, darle trabajo a las familias productoras”, señala Erika. “La soja no resolvió el problema del hambre ni la pobreza. Para que haya más ricos tiene que haber más pobres. Para que haya más campos de monocultivo tiene que haber más desmonte y cambio climático. Más impacto en la biodiversidad, en la flora y la fauna”.

Agroecología desde abajo
                                                                         

Daniel Marcos viene de una familia de campo, donde la cría y la producción en la chacra eran cosa de todos los días. Vivió todas las etapas, el “mazazo” del dólar y la soja. Ver cómo fumigaban con glifosato su campo y cómo morían los animales y todo ser vivo existente. Le habían dicho que ese modelo, supuestamente, funcionaba en términos económicos. Comprobó que eso no era cierto, y antes de perder toda esperanza, conoció la agroecología

Todo cambió cuando descubrió el grado de fertilidad que tenían estas tierras, en su mayoría ociosas, en las lejanías del conurbano bonaerense. Daniel: “Todo suelo puede ser recuperado a partir de estas prácticas. Esto puede solucionar la alimentación, la vivienda y los ingresos de una familia. Hay que recuperar el mercado de cercanía. Es viable hacerlo en el corto plazo a través de cooperativas, esquemas asociativos, procesos de innovación”.

“La gente piensa que el único modelo posible es este. Acá hay que cambiar el modelo y apostar a la agroecología”.

“Esto nos abre muchísimo la cabeza. Hablamos de un sistema que es sostenible, no complejo de implementar”, explica Daniel, de la agrupación La Foresta. “Una pequeña producción que está en las afueras y abastece a las ciudades y tiene un grado de diversidad y calidad de sus alimentos muy importante. Esto es alimento, lo otro es comida que sirve sólo para masticar pero no alimenta”.

Sentencia: “Acá lo que está en crisis es el modelo que se impuso en la década del 90. Ese modelo concentró no sólo la propiedad, sino también el proceso de producción y hasta la comercialización de los alimentos. Han fracasado, no garantizaron la seguridad ni la soberanía alimentaria, tampoco la calidad ni los precios. Hay una lucha política. La Ley de Agricultura Familiar –que no está reglamentada- facilita el desarrollo de este sector como garante de esa seguridad y soberanía alimentaria. Es una locura tirar toneladas de veneno a los alimentos”.            

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A escasos kilómetros de este pueblo fumigado, del otro lado de la Ruta Nacional Nº3, existe un campo que produce alimento y no enferma, y le hace frente al sistema extractivo y depredador. 

Agroecología La Foresta es una experiencia concreta que demuestra que es posible producir alimentos de cercanía que sean de calidad y sin agroquímicos. En este campo, espacio de enseñanza, práctica y trabajo, las familias -participan alrededor de 80 personas- dedican su tiempo a hacer huerta, a incorporar y transmitir saberes, a sembrar y cosechar con las manos. 

Venden frutas, verduras, plantas aromáticas, medicinales, hortalizas, miel, frutos secos. Hacen compost, plantines, fabrican sus propios biofertilizantes y sustratos orgánicos. Siembran maíz y trigo, lo procesan y obtienen harinas de distintos tipos que en muchos casos se destinan a los comedores del barrio. También producen carne bovina y de cerdo. 

Todo lo realizan sin desmalezamiento, sin tractoreo. Sin veneno. Además, generan excedentes que les permiten pensar no sólo en el autoconsumo, sino en la comercialización.

Parte de la producción la ofrecen en los barrios del populoso conurbano, como así también en verdulerías y restaurantes. El resto del alimento lo reparten entre las familias productoras. A menudo La Foresta - organización que forma parte del Movimiento La Dignidad Rural y funciona como una cooperativa- participa de los Verdurazos frente al Congreso, donde los consumidores pueden acceder a bolsones con variedades de verduras, y a precios justos.

“Demostramos que se puede producir alimento donde vive la gente. Esto te transforma, es muy potente”.
 

Los movimientos sociales primero generan trabajo en huertas urbanas, y luego pasan a unidades productivas más grandes de hasta 500 hectáreas. Hacen real hincapié en el compostaje de los residuos orgánicos y en el manejo integral de los alimentos. Diferentes unidades productivas conforman lo que conocen como una zona productiva, por ejemplo, Matanza-Cañuelas.

Daniel Marcos nos cuenta cómo funciona la dinámica: “Estas experiencias se reproducen en distintos puntos de la provincia de Buenos Aires y del país, desde Avellaneda, hasta La Plata, Bahía Blanca, Córdoba, Formosa, San Juan, incluso producimos alimentos en Caleta Olivia. Es una producción que demanda mano de obra y un tipo de trabajo que no es el que estamos acostumbrados a ver. Las jornadas no son muy extensas. Acá las personas están contentas”.

Daniel explica que lo novedoso de estas experiencias de producción de alimentos agroecológicos, es la participación de trabajadores y trabajadoras de las periferias de las ciudades, que en algunos casos se desempeñan en el ámbito rural por primera vez, o son productores en transición hacia la agroecología

“Entendimos que podíamos generar altos volúmenes de producción”, dice Marcos. “Demostramos que se puede producir alimento donde vive la gente. Esto te transforma, es muy potente. Es otro ritmo, hay otra relación con los ciclos de la naturaleza, tenemos mucho que aprender. Hay que armar otro esquema de producción y vida en el campo”