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“En Andalgalá te amenazan o te quieren comprar”

por Susi Maresca
Fotos: Susi Maresca
12 de abril de 2022

Aldo Flores es uno de los fundadores de la Asamblea El Algarrobo y se convirtió en una de las referencias de la lucha catamarqueña contra la megaminería. En los noventa él también se postuló para trabajar en La Alumbrera, pero al poco tiempo advirtió que el progreso que prometían no existía y salió a la calle para protestar por lo que se empezaba a saber: que el agua y la vida allí estaban en peligro.  

Aldo Flores tiene 73 años, nació en Córdoba y llegó a Chaquiago (localidad del noreste catamarqueño) a los 5 años. Vendía pan en un carrito y jugaba al fútbol. En la juventud viajó a Buenos Aires y estuvo allí 30 años. Vivió la dictadura de 1976 y vio desaparecer a personas cercanas. Caminó las rondas de las Madres muchos jueves y en 1997 volvió a Chaquiago ya recibido de sociólogo, con la idea de aportar a su pueblo. El avance de la megaminería comenzaba a expandirse por el impulso del gobierno de Carlos Menem.

Aldo tiene un sentido del humor entrañable que a veces hace crispar a sus amigues y compañeres. Escribe poesías, lee, no cree mucho en este sistema y sus dulces de membrillo, arrope de chañar y algarroba son una exquisitez. Vive sencillo y cada sábado camina la plaza para marchar en defensa del agua, como tantos y tantas en este hermoso pueblo.,

En abril de 2021 estuvo detenido 4 días en la comisaría de Andalgalá junto a 11 compañeres y luego 10 días más con prisión domiciliaria. Lo acusaban de causar destrozos en la sede de Agua Rica ubicada en el centro. Esa causa sigue abierta sin pruebas. Junto a muchas personas de Andalgalá vio crecer el árbol, la Asamblea El Algarrobo, aquel 14 de diciembre de 2009 y vivió la represión del 15 de febrero de 2010 que no se borra de la memoria social de Andalgalá.

Volver a la casa de Aldo en Chaquiago, que supo ser la prisión domiciliaria en abril del 2021 para ese cuerpo de 73 años que atravesó muchas historias, es quizás uno de los momentos más conmovedores de este viaje.

"Yo vine con la idea de trabajar en la minera. La megaminería era una cosa que se abría a los ojos del mundo, las riquezas y el progreso que nos decían que iba a haber en la zona."

La tarde comienza, los pájaros son la cortina musical de este diálogo. Cactus, cardones y árboles frutales, el escenario. Sentados en la pirca, a 12 años de la represión que sufrió el pueblo de Andalgalá por oponerse a entregar sus modos de vida a las multinacionales mineras, que en nombre de un progreso inexistente explotan el nevado del Aconquija, la charla con Aldo Flores fluye. 

–Cuando estaba en cana, llegaban todos los milicos, los fiscales de Catamarca, y me preguntaban si quería declarar con la fiscal de acá –relata Aldo–. Yo dije que no, que quería declarar con la de Catamarca y se re calentó Soledad Rodríguez, “la fiscal de acá”, pero yo quería transmitir lo que pasó, que llegue a oídos del gobernador. Y cuando declaré les dije: “Si buscan culpables, acá hay dos culpables: el gobernador de Catamarca y el pueblo de Andalgalá. El gobernador de Catamarca porque nos quiere envenenar el agua, nos quiere hacer desaparecer como pueblo; y el pueblo de Andalgalá porque quiere seguir viviendo acá y está defendiendo el agua para que no lo envenenen”. Cuando estaba diciendo eso me acordé de Atahualpa, que les dijo a unos enviados del rey: “Acá hay sólo dos culpables: ustedes y yo. Yo por defender a mi pueblo y ustedes por querer asesinarlo”. Y ahí nomás lo sacaron y lo descuartizaron. Y después les dije: “Si me quieren condenar a mí por una foto que estoy abrazado con una chica en la puerta de la sede incendiada, condénenme por la alegría que tenía, la alegría total de la vida de ver arder eso”. 

 

El regreso

–Volviste a Chaquiago en 1997, la megaminería comenzaba a instalarse con el proyecto La Alumbrera. ¿Cómo fueron esos años?

–Yo vine con la idea de trabajar en eso, en la minera. La megaminería era una cosa que se abría a los ojos del mundo, las riquezas y el progreso que nos decían que iba a haber por acá en la zona. Cuando estaba en Buenos Aires quería volver, pero todos los oficios que había aprendido no encajaban para trabajar en la zona.

–¿De qué trabajabas en Buenos Aires?

–En el puerto, metalúrgicas, en papeleras, en empresas automotrices y también en imprentas. Una la tomamos en los 90, se llamaba Nuevo Mundo y cuando la recuperamos se llamó Mundo Color. Menem nos re fundió con las importaciones. De ahí me metí en la Subsecretaría de Derechos Humanos, estaba estudiando Sociología, había terminado el secundario de adultos y seguí con la universidad siete años. Terminé y me vine con mi familia. Sabía que había mucha demanda de sociólogos aquí en Chaquiago y me vine… (risas). Puse un cartel en la puerta que decía “Soy sociólogo a domicilio”.

–¿Cómo fue volver?

–Yo nunca perdí el contacto con este lugar, venía todos los años. Sabía que algún día iba a volver, era mi proyecto volver, pero quería venir con algo para ver cómo aportar y vi a la Sociología como una herramienta para aportar en la planificación en nuestro pueblo. La planificación de nuestras naciones está en manos de los políticos, que planifican una semana antes de las elecciones y la terminan una semana después, no hay un proyecto ni a mediano ni a largo plazo que respete la manera de vivir que queremos. En ese tiempo presentamos un proyecto para escuelas de toda la provincia con un chango de Mar del Plata. de educación popular, en la Secretaría de Cultura de la provincia. Era introducir la educación popular acá, un sueño. A mí me había tocado Tinogasta, Belén, Andalgalá y Pomán, y los otros se repartían por otros lugares. Nos habían aprobado el presupuesto del proyecto, íbamos a firmar el convenio y dos días antes me llaman para avisarme que se había parado todo en Buenos Aires y en Catamarca: había comenzado la crisis de 2001.

–¿Y qué pasó?

–Me dediqué a hacer soldaduras para la gente, electricidad, trabajé con un imprentero en Andalgalá, me las rebuscaba. Ana (su compañera de ese entonces y la madre de su única hija) trabajaba en Buenos Aires, en la Subsecretaría de Derechos Humanos y logramos negociar un pase por uno de los dos: ese sueldo nos ayudaba a vivir en ese momento acá. Dábamos charlas y clases juntos. Una vez nos llamaron para que diéramos una charla de derechos humanos en Antofagasta de la Sierra y cuando llegamos eran todos hijos de diputados, turistas y gente que podía acceder a esa información. Me re calenté, no quise dar la charla. Esas charlas tenían que ser para el pueblo, no para esa gente. Después comencé a trabajar en terciarios, porque el título me habilitaba para dar cualquier materia de Sociales.

–¿Dónde diste clases?

–Empecé a trabajar en Pomán primero, daba psicología y filosofía. ¿Qué sabía yo de eso? Si uno sale de la universidad con un montón de información, pero nada de práctica, desnudo en la calle con un título. A partir de eso empecé a darme cuenta cómo dar esas materias con todo lo que había aprendido; tenía material, estudiaba mucho y así fue. A los 10 días de llegar como profe a Pomán cortamos la ruta con todo el pueblo. No había plata. Empezamos a ver que muchos y muchas de los pibes que llegaban al terciario tenían pocas herramientas de lectoescritura y armamos trabajos sobre proyectos de vida, un poco siguiendo la línea de pensamiento de Paulo Freire, aquello que había quedado trunco años antes. Lo importante era que se animaran a hablar, que hablaran, que se expresaran, que no sean dependientes. La vida si no es una eterna dependencia: dependés primero de tus padres, después vas a la escuela y dependés de tus maestros, después salís de ahí y dependés del patrón y después de los partidos políticos. Dependiente total, cada uno entrega su vida y nunca tiene libertad.

“Si me quieren condenar a mí por una foto que estoy abrazado con una chica en la puerta de la sede incendiada, condénenme por la alegría que tenía, la alegría total de la vida de ver arder eso.”

–¿Cuándo te empezó a parecer que era importante la lucha socioambiental?

Al poquito tiempo que vine ya la gente se empezó a juntar. Cuando vine no tenía laburo y presenté una carpeta para ir a trabajar a La Alumbrera. Ahí empecé a ver que se estaban juntando algunas personas, me fui a ver qué pasaba. Al principio no sabíamos nada, era algo nuevo, no sabíamos qué pasaba. Empezamos a ver, a aprender, a buscar información, recopilar datos.

–Es que no había muchas experiencias para saber qué pasaba, ¿no? ¿De dónde sacaban la información para conocer de qué iba la megaminería en ese momento? Sin internet, además.

Claro, fue la primera en Latinoamérica. Y bueno, nos la rebuscábamos. Siempre tuvimos gente que nos pasaba información, gente que trabajaba en la fiscalía, en la Secretaría de Minería. Siempre se abren grietas, siempre hay una grieta en todos lados y vos podés aprovechar las grietas esas por donde se filtra esa información. Y bueno, supimos aprovecharlas para investigar más y saber lo que querían hacer.

–¿Qué pasó con esa carpeta que presentaste en la minera?

Y… nunca me llamaron porque me empezaron a ver en la calle haciendo quilombo. Después un juez con el que habíamos trabajado con pibes menores de edad judicializados en la Aguada, en unas huertas donde labrábamos la tierra, empezó a trabajar para las mineras. Al tiempo, cuando empezamos a crecer en número en el pueblo en contra de las mineras, ese juez me llamó para ofrecerme un cargo. Yo le pregunté si era para frenarme por la lucha y me dijo que no, que me quería dar trabajo. Yo no le di más bola. Acá o te amenazan o te quieren comprar. 

"Siempre se abren grietas por donde se filtra esa información. Y bueno, supimos aprovecharlas para investigar más y saber lo que querían hacer."

–¿Recordás más o menos en qué año fue eso? ¿Fue cercano a la creación de la asamblea?

No, fue mucho antes. Al principio no era mucha gente, pero salíamos a la calle igual. Éramos 10, conseguíamos 20 a veces, los familiares de alguno de esos 10 para que hagamos algo. Y como hacíamos teatro con Ana, empezamos las primeras movidas de salir a la calle. En cada acto que hacían del gobierno nosotros teníamos una obrita, como se dice ahora, una performance, para salir. Una vez salimos con cardones y cueros secos. Isadora (su hija) era chiquita, iba vestida como la libertad, destruida toda, la gorra, el traje, yo iba vestido con una guadaña que alguien me la prestó y después me la regaló, y todo con una capa de muerte y con botellas del agua sucia y se las tiramos al palco del intendente. Éramos unos 20 tirados por un tractor que tenía Arturito acá al lado y vos sabés que se empezó a sumar la gente, éramos como cien. El grupo de teatro “La Comparsa”, en homenaje a la comparsa de acá. Hicimos muchas movidas con ese grupo de teatro.  

–¿Cuáles eran las actividades económicas en ese momento, de qué vivía la gente?

Igual que ahora: policía, enfermero, empleado municipal, docentes, algunos con sus fincas, animales, los artesanos. Pero era casi lo mismo que ahora porque esto viene en decadencia hace mucho tiempo.

"Al principio no era mucha gente, pero salíamos a la calle igual. Éramos 10, conseguíamos 20 a veces, los familiares de alguno de esos 10 para que hagamos algo."

 
El algarrobo

–¿Cómo surge la Asamblea El Algarrobo en ese contexto donde ustedes ya venían haciendo movidas y acciones?

Nos juntábamos en asamblea, primero en Andalgalá con los vecinos autoconvocados; después no nos convencía tanto y le pusimos "Vecinos por la vida". Un día vino un chango de Buenos Aires, Germán Ciari, que filmaba preocupado por los desastres ambientales que comenzaron a verse en el país. Viajó a Tinogasta, Fiambalá, Famatina, Neuquén y yo lo acompañé por algunos lugares. Hizo un documental, pero de acá no filmó nada. Cuando lo quiso presentar, vino a Andalgalá. Logramos ser 40 personas en un local frente a la plaza aquel día. En ese documental contaban la experiencia de esas personas, de cómo eran perseguidas, que también eran pocos. Nosotros teníamos ya la información de que iban a empezar a trabajar acá, en los cerros de acá (se refiere al  proyecto Agua Rica de la empresa Yamana Gold, que no puede nombrar por seguir procesado en la causa de abril de 2021). Querían largar la explotación en 2011. Entonces dijimos ¿qué hacemos con esto? Por esos días nos fuimos a Catamarca, a la Secretaría de Minería con Martín Musarra y Sergio Martínez.

–¿Qué pudieron averiguar?

–Conseguimos un expediente, que en una foja ya decía que se iba a explotar Pilciao 16. La Bilinton lo iba a explotar en el mismísimo pueblo de Andalgalá y en caso de explotación, decía aquel documento, se debía indemnizar a sus habitantes. Hablábamos entre vecinos que, si empezaba la explotación, con todas las experiencias que veníamos viendo, nuestra agua iba a ser contaminada. Nos van a envenenar el agua y después nos van a sacar de nuestras casas, adónde vamos a ir a parar con esa indemnización que decían darnos. Entonces esa noche después de ver el video dijimos: "Esto hay que pararlo. Mañana hacemos un corte, los que quieran venir que se sumen, si no viene nadie yo corto igual”. Sergio Martínez fue el primero en decir que él también estaba de acuerdo. Así que se presentó en mi casa a las 6 de la mañana con una bandera; en mi casa paraba el chango del documental, y salimos.

–¿Qué pasó después?

–Fuimos hasta donde está hoy la asamblea y dijimos "¿dónde podemos poner la bandera?". "Pongámosla ahí, en ese arbolito chiquito", dijo uno y empezamos con el corte. A la gente que pasaba le contábamos por qué hacíamos eso y nos odiaban los potrereños porque tenían que frenar. Y bueno, así fue cayendo gente a las 11, a las 12, y a la noche había que hacer la guardia. A la mañana siguiente Sergio llamó a un periodista que vino a registrar lo que estábamos haciendo y por qué estábamos haciendo el corte de ruta. Salió en la radio y en el diario que nosotros no estábamos dejando pasar a las mineras, empezó a enterarse más gente y empezó a llegar. Eso fue el 14 de diciembre del 2009 y la empresa les dijo a sus empleados el 17 de diciembre que tenían vacaciones hasta el 5 o 6 de enero. Y entonces nosotros dijimos en la asamblea "¿qué hacemos? ¿Levantamos? ¿Para qué vamos a estar hasta el 5 si estos tipos no van a trabajar?". Y alguno dijo: "No, nos tenemos que quedar, nosotros nos quedamos y nos quedamos todos". Llegó el 24 de diciembre y pasamos Navidad en el árbol. Ese fue el sello distintivo de toda la lucha, lo que caló hondo a mucha gente, cuando decidieron pasar la Navidad allí cuando toda la vida la pasaron en sus casas con la familia. Nos empezaron a llegar cosas: pan dulce, comida, sidras. Y entonces muchos que no habían podido ir a pasar la Navidad, pasaron el Año Nuevo en el árbol.

–Fue el primer paso para organizarse.

–A los pocos días surgió la necesidad de hacer una asamblea, alguien tiró "El Algarrobo" por ese árbol y ahí nomás quedó. Después le empezamos a buscar los sentidos, el sentido de por qué el Algarrobo. Y Martín Musarra, que es un genio para el diseño, hizo el logo que hoy conocemos. Se empezó a rumorear a los pocos días que iban a venir a desalojar. Pasaba una semana y otra y nosotros estábamos alertas. El 15 de febrero del 2010, un mes y medio después, llegaron.

"Fuimos hasta donde está hoy la asamblea y dijimos '¿dónde podemos poner la bandera?'. 'Pongámosla ahí, en ese arbolito chiquito', dijo uno y empezamos con el corte."

–¿Cómo fue ese día?

Por ese entonces ya éramos unas cien personas en el Algarrobo. Habíamos crecido muchísimo. Yo ese día bajaba en bicicleta al centro porque estaba Pino Solanas y había que acompañarlo a la radio. Era impresionante la caravana de autos de la Policía y la Gendarmería en el camino. Fui a buscarlo a Sergio y lo acompañamos a Pino a la radio y denunció lo que estaba pasando. Cuando vinimos con Sergio, ya estaba todo cerrado, no dejaban entrar a nadie. Nos metimos por cualquier lado y llegamos. Ya estaba todo rodeado y había mucha gente, sobre todo mujeres, aún aquellos que nunca nos habían dado mucha bola hasta el momento. Había una señora del barrio que nunca había estado haciéndoles frente, mucha gente. Esas son las cosas que marcaron. Después llegó la fiscal Marta Nieva con la Policía y la sacamos, se tuvo que ir. Llegan el sábado, el domingo y el lunes reprimieron: mujeres, niños, balas de goma y detenidos. Para que no avancen las máquinas la gente se tiraba en el piso, los reprimían, las sacaban y se tiraban 10 más y así. También salieron a cazar gente por el monte, un desastre. Cortaron los cables de luz. Mientras tanto, la gente en la plaza empezó a salir, había mucha gente y también la reprimieron. Son muchas las historias, mucha gente tiene historias para contar sobre lo que sucedió. Sobre todo, las mujeres que resistieron y que defendieron el árbol. El objetivo de ellos era subir una máquina y asustarnos, y la subieron. Yo me sentía feliz de ver al pueblo entero defendiendo el agua. Y al día siguiente, mucha gente fue a reclamar por todos los detenidos. 

–Vos dijiste que las mujeres eran las más valientes de esta historia. ¿Por qué? 

Porque siempre lo demostraron, en el Algarrobo estuvieron al frente de eso y también a lo largo de la historia de este pueblo. Fueron las pioneras, las que salieron a defender el agua y hacer los cortes y las que se bancaron muchas persecuciones y amenazas. No puedo nombrar a una por una, pero todas merecen mi respeto. Son guerreras. Cuando estuvimos detenidos esta última vez, estuvieron los 14 días reclamando por nuestra libertad y ahora muchas de ellas están con causas judiciales. Lo mismo que los jóvenes que están ahora en el Algarrobo, ellos son los hacedores del Algarrobo. Los chicos y chicas de Andalgalá hacen una valoración de todo lo que tenemos y arman excursiones para que la gente sepa lo que está defendiendo. Antes había unos y hoy hay otros, fueron cientos los que pasaron por ahí, sosteniéndolo, y hoy son las nuevas generaciones. Cuando me dicen “Aldo, pero vos fuiste el de la idea”, me da vergüenza. Yo tuve una idea con otros, pero los que sostuvieron y sostienen la lucha fueron muchos y muchas.

"Llegan el sábado, el domingo y el lunes reprimieron: mujeres, niños, balas de goma y detenidos. Para que no avancen las máquinas la gente se tiraba en el piso, los reprimían, las sacaban y se tiraban 10 más y así."

–¿Qué pensás del futuro?

No soy muy optimista. Pienso que el mundo tiene diez años más de vida a este ritmo de saqueo y destrucción. La sequía, la contaminación, no hay agua, los casos de cáncer que cada vez son más. Estamos frente a uno de los mayores avances extractivos de la historia, las pandemias. También veo que cada vez hay más gente tomando conciencia, pero me aterra porque la concientización es un proceso lento que lleva años y años, y me desespera, porque la destrucción del mundo es vertiginosa, es ya. Si todos los que dicen no a la megaminería salieran a la calle, un día o dos o tres ya los hubiéramos echado, pero no salen, no tienen el ejercicio de la participación, fueron educados en sus casas, en las instituciones esperando que otros hagan por ellos. Ya lo decía Atahualpa Yupanqui: “Para el que mira sin ver la tierra es tierra nomás”.