Giles: “La discapacidad no borra la voz: la sociedad la tapa con prejuicios”
por Revista Cítrica10 de septiembre de 2026
Tiene 28 años, cuatro libros publicados y una certeza clínica y política: es mudo, pero no necesita que nadie le dé la voz. Escritor, trabajador cultural y asesor de familias en Comunicación Aumentativa y Alternativa (CAA), Gonzalo Giles desarmó en nuestro stream "No es por ahí", en el canal Posdata, los discursos de la lástima y la crueldad del ajuste estatal.
–“No por timidez, ni por un voto de silencio, ni porque no tenga nada para decir. Spoiler: tengo un montón. Soy mudo. Y no, no me cuesta hablar, no hablo poco, no me expreso con dificultad. Soy mudo. Punto.” Con esta declaración de principios abren tus textos. ¿Cómo se construye una voz propia en un mundo diseñado para los que gritan?
–Ser mudo es como haber nacido con un micrófono apagado en un mundo que grita. La teoría de por qué soy mudo es, en realidad, la teoría de cómo el silencio me enseñó a decir lo que importa. Y no quiero curarme, principalmente porque no hay nada para curar. No quiero que me den la voz: la tengo. Está en cada texto, en cada escena, en cada historia que cuento, en cada carcajada que provoco sin decir una palabra y en cada incomodidad que genero cuando muestro que no necesito hablar para decir. Soy mudo, pero no soy callado. Crecí en Dolores, un pueblo donde todos saben a qué hora llegaste y con quién te fuiste incluso antes de que vos mismo lo sepas. Crecí entre el chusmerío de barrio, el mate siempre tibio y la sensación de que el mundo era mucho más grande que la plaza principal. A los 27 años, tener cuatro libros publicados no es mérito de una disciplina suiza ni de rutinas con agenda. Es, más bien, el resultado de sobrevivir a mis propios fantasmas. Escribir se volvió la única forma de no quedarme callado. Cada libro salió como se lee un secreto mal guardado: a los empujones, con humor, con bronca, con ternura. Yo no escribo para adornar bibliotecas; escribo para incomodar, para que a alguien se le atragante la risa o le tiemble la lágrima. Dolores me dio la raíz, pero también las ganas de moverme. Cuatro libros antes de los 30 no son por genio, sino por necesidad.
–Para quienes no están familiarizados con el concepto técnico, ¿qué es la Comunicación Aumentativa y Alternativa (CAA) y qué implica políticamente su uso en lo cotidiano?
–Yo no hablo con la voz con la que comúnmente se espera que alguien hable. La mía quedó en pausa hace muchos años y desde entonces aprendí a hablar de otra forma. Me comunico a través de la Comunicación Aumentativa y Alternativa. Suena académico, pero en realidad es bastante simple: son todas las herramientas que usamos quienes no podemos hablar o hablamos poco para decir lo que pensamos. Puede ser un cuaderno con pictogramas, una tabla de letras, gestos, señas, o una aplicación en el celular que convierte lo que escribo en voz. Yo, por ejemplo, uso una app que se llama Proloquo for Text. Escribo lo que quiero decir, aprieto un botón y la frase sale por el parlante del celular con la voz de Rodrigo, que es quien me presta sus cuerdas vocales. Es medio raro, porque es una voz robótica, pero también es mía. Con ella me enojo, hago chistes, discuto con mi vieja o presento un show. La CAA no es un lujo: es el derecho básico de cualquier persona a comunicarse. No hay nada más injusto que tener ideas, broncas o amores y no poder compartirlos. Es el puente que me permite existir en la conversación. Hay una frase hecha que dice “hay que darles voz a los que no tienen voz”. Parece linda hasta que la pensás dos segundos. Nadie necesita que le den voz; lo que hace falta es que nos dejen usar la que ya tenemos. La discapacidad no borra la voz: la sociedad la tapa con prejuicios, con infantilización, con sistemas que deciden quién habla y quién no. Cuando alguien dice “les damos voz”, en realidad está diciendo: “Nos apropiamos del micrófono y decidimos cuándo lo pueden usar”. Eso no es empoderar, es seguir administrando la palabra ajena. La verdadera pregunta no es cómo dar voz, sino cómo dejar de callar. Hay que hacer lugar a voces que ya existen, aunque no suenen como estamos acostumbrados. Voz hay en un gesto, en un comunicador, en una mirada insistente, en un teclado lleno de errores. Lo que falta no es voz: es voluntad política y social de escuchar. Ahí está la diferencia entre la caridad y los derechos. Nadie necesita que le den voz; lo que hace falta es que nos dejen usar la que ya tenemos.
–Tu último libro se titula Error 408: normalidad no encontrada. ¿De dónde surge esa metáfora informática aplicada a la experiencia humana?
–Llegué a ese título como llego a casi todo en mi vida: de casualidad, gogleando. Me crucé con el famoso código de error 408, ese que te escupe la computadora cuando una página tarda demasiado en responder, y me hizo clic. ¿Qué es la normalidad si no esa página que todos prometen pero que nunca carga? Esperás, refrescás, volvés a esperar y nada: pantalla en blanco y el cartelito de “normalidad no encontrada”. Ahí entendí que la metáfora era perfecta. La normalidad es como el unicornio: todo el mundo jura que existe, pero nadie lo vio. Mientras tanto, la diferencia, lo diverso, lo raro, lo que molesta a algunos, eso sí está en la lista. Además, el 4 de agosto (4 del 8) es mi cumpleaños, así que todo cerraba.
–¿Cómo analizás la conversación pública sobre la neurodivergencia en un contexto donde abundan discursos de odio o posturas que directamente niegan diagnósticos o proponen "curas"?
–Avanzamos, sí, pero a paso de tortuga artrítica. La palabra neurodivergencia ya no suena a insulto, al menos en algunos espacios. Hoy podés escuchar a un docente decirla sin atragantarse, ver a un padre googleando qué es el TDAH, o a una empresa posteando en LinkedIn que valoran la diversidad cognitiva –aunque después te hagan rendir un test de concentración de tres horas–. El desafío es doble. Primero, sacarnos de encima la mirada de la patología: dejar de pensar que alguien con autismo, TDAH o dislexia está fallado. No hay nada que curar porque no es una enfermedad; simplemente funciona distinto. Segundo, pasar de la palabra a la práctica. De nada sirve subir un flyer con un infinito de colores si después en las escuelas siguen castigando al pibe que no se queda quieto, o si en los laburos echan a la persona que necesita auriculares para concentrarse. Como sociedad tenemos que dejar de domesticar lo distinto y empezar a convivir con ello. No se trata de tolerancia –que suena a aguantar con cara de asco–, sino de reconocer que esas diferencias son las que hacen que el mundo no sea un Excel aburrido. En lo personal, viví ese diagnóstico de manera tardía. Durante años fui un mudo tradicional, de manual. Además tenía una discapacidad motriz. Dos cartas fuertes jugadas en la mesa. Pero un día, un psicólogo me dijo: “Gonzalo, vos tenés TDAH”. Se me rompió todo. Yo, que ya pedaleaba una bici sin asiento, me enteraba de que encima era neurodivergente. El diagnóstico fue alivio y golpe a la vez. Todo cerraba: los olvidos, las bibliotecas ordenadas por colores, las agendas abandonadas al tercer día. Organizarme es un chiste: me pongo alarmas que no escucho, recordatorios que no leo, post-it que sostienen boletas vencidas. Vivir con TDAH es caminar entre fichas de dominó mientras te tiran globos de agua desde los balcones. Pero ese desorden también me enciende: me obliga a inventar, a crear y a resistir.
–Soles hablar del capacitismo como una estructura de opresión. ¿Cómo opera en lo cotidiano y en las instituciones?
–El capacitismo es la discriminación hacia las personas con discapacidad. Funciona igual que otros sistemas de opresión: así como el racismo discrimina por el color de piel, el machismo por el género y la homofobia por la orientación sexual, el capacitismo lo hace por cómo funciona tu cuerpo o tu mente. Es esa mirada que pone a “lo normal” como vara y a todo lo demás como falla. Por eso aparece en frases como “pobrecito” o “angelito”, en la infantilización de adultos, en la exigencia de ser “ejemplo de vida” por hacer algo totalmente cotidiano, o en políticas que te recortan apoyos porque sos visto como un gasto. Es la versión discapacitante del mismo viejo esquema de desigualdad. Se ve claramente en esa escena típica de cuando vas a hacer un trámite y te preguntan: “¿Viniste solo?”. Si sos mudo, ciego, usás silla de ruedas o tenés cualquier etiqueta, pareciera que por protocolo tenés que andar acompañado, como si la discapacidad viniera con un manual de instrucciones que dice: “No dejar al sujeto solo, se puede romper”. Ahí chocamos contra la pared de la infantilización: esa mirada que confunde apoyo con custodia, y cuidado con vigilancia. Llegamos hasta acá por pura costumbre social, por décadas de pensar que la persona con discapacidad es un eterno menor de edad al que hay que llevar de la mano aunque tenga 30, 50 o 70 años. Y no es solo ignorancia: también es la comodidad de un Estado que nunca garantizó accesibilidad real y delegó en las familias la tarea de carceleros amorosos. Lo que hay que trabajar es dejar de suponer la dependencia por defecto. La autonomía se construye, se ejercita, se prueba y a veces hasta se equivoca. Que una persona con discapacidad esté sola no es sinónimo de peligro: es sinónimo de vida adulta.
–En tus textos la etapa escolar aparece como un terreno donde ese capacitismo institucional se vuelve muy explícito. ¿Cómo recordás tu paso por la escuela?
–Mi escolaridad fue la versión perfecta del modelo social de la discapacidad. En el recreo, dos compañeros armaban los equipos de fútbol y yo era la figurita repetida del álbum: estaba, pero nadie quería tenerla. No importaba el curso, siempre era el último en ser elegido: después del que iba en muletas y antes del cono naranja del gimnasio. En parte era lógico: mis compañeros querían ganar y a mí, con una sola mano y sin poder hablar, me veían como un obstáculo con piernas.
Pero ahora lo pienso y me da bronca. ¿De verdad era yo el problema, o era el sistema que no contemplaba otras formas de jugar y de estar? Una vez un compañero me eligió primero por lástima y el resto protestó como si cometiera una infracción ética: “¿Por qué elegís al mudo?”. Como si cuestionaran elegir a alguien que no encaja en la lógica meritocrática infantil de músculos sobre vínculos. Pero nadie se detuvo a pensar: ¿y si el problema no era mi rendimiento sino el reglamento? ¿Y si en vez de forzarme a entrar a un mundo que no estaba hecho para mí, el mundo se hubiese movido un cachito para hacerme lugar?
En Geometría pretendían que dibujara triángulos perfectos con regla y lápiz usando una sola mano. Podía haber recortado triángulos de revistas, analizarlos, escribirles poemas. Pero el mandato era sufrir en silencio. Nunca me preguntaron cómo me podían ayudar. Y si podía hacer lo mismo que los demás, debía hacerlo exactamente como los demás: “Dale, mudo, subí al Everest en ojotas”.
Nunca nadie comprobó si sabía leer de corrido. Mientras mis compañeros leían en voz alta, yo escuchaba y perdía horas de aprendizaje. “¿Cómo querés que te evaluemos si sos mudo?”, me dijeron una vez. Hace décadas que existen metodologías para estudiantes sordos o con necesidades de comunicación; alcanzaba con hacer un curso o googlearlo. Pero eso implicaba aceptar que la discapacidad no está en el cuerpo, sino en la estructura que no se adapta. Recibí mi título secundario sin que nadie supiera si podía leer dos oraciones y entenderlas. Títulos que no sirven, que no preparan, que no cuidan. El sistema educativo me integró como se integran las pasas en el budín: a la fuerza, sin preguntar si combinan y creyendo que con eso basta.
–Trabajaste como repartidor de aplicaciones durante la pandemia y luego en el sector público. ¿Qué lectura hacés de la precarización laboral y del rol del Estado desde esas dos vivencias?
–El trabajo de delivery en plena pandemia lo recuerdo con cariño porque fue el primero que me dio independencia económica. Pedalear por una avenida Libertador vacía parecía una película distópica. Para mí tuvo un costado feliz: me había mudado con mi pareja, adoptamos a nuestra primera gata y cada pedaleada tenía gusto a comienzo. Ahora, siendo objetivo, no se puede romantizar. Las aplicaciones te exprimen, te exigen mucho y no te reconocen ningún derecho. Pero dentro de esa lógica, le dieron trabajo a una persona con discapacidad que no encontraba puertas abiertas en otro lado. Fue un salvavidas.
Después me tocó trabajar en el Estado. En materia de seguridad laboral las diferencias no eran tantas, con la única salvedad de que en el Ministerio estaba el sindicato. En 2021 tuve el contrato congelado todo el año mientras la inflación subía. Por eso mi mensaje es claro: el Estado es fundamental, pero tiene que cuidarnos de verdad. Porque si el Estado no cuida, aparece un tipo que grita “¡Viva la libertad, carajo!” y la gente lo vota.
Mi segundo trabajo fue en el Ministerio de Educación y ahí entendí algo en carne propia: el sindicato no es un gasto, es la columna vertebral de los derechos laborales. ATE fue mi escuela en derechos. Yo siempre había sido medio progre, pero fueron mis compañeros de la vieja escuela los que me hicieron cruzar el umbral y me volvieron peronista. Me mostraron que los derechos no aparecen por magia ni por la buena onda de un jefe: se conquistan con organización, con paro, con asamblea, con solidaridad entre laburantes. Me enseñaron que la inclusión no es un discurso vacío para redes, sino una práctica política: que un compañero tenga lo mismo que vos aunque no pueda gritarlo tan fuerte. En tiempos donde se demoniza a los sindicatos y se quiere hacer creer que la libertad es salvarse solo, la verdadera libertad se construye colectivamente.
–En esa misma línea, ¿qué opinión te merece la discusión sobre el financiamiento público a la cultura y los ataques a organismos como el INCAA?
–Hoy está de moda la muletilla liberal de que el Estado no se tiene que meter en la cultura, que si una obra es buena se sostiene sola, o que figuras consagradas no necesitan del INCAA. Y sí, obvio que los grandes nombres no lo necesitan. Pero el INCAA, el Fondo Nacional de las Artes o los programas culturales jamás existieron para bancar a los consagrados: existen para que aparezcan los que todavía no tienen su lugar.
Yo soy ejemplo de eso. Participé del programa Puentes Culturales del Gobierno de la Provincia de Buenos Aires. Sin un Estado presente jamás hubiese tenido un escenario, un salario digno ni la chance de llevar mis libros y mi forma de comunicar a públicos que de otra manera ni me hubieran escuchado. No fue un regalo: fue inversión. Y esa inversión se multiplica, porque cada obra, cada charla y cada función genera comunidad. Cuando el Estado se borra, la cultura queda reducida a lo que venda entradas o sume me gustas. Se empobrece la diversidad, se achica la memoria colectiva y gana el mercado del aplauso fácil. El Estado en la cultura no es un lujo: es una necesidad democrática.
–Frente a las medidas de ajuste del gobierno nacional sobre el colectivo de discapacidad y la suspensión de leyes de emergencia aprobadas por el Congreso, ¿cuál es tu diagnóstico de la situación actual?
–Lo de este gobierno con la discapacidad es directamente una burla cínica. Aprobar la ley de emergencia en discapacidad y al segundo ponerle freno de mano hasta que el Congreso explique cómo financiarla es reírse en la cara de miles de familias. Es como firmar un certificado de auxilio y después tirarlo al cajón porque no te da la calculadora.
Acá no hay dudas: no es incapacidad, es crueldad política. Reconocen la urgencia, levantan la bandera de que la ley está, pero la dejan muerta en un escritorio. Mientras tanto, hay chicos que no tienen transporte, familias que se endeudan para pagar medicación y apoyos escolares que se esfuman. Lo urgente es ahora, no cuando al presidente le cierre el Excel. Plata hay: para quitar retenciones al campo, para bancar un dólar barato o para el show mediático que montan en cada represión. Lo que no hay es voluntad. Se vende humo con la palabra libertad mientras se ajusta sobre cuerpos vulnerables. No es libertad: es abandono disfrazado de ideología. Y cada día que pasa sin que se apliquen las leyes de protección, es un Gobierno que elige dejar a su gente a la deriva.
Cuando sucedieron los escándalos de corrupción y manejo de coimas en la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS) involucrando a funcionarios y allegados del Poder Ejecutivo, la reacción fue una mezcla de bronca y resignación. Detrás del grito de libertad hay la misma rosca mugrienta de siempre, pero con menos filtro y más cinismo. Lo que indigna es la impunidad: mientras a las familias les recortan prestaciones y a los jubilados les ajustan las migajas, en la cima se manejan fondos de forma turbia y nadie se sonroja. Lo peligroso es la naturalización del afano como si fuera parte del paisaje.
Y aclaro algo: en mi caso, hoy por suerte no necesito prestaciones ni medicación. Esto no lo digo por mí: lo digo por los míos. Mañana lo puedo necesitar yo, o cualquiera de nuestras familias. Hay que tener conciencia de clase.
–En tu obra criticás seguido la "mística del sacrificio" alrededor de las relaciones afectivas donde interviene la discapacidad. ¿En qué consiste ese mito?
–La mística del sacrificio es esa novela barata que la sociedad escribe cada vez que ve a una persona sin discapacidad en pareja con alguien que sí la tiene. En mi caso, con mi pareja. De golpe, ella pasa a ser la heroína de Disney que soporta, que aguanta y que se sacrifica por amor. Y yo, por defecto, quedo reducido a la carga que ella lleva como quien carga una cruz en Semana Santa.
Es un relato cómodo porque alivia culpas colectivas: “Mirá qué buena que es, qué ejemplo”. Pero en realidad es profundamente ofensivo para los dos. Para mí, porque me niega como compañero de proyecto, como tipo que aporta, que ama y que construye. Y para ella, porque la infantiliza y la pone como mártir cuando en verdad eligió una relación de igual a igual. Ella no está con un "caso": está con un hombre. Y yo no tengo una santa al lado: tengo una mujer. La mística del sacrificio es humo social. El verdadero amor no se mide en cuánto aguantás, sino en cuánto compartís.
–El humor es el hilo conductor de tus intervenciones, charlas y libros. ¿Por qué elegir la ironía para abordar realidades tan complejas?
–El humor es mi herramienta de supervivencia. Frente a la discapacidad podría haber elegido dos caminos: la solemnidad eterna o el chiste como bisturí. Elegí lo segundo. El humor no niega la realidad: la desnuda. Te permite hablar de lo incómodo sin que el otro se tape los oídos. Poner en palabras lo que duele pero con una carcajada te abre la puerta.
En mis textos el humor funciona como un puente. La gente primero se ríe y, cuando baja la risa, se da cuenta de que lo que conté es en serio. Esa mezcla de ironía y ternura es la que me permite hablar de capacitismo, de soledad, de prejuicios, sin transformarse en un sermón. Gestionar el humor desde la discapacidad es simple: no hago chistes de la discapacidad; hago chistes desde la discapacidad. Y ahí la diferencia es abismal.
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Ubicado en Monte Chingolo, Lanús, CEDIO es un espacio de talleres y terapias, pero sobre todo un lugar de contención para personas con discapacidad intelectual. A contramano de lo que promueve el Gobierno y la época, estimula a pelear por el cumplimiento de la ley y los derechos, y para que quienes asisten allí, sean cada día más libres e independientes.
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Laura Alcaide, integrante de la Asamblea Discas en Lucha, denuncia los retrocesos que está viviendo su colectivo por el vaciamiento de las políticas públicas que le garantizaban protección. Exigen un proyecto de ley para restituir derechos básicos.
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Diputados frenó el veto presidencial a la Ley de Emergencia en discapacidad. Las familias y los colectivos que se congregaron afuera del Congreso lo festejaron como un gol. Ahora falta el partido en el Senado.
