Paredes que hablan

por Lautaro Romero
04 de octubre de 2018

En La Boca y Barracas, muchas y muchos artistas tomaron el legado de los mexicanos Diego Rivera y David Siqueiros y se juntan para convertir paredones en piezas de comunicación y cultura. Porque, según cuentan, el arte callejero también tiene que dar cuenta de este momento.

Del otro lado de la avenida Montes de Oca, donde el barrio de Barracas se vuelve un pueblo chico, se lee un cartel: “Circule despacio: muralerxs trabajando”. Las líneas, estilizadas y porteñas, son típicas del fileteado. Decoran y no dejan espacio libre por llenar. “Para usted”, agrega el cartel.  

Patricia forma parte del colectivo Fileteadores del Conurbano, que tuvo su origen en 2005. Ya hace algunos años que practica el filete llevado al mural, “al servicio de las causas populares”. Siempre aceptando la dinámica del espacio público, entendiendo que es un arte efímero, y no queda inmortalizado en la pared. “A los reclamos hay que ponerlos en imágenes, hacerlos visibles”, piensa. Esta vez, Patricia se vio atraída hasta la emblemática Quinquela Martín por la iniciativa de organizar una feria popular, como alternativa de trabajo para los vecinos y vecinas barraquenses que producen cosas y no logran comercializarlas. Y además para que articule el recorrido artístico con la Boca y la Villa 21.

A Freddy Filete se lo recuerda como un hombre de la cultura del arrabal y la manifestación social. Un apasionado del género que supo dejar su legado en la ciudad. Son las flores y los espirales color pastel que cubren el frente del Centro Cultural El Conventillo. Ha sido el hogar de Marta desde que llegó al barrio. De ahí en más, una crianza rodeada de gente con identidad colectiva y espíritu solidario. Marta habla con pausa, levanta la vista y busca alimentar el alma en esas paredes que estaban abandonadas, pero hoy transmiten memoria, color y vida. Hace una mueca de satisfacción: “Costó mucho”. Se refiere a la pintura y los recursos para que los muralistas lograran llevar adelante la puesta en valor del barrio. Y al apoyo del CIDAC (Centro de Innovación y Desarrollo para la Acción Comunitaria), para la  construcción del paseo de la Economía Popular, los fines de semana.

A los reclamos hay que ponerlos en imágenes, hacerlos visibles.

Niños y niñas se divierten pintando. Y al mismo tiempo, casi sin saberlo, se involucran con la lucha. Pincel en mano como herramienta comunicacional. Ahí va Lucas Quinto con su hijo a la par: “Esas no las retoques porque les voy a pasar con un color más claro”. Lucas pinta desde los 16, es docente de plástica  y uno de los referentes del muralismo en nuestro país. “Es un estilo de vida. Te permite hablar con el otro, abre una puerta de diálogo con el vecino que no está preparado para ver.  Pero no es un medio masivo de comunicación”, aclara. 

El mensaje debe ser claro, al igual que el sentimiento de pertenencia en las imágenes, situadas en contexto. En las paredes hay un relato en común, un contenido social y cultural que muchas veces habla de la inmigración, la clase obrera y el sentido comunitario. Y no se trata de la exposición virtuosa de un artista, o de tener que ir a un museo para observar. De hecho, Lucas le escapa a esa concepción: “Somos muraleros, trabajadores del arte. Hay muchos muralistas que se sienten ajenos a lo que está pasando. El muralero elige ser parte”.

“Autonomía, dignidad y alegre rebeldía”, se lee en letras negras y libertarias. La rebelión Zapatista grita bien fuerte en Barracas. Corrían principios del siglo XX, tras la dictadura y los nuevos aires de la revolución mexicana. Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros fueron algunos de los exponentes que incursionaron e hicieron visible la técnica del muralismo en México. Movimiento artístico de código universalista, surgido como medio  de expresión para denunciar el abuso que sufrieron los pueblos originarios en ese país, y en toda América Latina. Cabe destacar el desembarco de Siqueiros en el Río de La Plata en 1932, y su trabajo en compañía del artista plástico Antonio Berni, para entender el desarrollo del estilo en la Argentina. “El muralismo está creciendo fogoneado por técnicas nuevas. Está volviendo a sus raíces. Hay que resaltar nuestra cultura, creo que la batalla hoy pasa por ahí”, analiza Quinto.

Cuentan que a base de nobleza y coraje, María Remedios del Valle se ganó el título de “Madre Patria” entre los soldados del ejército del Norte. No cualquiera recibe seis balazos y resiste nueve días de azotes públicos, con el cuerpo marcado a fuego por los españoles. La mirada oprimida, el cabello envuelto en llamas que se reaviva en la pared. Por un momento, Mariano abandona la pieza para charlar con Cítrica, sin dejar de contemplar el rostro afro. Está entusiasmado. Nos cuenta que trabaja haciendo fotomontaje en papel, y que el arte del mural es nuevo para él. “Cualquier transeúnte que viene en auto o caminando, se topa con eso. Es lo más democrático que hay”, asegura.

Entre las tantas organizaciones enlazadas esta tarde de domingo de mates, tortas fritas y carnes y verduras a las brasas; están las chicas de Matria, colectivo por la lucha de género. “Nos tocó la pared más grande”, se entusiasma Inti, quien toma la palabra mientras el resto continúa entre andamios y baldes de pintura. “Hay mucha injusticia dentro del muralismo. A los artistas hombres les dicen maestros, y a nosotras, nada. Nos ha pasado de ser tres mujeres trabajando,  y que pasen y pregunten: ‘¿Quién es el maestro?’ Se piensa que las mujeres somos ayudantes”, dice. La gente del barrio pasa y alienta. Eso ayuda a seguir. “El relato del mural tiene que ser de lo diario, todo aquello que es posible. Pintamos engranajes en símbolo del trabajo, jugamos con lo discursivo, lo público y los conventillos”.

El muralismo está volviendo a sus raíces. Hay que resaltar nuestra cultura, creo que la batalla hoy pasa por ahí

Ulises es joven. Tiene conocimiento y experiencia en dibujo y pintura, aunque tampoco está familiarizado a pintar en paredes. “Tuve que aprender a usar materiales nuevos, a trabajar subido a una escalera. A poner el cuerpo”. Muy distinto a los cuadros y piezas chicas que suele exponer en bares. Es consciente de que por más que haya mucha gente pintando, las oportunidades no son iguales para todos. “Se trata de combatir, estar en la calle. Es muy diferente a estar encerrado en un cuarto, con todo a tu disposición. Para mí esto es amistad, amor y familia”, suelta Mariano.

Les toca vivir para y por el arte. Carolina deja sus pinceladas en esa pared, para que el hambre no duela tanto. Confiesa que posee un don, y al mismo tiempo la persigue una condena. Un sentido propio tan fuerte que no se adapta a lo establecido: “Por eso hay que buscar otras maneras de comunicar lo que sentimos”.

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