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"Negar nuestra existencia en Argentina también es una forma de racismo"

por Revista Cítrica
Fotos: Rodrigo Ruiz
13 de octubre de 2026

En nuestro stream No es por ahí, del canal Posdata, la candombera y activista afro Sandra Chagas reflexiona sobre cómo opera la discriminación cotidiana, la apropiación del término negro y las deudas históricas del Estado frente a la comunidad afrodescendiente e indígena en el país y la región.

Antes de empezar el programa de No es por ahí, o la entrevista o charla sobre racismo en Argentina, Sandra Chagas toma una hoja –varias hojas– y lee:
•    5 de abril de 1996: Hace por lo menos 30 años, asesinaron en la ciudad de Buenos Aires a José Delfín Acosta Martínez. Hoy hay una condena internacional de la Corte IDH (OEA) por caso de gatillo fácil, y condena internacional desde el 31 de agosto de 2020 por racismo, tortura y muerte. Jurisprudencia internacional de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (OEA).
•    25 de agosto de 1996: Asesinan a Mocha Celis, mujer trans, de un disparo en la cabeza a los 33 años. A José Delfín lo asesinaron a los 32.
•    Septiembre de 1996: Tupac Shakur, músico rapero de Estados Unidos, es asesinado a los 27 años.
•    10 de enero de 2001: Marcelina Meneses (31 años) y su hijo Alejandro (de 10 meses) fueron arrojados de un tren en la ciudad de Avellaneda, viniendo desde Quilmes. Ella era de nacionalidad boliviana. Los testigos determinaron que fue un ataque xenófobo y racista. Este asesinato dio lugar a que en 2012 se aprobara el Día de la Mujer Migrante.
•    14 de febrero de 2002: Ezequiel Demonty, obligado a tirarse al Riachuelo por un grupo de policías a los 19 años. Muerte, privación abusiva de la libertad y torturas reiteradas. Tres policías y sus cómplices fueron condenados por violencia institucional y por su asesinato.
•    31 de enero de 2009: Luciano Arruga tenía 16 años. Entre ocho policías bonaerenses desaparecieron su cuerpo, que apareció enterrado como NN en 2014 en el cementerio de la Chacarita. Es el día de hoy que su familia busca y sigue reclamando juicio y castigo a los culpables.
•    Marzo de 2016: Massar Ba, activista de derechos humanos senegalés, 45 años. Caso sin esclarecerse: nunca se supo qué sucedió para llegar a su asesinato. Lo asesinaron a dos cuadras del Departamento Central de Policía.
•    18 de enero de 2020: Fernando Báez Sosa, 18 años, asesinado por un grupo de ocho jóvenes rugbiers a golpes y patadas mientras le gritaban "negro de mierda". Están en prisión, algunos con perpetua y otros con condenas de 15 años.
•    17 de noviembre de 2021: Lucas González, 17 años, asesinado por tres policías, sumados a otros cuatro que encubrieron el accionar policial. Homicidio quíntuple agravado por haber sido cometido con arma de fuego y con alevosía. En el fallo judicial de Lucas González, la justicia argentina determinó que los policías actuaron bajo un claro perfilamiento racial y estereotipos de discriminación. El tribunal concluyó que los agentes seleccionaron y atacaron a Lucas y a sus amigos premeditadamente, guiados por prejuicios sobre su color de piel, su vestimenta y el barrio de donde provenían. El fallo histórico estableció que el accionar de los policías estuvo motivado por el odio racial. Esta figura clave procedió en cumplimiento junto con la sentencia de la Corte Interamericana usada en el caso de hace 30 años de José Delfín Acosta Martínez.


Después de leer y de enumerar todos estos episodios, Sandra dice: “Preparé esto porque vamos a hablar de racismo. Y lo más fuerte que tengo para decir es que el racismo mata: te mata socialmente, pero también te mata de verdad. Y eso que no traje otros casos recientes, como lo que sucedió con las tres compañeras lesbianas en Barracas... Porque el color de piel por ser negro es una cosa, pero después vemos las diferentes identidades o fenotipos y vamos a las cárceles a ver quiénes están ahí. De hecho, recuerdo el caso de Yahaira Falcón; lo recuerdo porque junto a otros compañeros y compañeras logramos que no fuera estigmatizada ni metida presa. Ahí estuvo la abogada Luciana Sánchez y un montón de colectivos que nos juntamos para que no fuera criminalizada allá por el 2013 o 2014. Pero esto está sucediendo en todas partes”.

–Se habló mucho este último tiempo -sobre todo a partir del Mundial, de Mbappé o de lo que pasó con la senadora paraguaya- de ese señalamiento desde Europa hacia Latinoamérica en que dicen "ustedes son racistas", cuando sabemos la historia colonial que hay detrás. ¿Cómo diferenciás ese racismo estructural que viene de los colonizadores respecto del racismo que reproducimos nosotros mismos siendo los colonizados?
–La realidad es que la gente que vino por voluntad propia a estos territorios a colonizar no se fijó quiénes eran los habitantes ni les importó quiénes estaban ahí. Quedamos subsumidos en diferentes categorías. Nosotros, como esclavizados, no teníamos derecho a nada: ni a comer, ni a vivir, ni a ser, ni a tener nombre. Fuimos denominados "los negros". Nosotros nos apropiamos de la negritud y la defendemos, pero la realidad es que la colonización le hizo mucho mal al mundo. Por otro lado, la población originaria la integran las comunidades indígenas, que son 48 naciones en la Argentina, y no es un dato menor que existan al día de hoy con su territorio, su idioma y una historia de más de 5000 años. Todo eso queda siempre tapado porque la blanquitud se apropia de todo.

–Y esto que se repite tanto de "en Argentina no hay racismo porque no hay negros", esa invisibilización también es una forma de racismo...
–Sí, es una manera de negar nuestra existencia. Negar la existencia es ser racista negando el racismo; es decir "a nosotros no nos pasa". Y no hablo solo de Argentina, sino de toda Latinoamérica y el Caribe. Pasa en todos lados: en Estados Unidos la pasan muy mal, en España la negritud la pasa re mal. Yo acá puedo salir a caminar a la calle y, aunque puede haber un acto racista o alguien que intente molestarte, no es que la gente se te tire encima a ejercer violencia física directa de entrada. Lo que pasa con los mundiales cada cuatro años es que se ve un escalamiento de la violencia. Hoy es hacia el racismo, mañana será hacia otra cosa. Pero para mí, eso de que "en el fútbol no hay política" no es cierto: todo eso es un acto político. Decir, señalarte, bajarte... Resulta que ahora Francia tiene todos jugadores negros y el presidente francés parece más panafricanista que nosotros [risas]. Es una cosa impensada.

–¿Considerás que esta agenda que instala la derecha de hacer ver a la Argentina como el país más racista es una forma de infundir miedo para que no vengan migrantes negros y así evitar que haya población negra acá?
–Pienso que es una cuestión instalada para eso, pero la realidad es otra. Veo un gobierno y un presidente racistas, pero no veo a toda la población racista en sí. Hay muchas formas de racismo: solapado, encubierto, directo, el que discrimina y el que asesina. Pero a mí me preocupa el racismo crudo y duro, porque estas escaladas terminan en esos lugares. Esas fuerzas policiales son las que van a las villas, a los asentamientos, las que se meten en las casas y desalojan a gente que hace 30 o 40 años que vive ahí porque aparece de la nada un supuesto dueño. ¿A dónde va esa gente? Yo vivo en Once y ya vi como seis o siete desalojos.

–Y habrás visto también cómo arrasaron con los trabajadores senegaleses que estaban sobreviviendo ahí. Muchos se tuvieron que ir.
–Todo el mundo se tuvo que ir: las personas que vendían en las puertas, todos. Levantan a la gente que no tiene dónde dormir sin darles un albergue, y es una limpieza étnica y racial. Los que están durmiendo en la calle son los pobres. Y ahí tampoco hay discriminación en el empobrecimiento: vas a ver negros y blancos, gente que no se ve étnicamente racializada pero está empobrecida y tirada en la calle. Y encima orquestado por personajes que no necesariamente son blancos.

–Claro, personajes alienados que reproducen un discurso contra su propia propia matriz identitaria. Es muy fuerte ir a los juicios y ver a los policías y a los chicos que asesinaron y pensar: "Podría ser tu hijo".
–Exacto.

–¿Cómo ves el caso de Brasil, que tiene condenas penales efectivas para los casos de racismo? Como por ejemplo lo que pasó con la abogada argentina que tuvo un exabrupto racista allá. ¿Qué te parece esa vía?
–Me parece excelente. Excelente porque venís de otro país y vas a acusar a alguien diciéndole "mono"... ¿Cuál es el sentido? Te puedo decir un insulto o una puteada fuerte, pero ¿por qué comparar con un animal? Es hecho a propósito y con toda la connotación racista; no hay manera de taparlo. A mí me parece perfecto, ojalá tuviéramos una ley así acá. No tenemos ni un Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI) ahora.

–Claro, y cuando una sociedad no acepta que hay racismo, es muy difícil avanzar. En Brasil hubo un proceso histórico muy largo para llegar a tipificarlo como delito penal.
–Si no existe la ley, no hay forma de controlar. Nos toca a los activistas hacer el trabajo de concientización. No creo que haya activista que no haya ido a una cárcel, a un colegio o a un programa de radio a hacer docencia. Tratamos de construir una sociedad mejor para todos, pero no alcanza porque el aparato policial y el judicial están infectados de racismo y clasismo.
¿Conocen alguna compañera trans que sea jueza o que esté en el Poder Judicial? Conozco abogadas, pero no en lugares de poder. Acá no tenemos ni una persona afrodescendiente en un cargo político a quien poder referenciarnos institucionalmente para decir: "¿quién puede defenderme?". Hay un puñado de abogados afrodescendientes, pero sin recursos; y sin recursos todo se vuelve difícil. En el grupo en el que yo activo, el Movimiento Afrocultural, allá por 2008 o 2009 sufrimos nuestro primer desalojo. Fuimos considerados el "último quilombo urbano" de la Ciudad de Buenos Aires, pero nos desalojaron igual: 20 familias, 60 personas, se fueron a la calle con un subsidio que no alcanzó ni para un mes de hotel.

–¿Qué significa "el último quilombo"?
–"Quilombo" es un espacio de resistencia y lucha. Los quilombos existen desde siempre (como el Quilombo de Palmares). Por eso es racista usar la palabra "quilombo" en el habla popular como algo malo, desastroso o ligado al lío. Pasa lo mismo cuando se dice "trabajo en negro": nosotros hicimos un trabajo de docencia para que se diga "trabajo registrado" o "no registrado", aunque el modismo se siga repitiendo.

–Yo tenía la referencia histórica de los quilombos como espacios de refugio afro en Brasil, pero no en un contexto urbano. ¿Qué valor histórico tenía este lugar y dónde estaba?
–Fuimos considerados el último lugar urbano donde la comunidad se reunía y tenía su propia visión de las cosas. Estaba en Barracas, en la calle Herrera 313. Venimos de un grupo cultural afro desde 1982. En 1996 asesinaron a José Delfín Acosta Martínez, que era referente de ese espacio. Nos criamos prácticamente juntos: yo bailaba candombe con él (él hacía de Negro Viejo y yo de Mamá Vieja). De ahí nació una comparsa como homenaje a él y a los afrodescendientes en Argentina, y luego se convirtió en el Movimiento Afrocultural a partir de la crisis del 2001. A Marcelina Meneses la asesinaron un 10 de enero de 2001 arrojándola del tren con su hijo, un hecho tremendo que pasó sin pena ni gloria por ser boliviana. Ahí está el tema de la extranjerización: quién es propio y quién es ajeno. Hasta a las personas del interior de la Argentina que no son fenotípicamente blancas las tratan como extranjeras en su propio país.

–Sí, como cuando le preguntan a alguien del norte de dónde viene y al responder "de Salta", reaccionan como si fuera otro país...
–Nos dividieron en países, pero las comunidades originarias y afro trascienden esas fronteras artificiales. Quechuas, aymaras o wichís hay en todas partes. Compartimos entre Uruguay y Argentina la historia del pueblo charrúa o del pueblo guaraní en toda la cuenca del Río de la Plata. Por eso, al definir nuestras identidades, yo me reconozco como negra y afrodescendiente. Y digo "negra" con orgullo porque cuando era chica decirte "negra y candombera" era un insulto, mientras que hoy en día muchos se apropiaron del término.

–Si una persona está hablando de un caso y dice "una persona negra" o "una persona afrodescendiente", ¿en qué medida se considera racista o cuál es la manera correcta de decirlo?
–Lo ideal y formal es decir afrodescendiente. Pero el uso de la palabra "negra" depende del contexto, del tono y de la intención. A mí me ha pasado que me digan despectivamente "negrita" y no me cae bien. El término afrodescendiente se acunó en la Conferencia de Durban en 2001, justamente para enmarcar esta identidad. Hay personas que fenotípicamente pueden verse blancas pero tienen raíces afro. Por eso también se habla de personas racializadas.

–¿Y cómo se trabaja el tema del racismo con las infancias dentro de la familia?
–Con las infancias afrodescendientes se habla desde muy temprana edad y hay que generar mecanismos de defensa porque van a colegios con estructuras aún colonizadas donde sufren bullying. Es complejo construir la identidad cuando tenés un choque entre lo que vivís en tu casa y lo que pasa afuera, donde sentís que tenés que estar a la defensiva.

–¿Notás un incremento en la discriminación o en la tensión en la calle a partir de los últimos tiempos con el avance de discursos más conservadores?
–Lo que más pánico me da es la violencia policial. Yo soy de ir a las marchas, pero me tengo que cuidar porque si me hacen contravenciones me arriesgo a persecuciones o problemas con la residencia por ser nacida en Uruguay. Yo construí mi vida acá, amo a este país y no quiero quedar expuesta ni que usen algo en mi contra para perjudicar al colectivo. Hablar del caso de José Delfín ya es estar expuesta: los policías que lo asesinaron a golpes están libres afuera. La gente que no está en el activismo muchas veces no se da cuenta de cómo opera la policía en la cotidianidad por perfilamiento racial, parando y requisando arbitrariamente a los pibes solo por su color de piel o su aspecto.