Miguel Grinberg: la música sin tiempo

por Agustín Colombo
Fotos: Juan Pablo Barrientos
05 de octubre de 2019

El mítico periodista de rock y de tantas otras vanguardias organizó el festival Mariposas de Madera, donde leyendas de la música nacional compartirán escenario en el Gran Rex (CABA). El recuerdo de Spinetta, los cambios con respecto a los orígenes y una frase que le duele: “El rock como género quedó atrás”.

Afuera llueve. El agua golpea el techo del tinglado que se ve por la ventana de su departamento mientras Miguel Grinberg camina lentamente hacia su sillón. El aire plomizo de Buenos Aires acompaña esa imagen: la imagen de una historia. A pesar de las dificultades propias de su edad, el maestro de 82 años, el primer narrador del rock nacional y de tantos otros movimientos de vanguardia, no se detiene. Camina más lento que en los 60, 70 y 80, que cuando dirigía las revistas Mutantia y Eco Contemporáneo, incluso más lento que cuando participó en la creación de Cítrica, en 2010, pero sigue avanzando. Ahora, en el camino, está Mariposas de Madera, la segunda edición del festival de leyendas de la música nacional que hoy –sábado 5 de octubre– se hará en el Gran Rex.   

“El año pasado era distinto —cuenta Grinberg—. Se llenó el Gran Rivadavia y se quedó mucha gente afuera. Nos dijimos: qué hacemos con esa gente que se quedó afuera. Entonces ahora contratamos el Gran Rex. Todo fiado. Porque no tenemos una empresa que nos respalde. Somos un grupo de músicos, productores y periodistas. Y nos tiramos a la pileta en medio de esta crisis.”

—¿Cómo se consigue fiado el Gran Rex?
—Tengo historia con el Gran Rex porque fui durante mucho tiempo publicista de la Columbia Fox. El circuito que nos representaba era el Rex, el Metropolitan y los grandes cines que desaparecieron. Tengo relaciones de confianza desde ese tiempo. Y cómo vieron que el año pasado se quedó gente afuera, apostaron con nosotros a que era posible reproducir la expresión. Y ahí estamos, en la incógnita. La boletería va a decir la última palabra.

—Como en los viejos tiempos: contar las entradas en medio del concierto.
—Claro. Y tuvimos una osadía. Tratar de correr la barrera que separa la música en bloques, en estancos. Convocamos a gente del rock, pero también del folclore y de la música popular. Algo que por lo general no se hace. Tenemos individualidades surtidas. Patricia Sosa, Lito Lebbia, Ricardo Soulé. Pero también tenemos a Víctor Heredia, a Piero, que siempre flipean y aparecen en recitales, pero no nominalmente. Y también hijos de rockeros, como Luciano Napolitano y el Gato Azul, el hijo de Miguel Abuelo.

"No tenemos una empresa que nos respalde. Somos un grupo de músicos, productores y periodistas. Y nos tiramos la pileta en medio de esta crisis”

Miguel sigue nombrando apellidos ilustres, algunos olvidados en el sedimento musical de la Argentina. Son todos los que están en la cartelera del Gran Rex. Todos los que aparecen en los afiches callejeros pegados por las calles de Buenos Aires. Miguel dice que está cansado, que esta vez le costó más que otras veces, y habla de los egos de los artistas y también de algunos de sus representantes, con los que arreglaron algo y a las pocas semanas quisieron cambiarlo.   

—¿Cambió mucho con respecto a esos orígenes en los que participaste y amplificaste?
—Ha cambiado porque los músicos se profesionalizaron. Empezaron a tener agentes de venta, publicistas, relaciones públicas, mánagers, y cada uno empieza a picotear un granito de maíz en el gallinero. No sé si va a haber un tercer festival de Mariposas de Madera. Estamos poniendo todas las pilas en éste. 

—Las nuevas generaciones relegaron al rock y se fascinan con el trap y otros nuevos géneros. ¿Hablan de eso los músicos legendarios?
—Cada músico tiene su repertorio y su idiosincrasia. No se trata de demostrar nada, salvo que la música es una sola. El rock como género quedó atrás. Pero porque quedó atrás también la dinámica de producción. En los 60 y 70 no existía internet, y ahora los músicos producen sus discos de manera online. Al mismo tiempo, personalidades solitarias, innovadoras y renovadoras, hacen sus discos así. Esa es la vanguardia de ahora. Es música pero con otro matiz. Los pibes están en otra óptica: en la vanguardia, en la experimentación, están en el personalismo. Antes no existía eso. Antes la música era una sola, y ahora es un mosaico inmenso. Es eso lo que estamos tratando de documentar. Produce menos rating, pero produce más música.

Los pibes están en otra óptica: en la vanguardia, en la experimentación. Antes la música era una sola, ahora es un mosaico inmenso

A unos metros de donde está sentado, la foto de Miguel y Spinetta juntos y riéndose recibe a cada visitante que entra a este departamento. Es lo primero que se ve, una luz inevitable en este living. Arriba y abajo de esa imágen, hay dos mariposas hechas en madera: en la de abajo dice Miguel Grinberg. En la arriba, Luis Alberto Spinetta. "Sigue acá porque no hay acuerdo en la familia. No sabemos quién la va a recibir", se ríe. 

—Esta semana se estrenó un documental biográfico sobre el Flaco Spinetta. Vos fuiste su amigo. ¿Qué te pareció? 
—Lo que yo enganché a ver me pareció una belleza, imagenes que no habíamos visto nunca. Un trabajo de producción hermoso. Eso es lo que viene ahora: la reconstrucción del pasado. Para la nostalgia, para el archivo de la memoria, para el goce particular. Y ahí estamos. Somos parte de esa generación pasada.

—¿Si tuvieran que hacer un documental sobre tu vida, o sobre las distintas vidas que tuvo tu vida, que te gustaría que eligieran? 
—Picotié en muchos gallineros. Será de acuerdo a los intereses de los admiradores que surjan. Yo fui siempre ecuménico. Navegué en distintos pozos, en líquidos sobre el desierto. No me lo plantee cuando estaba bailando, pero me di cuenta que la polka que bailaba era distinta a la de la década anterior. Me dediqué a reconstruir momentos particulares. La suerte, y la entrega mia personal, me colocó en el foco. Mi historia empezó en un escritorio de la Editorial Abril, como crítico musical de la revista Panorama, cuando me llama mi amigo Juan Carlos Kreimer y me dice: “Tenes que ir esta noche al Teatro del Altillo, Florida 640, a escuchar algo. Después hablamos”. Se presentaba un grupo llamado Los Beatniks. Cuando lo escucho, me quedé paralizado porque descubro una originalidad, algo que no existía en esa época. En ese momento lo que había era Club del Clan, era pop. No había rock. Y cuando salieron los primeros discos, ni siquiera se usaba la palabra rock. Se usaba la palabra shake. Hicimos la nota y empecé a frecuentar la casa de Moris Birabent. Y de ahí en más se fueron encadenando los hechos. Siempre le presté atención. Y después fueron mis notas en La Opinión. Y después mi primer libro, Un mar de metales hirvientes. Saqué 50 libros. No hay un tipo tan polifacético como yo. Por eso, quiero que en el tiempo que me queda seguir documentando cosas trascendentales.

—¿Y qué es lo trascendental hoy?
—Hay una vanguardia que la componen músicos que no tienen cartel de exitosos. Algunos de Argentina, algunos que no están acá. Son de vanguardia. Ni siquiera son de rock. Lo trascendental está ahí.   

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