“Mamá, ¡mataron a dos compañeros!”

por Martín Estévez
Fotos: Juan Pablo Barrientos
25 de junio de 2022

A 20 años de la Masacre de Avellaneda, un periodista de Cítrica homenajea a Darío Santillán y Maximiliano Kosteki contando cómo una inocente anécdota familiar le cambió la vida para siempre.

La mentirita de escribir prolijo queda bien para algunos temas pero Darío y Maxi son símbolo doloroso y vivo, carne y sangre de la lucha cuerpo a cuerpo contra este sistema inmundo que nos hace vivir angustiades hasta el hartazgo, que nos lleva a una vida contradictoria, atada, enojada o evasiva. Hace 20 años pasó lo que pasa desde hace siglos: asesinos cómplices de asesinos poderosos mataron a personas que luchaban por sus derechos. Esas personas, el 26 de junio de 2002, se llamaban Darío Santillán y Maximiliano Kosteki.

Hace horas que trato de escribir sobre ellos, pero no hay texto, no hay título, no hay recurso periodístico que explique por qué los históricos sufrimientos de les oprimides estaban encarnados en un artista como Maxi, asesinado, masacrado a sangre fría por ese monstruo salvaje llamado policía. No hay texto que transmita lo que hizo Darío ese mediodía: arriesgar su vida para no dejar a un compañero morir solo. Decisión profunda, ética, valiente, casi imposible de decidir para casi toda la humanidad.

¿Por qué, en medio de la masacre, Darío volvió a la estación de Avellaneda? “Darío volvió por todos. Por su hermano y por su novia. Por sus compañeros del barrio y los demás. Por Maxi agonizante. Por los que, ante el peligro, no nos decidimos a volver. Volvió Darío a la estación por pura consecuencia con los valores, así sencillos, cotidianos y revolucionarios, que aprendió y predicó en su militancia. Por aquellos compañeros caídos que reencarnan en cada piquetero que lucha y que volvían a caer con Maxi, Darío volvió. A dejar testimonio con su vida de que, aunque nos sigan matando, seguiremos resistiendo”. Las palabras de sus compañeres en el libro Darío y Maxi: dignidad piquetera son un poco más Darío de lo que yo pueda escribir en millones de letritas.

No hay texto que transmita lo que hizo Darío ese mediodía: arriesgar su vida para no dejar a un compañero morir solo.

Porque (para qué mentir) el asesinato de Darío y Maxi me pasó más lejos que cerca. El país era un infierno y solo pensaba en ayudar a mis personas más cercanas. Lo que quiero contar no pasó el 26 de junio de 2002, sino semanas después, en una mesa familiar. Mi primo contaba una anécdota curiosa, casi graciosa para todes.

“La mamá de Rodri no lo podía creer. El otro día estaba durmiendo y a la mañana Rodri la despierta llorando, desesperado. ‘¿Qué pasa, hijo, qué pasa?’, le preguntó ella, y él le dijo: ‘Mataron a dos compañeros. Mamá, ¡mataron a dos compañeros!’. La mamá pensó que eran amigos de la escuela, o algo así, y se preocupó un montón, hasta que Rodri le explicó que habían matado a unos que habían hecho un piquete, y siguió llorando. La mamá no entendía nada”.

“¡Ay, este Rodri con esas cosas!”, dijo alguien. Otro alguien se rio. Y no recuerdo más. O sí: recuerdo que no me pareció gracioso. Que algo nuevo me recorrió el cuerpo. Yo no sabía quiénes eran Darío y Maxi, no me conmovió su muerte: fue el dolor de Rodri lo que me conmovió. 

No quiero decir que el resto de mi vida quedó marcado solo por ese momento: muchos hechos, contextos y azares nos conforman. Pero si veinte años después sigo recordándolo tan fuerte, con tanta conmoción, si sigo dando vueltas a la madrugada pensando qué decir sobre Darío y Maxi, es porque ese momento me atravesó de lado a lado: estaba sintiendo en lo más hondo el dolor de alguien ante la injusticia. Me estaba doliendo a mí también, y me duele ahora.

¡Darío volvió para buscar a Maxi, aunque no lo conocía! ¿Cómo no iba a llorar Rodri?

Había algo, sembrado hace mucho, que empezó a crecer. En las múltiples causas siempre hay alguna decisiva: Rodri llorando por personas a las que no conocía, pero que le resultaban “compañeros” porque luchaban por un mundo más justo, se convirtió en una de las paredes del edificio que soy. Del edificio que también construyeron con sus manos Darío y Maxi.

Este es el homenaje que quiero hacerles: decirles que soy un poco ellos. Contarles que se le metieron en las tripas a un pibito de 18 años que tal vez hubiera jugado para el lado de la apatía, o de la tibieza, o de quien sabe qué cosa que no sea vivir honestamente y luchando por la distribución de las riquezas emocionales, culturales, económicas de este mundo casi siempre espantoso.

Todo mi recorrido por la autogestión, los movimientos sociales, las asambleas, la vida comunitaria está hermosamente regada por Darío y Maxi, como símbolos de montones de personas que lucharon y luchan para que otres sufran menos, apaguen el hambre, sean felices.

¡Darío volvió para buscar a Maxi, aunque no lo conocía! ¡A Darío lo mataron por agarrar de la mano a un compañero para que no muriera solo! ¿Cómo no iba a llorar Rodri? ¿Cómo podemos vivir tranquiles en un mundo donde cada 6 segundos alguien muere de hambre mientras otres tiran comida?

Darío era consciente de lo que estaba haciendo y lo contó en una entrevista que le hicieron semanas antes de su asesinato y que está en YouTube: “Hay que enfrentarse directamente con el poder, el mismo poder que todos los días nos está cagando de hambre, que todos los días hace que se mueran los pibes, que todos los días hace que en los hospitales no haya remedios, que todos los días hace que la educación sea mucho más baja porque sabe que educándonos podemos hacerle frente con conocimiento”.

Si escribo en Cítrica, una cooperativa que me deja expresarme como se me canta, y no en otro lado, no es únicamente por Darío y Maxi. Pero sería imposible sin Darío y Maxi, sin el llanto de Rodri, sin mi primo contando la anécdota que recuerdo una madrugada veinte años después.

¡Ya quisiera yo, Darío y Maxi, saber qué decir para meterme en las tripas de otres y transformarles como ustedes me transformaron! No lo sé, pero desde hace veinte años hago todo todo todo lo posible para lograr que otras personas, que podrían terminar en la apatía, en la tibieza o en quién sabe qué cosa, sientan en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Para lograr esa magia honesta, real y sana que ustedes lograron conmigo.
 

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