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Maldición, va a ser un día...

Diego Pintos
05 de junio de 2026

Empiezo por mi principio. Una semblanza ricotera, perdida en alguna parte y encontrada donde la arrojaron las tempestades.

La vida no sabe cuándo comienza. ¿Dónde nace todo esto? Yo no me acordaba la fecha. No me acuerdo de casi ninguna fecha. Fue El Ghetto de Los Pibes el que, hace apenas unos días, le puso calendario a un recuerdo que ya era más sensación que memoria. Porque los recuerdos mienten un poco. Siempre fue así. Pero yo me lo acuerdo así: como un Giacumín, un carbuña de trece años, parado en la esquina de Airport, a metros del Puente Saavedra.

Era el 25 de noviembre de 1988. Calor y humedad en un rincón de la ciudad de la furia.

En aquel entonces, un pibe podía andar solo por las calles de su barrio. O al menos así me parecía. La aventura consistía en llegar hasta la puerta. Nada más. Sentarse en el cordón. Mirar entrar a la gente. Escuchar desde afuera. Y yo escuchaba aquello e intentaba imaginarlo todo, como quien sigue un partido de fútbol por la radio.

Así sonaba desde Avenida Cabildo al 4300:

¿Qué podía entender un pibito de trece años en aquellos lejanos ochenta? Era otro mundo. Inimaginable desde estos tiempos. Sin teléfonos en los bolsillos, con poco tránsito en las calles, sin la tiranía de los horarios, casi sin televisión en casa. Había libros, había historietas, y estaba esa imagen difusa del rock que aparecía quién sabe dónde. Tal vez en los costados de los kioscos de revistas, entre tapas gastadas y afiches imposibles.

Y me pregunto ahora: ¿qué puede entender un pibito de más de cincuenta años, abrazado a un puñado de vivencias rockeras que jamás envejecerán?

Fontanarrosa escribió alguna vez sobre Maradona: “Qué me importa lo que Diego hizo con su vida; me importa lo que hizo con la mía”. La frase también le cabe al Indio. Y a esta banda inconsolable de perros sin folleto y brujas de alma sencilla que todavía hoy nos apretamos unos contra otros cuando suenan esas canciones.

La verdad es que nunca se sabe bien qué y cómo escribir, en pleno rito de un corazón sangrando. Un duelo que algunos veníamos haciendo en silencio, por los rincones, desde hace muchos años. Como el de tantos otros. Con esa señora silenciosa -que cuenta Don Juan Matus- que siempre está apoyada sobre tu hombro izquierdo, recordándote cada día que somos finitos. Esa que el brujo aconsejaba mirar siempre y pedirle consejos para quitarle importancia a las preocupaciones cotidianas. 

Y, al mismo tiempo, nunca termina aquello que seguimos trayendo al presente una y otra vez. Lo que se recuerda con intensidad nunca se va del todo.

Rabia y combate. Lucha y resistencia. Honestidad y genuidad. Siempre así. Un rock para los dientes apretados. Un rock para contagiar coraje cuando escasea.

“Yo he tenido bandas de combate; no he tenido bandas de entretenimiento”.

Eso.

Un harapo de lágrima en los ojos. Un resoplo largo. Y la certeza de contar con canciones que siguen peleando junto a nosotros, con los puños en alto, deseando al final hacer la revolución con una canción de amor. En la resistencia está todo el hidalgo valor de la vida. En este día, y cada día.