"En este 2020, la solidaridad siempre fue por abajo"

por Revista Cítrica
Fotos: Vicky Cuomo
28 de diciembre de 2020

Nicolás Caropresi, uno de los referentes del MTE, escribe sobre trabajo y economía, pero sin planillas de Excel, datos fríos ni nada de eso: conociendo cómo fue la subsistencia y el rebusque de quienes ni siquiera aparecían en el radar del Estado antes de la pandemia. La diferencia con "los inversores y dadores de trabajo" y un plan integral para resolver las urgencias de la Argentina.

Por Nicolás Caropresi.

Referente del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) y UTEP.

 

Nadie esperaba que después del invierno macrista las cosas pudieran empeorar. Es decir, sabíamos que íbamos a tener que salir de un pozo con muchísimo esfuerzo pero nada novedoso para la sociedad argentina. De pronto un virus que resonaba en el Oriente se extendió por todo el mundo sin que nadie tuviera una explicación clara de cómo darle batalla.

Finalmente había algo peor que el invierno macrista. Con un gobierno recién entrado en gestión, con una sociedad polarizada entre los que lo tienen todo versus los y las que no tienen nada. O mejor dicho: los que lo tienen todo gritando fuerte para que muchos crean que la culpa es de los y las que no tienen nada.

Cartoneras, trabajadores y trabajadoras rurales, ambulantes, cuidacoches, todos y todas aquellas que se la rebuscaban para vivir, quizás con algún derecho pellizcado, tuvieron que abandonar lo que hacían para poder comer porque la forma de cuidarse del bicho era guardarse en casa, tratando de entrar en contacto con la menor cantidad de gente posible.

Había que cuidarse y había que cuidar al resto. Y aguantaron lo que pudieron, incluso meses, antes de salir de nuevo porque ya no se podía más, a pesar de la gran cantidad de comedores populares dando batalla todos los días para que a nadie le faltara un plato. No estaba alcanzando y para colmo todo se empezó a poner más caro. El IFE fue una inmensa bocanada de aire para el pueblo pobre, incluso disminuyó el nivel de asistencia a las ollas populares.

Había que cuidarse y había que cuidar al resto. Y aguantaron lo que pudieron, incluso meses, antes de salir de nuevo porque ya no se podía más

Después la relajación de la cuarentena abrió un poco las puertas para volver al laburo. Obviamente ahí seguían las pandemias anteriores: policías persiguiendo y  secuestrando mercadería; patoteros guardianes del espacio público que resultó tener dueño. Hay menos plata en la calle, hay menos consumo, falta cliente y cartón, la pandemia anterior a la pandemia estaba empeorando. Casi cuatro millones de personas están en este momento viviendo en la indigencia, es decir que no estarían recibiendo ingresos para comer todos los días y unos cuantos millones más en la pobreza.

El mundo se paró, la economía se paró, todo puso freno de mano. Bueno, en realidad no todo, los negocios de algunos siguieron a toda máquina. Mercado Libre hace más guita que nunca. La soja sigue creciendo con total normalidad pero sin vender los granos. Se permiten el chantaje porque todavía no les convence el precio del dólar en moneda local y contra toda lógica logran rebajas en las retenciones en el momento más delicado para el país. Mientras los fugadores la siguen teniendo afuera, los megamillonarios no pagaron impuesto alguno y mucho menos fueron solidarios.

En este 2020, la solidaridad siempre fue por abajo. En los barrios, en los hoteles familiares, en las villas, en las barriadas populares se puso de pie casi como un ejército de miles de almas la maquinaria de la comunidad. Miles de veredas se convirtieron en cocinas temporarias para repartir de la mejor manera posible la mercadería que se conseguía. Ramona, Pelu, cientos de compañeras y compañeros dieron la vida en el frente de batalla, acercando comida, medicamentos o elementos de limpieza e higiene.

Después la relajación de la cuarentena ahí seguían las pandemias anteriores: policías persiguiendo y patoteros del espacio público

En un acto de compromiso para con quienes no cobran nada, quienes cobran un salario social complementario se sintieron en la responsabilidad de entregar su tiempo y su salud para acompañar a todos y todas en el mismísimo abismo. Mientras tanto los inversores, los supuestos “dadores de trabajo”, escondieron la producción o simplemente decidieron dejar de producir para ajustar aún más la soga sobre el cuello de nuestro pueblo.

No se consigue cemento, chapas, hierro, acero para poner en marcha la integración sociourbana de las barriadas populares y así empezar a mover la rueda del trabajo cooperativo. Especulan con el dólar. No les preocupa la conservación de la industria sino que el Estado garantice su tasa de ganancia. Los laburantes viven en la peor de las incertidumbres mientras los privilegiados se acostumbraron a los negocios sin riesgo, no vaya a ser que ganen un poco menos: son monopólicos y rentistas.

Cuando el Covid se convirtió en un problema mundial, muchos nos preguntamos si este iba a ser un momento de reflexión para la sociedad en su conjunto, para pensar una nueva normalidad. Si después de la pandemia íbamos a salir mejores o peores. Desde las organizaciones de la economía popular, el sindicalismo de los trabajadores y trabajadoras en relación de dependencia e incluso organizaciones de la Iglesia trabajamos en una idea no muy novedosa pero, al parecer, mala palabra en la actualidad. La planificación como técnica de gobierno ha sido hasta antes de la dictadura el alma del peronismo. En cambio el discurso sin lineamientos claros, sin presupuesto orientado y sin plazos, no es más que la forma que ha encontrado el neoliberalismo para la pose política, para persistir incluso en gobiernos que lo cuestionan. Muy diferente a la convicción de garantizar la justicia social o de utilizar las palancas del gobierno para vivir en una comunidad organizada y por lo tanto más justa.

El Plan de Desarrollo Humano Integral es una planificación en ese sentido, es un plan elaborado desde los últimos para discutir con los de la cima cuáles son las urgencias y lo importante a resolver para sobrevivir como pueblo; como ordenar la economía para poder garantizar los derechos humanos de todos y todas. Es lo que creemos necesario para salir de la tragedia viral mejores, sin volver a las tragedias previas a la hecatombe del Covid-19.

El Plan de Desarrollo Humano Integral es un plan elaborado desde los últimos para discutir cuáles son las urgencias a resolver como pueblo

Ni la lluvia de inversiones, ni un poroto que crece como zombi, ni los escondedores de dólares, ni los que paran la producción para desestabilizar gobiernos van a actuar en beneficio de la comunidad por sí solos. Su linaje, su casta y sus intereses los hacen predatorios y fabricantes de las injusticias sobre millones: por eso incendiaron montes y pastizales mientras nos guardamos en nuestras casas.

Lejos de esa especulación como método, por abajo, la convicción, la solidaridad y la esperanza demuestran que podemos salir de cualquier crisis y de cualquier tragedia todos juntos empujando el carro. En definitiva, solo organizados y organizadas seremos felices.

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