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El loco de la colina

Nicolás Peralta
25 de noviembre de 2012

Treinta años de trabajo y de vida ermitaña lo llevaron a crear un castillo en medio de la naturaleza riojana. Esta es la historia de Dionisio Aizcorbe, el pirado del pueblo de Santa Vera Cruz que llenó de filosofía cósmica las paredes de su casa, trabajadas en cemento y hierro.

Decían que estaba poseído por el diablo, que era vidente, que había brujas que rondaban su casa. Que era un alemán que había escapado de la guerra; que era francés; correntino; que tenía una pantera azul, o que era un chiflado. Todo tipo de motes tenía. Un tipo raro, resumían los gauchos. Había llegado al pueblo desde Tinogasta donde poseía una mueblería y una bodeguita de vinos artesanales, la cual vendió antes de instalarse en el extremo más alejado de la aldea de Santa Vera Cruz. Allá lejos, al final de la única calle existente. Cambió el terreno por un juego de muebles -el último que le quedaba sin vender- y se estableció en ese punto específico del universo. Bohemio y solitario, comenzó a construir su casita alpina, pero que iría cambiando su fisonomía hasta ser una obra de arte única, con figuras representativas de distintas civilizaciones, incomprensibles y demasiado exóticas para el gusto local. Nadie supo por qué Dionisio Aizcorbe llegó solo, a los 53 años, al medio de la nada y con ganas de hacer arquitectura vernácula, a la manera de Gaudí. Quiso honrar a su artista favorito, un holandés que se había cortado la oreja. Tampoco se supo por qué puso las imágenes de San Jorge y el Dragón, o la leyenda de Osiris, el ave fénix, y demás detalles. Pero así fue. Allí estuvo, en su castillo, hasta que murió, a los 83 años, el 28 de diciembre del 2004.

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