Compartir

Las ollas vaciadas por Pettovello

por Nelson Santacruz
25 de febrero de 2024

¿Planeras o heroínas? Las cocineras comunitarias, dispuestas a llenar los platos para que ningún niñx quede con hambre, son quienes están bancando la olla ante un gobierno indolente y una ministra incompetente. En los barrios, el relato libertario termina cuando la panza ruge de hambre. 

La ministra de Capital Humano, Sandra Pettovello, sigue sin aparecer en los barrios humildes de Argentina. Uno se imaginaría que, ante tanto “curro de la pobreza” y el odio a los intermediarios, el Gobierno iría personalmente a los comedores y merenderos. Pero no, la visita al Papa Francisco tampoco les ablandó el corazón. Claro que los convenios y la asistencia son selectivas para los cercanos a su ideología, como las entidades evangélicas. Sin embargo, otra vez una crisis es enfrentada por mujeres pobres quienes ponen el cuerpo y otra vez, posiblemente, no quedarán en la historia más que como las “vagas de la sociedad” o “las planeras”. Una radiografía de la situación, a tan solo dos meses de la gestión libertaria, nos permite comprender qué pasa en las ollas de lxs que menos tenemos.

En los 80, postdictadura, nacieron las primeras ollas populares debido al terror en forma de hambre que nos heredaron los milicos. Uno diría que en el uno a uno todo estaba maravilloso pero Rosa, a quien entrevistamos en la Villa 21-24, no dice lo mismo. En 2001, las mujeres empobrecidas de los barrios rastreaban los huesos de carnicería en carnicería y cirujeaban verduras podridas para alimentar barrios enteros. Luego han visto, por ejemplo en plena crisis financiera mundial de 2008, cómo el campo rico en alimentos decidía tirar cientos de miles de litros de leche y congelaban la llegada de carnes, cereales, panificados y otros productos a las principales ciudades de nuestro país. Todo ante los ojos de ellas, mujeres pobres que hacían malabares en los comedores y merenderos donde muchos comíamos.Yo era y soy uno de ellos.

No es caprichoso hacer una lectura histórica de cómo las villeras, las marginadas por la televisión pautera del gobierno de turno, combatieron con sus vidas la falta de comida en los hogares de las y los trabajadores. En la pandemia, hace muy poquito, eran las “esenciales”. Eran las que no podían parar porque sostenían a 10 millones de personas siendo 134 mil trabajadores y trabajadoras, según Renacom, las que cocinaban a fuego lento. Todo para calmar los estómagos vaciados por el FMI. Alguien que pisa el barrio sabe que son un montón más, pero esos son los números registrados en los 44 mil comedores que hay. Muchas murieron, ¿se acuerdan de Ramona Medina? Básicamente no tuvo agua potable por medio mes, se contagió de COVID19 y murió en la Villa 31. Hoy no son esenciales, volvieron a ser las “parásitos”. Irónicamente, en un giro discursivo y material, resulta que son la casta a quien no hay que mandar más alimentos. 

La nueva crisis contemporánea, que ya podríamos bautizar “la era Milei”, es otra más que encuentra a cientos de miles de mujeres revolviendo con sus cucharones. La Universidad Católica Argentina dijo recientemente que la indigencia escaló del 14% en diciembre al 15% en enero. Mientras que la pobreza estaba en 49,5% en diciembre y escaló a 57,4% en enero. La saña es total y las guerreras del barrio, invisibles, no tienen tiempo para vacaciones o tuitear.

Anotaciones urgentes

Aprendí que por acá nuestro mayor Indec está en la cotidianeidad. No podés aumentar el pan, el aceite, la leche, la garrafa, los pasajes de los colectivos, los útiles, el alquiler y dejar el mismo sueldo precario. Sin ser economista uno podría deducir que no está bien administrar un país de ese modo, es políticamente erróneo y matemáticamente dudoso. Ya las vecinas que limpian casas tienen cada vez menos empleo, limpiar por hora tiene un pago que es un chiste y se esfuma con el viático. Muchos albañiles que iban de sol a sol para concretar las obras públicas también tienen menos laburo. Nos están estrangulando.

“¡No hay!”. “¿No hay qué?”, le pregunté a mi vieja a los gritos. “No, que no hay merienda hoy. Se lo decía al chico”. 

Mi mamá es trabajadora en un merendero de la Villa 21-24. Vienen seguido a casa a hacernos preguntas. A veces son abuelas, otras veces niños. Consultan cómo registrar la Sube, si tenemos un lugar para alquilar, si podemos decirle el horario del merendero o directamente a pedirnos un paquete de esto o lo otro. Me animaría a decir que pasa todos los días. Esa tarde cerraron porque no tenían gas ni azúcar. Es decir, cien raciones no fueron repartidas.

La misma semana caminé por la “Caacupé” donde el Padre Toto abrió un “Comedor de Emergencia”. Una olla popular que muchos queremos que sea transitoria pero que parece crecer peligrosamente.
“Repartimos lo que podemos. A veces conseguimos yogurt o frutas. Los pibes sonríen, se ponen felices por comer”, dice Paola Romero, una vecina que ayuda en ese espacio. Y remata: “Eso me preocupa, me entristece. Debería ser común comer, tener un postre. Pero cuando hay comida, los pibes se ponen contentos”. 

Hay espacios que, al no poder comprar el gas que aumentó un 200% en dos meses, reparten los “secos” que tienen. Las cocinas se están vaciando y a este ritmo no podrán aguantar hasta abril. Paola está ahí desde diciembre con utensilios prestados para cocinar: “no hay más cupos en los comedores”, dice. 

A las tres de la tarde, sobre la calle Osvaldo Cruz casi Luna, ya pueden verse los chicos con sus bolsitas esperando que sean las 19hs para recibir la cena. Paola nos contó que solo ahí, en ese rincón, asisten unas 130 familias que llevan “unas 800 raciones diarias en total”. Es decir ella y sus compañeras, de lunes a sábados, cocinan para llenar más de 4000 platos.

Las ollas como trincheras

"El déficit cero no se negocia", tuiteó el ministro que fugó plata y fue parte del endeudamiento con el FMI bajo el gobierno de Macri. Hoy Luis Caputo tiene nuevamente en su poder la billetera de nuestro país a pesar de sus crímenes en la función pública que nunca pagó y pareciera nunca pagará. El festejo se debía a un "superávit financiero" de más de 500 mil millones de pesos. Milei, claro, lo retuiteó y después subió memes.

Doña Rosa sabe que en el uno a uno las cosas no andaban bien en la villa: "Si eras migrante como yo, una mujer peruana, podrían contratarte y no pagarte. Era difícil ese tiempo". Doña Emi, Rosa, Sebastiana, Martina, son nombres que labraron con sus manos un horno de barro, unas piedras con leña para cocinar en los tiempos urgentes. "Pedíamos huesos en los negocios hacia 2001 y también íbamos con los niños al Mercado de Avellaneda para meterlos en los contenedores y sacar verduras picadas". Así fue el inicio del comedor Padre Daniel de la Sierra que se levanta justito atrás de la Iglesia Caacupé en la Villa 21-24, en la Manzana 24, Casa 30.

Es un día soleado. Desde las ocho de la mañana que tres de las seis cocineras de este comedor hacen ensalada de arroz con milanesas. Alba es una de ellas, trabaja hace 13 años ahí para garantizar 520 raciones. Hoy la garrafa es un tema, está a 10 mil pesos por envase pero también lo es la falta de comida: "Hay mucha gente que viene, que está en calle, y les damos. Lo que más aumentó es la carne, está todo jodido. Es difícil", dice. 

Afuera, cerca de las once, la fila tomaba forma mientras un hombre con su hijo preguntaba cómo ser parte de la lista de espera. Ahí estaba "Muñeca" quien lleva 11 raciones, para dos familias: "Mucha gente se preocupa por la clase media. ¿Y nosotros qué vendríamos a ser?¿No formamos parte de este mundo? Los pobres jamás llegamos a la clase media. Pero me pregunto, ¿quién limpiará las casas?¿Quién limpiará las calles?". Enfatiza en la falta de agua potable en varios puntos del barrio, que tiene dos niños con discapacidad y con remedios muy caros: "Uno debería tomar hormonas de crecimiento que no te lo dan los hospitales", cuenta. Y antes de irse redondea: "¿De dónde uno puede sacar plata para los pasajes hoy? Yo trabajé toda mi vida, me hubiese encantado tener las oportunidades o la suerte de llegar a ser, no sé, diputada... pero es lo que soy, es lo que tengo".

Eva Alarcón es hija de “Ña Emi”, hoy integra el comedor y asegura que tienen otras actividades contra la violencia de géneros y de asesoría social para diferentes trámites de DNI, títulos para extranjeros y el ANSES: “Para el gobierno los pobres somos los culpables, pero los verdaderos chorros, el FMI y el empresariado, son intocables", resalta. Ella, descendiente de quienes pusieron el pecho al 2001, lee la coyuntura como algo intencional: “Es apropósito, quieren cagarnos de hambre. La ministra Sandra Pettovello dijo que iba a recibirnos pero en lugar de eso reprimió con gases”.

Con más de 23 años de autogestión, aunque el Padre Daniel de la Sierra sea un comedor oficializado, hay un sujeto político no valorado y profundamente estigmatizado: las vecinas de los barrios populares. "Lo que se observa en la historia es que las mujeres son las que se ponen al hombro las problemáticas integrales no solo de las cuestiones alimenticias sino también las de organización comunitaria como apoyo escolar, espacios de género, salud y urbanización".

Cada año que pasa, cada gobierno que pasa, deja un rastro de mayor desigualdad. La desilusión, la desesperanza, lleva a mayores tristezas, pero también incrementa la violencia dentro de estos territorios donde las cuatro comidas diarias parecen un sueño y es más barato comprar drogas que un kilo de carne. El flujo de trabajos informales no cesa y pareciera que, cada vez más, las crisis se vuelven una coyuntura estructural en las villas. Acá, sin dudas, el rol de las mujeres, muchas de ellas migrantes, son fundamentales para comprender en clave política y social cómo los Derechos Humanos en democracia son hilvanados por las manos pobres. El futuro entonces no se cocina en las bancas de los tres poderes de la Nación. Es por acá, con ellas, codo a codo y pisando nuestros suelos.