La Retaguardia, medio de comunicación nacido en 2003, lanza “50 historias de juicios por la dictadura en Argentina”, un libro de dos tomos que recoge las vivencias sobre el horror contadas en los juicios contra genocidas y aliados. Aquí compartimos un adelanto.
Pablo Verna está listo para comenzar.
–Gracias señor presidente. Buenas tardes Pablo –arranca la fiscal Sosti, como cada vez–. De las constancias obrantes en la causa yo tengo presente que vos habías tenido en diversas conversaciones con tu padre en relación a la función que él había cumplido en Campo de Mayo. Puntualmente te voy a pedir que nos relates esas conversaciones: cuándo, cuántas fueron, y en ese contexto de la charla si aparece alguna referencia puntual sobre situaciones particulares, te pediría que nos relates lo contextual de esas charlas para poder preguntarte puntualmente.
–Bueno, mi padre fue médico militar, llegó a tener el grado de capitán. Estuvo designado en Campo de Mayo, aproximadamente del 78 al 81 u 83, en ese período de esos años fue que se retiró. Su nombre es Julio Alejandro Verna. Para contestarle le voy a pedir permiso al señor presidente de tener una pequeña guía –Eggers asiente con un movimiento de cabeza–. Lo que tengo para contar respecto de lo que se conoce como Contraofensiva, año 79/80, principalmente sobre una charla que tuve con mi padre a mediados del mes de junio del año 2013, en el Hotel Pizarro, en el barrio de Villa Luro. En esa charla yo le manifesté después de una cantidad de conversaciones y cosas que escuché a lo largo de los años, en esta charla yo le comenté ese secreto que descubrió mi madre, que dejó de ocultarlo, que es la participación de él en la represión de esos años. Mi madre contó que había participado en los Vuelos de la muerte, inyectando a las personas que luego eran arrojadas al mar, en los secuestros con un nivel de detalle que a medida que avance con mi relato se lo voy a explicar.
–¿Su madre se lo cuenta a usted?
–La secuencia es muy compleja, por eso yo primero quería referir a lo que él me admitió en esa charla de 2013 y después le puedo contar cómo fue toda la secuencia que llevó a que mi madre hable. Ella primero habla con otro familiar, me lo cuentan a mí, yo vuelvo a hablar con mi madre, una cosa compleja y que tuvo sus razones de por qué ocurrió todo eso.
La cuestión que cuando yo le comento en esa charla qué es lo que me dijo mi madre y le pregunté una vez más que me diga él por qué, o qué sentía, o qué razones, que me cuente él respecto de eso, primero empezó negándolo: “Te lo habrá dicho tu madre porque está muy enojada o porque está con mucha bronca”. Después empezó a decir “Bueno, ya tenés, ahí te lo dijo tu madre, yo lo niego, quedate con lo que te dijo tu madre”. Y yo tenía una necesidad de conocer la verdad sobre en qué hechos había participado mi padre.
Aquel encuentro
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La noche en el barrio de Villa Luro estaba fría. Junio pisaba la mitad de su turno durante 2013. Cerca de las 21 horas, Pablo Verna dudó por última vez frente a la puerta del Hotel Pizarro. Las banderas de una veintena de países se movían de aquí para allá por el viento, por encima del alto ventanal vidriado del frente. Ya otras veces había sentido ese tipo de dudas. Si bien su convicción de saber la verdad estuvo siempre intacta, era el momento de enfrentarlo a él y que esa verdad dolorosa saliera ni más ni menos que de su propia boca. Dejó pasar un colectivo 113, se arengó a sí mismo, y cruzó la calle del barrio que le da nombre al hotel de dos estrellas en el que su padre estaba viviendo después de que su madre tomara un primer impulso liberador. Traspuso la puerta y se sentó en una de las mesas del bar de la planta baja en la que su padre ya lo estaba esperando.
Hace casi el mismo frío, pero ahora no está en un bar. Está en un juicio oral y público. Le sirven apenas un vaso con agua. Y lejos de aquella duda antes de cruzar la calle, lo abraza la certeza de contar qué le dijo su padre genocida aquella noche. Se nota que comienza a tranquilizarse en la medida que corre el tiempo. “En un momento me empieza a comentar que bueno, que sí, que él vio gente que, después de dar algunas vueltas con los ojos tapados, la soltaron por ahí. Que lo vio a Mendizábal internado en la terapia intensiva, que lo querían salvar para sacarle información, que estaba ahí porque había recibido un balazo en el hombro y la bala se le había alojado en el pulmón. También vio embarazadas que las llevaban esposadas a tener cesárea en el hospital. Estaba a cargo de ese área el que él denominaba el alemán Lederer (Ricardo, que se suicidó en agosto de 2012. Su hija Erika también lo denunció públicamente), que estas mujeres que estaban en esa situación querían quedar embarazadas, que a él le sorprendió mucho cómo se enamoraban de su captor y cómo buscaban quedar embarazadas y que esa búsqueda era porque de esa forma lograban que se prolongara todo. Yo le pregunté: ‘¿Que se prolongara qué?’, ‘que se prolongara todo’”, dice Verna que le respondió.
En su novela El cuento de la criada, Margaret Atwood admite en el prólogo de ediciones posteriores a su publicación original de 1984, que basó su cruda y conmovedora historia ficcional, en parte, en los relatos de apropiación de niños y niñas durante la dictadura argentina. En esa sociedad ficcionada, creada a partir de un golpe de Estado en los Estados Unidos, las mujeres son esclavizadas y “las fértiles” conservan algunos “privilegios” que les permitían “prolongar todo”. Muchas otras situaciones que pueden verse en la exitosa novela televisiva basada en el libro, remiten a situaciones vividas dentro del complejo concentracionario de nuestra dictadura.
Verna está apurado por decir todo tal cual lo recibió de su padre en aquella charla que terminó por marcar para siempre las diferencias entre ellos. Sigue contando qué le admitió. “Que él les preguntó a las enfermeras qué hacían con esos bebes y que le respondian que se los entregaban a la Policía femenina para que después se los entregaran a sus familiares.
También comentó que él era subalterno de Norberto Atilio Bianco y que él le recomendaba que formara un buen vínculo con Lederer. Y mi padre en esa conversación me cuenta que nunca quiso hacerlo porque le parecía que (Lederer) era ‘un ordinario y un paranoico de mierda’”, recuerda. En su avidez por aportar información, Verna corre de un tema a otro: “También me comentó en esa charla cómo se interroga a las personas secuestradas. Él no utilizaba la palabra secuestrados, sino subversivos o nada directamente. Me graficó cómo era el cuestionario, con quién te tenés que encontrar, a qué hora, dónde, quién es tu jefe. Esas fueron las cosas más importantes que yo resalto de esa charla que fue muy tensa, porque en un momento me dijo que no le pregunte más datos ni detalles de nada, que ya él me admitía que había participado en los Vuelos de la muerte y en el secuestro de personas, pero que no me iba a decir más nada, que no le pregunte más, que eran secretos de guerra y que no se cuentan ni a un hijo, que me fije qué iba a hacer con esto porque podía complicar a personas que no han querido nunca ningún problema, refiriéndose a los juicios”.
Las respuestas a quien nunca preguntó
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Después de esa charla entre padre e hijo, el genocida Julio Verna comenzó a buscar a su hija más chica, Silvina Patricia Verna, que tenía un consultorio en la casa de sus padres en el que atendía como psicóloga. “Ella atiende los lunes ahí. Entonces el lunes anterior al 8 de julio mi padre la convoca para hablar con ella y ella, que después van a ver cómo tiene intervención en esta historia, no lo quiso escuchar”, evitó la conversación y se fue.
“Y al lunes siguiente de nuevo: ‘Vení, sentate que tenemos que hablar’ ¿Qué le cuenta a Silvina en esa charla? –pregunta Pablo Verna, y también responde– Que todos los que estaban en el hospital, en Campo de Mayo, tenían que pasar entre dos o tres meses por esas, entre comillas, tareas. Que aplicó las vacunas para los Vuelos de la muerte, que se hacían en aviones, que las personas luego de esas anestesias eran arrojadas al mar porque había habido una orden, porque habían aparecido cuerpos a orillas del Río de la Plata. Mi hermana recuerda de esa conversación que fueron dos o tres vuelos, en una oportunidad fue víctima un matrimonio, en otra oportunidad cinco personas y en otra cuatro. Él viajaba en esos vuelos, eso creo que se lo refirió mi madre. Que el médico solamente inyectaba pero que tenía que estar durante todo el vuelo por si alguien se descomponía o pasaba alguna situación que hiciera falta un médico”, continúa relatando. Su hermana nunca había preguntado, sin embargo Julio Verna le dio esa información sobre su participación en los vuelos.
Este fragmento forma parte del capítulo “El peso del silencio”, escrito por Fernando Tebele, que integra el tomo blanco del libro 50 historias de juicios por la dictadura en Argentina.
Los juicios tienen su libro
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El libro 50 historias de juicios por la dictadura en Argentina nació del trabajo que La Retaguardia realiza desde 2020 transmitiendo por su canal de YouTube diversos juicios vinculados con los crímenes cometidos por los genocidas y sus aliados.
En el libro escriben las historias Diego Adur, Luis Enrique Angió, Eduardo Anguita, Julián Bouvier, Ailín Bullentini, Adrián Camerano, Camila Cataneo, Giuliana Crucianelli, Eva González García, Ramiro Laterza, Valentina Maccarone, Diego Martínez, Mónica Muñíz Mexicano, Martina Noailles, Raúl Olivera Alfaro, María Eugenia Otero, Estela Pereyra, Pedro Ramírez Otero, Carlos Rodríguez, Pablo Salinas, Gabriela Suárez López, Fernando Tebele, Belén Tenaglia, Ángela Urondo Raboy, Julia Varela y Sergio Zalba.
También suman sus prólogos y epílogos Ana María Careaga, Claudia Cesaroni, Guadalupe Godoy, Pablo Llonto, Ana Oberlin, Daniel Obligado, Esteban Rodríguez Eggers, Mercedes Soiza Reilly, Gabriela Sosti, María del Carmen Verdú y Karina Yabor.
Teléfono de contacto para conseguir el libro: 11-3181-3126.
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