¿Pagará el Norte los daños climáticos causados al Sur global?

por Revista Cítrica
06 de diciembre de 2022

La COP27 desarrollada en Egipto intensificó las demandas de los países periféricos para que las naciones más desarrolladas y contaminantes destinen recursos para paliar consecuencias cada vez más irreversibles. Sin embargo, la agenda económica del Norte sigue marcando las urgencias. Balances y perspectivas para Argentina y la región.

El Norte global debe pagar por los daños derivados de la crisis climática que viene causando en las últimas décadas y que afecta, fundamentalmente, a los países del Sur. Esa promesa es uno de los puntos destacados al cierre de la 27a Conferencia de las Partes sobre el Cambio Climático (COP 27) que se realizó en Egipto.

Sin embargo, es una buena noticia a medias, porque habrá que esperar a la COP28 (con sede en los Emiratos Árabes Unidos) para que entre en funciones el Comité de Transición que debe operativizar el apoyo financiero y definir, entre otras cuestiones, qué países aportan y cuáles reciben la asistencia.

El fondo especial destinado a “ayudar a los países más vulnerables a hacer frente a los desastres climáticos” es “un reclamo histórico que finalmente fue reconocido después de tres décadas de negociaciones”, según la mirada de Catalina Gonda, co-coordinadora del área de Política Climática de la Fundación Ambiente y Recursos Ambientales (FARN).

Gonda fue una de las más de 30 mil personas acreditadas que durante dos semanas asistieron, en la ciudad turística egipcia Sharm el-Sheikh, a las diversas actividades de una cumbre marcada por las negociaciones contrarreloj para lograr un documento final. La especialista valora positivamente la creación de un fondo destinado a los países afectados, pero asimismo advierte que los acuerdos alcanzados en materia de financiamiento, adaptación y reducción de emisiones fueron “decepcionantes”. 

La expectativa para la COP27 era lograr la implementación plena de las metas en materia de emisión de gases de efecto invernadero (un incremento de la temperatura global no mayor a 1,5 °C anual), algo que estuvo lejos de ser alcanzado por el lobby ejercido tanto por los Gobiernos como las corporaciones.

Jazmín Rocco Predassi, también co-coordinadora de Política Climática en FARN, matiza el “logro histórico” del fondo destinado a daños y pérdidas: “Tendrá un impacto muy limitado en la medida en que no se logren reducir las emisiones que exacerban los desastres climáticos año tras año y tampoco se vean avances en materia de adaptación para evitar los impactos más devastadores”.

 

Regreso al Mercosur con las manos vacías

El recientemente electo Presidente de Brasil, Luiz Inácio “Lula” da Silva, fue uno de los protagonistas más relevantes del Sur en las discusiones climáticas de Egipto. Argentina, por su parte, envió un grupo técnico en representación, sin la presencia del ministro de Ambiente y Desarrollo Sostenible, Juan Cabandié, ni del Presidente Alberto Fernández, quien sí estuvo presente en la COP26 que se realizó en Glasgow, Escocia.

El grupo negociador ABU (Argentina, Brasil y Uruguay) y otros países periféricos tenían mucho interés en que avanzaran las discusiones referidas al financiamiento para apoyar la reducción de emisiones, la adaptación y recuperación frente a los impactos climáticos en el Sur global. Si bien fue un tema central en la COP27, los avances alcanzados fueron magros. 

De la COP15 (Copenhague, Dinamarca) había nacido la promesa de que los países más desarrollados (y contaminantes) del planeta aportaran 100 mil millones de dólares por año para asistir a las naciones más desfavorecidas. Esa intención de deseos nunca cumplida tuvo un nuevo capítulo en Egipto, ya que se estableció que en 2024 deberá acordarse una Nueva Meta Global de financiamiento Colectiva Cuantificada (NCQG por sus siglas en inglés), que comenzaría a regir recién en 2025.

Luego de un año de diálogos técnicos bastante frustrantes, el grupo que integra Argentina pidió durante la COP27 un cambio de dirección en la dinámica de trabajo para concentrarse en empezar a cuantificar y dar forma a esta nueva meta. Los países desarrollados, por el contrario, insistieron en enfocar las conversaciones en “expandir la base de donantes”. Con las nuevas dinámicas geopolíticas y el ascenso de economías antes periféricas, lo que no termina de destrabarse es quién recibe ayuda y quién tiene la responsabilidad de ofrecerla. 

Finalmente, el texto resultante de la cumbre no logró capturar las prioridades del Sur global ni el avance hasta el momento, limitándose a cuestiones de procedimiento para el año que viene.

Adaptarse a un presente climático complejo

Inundaciones, tormentas prolongadas, sequías, altas temperaturas… la lista de acontecimientos provocados por el cambio climático a consecuencia de la acción humana es cada vez más amplia. En ese sentido, uno de los pedidos del Sur global viene siendo que también haya un financiamiento específico para la adaptación a los nuevos escenarios ambientales.

Rocco Predassi se refiere al fracaso experimentado en este punto clave: “El ítem específico sobre financiamiento para adaptación no progresó en la agenda definitiva y tampoco lo hizo la conversación sobre la duplicación de los fondos dedicados a estas actividades, tal como se había esbozado en Glasgow en 2021, en particular al Fondo de Adaptación. Eso se refleja en el texto de la decisión preambular que, en lugar de desarrollar una hoja de ruta para duplicar el financiamiento, solicita que se elabore un reporte sobre ello”.

Sobre las emisiones de gases de efecto invernadero (que incrementan el calentamiento global y empujan los pisos históricos de temperaturas en distintos puntos del mapa), es deseable poner en agenda un plan de mitigación. Concretamente, en la próxima década debería reducirse al menos un 43% las emisiones para evitar impactos y daños cada vez más drásticos e irreversibles para las personas y la biodiversidad en todo el mundo. 

¿Cómo se logra? Con cambios profundos en materia económica y de desarrollo, la eliminación progresiva de fuentes energéticas de origen fósil (petróleo, gas y carbón) y una transformación de los sistemas de producción agroindustriales, que infligen cada vez más presión sobre los ecosistemas naturales. 

En este sentido, fueron prácticamente nulos los avances tendientes a lograr mantener al planeta por debajo de 1,5 ºC de incremento anual de temperatura, el objetivo de mitigación más ambicioso del Acuerdo de París. La presión del bloque económico hidrocarburífero (tanto países como corporaciones) hizo efecto en Egipto: se hizo caso omiso a la necesidad de abandonar todos los combustibles fósiles que, por lejos, representan la principal fuente de emisiones a nivel mundial.

También tuvieron lugar negociaciones para definir un nuevo Programa de Trabajo para escalar urgentemente la ambición y la implementación en Mitigación (MWP por sus siglas en inglés), que se había conformado en la COP26 del año pasado. Algunos de los principales puntos de desacuerdo tenían que ver con la amplitud del trabajo para desarrollar, el marco temporal del MWP, si vincularlo con los procesos formales de negociación de la COP y si establecer consideraciones o metas para sectores específicos. 

Aquí, las diferencias entre países desarrollados y en desarrollo fueron muy evidentes, y se perdió la oportunidad de establecer un programa de trabajo ambicioso, con enfoques sectoriales más desglosados y metas concretas hacia 2030.

En las playas egipcias quedó claro que el Norte global debe pagar los platos rotos por los daños ambientales acumulados que afectan principalmente al Sur. Cómo, dónde y cuándo es un asunto que todavía parece lejos de resolverse.