“¡Qué vas a ser mujer, vos!”

por Mariana Aquino
Fotos: Juan Pablo Barrientos
08 de mayo de 2018

Sofía sufrió tres ataques de lesbofobia a pocas cuadras de su trabajo, en el bar de FM La Tribu. Golpeada por el solo hecho de ser lesbiana, amenazada por los agresores e ignorada por la policía, ya no naturaliza la violencia y quiere hablar. Por ella pero también por tantas chicas que pasan por lo mismo.

Sofía del Valle tiene dos casas. Una en Parque Avellaneda, donde nos recibe. Otra -por Parque Centenario- que no puede pisar porque una banda de pibes le dijo que no querían “raritos en el barrio”. Su segunda casa es el Bar de FM LA Tribu, donde trabajaba en la barra y se juntaba con amigos y amigas para tomar una birra o participar de alguna de las actividades culturales. Pero esa casa ahora no la puede pisar. Tiene el camino prohibido: caminar las cuadras que la conducen desde la estación de subte hasta la radio es un verdadero peligro; allí ya recibió tres golpizas en ataques de lesbo-odio.

A Sofía le quitaron la posibilidad de ir a su lugar de trabajo. Y lo peor de todo es que Sofía no es la única: a muchas chicas les pasa lo mismo pero no se animan a hablar. Ella misma hasta hace poco tiempo atrás naturalizaba estos ataques. Fue con su novia Camila que cambió la perspectiva. Porque los amigos de toda la vida de Sofía ya estaban acostumbrados a ver el maltrato, la discriminación y los golpes que sufría por el solo hecho de ejercer la libertad en su cuerpo.

Todo empezó el año pasado. Camila estaba en la entrada del bar -Sofía en la barra- cuando unos pibes la empezaron a molestar. Sofía se acercó para decirles que ella era su novia, y ver si así dejaban de hostigarla. “Qué va a ser tu novia ella”, le dijeron. “Qué vas a ser mujer, vos”, le cuestionaron. “¿Te la aguantás o no te la aguantás’”, la desafiaron. Sofía cerró la puerta. “Estaban muy agresivos”, recuerda.

Uno agarró el carro, el otro me agarró a mí y me llevó a la vuelta. Eran las 6 de la tarde pero no pude gritar.

Una semana después Sofía iba a trabajar y en el camino le dan una piña desde atrás. Cayó al piso. Una, dos, tres piñas. No paraban. “Pará, que soy mujer”, fue lo que llegó a decir. Una frase que a lo largo de su vida había naturalizado decir, que se le hizo costumbre. Otras veces hubo quienes no le creyeron. Y así la echaron de baños públicos o de discotecas. Pero estos pibes sí le creían. Sabían que era mujer y era eso lo que les molestaba: una mujer de pelo corto, “lesbiana desde la panza”, como ella se autodefine. “Ya sabemos quién sos, lesbiana de mierda”, la definieron ellos. Y le dieron una patada. Y más golpes en la cara, siempre en la cara. Dicen quienes sufrieron este tipo de ataques que los golpes siempre van a la cara; porque los atacantes lo que no pueden aceptar es la diferencia, la diversidad. Sofía quedó muy golpeada. Hizo la denuncia en la Unidad Fiscal Especializada en Violencia contra las Mujeres (UFEM).

Tras el ataque, Sofía fue siempre acompañada al trabajo. Tenía miedo. El único día que su amigo no pudo acompañarla, ella fue igual: los atacantes estaban al acecho. Un mes después, la historia se repitió. Con dos diferencias: esta vez también se llevaron cosas de su mochila. Esta vez fue a la Comisaría 27 a hacer la denuncia por el ataque: no se la aceptaron, hicieron una por robo. A los policías no les importó que Sofía fue atacada por las mismas personas que ya la habían golpeado con anterioridad.

En la comisaría estuve dos horas. Me boludearon y me fui sin que me tomen la denuncia.

El tercer ataque fue el 22 de marzo de este año. Y esta vez sintió que su vida estaba en peligro, y decidió contarlo: “Yo salía por las escaleras del subte B con el carro de las prepizzas que cocino, me vieron y me agarraron en la mitad de la escalera de la estación Angel Gallardo. Ni una cámara lo registró. Las primeras veces fueron tres pibes, esta vez fueron dos. Uno de ellos estuvo las tres veces. Es lo poco que puedo recordar. Uno agarró el carro, el otro me agarró a mí y me llevó a la vuelta. Eran las 6 de la tarde pero no pude gritar ni nada. Lleno de gente pero no podía gritar. Me daba miedo de que me maten. Abrazada me llevaban y por lo bajo me decían de todo”. También le dijeron que sabían que había hecho la denuncia. Sofía y Camila no se explican cómo pudieron saberlo. Por eso es que ahora también sospechan de la policía.

“Pasó un patrullero que me llevó hasta la puerta de la comisaría y ahí estuve dos horas. Me boludearon, me fui sin que me tomen la denuncia. Ahora pienso que por suerte no me la tomaron”, cierra Sofía el relato del tercer y más duro ataque.

Desde entonces no está yendo a trabajar: “Es difícil ir. No veo la solución. Pero en algún momento tengo que volver a mi vida, es injusto. Estoy caminando por las paredes, no puedo estar encerrada, sin trabajar”.

Está inquieta, con la bronca contenida. Utilizando la energía en visibilizar. Por eso con Camila organizaron una movida en Parque Centenario el 1° de mayo, visibilizando que le están negando el derecho a trabajar. Y el 17 de mayo harán el festival Al closet no volvemos nunca más en Ángel Gallardo y Corrientes, donde la atacaron, para que el barrio sepa y tenga presente lo que le hicieron a Sofía. Porque las calles deben ser suyas, no de sus agresores. Utiliza el tiempo también en tejer lazos: juntarse con personas que pasaron por la misma situación, como las chicas a las que detuvieron por besarse en Constitución. Quiere visibilizar, quiere hablar, quiere que no se calle más: “A mi me pasaron varias situaciones en mi vida. Así de violentas. Pero nunca dije nada, ahora ya me cansé. Ahora quiero que se sepa. Antes sentía que era parte de todo, naturalizaba la violencia que generaba mi elección. Gracias a Cami me di cuenta que hay que salir a hablar. Me siento acompañada por Cami, mis amigos, las amigas de ella, La Tribu. Sentía que me pasaba sólo a mí, no era consciente de que nos pasa a muchas. Hay que hablar”.

Antes naturalizaba la violencia que generaba mi elección. Pero nunca dije nada, ahora ya me cansé. Ahora quiero que se sepa.

Mientras en el Congreso se trata la ley por el aborto, y la Ley de Identidad de Género y la de matrimonio igualitario hace rato fueron aprobadas, en la calle la lesbofobia no desaparece. “Es más, se agrava - asegura Camila-. Se están atacando derechos conseguidos. No es casual, atacan en la calle, a la luz del día. Se ataca a la comunidad LGTB y a cualquier disidencia porque están avalados desde lo institucional”.

Recrudece también porque aumenta la visibilización. A más debate y a más derechos, más empoderamiento, más libertad para mostrarse tal cual uno o una es. Sofía vivió hasta los veinte años sin recibir ataques, ni burlas, ni siquiera en el colegio. Por ese entonces los ataques eran a los hombres gay. Pero a los 20 se cortó el pelo, salió al mundo tal cual quería hacerlo. Y de ahí en más, las golpizas: “Me pegaron en boliches, me sacaron del baño de damas: ‘Te confundiste’, me han dicho. Una vez una mina me mostró la concha y me dijo: ‘ésto es una mujer’. Estas cosas me pasa desde hace 10 años. Me corté el pelo y cambió todo. Ahora muchas lesbianas nos visibilizamos más y ya nos atacan”.

Se ataca a la comunidad LGTB y a cualquier disidencia porque están avalados desde lo institucional.

“A esas cosas las vivía mal pero las dejaba pasar. Me sentía acostumbrada a esas agresiones, pero ya no. Porque no da para más. La última vez tuve bastante miedo, la verdad no lo puedo soportar. Tres veces lo mismo, la cuarta no sé si la cuento”, dice Sofía. Instinto de supervivencia, lucha contra la injusticia, momento de visibilizar. Nuestra entrevista termina y en cinco minutos empezará otra. La difusión está en marcha. Centros culturales, medios comunitarios, bares, organizaciones sociales, vecinos, vecinas se acercan a Camila y a Sofía. El barrio y las organizaciones otra vez se juntan para dar las respuesta que las instituciones no pueden o no quieren dar. Sofía nos acompaña por el largo pasillo hasta la entrada de su casa de Parque Avellaneda. Nos despedimos y cierra la puerta. Como lo hizo el año pasado cuando atacaban a su novia, en su otra casa, la de FM LA TRIBU. La acción de cerrar la puerta y la sensación de encierro la acompañan los últimos meses. De un cierre de puerta a otro ha perdido libertad. Aunque sea ha ganado algo: ya no naturaliza lo injusto, ya sabe que no está sola, ya sabe que a muchas les pasa lo mismo. Y es momento de hablar.

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