Un análisis sobre el agotamiento mental y físico en tiempos de ajuste, y la urgencia de recuperar la comunidad como respuesta política y social.
Abro un ojo y lo primero que me martilla la cabeza es la misma pregunta de ayer: ¿cómo consigo laburo hoy? La angustia y la ansiedad ya no son palabras en un manual de psicología, son el nudo que tengo en la garganta desde que me despierto. Me paso horas frente a la pantalla, enviando mi CV al vacío de LinkedIn y a bolsas de trabajo que parecen agujeros negros. No hay respuestas, solo silencio o requisitos que rozan lo imposible por una paga que cada vez es más miserable.
Soy licencia de Ciencias de la Comunicación, eso no alcanza. Tengo años de experiencia en medios, no vale. Me dicen que tengo que capacitarme, que siga estudiando, que me "actualice" para las nuevas tecnologías. Pero me pregunto: ¿de dónde saco la plata para un curso si apenas llego a fin de mes? ¿Qué tiempo me queda para formarme si tengo que sostener tres o cuatro changas simultáneas para no caer bajo la línea de pobreza?
Vivo en el loop de la incertidumbre. Busco trabajo cada dos o tres meses porque la estabilidad para mí es un lujo del pasado; salto de un contrato temporal a otro, sin vacaciones, sin aguinaldo, en la precariedad más absoluta. Esa inestabilidad me está detonando la salud mental. Y tratar de sostener la cabeza en este país, con un Gobierno Nacional que ajusta y vacía la salud pública, es una misión imposible: cuando el sistema me quema el bocho, conseguir un turno en el hospital se convierte en otra batalla que siento que estoy perdiendo.
El agotamiento ya no es solo físico; es una bruma mental alimentada por la incertidumbre constante. Ser freelance en tiempos de ajustes drásticos y ante una reforma laboral regresiva en materia de derechos humanos, se siente como caminar por un limbo sin retorno. Es la intemperie total: un presente sin vacaciones, sin aguinaldo y despojado de cualquier red de contención legal.
Mientras los días se diluyen entre postulaciones en LinkedIn y requisitos imposibles de alcanzar, el mercado laboral se torna más exigente y, en consecuencia, más precarizador. La pregunta surge inevitable: ¿dónde buscar empleo cuando lo que escasean son, precisamente, los puestos de trabajo?
La pantalla del televisor devuelve una coreografía repetida: persianas bajas y despidos a mansalva. Trabajadorxs inician tomas de fábricas, pasando semanas durmiendo sobre el cemento de sus puestos de trabajo, en un intento desesperado por proteger lo que queda de su dignidad productiva.
La crisis económica golpea con mayor saña a quienes menos tienen. El sistema capitalista actual, intrínsecamente racista y excluyente, ya ha expulsado a miles hacia los márgenes. En esta era de individualismo a ultranza, surge la urgencia ética de reconstruir los lazos sociales y volver a hacer comunidad.
La narrativa de la meritocracia y el "sálvese quien pueda" se desmorona frente a una realidad obscena: comedores populares desabastecidos donde niñxs pierden su única comida diaria. La postal de la crisis se extiende a los trenes, donde personas con discapacidad y jóvenes venden mercancías por unos pocos pesos que la inflación devora, junto a jubiladxs que han sido empujadxs a la venta ambulante para estirar un haber que no llega a fin de mes.
¿Cómo se sale de este laberinto cuando una parte de la sociedad prefiere refugiarse en su propia individualidad? ¿Cómo sobrevivir a la gestión de un modelo libertario que parece ignorar el tejido social? La incertidumbre no es solo económica, es política: el interrogante hoy es cómo construir y confiar en una alternativa sólida que todavía no termina de asomar en el horizonte.
Ante este escenario, la salida no puede ser individual. La supervivencia frente al modelo libertario exige pasar de la catarsis a la organización territorial. Es momento de fortalecer las redes de consumo consciente, de impulsar cooperativas de trabajo que protejan a lxs independientes y de habitar las asambleas barriales.
La reconstrucción del tejido social comienza por reconocer al de al lado: organizar ollas populares donde el Estado se retira y crear herramientas colectivas. Solo la solidaridad organizada y la recuperación de lo común podrán servir de trinchera contra el desamparo; porque si el sistema nos quiere aisladxs para debilitarnos, nuestra mayor rebeldía será, finalmente, volver a encontrarnos.
El frágil panorama laboral previo a la reforma de Milei
Mientras el Gobierno impulsa un nuevo marco normativo para el trabajo, los datos oficiales muestran más informalidad, cierre de empresas y pérdida de empleo registrado. Detrás de esas cifras, las voces trabajadoras relatan despidos disciplinadores y persecución sindical.
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