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La calle que alimenta al pueblo

por Estefanía Santoro
Fotos: Agustina Salinas
17 de junio de 2023

Proyecto 7 abrió un almacén popular en Barracas para ofrecer alimentos baratos al barrio y dar trabajo a personas sin techo. Una respuesta desde abajo cuando el Estado y el mercado privado miran para otro lado. Integración comunitaria, marca propia de alfajores y la pelea política para que nadie más muera en la calle.

El kilo de pan a 450 pesos, el tomate a 500 pesos el kilo, las papas a 200 y una docena de facturas por 700. En la Argentina inflacionaria, estos precios se consiguen en el barrio porteño de Barracas. La dirección es San Antonio 971, donde funciona un mercado de alimentos y productos para el hogar que sostienen personas en situación de calle.

Una mujer de 86 años con su espalda curvada le pide papas a Bety, que atiende al público. La mujer, que va llenando su carro de a poco, vive a varias cuadras de allí y a pesar de que le representa un esfuerzo caminar, elige ese lugar porque puede comprar más con menos dinero. “Está piola ver que una mamá viene, se puede comprar media docena de facturas y saber que los pibes van a desayunar o merendar con una factura que hoy en este país es un lujo, cosa que no debería ser, o ver a un laburante que pasa a la mañana y se lleva tres facturas, algo que por ahí en otras panaderías no lo puede hacer porque no lo puede pagar”, dice Horacio Ávila, referente de la asociación civil Proyecto 7, que trabaja con y para personas sin techo, como él mismo estuvo durante muchos años. 

Allí, en Barracas, la organización tiene un Centro de Integración Complementario (CIC), un galpón enorme destinado a actividades culturales y productivas donde lograron instalar 70 camas y durante la pandemia se convirtió en un refugio imprescindible para aquellxs que vivían a la intemperie, en medio de la propagación de un virus desconocido. Como en otras áreas de la realidad social argentina, donde ni el Estado ni el mercado dan respuestas aparecen las organizaciones de base ofreciendo soluciones.

Horacio explica: “Cuando empezó la pandemia más cruda nos parecía muy egoísta tener semejante lugar y no darle la posibilidad a otros compañeros de que puedan estar, entonces habilitamos las camas. De hecho, varios que están laburando ahora dentro del mercado son compañeros que quedaron de esa época”. El mercado de alimentos de Proyecto 7 es más que un local comercial: vende a precios populares para el barrio, le da una oportunidad laboral a personas que están o estuvieron en situación de calle y también una contención que sirve de envión para seguir peleándola todos los días, y tal vez poder dejar atrás los momentos duros que tuvieron que pasar.

 

El sabor de la organización colectiva

Proyecto 7 nació en 2003, integrada y coordinada por personas en situación de calle. En sus Centros de Integración brinda asistencia y contención a quienes duermen a la intemperie, pero también realiza un arduo trabajo por el reconocimiento de sus derechos que se ha concretado con los años, por ejemplo, en proyectos que terminaron en ley.

La panadería de Barracas funciona desde hace cuatro años. En ese momento, la venta no era dirigida al público como sucede desde hace un mes, sino que hacían pan para las personas que llegaban a la organización. “Siempre pensamos en una forma de producir algo propio y que a su vez les de laburo a les compañeres”, dice Horacio. Con la panadería en marcha, apareció la idea de tener una marca propia de alfajores. Querían hacer algo que los represente: “El alfajor en la calle te salva el hambre más de una vez, con dos monedas te comprás un Guaymallén y zafás”, rememora.

Les costó trabajo plasmar la idea en un producto comestible, hicieron una investigación de mercado, compararon distintas recetas, tamaños y sabores hasta llegar a tener el propio. Todo fue minuciosamente pensado, desde el nombre, los ingredientes, hasta el packaging. Proyecto 7 produce ahora los BocaCalle.

Horacio cuenta: “Para la masa hicimos varias pruebas hasta que llegamos a una que nos gustó, después probamos el dulce de leche y distintos chocolates hasta que encontramos uno que nos cerró. Una compañera hizo un laburo importante con el tema del envoltorio, el logo y elegimos un nombre que nos identifique. La verdad que se están vendiendo re bien”. Un postre delicioso a tan sólo 150 pesos.

"Está piola ver que una mamá viene, se puede comprar media docena de facturas y saber que los pibes van a desayunar o merendar con una factura que hoy en este país es un lujo."

Le dieron una vuelta de tuerca más a otros proyectos que tenían en mente y, a puro pulmón y autogestión, armaron el mercado no sólo pensando en generar un salida laboral sino, también, en que sea algo que sirva al barrio. Así surgió la idea de vender alimentos a precios accesibles. Horacio repasa: “Acá podes comprar un kilo de pan a 450 pesos o una docena de facturas a 700 mangos, no existe en ningún lado. En la verdulería tenemos un kilo de tomate a 500 pesos o 200 mangos el kilo de papa. Tratamos de contribuir socialmente al barrio porque sabemos que es un lugar muy humilde donde hay muchas mamás solas con pibes que están parando la olla y que cuesta un montón hoy en día”.

Otra veta que alcanza este proyecto es la contención que ofrece a una población muy vulnerada. “Generar laburo, producir cosas representa también en los compas un proceso de superación de cuestiones que tienen que ver, en algunas casos, con el consumo”, describe el referente.

 

Una red comercial diversa

Al mercado no solo se acercan a comprar las personas del barrio, sino también de lugares vecinos como La Boca o Avellaneda, y otrxs que se enteran por redes sociales y llegan específicamente a buscar los alfajores. Hasta fueron contactadxs desde la villa: “Nos mandaron mensajes unos compañeros de la 31 contándonos que ahí la factura está en una luca ochocientos y van a venir a comprar acá, porque aun tomándose un bondi ida y vuelta, les sale más barato que comprar en su barrio”, cuenta Horacio.

La idea que tienen por delante es ampliar el mercado a otros rubros. Hoy, además de la panadería y la verdulería venden productos de limpieza que produce una cooperativa de personas en situación de calle de Lomas de Zamora. Así están tejiendo una red comercial, cooperativa y autogestiva, de ayuda mutua. Bety junto a otro compañero viajan de madrugada al Mercado Central para conseguir frutas y verduras de calidad.

"Las organizaciones armamos las leyes, sostenemos el cotidiano, gestionamos los centros de integración, hacemos todo nosotros."

Actualmente, el mercado de Proyecto 7 brinda una oportunidad laboral a 10 personas. Uno de ellos es Cris, encargado de la atención al público de la panadería. Es un varón trans de 37 años que llegó a la organización en pandemia y pudo hacer su cambio de identidad con la ayuda de sus compañerxs. Cris ahora está viviendo en una casa colectiva en Del Viso, junto a su compañera y sus hijas. Desde allí va todos los días a trabajar a Barracas.

Cris: “Para mí este lugar es mi casa. Llegué hace casi seis años, me abrieron los brazos y acá me quedé”. Cris no solo encontró una fuente de trabajo, también encontró compañeros y familia: “Para mí este proyecto es todo, me ayudaron muchísimo y lo que es más importante es que nunca me discriminaron, me recibieron con los brazos abiertos”.

Como varón trans que fue expulsado de su casa a los 16 años y que no pudo terminar sus estudios secundarios, siempre le resultó muy difícil conseguir un empleo estable: “Me quedé en la calle y nadie me quería dar laburo, si bien hice el cambio de documento, la gente no me daba trabajo porque me decían 'tenés documento de varón pero necesito una mina' o 'no te tomo porque necesito alguien que tenga la fuerza de un chabón'. En cambio, cuando llegué acá, automáticamente me dijeron '¿querés laburar, querés progresar?, ¡vení!'”.

Argentina es un país que posee leyes de avanzada en materia de derechos sociales, sin embargo, arrastra estructuralmente la misma falencia: en la práctica, esas leyes no se cumplen. Tanto la Ley de Cupo Laboral Travesti-Trans como la legislación que contempla la asistencia integral para las personas en situación de calle (ambas sancionadas en 2021) no se implementan.

Con la panadería en marcha, apareció la idea de tener una marca propia de alfajores. Después de varias pruebas de masa, relleno y envoltorio, nacieron los BocaCalle. Una delicia a 150 pesos.

Cris reflexiona: “Creo que los gobiernos no están haciendo nada, porque yo milito para dos organizaciones, la asociación de Travestis Transexuales y Transgéneros de Argentina y Casa Trans; y por más que salgamos a la calle, por más protestas que hagamos y pancartas que pongamos, no nos dan bola. El Gobierno dice que está implementando la ley trans pero, por ejemplo, yo no terminé el secundario. Está bien, hay compañeres que se lo merecen porque estudiaron y pudieron conseguir trabajo gracias al cupo, pero yo que no terminé, ¿cómo hago?”.

Cris quedó sin techo ni hogar a los 16, rechazado por su familia a raíz de su identidad. “Yo vivía en Río Negro, mi vieja se enteró que andaba con una piba en la secundaria y me dijo ‘chau, andate a Buenos Aires a la casa de tu papá’. Mi papá tampoco me aceptó y me quedé en la calle. No pude terminar la escuela y aparte de eso, los golpes que sufrí por parte de mi padrastro afectaron mucho mi memoria. Tres veces intenté terminar el secundario pero no pude”.

En la atención de la verdulería, a Bety la acompaña Mati, un joven que se encuentra en proceso de superación de una problemática de consumo. Oski, a cargo de la elaboración de los alfajores BocaCalle, llegó al CIC en 2019 y “hace rato está alquilando su propio lugar”. Rodri y Lisandro, los panaderos, se arrimaron a Proyecto 7 porque dormían a la intemperie y ahora “están juntando la moneda para alquilarse algo y reconectando con sus familias”.

Bety es uruguaya, también pasó por la calle y ahora está alquilando. Tiene gran experiencia en el mercado de las frutas y verduras: “Estoy acá para ayudar a transitar el compañerismo entre los chicos que vienen de un ambiente muy hostil como es la calle y por supuesto que, también, acá encontré un trabajo”, cuenta.

Horacio la convocó y sin dudarlo ella aceptó sumarse al proyecto: “La mayoría son compas que están recomponiendo sus vidas y esto les da una posibilidad más. Nosotros, que pasamos mucho hambre, que comimos de la basura, está piola hacer que otres puedan comer algo mejor, si no, no aprendimos nada y pasamos por la calle al pedo. El tema es que cada experiencia nos sirva para ayudar a que no les pase a otres o, por lo menos, que no les pase tan jodido. Pensarlo desde ahí, de alguna manera también reconforta”.

"Sabemos que hay gente que se va a enfermar mal y no hacen nada. ¡Necesitamos que se pongan a laburar! Y que bajen los recursos para que las cosas se hagan."

 

El frío invierno de la política

El lunes 12 de junio Buenos Aires amaneció con un frío extremo y sucedió lo que desde las organizaciones venían alertando: murió un hombre que se encontraba en situación de calle. Fue en el barrio de Villa Crespo, en la avenida Leopoldo Marechal al 1300, a metros del Parque Centenario. Identificado como Héctor por la organización comunitaria Amigos en el Camino, lo encontraron en la calle inconsciente y sin signos de violencia.

Horacio: “Venimos avisando que en el invierno algún compañero va a aparecer muerto y, lamentablemente, el primer día de frío de este invierno terminó pasando. Lo encontraron los vecinos, la Policía cayó tipo 10. Hoy tenemos que lamentar otra muerte en la calle”. El referente menciona que Argentina “es el único país en la región que tiene tres leyes específicas sobre situación de calle”.

Detalla: “La ley 3.706 de CABA, que la impulsamos y la ganamos nosotros; la 13.956 de Provincia (de Buenos Aires) y también una nacional, que es la 27.654. Ahora nosotros estamos armando el Tercer Encuentro Latinoamericano y del Caribe de calle en Argentina, que se va a dar a fines de junio, y en el resto de la región un poco nos envidian sanamente por la cantidad de legislaciones que hemos conseguido y que otros países no tienen. Acá existen las leyes pero no pasa nada con eso, o sea, no le adjudican presupuesto y no las aplican”.

–Desde que llegó el frío están organizando desayunos para llevar algo caliente a quienes más están sufriendo las bajas temperaturas. ¿Qué significan para vos esos encuentros?

–Los desayunos tienen dos cuestiones. Una es la empatía, no podemos hacernos los giles con la cantidad de compas que están en la calle pasando mucho frío. Uno que estuvo ahí sabe lo que es despertarse con el estómago vacío con este frío y no poder poner nada caliente. ¡Lo tenemos que hacer! Es así de simple la ecuación, salimos a la calle a repartir ayuda. La otra cuestión es que es una forma de protesta y de reclamo al Estado en general. Tampoco nos gusta que se pasen la pelota como hacen siempre sobre si “este pobre es tuyo, este pobre es mío”, si pasó o no la General Paz. Esa gilada de inmadurez política histórica que hay en la clase dirigente nos da bronca. No importa de dónde es la persona si está pasando una situación como estar en la calle.

–¿Con qué se encontraron en la calle?

–Vimos muchas mamás con criaturas apareciendo a desayunar, criaturas muy desabrigadas, con los mocos chorreando. Eran muchísimos compañeres y en muy mal estado, gente muy desabrigada. Algunos tenían cuatro o cinco frazadas o mantas que van recolectando por ahí, porque la verdad es que el frío se te mete en el cuerpo y es muy difícil sacarlo. La única manera de sacarte el frío de adentro es con un buen baño caliente, cosa que tampoco hay en la calle.

"Venimos avisando que en el invierno algún compañero va a aparecer muerto y, lamentablemente, el primer día de frío de este invierno terminó pasando."

–¿Ustedes venían reclamando unas duchas móviles?

–Hay unas duchas móviles que se aprobaron, ese dinero se bajó a una organización determinada, pero nunca aparecieron. Nosotros queremos que aparezcan las duchas o que aparezca la plata. Son ocho duchas móviles que en este momento servirían un montón; en cualquier parte del año, en realidad, te sirven un montón. Y eso da lugar a que se incluyan otras cosas, alrededor de esa ducha podés armar un espacio de atención a la salud, derivación para tratamientos de consumo y algunas cosas más piolas como una peluquería. Es guita de la gente de la calle y tiene que estar. La ley es para la gente de la calle, los recursos son de la gente de la calle, no son de las organizaciones. Es una disputa que hay que dar todo el tiempo, malísima.

–¿Qué respuestas da el Estado?

–Las organizaciones armamos las leyes, sostenemos el cotidiano, gestionamos los centros de integración, hacemos todo nosotros. Es hora de que se pongan a laburar, da bronca porque ya sabemos que van a morir compañeres. En la calle hay personas con situaciones de salud muy delicadas. Estos días te parten de verdad si no te podés guarecer en un lugar. Te parte físicamente y emocionalmente. Sabemos que hay gente que se va a enfermar mal y no hacen nada. ¡Necesitamos que se pongan a laburar! Y que bajen los recursos para que las cosas se hagan.

–¿Cómo sigue adelante Proyecto 7?

–Vamos a salir nuevamente con los desayunos, porque tenemos que poder llevar algo caliente a los compañeros. También vamos a hacer meriendas y cenas con los compañeros de ECAS (Empresa Cooperativa de Alimento Soberano), que están recolectando ropa para la gente en situación de calle, nos están bancando y nos vienen apoyando en los reclamos. Vamos a seguir así como forma de protesta y de reclamo con la misma lógica de siempre, que es que ya no nos importa si es CABA, Nación o Provincia. Son personas en situación de calle, lo jurisdiccional nos importa bastante poco. Lo ideal sería que Nación, Provincia y CABA se unan y se pongan a laburar en conjunto para que no tengamos que seguir contando muertos en la calle, que es algo terrible. Pero eso sería una Argentina ideal, por eso vamos a seguir dando la pelea, porque es lo que creemos que tenemos que hacer.

En una de las paredes del almacén popular de Barracas se lee en letras bien grandes, visibles desde la vereda de la calle San Antonio, una frase que resume el espíritu de Proyecto 7 en sus 20 años de existencia: “La calle no es un lugar para vivir ni para morir”. Bety y sus compañerxs siguen atendiendo a las personas que se acercaron hasta ahí para concretar una misión que parece imposible en la Argentina inflacionaria. Comprar comida a un precio razonable.