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Nancy Godoy y el abandono de la escuela rural

por Lucía Aita
Fotos: Rodrigo Ruiz
02 de noviembre de 2026

Entre recuerdos personales del Impenetrable y la conmoción por el crimen de la maestra Nancy Godoy, Lucía Aita reflexiona sobre el rol fundamental del magisterio en las zonas más postergadas del país, la urgencia del amparo estatal y la necesidad imperiosa de reconstruir la red comunitaria y federal para que ninguna docente vuelva a quedar a la intemperie.

Mis referencias sobre la docencia rural son pocas como la de la mayoría de los porteños y bonaerenses, cabe reconocerlo. Como porteña, fui a la primaria al Normal 1, en pleno centro, sobre una avenida y a pocas cuadras de mi casa. Mi madre fue profesora de allí durante sus 30 años y mamé, como muchas hijas e hijos de docente, lo que resulta esa vocación.

En su caso, serlo podía ir desde quedarse luego de clase para que nadie se llevara la materia, hacer lo posible con los que podían llegar a repetir, pensar proyectos y salidas que entusiasmen a sus estudiantes, preocuparse y ocuparse de situaciones de vulnerabilidad de sus alumnos por temas económicos, pedagógicos o familiares. Atajar situaciones de todo tipo y orden: alimenticias, sexuales, de salud mental y más.

Todas las cenas tenían alguna charla en la que se desarrollaba algo de eso, y se notaba cómo quedaba pendiente de alguna historia educativa o personal de algún pibe, viendo cómo ayudar. Eso es más allá de todo lo supuestamente programático el A, B, C de los docentes. Supongo que pasa en otras profesiones, pero en esta casi nunca falla.

Un día mi madre decide llevar adelante el “Proyecto Chaco”: significaba apadrinar a una escuela del impenetrable chaqueño desde los privilegios del centro porteño. Ambas escuelas son públicas, pero una con muchos más recursos que otra. Los alumnos que se anotaban en sus horas de tutoría sabían que iban a poder viajar a conocer la escuela y llevar alimentos no perecederos, ropa, abrigo, etc. Mi vieja llevó adelante ese proyecto por décadas y, si bien intentaron lograr apoyos, nunca consiguieron ninguna ayuda política de ningún tipo en ningún gobierno. Eso no lo frenó. Todo salía de kiosco, peñas, colectas, regentadas por jóvenes de entre 16 y 17 años.

La evocación entonces de la escuela rural son las fotos que me mostraba mi madre de una escuela en Pozo Hondo. Una escuela en la que el agua se sacaba de un pozo, se comía de olla grande y la luz se terminaba cuando se iba el sol (ahora creo que hay un panel). Una especie de quincho en el impenetrable, con un montón de niños y adolescentes abrazados, que habían llegado para alcanzar elementos materiales solicitados, pero terminaban más que nada también propiciando un tipo de encuentro.

Recuerdo en parte a Wilfredo, el maestro rural que llamaba a casa y había que salir corriendo para acercar el tubo antes de que sea demasiado caro. Llamadas que organizaban ayudas, envíos, nuevos viajes y asistencias a inclemencias de todo tipo a resolver. También que Wilfredo paró en casa. Tuvo que venir a capital a hacer alguna cosa personal alguna vez, y esa fue otra forma de colaborar con sus vidas lejanas, en las que había hermosos niños y niñas tratando de aprender y ser alfabetizados, y no quedar desconectados del todo en el medio del monte, sin el recurso al menos de leer y sumar. Esos niños “del Chaco” o “de Corrientes” de los que se habla cuando se quiere golpear a cualquier gobierno, porque esos niños siguen existiendo y sus condiciones no mejoran, por más Inteligencia Artificial que haya.

Uno de mis últimos recuerdos es que llamó Wilfredo. Una niña estaba enferma (tumor cerebral que le ocupaba gran parte de la cabeza). Wilfredo puso su camioneta, recursos, redes en la capital para salvarle la vida. Los estudiantes del Normal 1 también pusieron peñas, rifas, ayudas. Juntaron las famosas tapitas de gaseosa a montones para hacer algo que nunca comprendí, pero que iba desde el reciclaje a la ayuda de la salud pública. La niña llegó al Garrahan con su madre, que nunca había salido del impenetrable y las cuidaron a ambas. Los médicos del Garrahan le salvaron la vida.

Mis próximos recuerdos de las escuelas rurales son relatos con palabras difíciles, sentada en Antropología de la Educación. No me dediqué a eso, así que sólo es un recuerdo de oído. Eran analizadas escuelas de Formosa, Misiones, Corrientes y más: situaciones y experiencias que iban desde la dificultad de comunicarse con el alumnado a temas de salud y/o agrotóxicos, entre otros. Investigadores que se dedicaban a estudiar los cruces de lenguas indígenas en esas escuelas, los recursos, la vulnerabilidad. Que muchas veces también terminaban sus lecturas con la salvedad de la importancia de realizar “investigación participante”, es decir, que acababan queriendo ayudar de alguna manera, porque una vez que veían esas realidades no podían volver a mirar hacia otros lados.

Pero qué sucede en esos lugares a la intemperie cuando nadie ayuda o no hay nadie mirando.  La disciplina violenta y furiosa hacia ese tipo de cuerpos, mujeres precarizadas que ofician de docente, portera y cocinera, ocurre sin frenos. No sabemos si es por docente rural que reclama que ha sucedido lo que le pasó, pero sí lo sabemos.

Son asesinatos que calan donde aún hay cuerpo y materialidad. Donde aún puede encontrarse una mano a cambio de nada para salvar una vida. Donde la humanidad, rodeada de naturaleza, es comunitaria.

Las maestras y maestros rurales son de los pocos que siguen actuando con un espíritu que va más allá de sí mismos. En un lugar donde se tejen las redes que quedan un poco más lejos, y problemas que no se pueden resolver con un zoom.
No sé nada de Nancy Godoy. No sé si algún día logremos saber algo profundo sobre ella. No sabemos lo que vivía, por qué lo hacía y qué estaba sosteniendo en ese mundo tan inabarcable para el imaginario de cualquier citadino. Sé lo que pude leer de medios,  que el campo es inmenso, que eran hijos de peones, que reclamó, que había precariedad, que puede ser un crimen de poder de agronegocio, que era maestra rural. Poco de eso alcanza para comprender que hay zonas y lugares de lo más potentes en lo más remoto de este país, y que es justamente lo primero que se extingue cuando no hay comunidad real y no se arma algo que lo sostenga.

Con esto no busco quitar la responsabilidad gubernamental, pero sí aplica reflexionar que Estado y Nación somos todos, para festejar un mundial o para sostener una alfabetización y un lugar de pertenencia para infancias y juventud a nivel territorial. Cómo hacerlo es una tarea titánica que nos puede llevar la vida pero es un proyecto concreto a seguir. No podemos dejarla en manos de tanta injusticia, desinterés, violencia y falta de recursos. Porque estos gobiernos (y algunos otros) no quieren que estos lugares existan. No es solo negligencia, es un plan de gobierno. 

Sabemos que no habrá justicia porque no quieren alfabetizar al hijo del peón. Porque no hay plata para lo que supuestamente no da plata. Porque, si la idea es apantallar a la población hasta que entregue todo su dinero en alguna estafa, apuesta o billetera virtual, entonces alguien que cruza un terreno a caballo para que haya un lugar común donde se pueda crecer socialmente queda desencajado, fuera de lugar. 

Por ahí, la mejor forma de honrar a gente tan inmensa no sea sólo pedirle al Gobierno que ponga el dinero, los recursos y la justicia (que también) haya que poner sino volver a hacer de nuestras vidas esa red federal con escuelas, bibliotecas populares, salitas, clubes que tanto necesitamos. 

No dejar a las Nancys solas para que suceda el horror pero, sobre todo, para no quedarnos tan desamparados.