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Mate amargo, yerba viva

por Estefanía Santoro
03 de noviembre de 2026

En Misiones convive la proliferación del glifosato en las plantaciones yerbateras con las experiencias de agroecología que plantan un modelo productivo y laboral en defensa del territorio y la vida. En un contexto de avance de los venenos, cada cebada se convierte en una decisión política.

El crujido de las ramas al cortarse retumba en la madrugada de Misiones antes de que despunte el sol. En la masa del monte, el frío o el calor sofocante pegan con la misma violencia sobre los cuerpos doblados de quienes cosechan la hoja verde. Son los tareferos, las manos invisibles y postergadas sobre las que descansa el ritual cotidiano más argentino de todos: tomar mate. Sin embargo, detrás del paquete que llega a las góndolas y de las charlas cotidianas alrededor del termo, se esconde un modelo productivo atravesado por la precarización extrema, la falta de derechos laborales y la presencia sistemática de agroquímicos que contaminan el suelo y envenenan la salud.

La problemática cobró aún más dramatismo en las últimas semanas, luego de que la Legislatura de Misiones diera marcha atrás con la Ley de Bioinsumos y derogara el artículo que prohibía el uso del glifosato y otros agrotóxicos en los campos de la provincia. La medida encendió las alarmas sanitarias y ambientales, volviendo a dejar a merced del mercado a miles de trabajadores y familias campesinas.

Frente a la lógica del veneno que impone el agronegocio y la complicidad estatal, las experiencias de la agroecología emergen desde el territorio para demostrar que producir yerba mate limpia, sana y justa no solo es una urgencia vital, sino una posibilidad real que ya está en marcha.

 

El duro oficio del tarefero
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Levantarse a las cuatro de la mañana con un desayuno fugaz en el estómago para aguantar la jornada a la intemperie es la rutina diaria de la zafra, la temporada de cosecha. “La vida del tarefero es así: se levanta muy de madrugada, se prepara el revuelto con mate cocido y se va a trabajar. Es una vida bastante sufrida porque es a la intemperie: si llueve, tomás lluvia; si hace frío, pasás frío; si hace calor, pasás mucho calor. Es una vida muy sacrificada, pero muy honrosa y muy honesta”, relata un tarefero que pide resguardar su nombre, quien trabajó durante 28 años en la cosecha manual.

Este trabajador rural conoce de primera mano la falta de oportunidades que se padece desde la infancia: “Los tareferos venimos todos de familias humildes. Yo, en mi caso, tengo Séptimo grado solo de Primaria, porque vengo de una familia grande y de personas que eran peones, no pudieron hacerme estudiar una Secundaria. Era tiempo que andábamos en alpargatas y al colegio no se podía ir en alpargatas, así que no pudimos estudiar. Lo que nos quedaba entonces era tarefear, carpir, machetear, cosechar”.

El tarefero es, históricamente, el eslabón más castigado y peor pago de toda la cadena productiva. “Nunca fue bien pago el tarefero, es una de las personas que menos gana en todos los ámbitos de lo rural”, advierte. La zafra dura únicamente unos pocos meses al año, de marzo a septiembre, dejando a las familias en la incertidumbre el resto del tiempo. “Hoy por hoy están pagando 55.000 pesos la tonelada. Un tarefero bueno te va a hacer de 500 a 1.500 kilos en la semana. Con eso tenemos que pagar los servicios y manejarnos con lo que ganamos por mes”.

A esa desproporción económica se le suma la informalidad y la desprotección laboral. “Hay gran mayoría que no están registrados, porque el sistema del blanqueo requiere un gasto extra para el que te toma. Si es un colonito que tiene que sacar 3.000 kilos de yerba, ¿cómo hace para registrar a cinco personas si la hoja verde al colono se le terminó pagando a 200 pesos el kilo? No le queda prácticamente nada”, explica el cosechero. 

Crédito: Cooperativa Unión Campesina.

Crédito: Cooperativa Unión Campesina.

Sin aportes ni cobertura de salud, al terminar la cosecha quedan desamparados: “Los tareferos que quedan sin trabajo están migrando a Brasil a cosechar la uva. Se tienen que ir a trabajar allá para tener algún ingreso. El Gobierno provincial prepara el subsidio interzafra para los tareferos registrados, y los que no son registrados tienen que irse a Brasil o a otro lado”.

El desgaste físico que provoca el trabajo junta secuelas irreparables a lo largo de los años. Aunque la llegada de carritos para mover los raídos (bultos grandes) de hasta noventa kilos alivió las lesiones de columna, el mal tiempo hace mella. “Hasta que el tarefero cargue esa yerba, venga el camión al secadero a descargar y vuelva a su casa, llega a la tardecita-noche con frío, humedad, mojado. Eso acarrea bastantes problemas respiratorios, bronquitis, pulmonía. Yo sufrí de eso, me agarró neumonía, pulmonía, gripes, hernias por forcejear mal”.

A esto se suma el recuerdo de las épocas de campamentos precarios: “Íbamos 15 días de campamento bajo carpa. Teníamos un pedazo de nylon donde hacíamos la carpa y ahí nos poníamos si llovía”. Si bien hoy la normativa exige casillas con luz y agua en los grandes establecimientos, en las pequeñas chacras la precariedad persiste y muchos trabajadores son convocados fuera de la zafra para aplicar herbicidas o productos químicos sin la protección adecuada.

Crédito: Cooperativa Unión Campesina.

Crédito: Cooperativa Unión Campesina.

 

Una alternativa sana al modelo venenoso
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Frente a la narrativa dominante de las corporaciones que insisten en que es imposible producir a gran escala sin glifosato o secantes sintéticos, la respuesta de quienes habitan el territorio desde la agroecología es contundente. En Pozo Azul, en el nordeste misionero, las cooperativas campesinas demuestran desde hace una década que la tierra no necesita químicos para ser fértil.

Agustín Pane, presidente de la cooperativa Unión Campesina, explica: “La yerba mate es un árbol nativo de acá de la selva paranaense, entonces va tranquilamente en asociación con otros cultivos. Para poder producir sin venenos se utilizan coberturas, cultivos entre los líneos. Seguimos la teoría de la trofobiosis, que habla de que los suelos sanos mantienen a las plantas sanas. Así como las personas con alimentación sana se mantienen sanas, con las plantas es exactamente lo mismo”.

El manejo agroecológico reemplaza al glifosato por diversidad y trabajo consciente. “Se mantiene con motoguadaña, limpiando como siempre se hizo, a machete o foisa antiguamente. Vas manteniendo limpio el yerbal sin necesidad de tirar glifosato”, señala Agustín. Y derriba el mito de que los agroquímicos son imprescindibles o inocuos: “De 1970 para atrás no existían los venenos en Misiones. La yerba mate, desde los jesuitas hasta 1970, nunca utilizó un veneno. ¿Cómo se producía? Está ahí la respuesta. Nosotros sabemos que el veneno es veneno, es un residuo químico que va a quedar en el suelo, en el alimento y en las personas. Ya estamos demasiado envenenados tras más de 30 años de este modelo. Los venenos lo que realizan es la muerte, lo contrario a la vida”.

Al mismo tiempo, alerta sobre la calidad de la yerba mate que se encuentra habitualmente en los supermercados: “Los yerbales son sostenidos en su mayoría por glifosato. Y si vos tenés 5.000 hectáreas de yerba no vas a contratar 5.000 personas para que limpien: vas a meter una máquina pulverizadora con el tractor y vas a envenenar todo el suelo para mantener el yerbal. Ese caminito industrial que se quiere para la yerba mate se viene haciendo hace muchos años”.

 

Agroecológico y cooperativo, dos veces bueno
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Agustín diferencia lo “orgánico” de lo “agroecológico”: “Orgánico es todo, porque es la vida. Pero hoy producción orgánica se llama a la certificada. Es como la agroecológica pero certificada, y nosotros no tenemos la marca certificada porque para eso tenés que tener plata para pagar la certificación. Hoy, por suerte, la Provincia lanza una certificación agroecológica, un sello de certificación participativa que es por lo menos un mínimo control del Estado que nos autoriza, a través de reuniones de vecinos agroecológicos, a ir monitoreándonos entre las chacras. Hay un montón de productores que compran el sello orgánico, pero esa certificación te viene a ver una o dos veces al año. Si vos después tenés otros yerbales, es muy difícil la trazabilidad en la hoja de yerba mate. Por eso los mejores proyectos son los bien chiquititos o una cooperativa como nosotros”. Unión Campesina, su cooperativa, produce la yerba Carayá.

La derogación reciente del artículo que prohibía el glifosato en Misiones viene a ratificar lo que en las chacras ya se sabía: las leyes de papel son humo si no hay voluntad política ni financiamiento. “Esta ley, cuando salió en pandemia, sabíamos que era una pantalla. Nunca se aplicó, nunca se prohibió la venta, vos conseguís RoundUp (la marca con la que Bayer-Monsanto comercializa el glifosato) en una botella de Coca-Cola en una ferretería. La ley tenía un artículo que buscaba explicar cómo iban a hacer la transición, porque no podés decir de la noche a la mañana 'saco los venenos' sin darles una opción a los productores. Eso nunca se hizo, nunca prosperó, se hizo solo para la foto”, cuestiona Agustín.

Frente a la encrucijada, el camino requiere un compromiso colectivo entre la producción y el consumo: “El desarrollo de la agricultura industrial a gran escala eliminando a las personas del campo lo hicieron diciendo que de esta manera íbamos a producir alimentos para todo el mundo. La pobreza no solo no se terminó, sino que aumentó. Somos los consumidores los únicos que podemos revertir esto exigiendo al Estado que regule y exigiendo a los productores producciones sin venenos. Cuando Taragüí y Las Marías se queden sin ventas porque realizan una agricultura totalmente envenenadora, vas a ver cómo van a salir a reordenarse. Hay que apoyar a los que están produciendo sin veneno porque si no vendés, no hacés nada”.

Cada mate que se sirve en el cotidiano encierra una definición política. Entre el modelo que fumiga, precariza y margina y la resistencia de las manos campesinas que cultivan con respeto a la tierra, la salida no es la resignación. Elegir qué yerba cebar es también decidir qué modelo de vida se abraza en cada mate.