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Un mercado popular a cielo abierto

por Estefanía Santoro
Fotos: Agustina Salinas
15 de junio de 2023

Formas de resistencia, rebusques y changas rememoran fantasmas de las históricas crisis económicas cíclicas que vivió la sociedad argentina. En medio de nuevas viejas crisis, “La feria de Caraza”, en Lanús, es un mercado popular a cielo abierto que representa una salida laboral para cientos de familias.

Son las 9 de la mañana de un sábado. La calle Campana -y las que se bifurcan a los costados- están llenas de mantas. Aproximadamente 18 manzanas son las que abarca la “Feria del Trueque”. Así la llamaron en sus inicios porque permitió sus primeros intercambios en los clubes de trueque -que se hacían a principios de los años 2000- para luego extenderse a las veredas. 

Ubicada en el corazón de Villa Caraza, barrio de la localidad bonaerense de Lanús, la feria se extiende hasta General Hornos, donde comienza el barrio que vio crecer a Diego Armando Maradona: Villa Fiorito. Algunxs feriantes arman sus puestos antes que salga el sol, otrxs llegan más tarde, y se disponen a desarmar la pila de ropa que arrastraron -un par de cuadras- arriba de sus carros.

Carlos vende en la feria hace 15 años. Vive en el barrio ACUBA. Arma su manta solo los sábados porque en la semana hace changas de jardinería y albañilería. Tiene 45 años. Está sentado al lado de su compañera Antonia, y sus dos hijxs, de ocho y cinco años, mientras toman mate. Ella prefiere no hablar. Carlos cuenta que Antonia vende en la feria de Fiorito los domingos. "Nosotros le compramos a la gente que trabaja con el reciclado, con los carros, ellos traen bolsas de ropa de capital y pasan por la puerta de mi casa", asegura. 

Le pregunté cómo definiría la situación económica de su familia y me respondió: "Complicadisima". No tiene descanso, trabaja todos los días. "Durante la semana vendo golosinas en los colectivos de la estación de Lanús, gracias a los choferes que me dejan ganar el mango. Después vengo acá, cuando compramos cosas y las podemos revender." Los días de sol, Carlos va a la feria con toda su familia, “para estar un rato juntos, al menos”, dice. “Acá los chicos se entretienen con los caballos mientras nosotros trabajamos", cuenta, al tiempo que asegura que en estos últimos años la feria se amplió: “La gente se lleva bolsas, mucha mercadería. Empezó de nuevo el regateo, algo que no se veía hace rato, y entre vendedores hacemos trueques."

"Empezó de nuevo el regateo, algo que no se veía hace rato"

Estela es otra feriante. Se acerca una mujer en bici y le pregunta el precio de una campera de estilo vintage que tiene colgada de la rama de un árbol. Es una reliquia, de tela gruesa y forrada en su interior. “Mil quinientos”, le dice Estela. La mujer se la prueba. “Hace como cuatro años que compro ropa usada; si compro ropa nueva no como”, cuenta. Y agrega: “Soy barrendera, pero con lo que cobro no me alcanza. Vendo en la feria del Velódromo de Lanús y también hago tortillas a la parrilla. Trabajo de lunes a lunes.”

La feminización de la feria

En la feria hya más mujeres que hombres vendiendo, y la gran mayoría son vecinas del barrio. No se sabe exactamente en qué año surgió la feria, pero sí que se hizo popular con el nombre de “La feria del Trueque”, una salida económica que las vecinas inventaron para ampliar los clubes de trueque que emergieron en 2001. Por esos años, la feria se convirtió en un espacio a cielo abierto de intercambio de mercadería para hacerle frente a la crisis socioeconómica y política que vivía el país. 

A sus 66 años, Dionisia llegó a la feria por intermedio de una amiga, que le pasó el dato. Vive a seis cuadras, tenía un local de venta de ropa pero -durante la pandemia- tuvo que cerrar. "Me quedé en bancarrota”, dice, hasta que un día “empecé vendiendo cosas que me regalaban mis hermanas, también ropa usada que compro, la arreglo y la revendo. Además tengo otro trabajo. Los fines de semana vendo gaseosas y sándwiches en la cancha. En la semana vengo -dos o tres veces- a la feria. Hoy vine de casualidad porque -generalmente- los sábados voy a la cancha. Cobro una jubilación, pero acá me gano unos mangos también. Estoy juntando plata para ir a visitar a mi hija que está en Tucumán. Tengo otra que está en Alemania, pero ahí no voy, es muy caro", cuenta Dionisia, mientras sonríe.

Si en algo coinciden las feriantes más antiguas es que -cada sábado que pasa- la feria se hace más grande. Pasada la crisis de 2001, manteros y manteras se fueron porque consiguieron alquilar un local u otra red de venta. Sin embargo, el 2023 lxs volvió a juntar y -en la actualidad- muchxs rememoran esa primera forma que fue tomando la economía popular.

Nora es de las vendedoras más antiguas. Cuenta que -al principio, en la feria- la mercadería se intercambiaba; y de a poco empezaron a aparecer los puestos. "Yo soy ama de casa. Mi marido recién se jubiló. Pero en 2005 se quedó sin trabajo y esto salvó a mi familia. Era el único ingreso que teníamos. Venía todos los días, de ocho de la mañana a dos de la tarde. Hoy sigo con mi carrito. Tengo ropa que me dan mis primas. Yo se las vendo también, porque ellas tienen vergüenza de venir a vender. Después compartimos las ganancias. Es un rebusque. Hubo veces que vine sin un peso y me fui con plata, por lo menos para salvar el gasto de la comida. Ahora está llegando mucha gente que tenía locales. Vienen y liquidan ropa barata porque no pueden mantener el alquiler.”

"Hay gente nueva en la feria, porque al haber poco trabajo vienen a rebuscarse todos los días el pan. Hay mucha pobreza"

La feria no solo se hace más grande cada fin de semana, sino también más variada con respecto a la oferta de mercadería. Ropa y zapatos, nuevos y usados, de primera y segundas marcas. Podés encontrar un pantalón sastrero importado o una chomba Lacoste por mil pesos; podés hacer acopio de alimentos para todo el mes como arroz, fideos, yerba, miel y aceite, todo a muy bajo costo. Las ofertas son únicas: 1600 pesos por seis kilos de harina; o paquetes de galletitas de agua por 100 pesos. La diversidad es infinita: libros, herramientas, inodoros, muebles, accesorios para el hogar, juguetes, cremas, perfumes, pelucas y hasta limones paraguayos. 

Leonarda es una de las pocas personas de la feria que tiene un puesto grande, con percheros, espejo y hasta probador. También exhibe sus prendas en pequeñas mesas con una distancia perfectamente calculada que permite el paso entre cada stand casero. "Llevo 18 años vendiendo. Empecé de cero con ropa usada, tirando una manta en la plaza, porque no tenía trabajo. Vengo de martes a sábados", cuenta. Y agrega: “Hay gente nueva en la feria, porque al haber poco trabajo vienen a rebuscarse todos los días el pan. Hay mucha pobreza ¿Dónde se ha visto que hoy un paquete de azúcar cueste 700 pesos?"

Entre sus ofertas, Leonarda cuenta que es peruana. Llegó a Argentina cuando tenía 18 años. Hoy tiene 56. Empezó haciendo trueques y -a la par- trabajaba como empleada en casas particulares. Hoy tiene un puesto grande y -con el dinero que gana como limpiadora- compra mercadería para vender en la feria. "Ayer me fui a trabajar por hora hasta las ocho de la noche, y así como cobré, compré una docena de calzoncillos. De esa forma voy produciendo la feria. También con ropa usada, pero en buenas condiciones". 

A uno de los costados del puesto de Leonarda se aprecian dos carros. Son los que carga todos los días. Vive a 10 cuadras de la feria. "Es un sacrificio, pero vale la pena. Vivo de esto y trabajo con mi sudor, porque nadie me ayuda. Tengo un hijo que está estudiando en la facultad y trato de ayudarlo. Si sigo hablando me voy a poner a llorar. Es por él que voy a trabajar todos los días, para que pueda ser algo en la vida, y no esté trabajando en la calle como yo", cuenta, con los ojos invadidos por el llanto, y una sonrisa grande.

Darío puso su manta por primera vez en la feria de Caraza hace siete meses. Tiene 56 años. Antes vendía en la feria El Olimpo, en Lomas de Zamora. Cuenta que los sábados es el mejor día porque circulan más personas. "Acá venimos para ganarnos la moneda. Vendo para sobrevivir. La ropa la consigo de gente que me hace donaciones. Mi esposa cobra una pensión, pero con eso sólo no alcanza. ¿Quién está bien en este país?”, se pregunta Darío, y se responde: “Los que están ahí arriba son los únicos, porque nosotros estamos todos igual. Acá viene gente porque hay cosas baratas y que sirven”.

Recorrer la feria de Caraza puede llevar algo más de tres horas. Cerca del mediodía suena cumbia en un parlante portátil. No hay estómago que resista a los aromas de los puestos de las empanadas fritas, choripanes, tortillas, y hasta una olla gigante de locro. Tan grande que parece tener la capacidad de alimentar a toda la feria. Comunidad. Solidaridad. Abrazadxs ante una crisis que pareciera no terminar nunca.