El pueblo que no volverá a ser el mismo

por Lautaro Romero
Fotos: Hernán Vitenberg
30 de mayo de 2019

¿Cómo vivían Danilo, Gonzalo, Camila y Rocío antes de que la policía arruinara todo? Sus amistades de siempre, la plaza, el rap y el skate. La pasión por el fútbol. Y el dolor que dejó el gatillo fácil en San Miguel del Monte.

“Cada vez que paso, miro”, dice una vecina de San Miguel del Monte, quien se esfuerza por detener la marcha de una bici con pocos frenos.  En una esquina de la calle 9 de julio, que hace de colectora de la ruta 3; todavía pueden verse las esquirlas de vidrio esparcidas entre la tierra y el polvo. Parece ser la escena del crimen. Ante la duda, Juan, otro vecino de Monte, termina por confirmarlo: “Acá es donde los mataron”.

En este preciso lugar, la madrugada del lunes 20 de mayo fueron asesinados Danilo Sansone (13), Gonzalo Domínguez (14), Camila López (13) y Aníbal Suárez (22). A los tiros, sin misericordia, los persiguieron varios móviles de la Policía Bonaerense. Los arrastraron hacia el abismo más oscuro y vil. Del choque contra el acoplado, embestido por el Fiat 147  en el que iban los pibxs, sólo sobrevivió Rocío Guagliarello (13), quien continúa en el hospital, dando pelea por su vida.

A los tiros, sin misericordia, los persiguieron varios móviles de la Policía Bonaerense

En Monte residen poco más de 20 mil personas y aseguran que el pueblo “no volverá a ser el mismo” luego de la masacre. Lo que está a la vista es un excesivo despliegue de las fuerzas de la (in)seguridad. Con sus uniformes camuflados mantienen su postura firmes, inmutables, custodiando la entrada de la municipalidad. 

Cruzando el asfalto está la plaza Alsina, la más popular del centro. Entre risas, Danilo, Gonzalo, Camila y Rocío pasaban largos ratos en ese “punto característico de arte”. Y forjaban compañerismo. Y junto a sus amigxs, resistían el hostigamiento de la policía, el abuso y la violencia institucional.

Más de una vez les censuraron por hacer música. Más de una vez les llevaron a la comisaría, les persiguieron y apuntaron por “portación de cara”, por expresar lo que les brotaba desde las entrañas.

“La yuta sabe a qué sector de la sociedad puede apretar, y con qué herramientas simbólicas de discriminación. Para esta gente, los peligrosos parecen ser siempre los jóvenes. Pero son los jóvenes los que tienen el fuego, y van para adelante. Hay que amar a los chicos, cuidarlos, escucharlos. Formarlos entre nosotros y nosotras de los derechos que tenemos como ciudadanos. Y la mayoría vienen de familias humildes, trabajadoras. Son poblaciones vapuleadas, golpeados desde todos los lados. Desde los tarifazos, el desempleo, la desindustrialización”.

Para esta gente, los peligrosos parecen ser siempre los jóvenes pero son los jóvenes los que tienen el fuego, y van para adelante

Quien habla es Maximiliano, profesor de Filosofía y Construcción Ciudadana en Monte.  A Maxi le encanta el rap. De hecho lo incentiva: “Se asemeja a las payadas de los gauchos y al punk, porque es bien contestatario”. Y lo trabaja en el aula: “Cómo analizar las problemáticas del barrio, las historias personales y transformarlas en rap. Cómo hacer ver que lo personal está vinculado con lo comunal, lo social y lo histórico, en una sociedad atravesada por los terratenientes de siempre, por la oligarquía de apellidos ilustres”.

En la plaza hay pibes que practican parkour, que andan por los aires y desafían a la física. Otros se animan a subirse a un skate, a caerse, a aguantar los golpes y no rendirse, hasta lograr un nuevo truco. Hay quienes incursionan en el freestyle, y encuentran en el arte de improvisar, el mejor modo de “sacar todo” lo que llevan dentro. Y casi sin saberlo, gestan la revolución.  

El arte de improvisar, el mejor modo de “sacar todo” lo que llevan dentro. Y casi sin saberlo, gestan la revolución                                

Para Nicolás, hermano de Danilo, es “la salvación”. “Te despeja de los problemas, te ayuda a pensar, te desahogas”, dice, con un nudo en la garganta. Y la mirada triste, decaída, tratando de encontrar explicaciones a tanto desprecio, a semejante atrocidad. “Eran buenísimos los dos. Con Gonzalito nos criamos juntos. Siempre nos ayudamos el uno al otro. Andábamos en skate todo el día. Ellos rapeaban. Y después pasó esto: los mataron. Es culpa de la policía”.

A Fénix, de 17 años, le duele no tenerlos más. “Eran personas excelentes. No hay nada malo que decir de ellos. Pasábamos buenos momentos. Fue una injusticia. Justo nos sentábamos acá, en esta Ú, donde estamos ahora”, dice, señalando el anfiteatro de la plaza Alsina. “Gonzalito aprendió conmigo a ser beatboxer. Me mandaba mensajes para mostrarme un nuevo sonido que había sacado. Eran nuestros chicos. Éramos todos amigos.  Estamos un poco apagados.  Pero nosotros seguimos en la calle. Sabemos que no fue un accidente. A nosotros nos llega la verdad primero”, nos afirma William, otro de los pibes que forma parte de la “liga de freestyle”, que fundaron hace seis meses.                               

A la charla se suman más pibes y pibas que escuchan con atención, y recuerdan a Danilo, Gonzalo, Camila y Rocío. Y a Aníbal, el joven misionero que llegó al pueblo en busca de trabajo, y manejaba el 147, el día de la masacre. “No lo conocía. Me dijeron que era buen pibe, humilde como nosotros”, dice Nicolás.     

 Danilo y Gonzalo se codeaban con los más grandes, adquirieron práctica y comenzaron a improvisar mejor. Demian (23), uno de los precursores de este movimiento, el cual “une a la juventud de Monte”, nos cuenta que la gente ya los conocía por lo atractivas que resultaban sus “batallas” de freestyle. Verlos haciendo música era como un clásico, un Boca-River, pero que no terminaba a las piñas, sino a los  abrazos y choques de puño, porque al fin y al cabo, lo que menos importaba era la competencia.      

                                                                             

“A los chicos les dabas la mano y te la extendían para volver a la casa. ¿En qué cabeza cabe la idea de que son responsables? ¿En qué momento, de todos los videos que circularon, mostraron una actitud vandálica, o se los ve con armas de fuego para defenderse? Nada justifica que los hayan acribillado. ¿Por qué esa conducta tan asesina, tan errónea? Acá hubo un asesinato. Esto es gatillo fácil.  Las pruebas están. Van a salir a la luz, tarde o temprano”, reflexiona Demian, quien les escribió una canción a los pibxs asesinados, que dice así: “Vuelen alto mis guerreros, ahora harán carrera para ver quien llega al cielo. Vuelen alto mis guerreros, ojalá algún día en alguna parte nos crucemos…”.    

¿En qué cabeza cabe la idea de que son responsables? ¿En qué momento, de todos los videos que circularon, mostraron una actitud vandálica?

En San Miguel del Monte, además de una liga de freestyle, hay una liga de fútbol juvenil. Si no estaban en la escuela, en la plaza, rapeando o con un skate en la mano, a Danilo y a Gonzalo se los podía encontrar en el club. Amaban la redonda.

Joaquín fue entrenador de Gonza en el Porvenir, y juntos salieron campeones de la liga, en la categoría 2005/2006. Joaquín descubrió que Gonzalo era un jugador “rápido y goleador”. Pero sobre todo, buena persona. “Era muy respetuoso, nunca lo vi enojado, sólo cuando erraba un gol. Siempre venía con su skate. Se quedaba haciendo trucos antes de entrar, a mí me daba miedo que se cayera, se lastimara un hueso”, cuenta.

Hoy, el último recuerdo que tiene Joaquín de Gonzalo, es el mensaje que le envío el sábado previo a su muerte: “me avisaba que el lunes arrancaba a entrenar. Y el lunes lo mataron”, se lamenta. “Tengo el diploma y el trofeo de fin de año para darle a la familia. Y la camiseta que usaba él. La vamos a llevar siempre con nosotros”.

A Joaquín este año le tocó dirigir a Danilo -un año menor que Gonzalo y capitán de su equipo-; y no tenerlo de rival, como en años anteriores. “Era un pibe muy educado. Un poco más temperamental, más calentón que Gonzalo. Jugaba de mediocampista o defensor. Cuando vino a entrenar con nosotros, me dijo que era arquero. Me sorprendió porque era poli funcional, lo podías poner en cualquier lugar de la cancha”.

Compartieron mucho tiempo. En el potrero, en los viajes. Como para no encariñarse. Joaquín siente que sus alumnos son “mi familia”, y “una parte de mí se fue con ellos”. Por eso quiere homenajearlos, darles una mano, como cuando hicieron una convocatoria para juntar alimentos no perecederos, y se los entregaron a la familia de Danilo.

Hoy, el último recuerdo que tiene Joaquín de Gonzalo, es el mensaje que le envío el sábado previo a su muerte: “me avisaba que el lunes arrancaba a entrenar. Y el lunes lo mataron”

Loana y Yanina se hicieron amigas cuando eran adolescentes. Inseparables, quedaron embarazadas casi a la par. De hecho Rocío y Camila, quien “tenía el sueño de ser fotógrafa”, se llevan sólo un mes. Al igual que sus mamás, se volvieron mejores amigas.

Sofía Guagliarello, hermana mayor de Rocío, comenzó a juntarse más seguido con ellas, y también formó una amistad. “Las noches de verano íbamos al skate park, por las tardes tomábamos mates en la laguna, íbamos a la cancha y nos juntábamos con nuestros amigos en la plaza. En lo de Yani, pasábamos largas horas de la noche despiertas, rapeando y riéndonos. Nos gustaba maquillarnos y sacarnos fotos, hacer panqueques, también tortas fritas”, recuerda. 

A Sofía, la policía le quitó a Camila. Y dejó mal herida a su hermana, quien lleva más de una semana internada en el Hospital El Cruce, de Florencio Varela. “Ro es una loca linda, y por sobre todas las cosas una guerrera, fuerte como ninguna”.

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