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Amores Perros: una historia imposible

por Saverio Lanza
26 de abril de 2019

El relato a continuación es verídico, aunque cueste ser concebido desde las preconcepciones de mente humana. Solamente se suplantaron los nombres reales por meros motivos de intimidad. En las imágenes aparece el único y real protagonista de esta increíble narración que sucedió ni más ni menos que en un barrio porteño.

¿Cómo se cuenta una historia imposible, inverosímil… y que parezca real? ¿Cómo se escribe un texto dedicado a quien jamás lo leerá? Quizá alguien pueda contárselo al oído mientras devora alimento balanceado de su plato, y afanosamente bebe agua para saciar su inmediata sed, esa que nunca puede esperar. Con certidumbre oirá. Quizá no entienda, o quizá sí. Nunca se sabrá. Es que, tras ese cortinado de incertezas, es el lugar donde la magia se esconde.

Lito corría desesperado por la vereda. Una de miles en la Ciudad. Era domingo, cerca de las 8 de la noche. Sabía que precisaba encontrar un refugio. Buscaba, pero nada lo convencía. Hasta que avistó un patio de lajas, y una reja que lo hizo frenar de golpe, y darse cuenta de que ese era el mejor lugar para protegerse. Lito vio macetas, vio oscuridad, y entendió que esa cueva era ideal para pasar los próximos minutos, hasta que el fragor de los latidos encontrase algún tipo de sosiego. 

Alguien lo vio en su inusual refugio. Después, los “alguien” se multiplicaron en pocos minutos. Bajo su mirada inquisidora e inquieta, empezó a querer ser cuidado por manos extrañas, que le acercaban agua, comida y caricias. Desde el otro lado de la reja, las manos eran sanadoras, amigas. Lito estaba nervioso. Las manos adultas no le brindaron la suficiente confianza. Sin embargo, se animó a la caricia fraternal de un niño.

Lito es pequeño, muy pequeño. Casi indefenso para el enorme mundo gigantesco al que se enfrentó. Sin embargo, esto aún no es conocido por las manos que lo contienen. Lo dimensionarán más tarde. Nadie sabe que Lito es su nombre. No tiene identificación. Es difícil de atrapar. Corre muy velozmente. Está bien alimentado. Es un animal fuerte, pequeño pero robusto. Su desesperación no conoció de límites. No supo de bordes. No entendió de razonamientos. Fue un sinfín de impulsos, y de resoluciones en milésimas de segundo.

          ***   Lito fue adoptado por Luisa y Juan en noviembre de 2017. Ambos, mendocinos, vivían en Comodoro Rivadavia, Chubut. Lito se hizo amigo de Gringo, un perro negro, mestizo, divino, adoptado cuando era cachorro, en la misma ciudad. La noche en que Lito y Luisa se cruzaron por primera vez fue después de una jornada en el gimnasio de un club barrial histórico de la zona, sobre la ruta nacional 3. Un pequeño perrito blanco y marrón pasó corriendo, muerto de miedo, perseguido por otro, más grande. Unas chicas que estaban lograron evitar que Lito se fuera hacia la ruta y lo atropellara un camión, de los miles que pasan por la zona. Luisa consiguió agarrarlo.

          Con la excusa de “yo no puedo cuidarlo, ya tengo muchos en mi casa”, Luisa se quedó sola, con el perro en brazos, temblando del pánico. Estaba oscuro. Decidió llevarlo a casa. Empezó a buscar a sus dueños. Le sacó fotos. Armó una publicación, y la posteó en todos los grupos de “mascotas perdidas y encontradas Comodoro Rivadavia” que existían en Facebook. Mientras, Lito comió, tomó agua, un baño, desinfección, porque el pobre estaba infestado de garrapatas. Tanto así que caminaba y se le caían al piso. En el cuello tenía puesto un collar plástico fluorescente, típico de carnaval carioca.

          Gringo lo miró con recelo, después de haber sido el perro único y mimado por 4 años. Entonces, se dio vuelta y decidió ignorarlo. Juan tampoco pudo creer que Luisa hubiera recogido otro perro más de la calle. Se agarró la cabeza diciendo que le iba a transformar ¡la casa en un zoológico! Pero se tranquilizó cuando Luisa le aseguró que -como mucho- iba a estar unos días en casa. ***

Quién sabe cómo, Lito encontró un recodo por calle Conesa, cerca del Parque Saavedra. Julio estaba en la zona, manejando su auto, cuando escuchó algunos gritos, y vio a una pareja que intentaba dominar los embates desesperados -y las pulsaciones a toda velocidad- que llevaba Lito. Julio vio que el perro entraba en el patio de la casa de su hermano Pedro. En el asiento del acompañante, Milo, su pequeño hijo de 12 años, señaló que el perro había entrado “a la casa del tío”. Más precisamente, al patio frontal que daba a la calle, y que estaba separado por una puerta de reja, que encerrojaba un pasillo.

“Avisale al tío”, le dijo Julio a Milo. “Decile que hay un perro perdido, que traiga agua y comida”. Sin embargo, Lito no tenía ni hambre ni estaba sediento, a pesar de la increíble aventura que había llevado a cabo, y que todavía no  era conocida para quienes intentaban ayudarlo. Pedro, el tío, se acercó a la escena, junto a María, y Lola, una perra de 7 años, de unas 10 veces mayor en tamaño que Lito.

Entre humanos y perros, ya se había conformado una reunión de aproximadamente 10 personas en torno a Lito. Mientras los adultos deliberaban, Milo consiguió atravesar una soga en el ojal del collar de Lito, abrieron la puerta de reja, y consiguieron que el cachorro volviera a la vereda. ¿Qué hacer con él?, cuando la acción obvia -en estos casos- es la de tomarle fotos desde diferentes ángulos y subirlas a los numerosos grupos de Facebook, en los cuales se genera una solidaria red mascotera, para viralizar las desapariciones y los hallazgos de cachorros. 

La pareja que había visto en primera instancia a Lito había señalado que, cerca de allí, a dos cuadras de distancia, o quizá tres, una mujer desesperada estaba preguntando si alguien había visto a su perro. Pedro no lo dudó. Correa en mano y con Lito algo más calmado, decidió ir -junto con María y Milo- hacia la esquina mencionada. Sin embargo, allí no había nadie preguntando por un perro, ni tampoco ninguna otra persona que supiera algo al respecto. Eran cerca de las 21 horas de un domingo con el cielo algo encapotado y amenazante de lluvia.

En medio de la ignominia, Pedro advirtió que Lito parecía tener alguna idea de hacia dónde caminar. Entonces, ambos dieron rienda suelta al instinto. Lito pujaba con cierta vehemencia y parecía que llevaba una dirección indubitable, a lo que Pedro se dejó llevar. Cuando comenzó a llover, María y Milo decidieron regresar, luego de haber caminado unas 10 cuadras. Pedro asintió, y le confesó a María que le causaba curiosidad ver hacia dónde se dirigía Lito.

Así fue que Pedro, sin saber a dónde iba, se dejó llevar por los embates del perro. Le resultaba extraño el recorrido, porque Lito había elegido caminar por la Avenida Crámer, una verdadera pista de doble mano, furtiva, con automóviles que se movían a gran velocidad, convirtiéndose en una de las arterias más peligrosas y concurridas de la zona norte de la Ciudad.

Lito, con prisa y sin pausa, avanzaba en su derrotero. Ambos ya habían llegado a Crámer y Juramento, en pleno barrio de Belgrano. Saavedra y el parque habían quedado atrás. La distancia era abismal. Una parte de Pedro sentía haber perdido ciertas esperanzas. La tenacidad del cachorro se las renovaba. Lito dobló decidido, por Juramento. Cruzó de vereda, y se aventuró para volver a zigzaguear y tomar la calle Vidal.

Caminó y caminó. Se detuvo apenas un par de veces. Alguna para orinar, otra para refugiarse de algún perro que se aparecía de frente. En algún otro momento se vio asustado por los ensordecedores ruidos de autos y colectivos. Pedro intentaba calmarlo y animarlo a continuar con su recorrido, sabiendo íntimamente que tal vez Lito estaba perdido, y que el camino elegido iba hacia ninguna parte.

Al llegar a la esquina de José Hernández y Cabildo, Pedro pareció perder la totalidad de sus esperanzas. Lito quería cruzar la avenida, el Metrobus, autos a diestra y siniestra. Parecía imposible de hacerse para un perro sin compañía. Sin embargo, Lito giraba su cabeza como diciendo ‘vamos, estamos cerca’. 

Lo cierto es que humano y perro cruzaron la arteria principal del barrio de Belgrano. Pedro pensó para sus adentros: ¿A dónde me quiere llevar? ¿A Barrancas? ¿Pasearía en esos pastos? ¿Los conocería de antes? Quién sabe. Esa era la dirección. Sin embargo, después de cruzar Cabildo, unos 200 o 300 metros después, Lito frenó de golpe. Cruzó la calle. Giró a la izquierda. Avanzó unos 20 o 25 metros. Era la puerta de un edificio. El lugar estaba iluminado con una luz mortecina. Había un joven repartiendo comida. Lito se acobardó frente a su presencia e hizo algo que no había hecho hasta entonces: frenó su caminar, reculó un par de pasos y se sentó cerca del cordón, al refugio de la rueda de un auto. 

Cuando el repartidor se fue, Lito caminó hacia la puerta de vidrio. Pedro lo miró. El cachorro pareció sonreír. Volvió a hacer movimientos que hasta el momento no había hecho, como apaciguar el tenor de su mirada, jadear con un cierto dejo de sonrisa, y sacudirse varias veces en señal de cierto sosiego después de tantos momentos  de intensa tensión. Pedro le preguntó: ¿Es acá? ¿Estás seguro?  Entonces pensó en ponerlo a prueba al cachorro, para ver si realmente era ese el lugar dónde lo había querido  traer. ‘Vamos, vamos, no es acá ¡vamos!’, enfatizó Pedro. Pero el perro no se movió un ápice. "Pues bien, parece que la casa es esta", pensó. Nada menos que a 35 cuadras de donde fue encontrado. A 35 cuadras de donde se refugió detrás de una reja. A 35 cuadras de donde desesperadamente no pudo parar de correr, y esquivar piernas, y ruedas, y manos extrañas, cruzando calles y avenidas de altísima peligrosidad, atestadas de autos, camiones y colectivos.


          ***   Luisa, en aquel entonces, buscó infructuosamente a los dueños de Lito en Comodoro. En Facebook la gente publicaba, republicaba, y comentaba. Pero nada. Lito ya tenía collar y correa nueva, y salían todas las tardes a recorrer la ciudad. El veterinario lo vacunó y sostuvo que tendría alrededor de 2 años. De vez en cuando, en la noche y por el frío, se subía a la cama de Luisa y Juan para dormir calentito y arropado. Pasadas dos semanas de intensas búsquedas infructuosas, decidieron darlo en adopción responsable.

          Allí empezó otra odisea. Cinco fueron los intentos de “casi” adopción, de los cuales, uno de ellos hasta coordinó acercarse a la casa de Luisa, a buscar a Lito, pero nunca apareció. La primera, que tenía que consultar con su marido, que trabajaba en la minera y volvía a su casa cada 15 días. El segundo, que quería adoptarlo, que amaba a los perros, pero que en su casa todavía no ponía rejas, y sus perros vivían todos afuera. La tercera, que quería un perro chiquito, para adentro de la casa, pero que afuera tenía una perra pitbull, que acababa de tener 8 cachorros, y que estaba viendo a quién se los regalaba. El cuarto, un adolescente que quería un perro de mascota, que estaba convencido y comprometido en los cuidados necesarios, pero que al día siguiente se arrepintió, porque lo consultó con toda su familia, y le dijeron que no era el momento. Y la última, una señora grande, amante de los perros, que ya tenía 5, y que de la misma manera que el anterior, cuando lo habló con los hijos, por poco la echan a ella de la casa, que cómo se le iba a ocurrir traer uno más. Así llegó el 23 de diciembre. Lito viajó a Mendoza. Tras más de 1900 km y 2 días de viaje, disfrutó de las vacaciones, las fiestas, año nuevo y vida nueva. ***

 

La lluvia porteña había menguado. Varias cuadras antes, apenas había sido un tímido chaparrón que amenazaba desde el cielo, en esa profunda y oscura noche de domingo, ya pasadas las 22. Pedro entonces se enfrentó a un portero eléctrico inmenso. Un edificio de aproximadamente 15 pisos, y de unos 8 o 10 departamentos por piso, eran el laberinto -prácticamente indescifrable- al que se enfrentaba a la hora de satisfacer los deseos de Lito. Él lo había dicho con su mirada, ‘es acá’. Había que intentarlo. 

Pedro hizo la lógica. Tocó el timbre del Encargado. Cabe recordar que era domingo, muy tarde. ¿Podía tocar el timbre ese día y a esa hora en el departamento del Encargado? No quedaban demasiadas opciones. El hombre atendió, tímidamente, y Pedro le explicó la situación. El Encargado dijo no conocer ningún perro con semejante descripción. Pedro le insistió por la necesidad de que se tomara el trabajo de observar al animal para ver si lo reconocía. Sin embargo, el hombre volvió a negarse.

Ahora sí, no quedaba más que tocar uno por uno todos los timbres de ese enorme y casi interminable tablero de departamentos. Casi por una cuestión metódica, optó por tocar el primero de los botones de la izquierda, una suerte de 1ro “A”.  Antes de pulsar, ensayó un speech, pensando en la posibilidad de poder llegar a recorrer casi la totalidad de la interminable cantidad de departamentos, tratando de dar con los dueños de Lito. Tocó.  Atendió la voz de una mujer -entre apesadumbrada, atónita y extrañada-. Pedro se disculpó por la hora. Comenzó a relatarle los hechos. Dijo: “Disculpe que la moleste, pero en mi casa apareció un perrito perdido que...”. Pero la frase no pudo terminarse. Del otro lado, la mujer interrumpió de inmediato el relato de Pedro, y dijo estrepitosa y trepidante: “¡Sí, es mío! ¡Ya bajo!”.

          ***   Luisa supo siempre que Lito tenía una gran personalidad. Pedro también lo percibió. Empezó a marcarle los límites a un Gringo que ya lo había adoptado como hermano. En mayo de 2018, Luisa y Juan se aventuraron a Buenos Aires, al barrio de Belgrano, por cuestiones laborales. Ese domingo 6 de enero, aprovechando la tarde calurosa, salieron a dar un paseo. Cuando llegaron a casa, Gringo y Lito subieron por la escalera, hasta el primer piso. En ese interín, de alguna forma, Lito quedó del lado de afuera del departamento. Luisa no lo notó. Pero Gringo comenzó a dar vueltas y vueltas, intranquilo, hasta que la ausencia de Lito encendió la alarma. Lo buscaron por todas partes, en la cucha, debajo de las camas, en el sillón, y hasta adentro del placard. Salieron del departamento corriendo, lo buscaron por todos los pisos del edificio. Juan fue directo a la calle. 

          En la puerta del edificio, una vecina les advirtió que cuando ella entraba al edificio con sus padres, un chico salía, y al abrir la puerta, Lito salió. Quisieron agarrarlo, pero - por miedo y desconfianza- Lito no lo permitió. Corrió desesperado y se internó en lo profundo de la noche. De inmediato, Luisa y Juan compartieron fotos de Lito a través de las redes y reactivaron la búsqueda por las calles de la zona, a pie, en bici y en auto. Buscaron por el barrio, por las plazas conocidas, por los edificios aledaños, y hasta en los bosques de Palermo. Pasadas las 22, y tras cuatro horas de búsqueda, con los ojos muy empañados y las fuerzas por el piso, volvieron a casa pensando que ya no volverían a verlo. Hasta que una mano desconocida apretó el timbre del 1ro “A”. ***

 

 

EPÍLOGO

Ambas historias mínimas, paralelas, se cruzaron. Al fin un final feliz. Sólo hubo tiempo para lágrimas, abrazos, besos y agradecimientos. Pedro le dijo a la mujer -allí supo de Luisa- que no había nada que agradecer. Que todo lo había hecho Lito. Fue él quien había decidido tomar el camino de regreso a casa. Finalmente, ese fue el momento de conocerse formalmente: Pedro supo que Lito, se llamaba Lito.