Revista Cítrica

Por las pibas que mató el patriarcado


05 de junio de 2017

Mariana Aquino

Familias, compañeras y amigas de las víctimas de femicidio denunciaron, en la marcha del NiUnaMenos, la violencia machista y la ausencia del Estado, y le exigieron a la Justicia que deje de ser injusta.

Mónica, madre de Araceli. Foto: Victoria Cuomo
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En la Plaza de los Dos Congresos, entre tantas mujeres dispuestas a marchar, se pueden ver algunas caras luminosas de tanta contradicción. Remeras con distintos nombres, edades y sonrisas. “Cuando sos mujer y pobre todos te ignoran”. Con esa afirmación resume Carina lo que le pasó con Marisela Inés Pozo Pizl, su tía, el 17 de marzo del año pasado. Ellas vinieron desde Laferrere: abuela, madre e hija; también trajeron a los tíos, los hermanos y sus hijos. Hablan las tres a la vez, cuentan de Marisela, de su sonrisa, de sus ocurrencias y de su muerte. Quieren contarlo todo, como si nadie las hubiese escuchado todavía. Llevan más de un año pidiendo justicia por la joven que salió de su casa con un ataque de pánico y se cruzó con tres machos que le pegaron hasta matarla. “Dicen que para calmarla. Pero con palos y fierros, hasta dejarla tirada”.

Hay pruebas y testigos de la saña, pero la causa no avanza. No hay ni un detenido. “Estaba trabajando cuando me avisaron lo de mi hija. Cuando la vi en el hospital ya no había nada por hacer. Me la mataron. Ni la policía, ni los jueces actúan. Los femicidios no existen para ellos. Menos si sos pobre”, señala la madre de Marisela. Y Carina, la sobrina, reflexiona: “Es feo porque antes lo veíamos por la tele. Y decíamos ‘pobre familia, qué tristeza’. Y después nos tocó a nosotras. Así es esto, nos toca a todas, en algún momento”.

Mónica Ferreyra, la mamá de Araceli Fulles, transita su primera marcha del Ni Una Menos. Camina hacia la plaza aferrada a un cartel con la foto de su hija. “Me hubiera gustado tanto poderle mostrar a Ara esta lucha. Yo marcho por ella. Sé que no la voy a volver a tener conmigo, pero deseo con el corazón que a ninguna chica le pase lo mismo. Me gustaría aconsejarlas, cuidarlas. La calle está llena de estos tipos que matan a nuestras pibas”.

Y la lista de nombres sigue, todos resuenan. Sus casos salieron en la televisión, ya vimos a esas madres en algún móvil, escuchamos los detalles de un cronista despiadado hablando del largo de sus polleras, de sus amistades peligrosas y de qué tan violentos eran los machos. Las víctimas, revictimizadas.

Romina y Abril Wilson eran madre e hija. Juan José Campos fue detenido un año después de cometer el doble femicidio. Y fue gracias a las amigas organizadas que iban a las marchas con carteles del prófugo. En esta nueva movilización, las pibas acompañan a Beby, la tía de 82 años. Cuenta Mercedes, una de sus amigas: “Cuando nos enteramos de que lo detuvieron nos juntamos a reír y llorar, todo a la vez. Pensamos que al fin se haría justicia pero nos encontramos con otra realidad: trabas burocráticas que desalientan. Ahora el asesino tiene prisión preventiva pero puede salir en cualquier momento”.

Julieta Mena tenía 22 años y estaba embarazada cuando fue asesinada por su pareja el 11 de octubre de 2015. Por eso Marcela Morera, su mamá, elige hablar de noviazgos violentos y la naturalización de algunas prácticas. “Ella sufría violencia psicológica, verbal y económica. Mucha manipulación. Le revisaba el teléfono y el Facebook. No tenía amigos ya, y la alejaba de la familia. Una piensa que son celos. No, piba, puede matarte. Recién ahora lo entiendo”, detalla Marcela. La Justicia resolvió este caso rápidamente y el asesino tuvo perpetua. Pero hay muchos casos impunes, donde fiscales y jueces miran para otro lado. Muchas familias no pueden pagar un abogado, y los mediáticos se acercan para llevar el caso a los estudios de televisión.

La lista sigue. Vanesa Selma, llevaba 8 meses de embarazo cuando su pareja la quemó. “Su muerte me marcó para siempre. Es un camino de ida entender el entramado de la violencia de género, que culturalmente lo llevamos dentro, tan naturalizado que no lo percibimos”, dice Eva Domínguez, cuñada de Vanesa. 

La marcha termina. Se doblan las banderas, los abrigos tapan las remeras con las imágenes que recuerdan a las mujeres que ya no están. Madres, tías, abuelas, amigas y compañeras de las pibas arrebatadas por los hijos del patriarcado emprenden el regreso a sus casas. Tristes. Pero con el consuelo de tanta sororidad. Y con la sangre galopante por ese grito colectivo que no se calla más.  

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