Revista Cítrica

El Che y Cristo


08 de octubre de 2013

Revista Cítrica

Todos se preguntaban por qué venía por el monte sufriendo, sin comer, pisando espinas. Dijeron que era doctor. Y hasta el día de hoy dicen que hace milagros.

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Ese día yo estaba de guardia. Entonces el director del hospital vino y dijo: “¡Acomoden! Van a llegar los guerrilleros. Ya los han agarrado”. Llegaron ocho, los primeros que habían matado pasando el río ancahuazú. Eran unos hombres altos y estaban hinchados ya. Después nos dijeron que iba a llegar el Che. Nadie sabía quién era pese a que había sido un hombre tan importante, ¿no?

“Va a llegar el Che, acomoden la lavandería vieja”, ordenaron. “Y alisten la canilla”. Un helicóptero bajó directo en la pista. De ahí lo trajeron en una volqueta amarilla y negra, en una camilla, para bajarlo en la lavandería.

El doctor nos dijo que lo desvistiéramos porque su ropa estaba completamente sucia. No tenía sangre. Llevaba los cabellos largos y la barba llena. Pero lo que nos impresionó fue nos íbamos a un lado y él nos seguía con la mirada, nos íbamos al otro lado y él nos miraba. Eso nos impresionó completamente. Todita la gente lo decía.

Éramos dos enfermeras, una que ha muerto ya y yo. Lo desvestimos, lo bañamos, lo secamos con una toalla y le cambiamos con un piyama del hospital, un piyama nuevo. Su ropa era sucia; toda la botamos. Se veían dos heridas, dos balas que había tenido más antes. Una en el brazo y otra en su canilla. Se veían, pero ya estaban secas. La que lo mató es la que le dio en el corazón. Dijeron que el coronel Selich le había ordenado a uno de los soldados para que le dé el tiro en el corazón. Y con ese murió. Tenía dos tiros y con ese tres, no tenía más.

Cuando la gente pasó una por una, como para saber quién era, se fue impresionada por la mirada del Che. Parecía Cristo. Su cabello largo, con rulos y sus ojos abiertos. No quisieron que le cerraran los ojos, abiertos estaban. Hasta ahora parece que veo su mirada. A mí también me impresionó. Mucho tiempo la he tenido presente.
En la lavandería estuvo hasta la noche. Después no sabemos adónde fue, porque a las tres de la mañana lo sacaron los militares y el doctor. Antes, habían hecho hervir cebo en una olla para hacerle una máscara de cebo, pero de nada le sirvió. Se prendió y salió todo el cuerito de su cara. Seguramente habría que ponerle una pomada o algo, y no le pusieron nada. Después nuevamente le hicieron otra máscara, para llevársela.

Todos se preguntaban por qué venía por el monte sufriendo, sin comer, pisando espinas. Dijeron que era doctor. Y hasta el día de hoy dicen que hace milagros.

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