Revista Cítrica

Entre rieles y acordes


26 de mayo de 2017

Lautaro Romero

Para muchos, el tren continúa siendo un medio de vida. Para el músico callejero, es algo más: un escenario donde expresar su arte, frente a un público de todos los gustos, dispuesto o no a escucharlo. El desafío, sin importar lo que dure el viaje, es inmenso.

Foto: Federico Imas
Click en la foto para ver galería

Los más canosos del anterior vagón se rompen las manos para aplaudir: están conmovidos por un clásico de Sui Generis que acaba de interpretar Andrés Graf. “A los seis años aprendí la primera nota de guitarra. Al arte de la calle me dedico desde el 99. Trabajé un tiempo en la calle Florida, pero no me fue muy bien. Hasta que descubrí el tren: el Mitre, luego el Roca y por último el Sarmiento. Acá la gente es muy solidaria. Al mediodía y a la noche está mejor predispuesta, porque en hora pico viajan todos apretados”.

Andrés, a los 41 años, dice tener un trabajo aparte, uno “oficial”. En ese momento, el movimiento ondulante del fuelle -la unión entre vagón y vagón- lo sacude, pero no lo suficiente como para interrumpir el relato: “Estudié música en el conservatorio de Córdoba. Hace dos años que vivo en Buenos Aires, me vine porque concursé y quedé en el Coro Polifónico Nacional de Ciegos. Me subo al tren todos los días, cuando voy y vengo del laburo”. Ahora se explica la técnica vocal de Andrés, también que sepa leer partituras en notación Braille. Son fruto de los ensayos junto al coro Carlos Roberto Larrimbe. Al mismo tiempo, de las horas de vuelo que lleva arriba de este tren, que une la zona oeste del Gran Buenos Aires con la capital.

Jorge Villagra también es ciego. Tiene 39 y admite: “en algún momento me gustaría aprender musicografía”. Agarró la criolla de chico y no la soltó nunca más. Tampoco despega su mano de ese hombro, guía de urgencia, mientras calmos, nos alejamos de la estación Castelar: el Sarmiento dejó de funcionar, y el caos controla la voluntad de una gran mayoría que pretendía hacer uso del servicio. Todos corren, menos Jorge. Parece no tener apuro. Eso de alguna manera le quitaría misterio a la historia, digna de contrapuntos, que sólo los buenos payadores saben contar. “Algunas veces trabajo en el tren para ganarme unos pesos. Sin embargo, lo tomo como hobby. Esto lo hago con mucho respeto, cariño y humildad. Siempre me gustó”. Es que Jorge tiene también un sueldo fijo: trabaja como empleado municipal, en Luján. “La gente colabora. Vos con tu música les alegras el alma. Es un refrigerio. Los sacas un poco de la rutina que viven día a día”, piensa sobre su hobby, y enaltece la bandera del músico callejero.

El juego

El show salió redondo. Jonatan Gutiérrez luce sonriente como hace apenas unos minutos en el escenario: Melange de Culture hace su presentación en un bar cercano a la estación Merlo del tren Sarmiento. Jonatan es saxofonista en esta banda de jazz que, como su nombre lo indica -en francés-, es una mezcla de cultura y sonidos. Un juego de seducción entre el público y el artista. Una aventura. Porque todo nació en los viajes, los kilómetros, en cada parada en un país vecino. La peregrinación de Jonatan con su saxo en mano de casi 100 años, aún reluciente. “En nuestro primer recital en la calle hubo una conexión muy fuerte con la gente. En cualquier show pueden acercarse músicos y tocar. Me gusta estar expuesto a imprevistos todo el tiempo. Eso es lo que más me atrapa: poder expresar lo que sale en el momento. Algunos se ponen a bailar”, comenta entre risas.

Puede que el imprevisto no sea del todo agradable. Porque no todos quieren que la gente exprese lo que sale del alma. No responde a sus intereses. Así quedó demostrado en un video que se viralizó rápidamente semanas atrás, grabado por un pasajero del Sarmiento. Un grupo de gendarmes obligó a Jonatan a dejar de tocar, guardar el saxo y abandonar el andén de la estación San Antonio de Padua. “Para tocar ahí tenés que conocer a alguien. Es una lástima que obedezcan órdenes que les vienen de arriba. Quiero vivir de la música. Se puede. Me ha pasado de ver a otro músico, no tener instrumento y pensar: ¿por qué no estoy tocando? La música para mí es como un juego, te divertís”, dice Jonatan.

El tren Belgrano Sur es más modesto que el Sarmiento: las formaciones notoriamente cuentan con menos vagones, la locomotora diesel, al no depender de la energía eléctrica, se mueve a otro ritmo. Cerca de 25,2 millones de pasajeros viajan en esta línea al año (mientras que alrededor de 40 millones se toman el Sarmiento). “Es tranquilo”, asegura Jorge Carabajal, quien desde hace tres años trabaja arriba de los trenes. Hace de González Catán, donde vive, a Laferrere. Ida y vuelta. Todos los días. Salvo los fines de semana, que canta en fiestas y eventos. “A veces tengo suerte y me llaman para participar en peñas”, sonríe, orgulloso. Jorge goza de una voz ideal para el folclore y el melódico, lo que más disfruta hacer. Confiesa tocar la guitarra “de oído”, y que la gente  lo felicita por su arte: “Eso me da más fuerzas para seguir. La música es mi fuerte. Es lindo cuando hacés algo que te gusta. Si te va bien, es una doble satisfacción. Hay mucha gente que vive de esto”, reconoce.

El presente

¿Sigue siendo, el tren, un medio de vida sólido para el músico? “Hace un par de años se laburaba mejor. Hoy está difícil”. Encima, el drama del techo propio es una constante para estos buscavidas. Algo difícil de resolver, inconcluso, que molesta. “Yo alquilo. Estamos viendo con mi novia de irnos a vivir juntos”, nos cuenta Jorge.

Jonatan, en cambio, vive otra realidad: “Estoy construyendo en Parque San Martín. Merlo es como un punto de partida para mí”, sostiene, ya pensando en el próximo viaje. Justamente en Merlo sube y baja Andrés. Tuvo “varios intentos fallidos” cuando aspiró a levantar su casa; ahora alquila en Marcos Paz y entiende que la situación es delicada: “Hoy el costo de vida subió alevosamente y el sueldo no alcanza”.

Andrés no para de toser. El dolor de garganta lo tiene a maltraer. “Hice una vuelta nada más. Me fue bien”, dice. Sólo un último esfuerzo para que salga lo mejor posible. Hay un puñado de pasajeros escuchándolo. Pero él, como si se tratase de un concierto con el Coro Polifónico. Anochece. Es tarde y nada podrá opacar el reencuentro. “Cuando llego, dedico un rato a charlar con mi señora. Hablamos de nuestros proyectos, nuestras cosas. A mis hijos los disfruto más de mañana, porque se acuestan temprano”. Andrés camina con el bastón, como si fuera una verdadera prolongación de su cuerpo, hacia la parada del 322: es hora de volver a casa.

Compartir esta nota en