Revista Cítrica

“Mientras no haya justicia, el fuego seguirá quemando”


27 de noviembre de 2013

Colectivo La Palta

Masacre en el Pabellón Séptimo, el libro donde se reúnen pruebas documentales y testimonios de testigos y sobrevivientes de la masacre en la cárcel de Devoto en 1978.

Claudia Cesaroni y Hugo Cardozo (sobreviviente)
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El título expresa la convicción que tiene el equipo de investigación sobre la masacre en el pabellón séptimo de la cárcel de Devoto, en el año 78, encabezado por Claudia Cesaroni. Fruto de años de trabajo, se produjo el libro Masacre en el Pabellón Séptimo, donde se reúnen pruebas documentales y testimonios de testigos y sobrevivientes de la masacre.

La presentación del libro se hizo la semana pasada en el marco de las I Jornadas Interdisciplinarias sobre Crimen y Castigo en Argentina. Durante las jornadas, algún asistente expresó que las relaciones que se dan hacia el interior de la cárcel reproducen relaciones que se dan fuera de ella. Esto fue un puntapié para Cesaroni, para quien la interpretación de este hecho se debe hacer teniendo en cuenta el contexto que se vivía por aquella época.

“Año 78, plena dictadura militar. Se estaba dando la culminación de la tarea represiva de la dictadura militar porque faltaban dos meses para que empezara el mundial. Había que ?limpiar?, completar esa tarea represiva porque no se podían correr riesgos”. Y así era, no podía haber la más mínima expresión de rebeldía, ya que rompería la ?armonía? del mundial 78.

La masacre del pabellón séptimo reproducía, de alguna manera, la realidad que vivía la sociedad argentina por aquella época.

Crónica de una masacre

La noche del 13 de marzo del año 1978, en la cárcel de Devoto, provincia de Buenos Aires, aproximadamente 160 detenidos ocupaban una sala. La misma tenía capacidad para 60 o 70 personas. Todos veían alguna película a través de un solo aparato.

Por regla la televisión se podía mirar hasta cierta hora. Pero en la cárcel nunca existieron, ni existen, reglas fijas. Las regulaciones, siempre absurdas y carentes de lógica, no están pensadas para ser entendidas sino para imponer autoridad y disciplinamiento de modo arbitrario. Así es como un celador apareció en esta escena, donde los detenidos estaban entretenidos mirando una película, con la orden de apagar la televisión. Uno de los presos, persona con cierto predicamento debido a los años que llevaba dentro, se negó a hacerlo.

A la madrugada del día siguiente, 14 de marzo, una patota penitenciaria entró al pabellón del preso que se había negado a apagar la televisión a buscarlo. Esa persona era Tolosa y se negó a salir. Bien entrada la mañana, una patota, no ya de 4 o 5 personas, sino de 50 aproximadamente, entró al pabellón. Para poder imaginar lo que sucedió, contaba Claudia Cesaroni, basta saber cómo funciona una requisa habitual en una cárcel, pero duplicada: el silbato que suena, los penitenciarios que entran al pabellón, los detenidos corriendo, cabezas gachas y manos hacia atrás, hacia el final. Pero la violencia que impartían los penitenciarios ese día era tal que los presos se resistieron, conducta totalmente inusual. Esta vez no corrieron al final del pabellón, sino que trataron de empujar a los penitenciarios hacia afuera. La respuesta fueron disparos.

Para cubrirse de las balas, los presos colocaron, en las rejas, colchones que poco después se prendieron fuego. Sobre esto hay diversas hipótesis. Algunos testigos dicen que los penitenciarios patearon querosene, que era utilizado para prender los calentadores, y ayudados por el combustible los colchones ardieron. Otra hipótesis es que patearon uno de esos calentadores y así comenzó el incendio. Sobre esto no hay certeza absoluta. Pero los colchones empezaron a arder. El humo y el fuego se apoderaron del pabellón séptimo.

La represión fue brutal. Muchos presos murieron quemados, ahogados por el humo o baleados. El propio Tolosa, que había sobrevivido al humo y al fuego, fue ejecutado a sangre fría en una celda.

La etiqueta de motín o suicidio

Después de semejante represión quedaba la tarea de etiquetarla como un ?motín?, construir la ?realidad? que se quería se sepa. En el expediente judicial consta que se había realizado una requisa habitual, que los presos habían intentado tomar el penal para escaparse, que les tiraron aceite hirviendo a los penitenciarios, entre otras cosas.

Pero las pruebas hablan por sí mismas. No se encontraron registro de penitenciarios heridos. De presos heridos y muertos, sí. Declaraciones de los propios penitenciarios diciendo que no se habían hecho disparos y testimonios del director del hospital que atendió a víctimas baleadas y de vecinos que escucharon los disparos. Registros de los bomberos donde constaba que no los habían dejado pasar a apagar el fuego porque ya lo tenían controlado, cuando en el expediente judicial las autoridades del penal dejan sentado el horario donde se pudo controlar el fuego, más de 40 minutos después de que ya se habían ido los bomberos.

Así es como sigue funcionando hasta hoy el sistema penitenciario, en particular, y las fuerzas de seguridad, en general. “Después de cada motín nos encontramos con presos totalmente rotos firmando una declaración de que se cayó en el baño”, decía Cesaroni. Así es como se construyen los ?suicidios? en las cárceles, y las causas a los pibes que se niegan a robar para la policía. Así se construyen los ?enfrentamientos? donde, casualmente, los que mueren son los supuestos delincuentes. Así, se construye la ?realidad? que es replicada con fuerza por ciertos sectores de la sociedad y por los medios.

Pero toda esta opereta no sería posible si el servicio penitenciario y el Poder Judicial no trabajen en absoluta colaboración. En el caso concreto del pabellón séptimo, contaba Claudia, “no hay una sola declaración tomada por autoridades judiciales, todas tomadas por el servicio penitenciario”. Esto muestra a las claras cómo funciona la estructura de amedrentamiento. Pues, ¿cómo se concibe, entonces, que el victimario sea quien tome la declaración de la víctima?

Aun en esas condiciones de declaración, se colaron algunas cosas. Y esas cosas que dijeron los internos víctimas de la represión, ningún juez las investigó. “Le pasó por delante al juez federal Rivarola, le pasó por delante al fiscal federal Julio César Strassera, y finalmente le pasó por delante al que finalmente archivó la causa, el juez Jorge Valerga Aráoz”.

Delito de lesa humanidad

Para quienes llevaron adelante esta investigación la masacre en el pabellón séptimo se configura como un delito de lesa humanidad. Esto es así porque el servicio penitenciario federal era parte de la estructura represiva del Estado, dependía normativa y prácticamente. Los propios penitenciarios declararon en la causa judicial, que se armó un comando que estaba formado por autoridades militares, policiales y penitenciarias. Por esta razón es que se pide que se reabra la causa judicial, porque al ser un delito de lesa humanidad, no prescribe. “Queremos devolverles a las víctimas su condición de víctimas”, decía Claudia. Y en este afán es que señalizaron la cárcel de Devoto como lugar donde se cometieron delitos de lesa humanidad y se produjo el libro para que sirviera como elemento de difusión.

Fueron 64 los presos que murieron en esta masacre. Nunca se imputó a nadie en la causa. Se archivó y, como eran presos comunes, la sociedad los olvidó. Pero muchos argentinos no olvidan, y eso lo demuestra la historia. Esta lucha recién comienza y, mientras no haya justicia, el fuego seguirá quemando.

Por Marianella Triunfetti




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